“Nací en un país en donde la violencia es la norma”: Cristian Romero, escritor colombiano

El escritor antioqueño es uno de los autores invitados a la próxima edición de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín que se realizará en Septiembre de 2018.
Cristian Romero. Fotografía de Herbert Rodríguez

 Por: Dulce María Ramos

Cristian Romero, es uno de los autores que forma parte de la lista de Bogotá 39. En el 2016 presentó su libro de relatos Ahora solo queda la ciudad con Hilo de Plata Editores, y este año en la Feria Internacional del Libro de Bogotá lanzó la novela corta Después de la ira con la Editorial Alfaguara.

En la escritura de Romero, el lector notará la influencia cinematográfica y literaria de Philip K. Dick, China Miéville, J. G. Ballard, Ursula K. Leguin, Evelio Rosero, Gabriel García Márquez, William Gibson, Adolfo Bioy Casares, Paolo Bacigalupi, David Cronenberg, David Lynch, Guillermo Arriaga, Charlie Kaufman.  Un autor que apuesta a la ciencia ficción y a las tradiciones literarias para encontrar su propia voz dentro de la narrativa colombiana y latinoamericana.

-¿Hasta qué punto sus estudios de educación en el área audiovisual influyen en sus relatos y en Después de la irá, su primera novela?
-Estudié comunicación audiovisual y eso me obligó a ver mucho cine durante mi formación, siempre con la intención de desbaratar esas historias, irme a lo más básico de las mismas: cómo se construyen, qué sobra y qué no sobra en ellas y cómo todo alrededor crea la atmósfera necesaria para que esas historias funcionen, siempre desde la misma lógica que cada una plantea. Por ejemplo, para mí es importante imaginarme el tipo de luz que hay en las escenas y que delinea a los personajes, cómo puede ser el sonido de la voz de cada uno de ellos e incluso cómo puede ser la banda sonora que acompaña el momento. Todo el tiempo, claro, teniendo cuidado de que el ritmo se sostenga. En los talleres de escritura a los que asistí los compañeros solían decirme que cuando leían mis textos les parecía estar viendo una película. Algunos lo decían como un elogio, otros como una crítica. Supongo, entonces, que mi escritura es muy visual.

-Después de la ira apuesta por una reminiscencia de las novelas del boom Cien años de soledad, Pedro Páramo y la ciencia ficción. ¿Está consciente de que su propuesta es arriesgada?  ¿Si los escritores latinoamericanos de alguna manera escapan a ese pasado literario, por qué usted lo retoma?
-Yo solo seguí lo que me interesaba y lo que el cúmulo de lecturas personales me fue ayudando a concebir. Sí, quise escarbar en otras tradiciones, desenterrar elementos y juntarlos a ver qué podía pasar, no le tengo miedo a las influencias. En cuanto a lo de escapar del pasado literario.  Mira, la otra vez leía una reseña de una buena novela contemporánea que decía, más o menos, no estoy citando textualmente, algo como que ese libro era otra palada de tierra a la tradición garciamarquiana. ¿Cinco décadas después de publicarse Cien años de soledad siguen con el cuento de “enterrar” la tradición del boom? No sé, ya eso me empieza a sonar como a lugar común. Yo no mido mi escritura solo con el boom, ni creo que Después de la ira se constriña a esas influencias. Antes del boom ya existían otros escritores con propuestas transgresoras y exploraciones de las que también arrastré elementos para el universo de San Isidro como las llamadas novela de la tierra o la novela de la violencia. Además, creo que en Después de la ira se pueden rastrear influencias de la literatura sureña norteamericana, la cual me gusta mucho, hasta del cine western y, por supuesto, de la misma ciencia ficción, género que me encanta y que ha tenido una tradición fuerte, aunque subterránea y bastante ignorada, en nuestro continente.

-También su novela recuerda la propuesta ideológica y literaria de Rómulo Gallegos, enfrentar esa dicotomía entre la civilización que representa la ciudad y esas ansias de Liliana de irse, y la barbarie representada por el campo y el personaje de Samuel.
-Yo soy una persona nacida en pueblo y criada en pueblos. La ciudad siempre se me presentó como una promesa de futuro, como el lugar al que debía llegar “para salir adelante”. Cuando por fin llegué a Medellín a iniciar mis estudios universitarios, empecé a tener varios choques y me di cuenta de que en sus calles había más sombras que luces. Ahora bien, me parece que tanto la ciudad como el campo son escenarios de barbaries. Tal vez tengan distintas velocidades, pero son igual de violentos. Las ciudades colombianas son tremendamente agresivas y más con las personas provincianas, sobre todo con las que llegan huyendo de las guerras que los citadinos de corbata dirigen desde sus escritorios. Y bueno, en realidad, en la novela no quería mostrar la ciudad como un lugar promisorio, solo era la única posibilidad que Liliana tenía para huir de San Isidro.

-San Isidro recuerda a Comala. Una vez que conversamos, me comentó que la literatura se había vuelto muy urbana y que era necesario que regresara al campo. ¿Este pueblo es una metáfora, quizás de Colombia?
-No me convence mucho eso de las novelas totales que buscan explicar un país, así que no estaba pretendiendo resumir a Colombia en San Isidro. Tal vez se pueda ver como un fragmento. Después de la ira es una novela violenta porque nací en un país en donde la violencia es la norma; la desesperanza, la mentira y el miedo, lo común. Sin embargo, aunque tiene todas las señas para ser un pueblo colombiano, creo que San Isidro también puede ser perfectamente un pueblo de otro país latinoamericano.

Volviendo al tema de las influencias, sí parece que en algún momento la ciudad se convirtió en el escenario preferido o más aceptado y el realismo en la manera más obvia de abordarlo. El caos de las ciudades siempre va a ser muy atractivo, por supuesto, pero eso, por lo menos a mí, ya me empieza a cansar. Además, si nos fijamos bien, en estos momentos hay varios escritores latinoamericanos que están redescubriendo lo rural o las provincias alejadas del centro como escenarios: Fernanda Melchor, Luciana Souza, Daniel Ferreira o Ana Paula Maia. Algunos de ellos, incluso, usando técnicas narrativas muy cercanas al boom. Y es que no se puede dejar de pensar a Latinoamérica como un continente predominantemente rural, aunque todo esté muy centralizado en sus capitales. Por ejemplo, en Colombia, la abrumadora desigualdad en la tenencia de la tierra, la violencia que late debajo de eso, ha sido uno de los ejes centrales de nuestro conflicto y, al parecer, lo seguirá siendo por mucho tiempo, así que es natural querer hablar de ello. Y si lo puedo hacer usando lo que más me gusta de generaciones y tradiciones literarias pasadas, lo voy a hacer.

Cristian Romero en uno de los conversatorios de la Fiesta del Libro. Cortesía Eventos del Libro.

la escritura para mí es una forma de expresión política, y lo político suele estar muy presente en mis historias, es lo que me interesa.

-Su novela se puede leer también desde una crítica social y una postura política, ¿lo concibió de esa manera?   
-Sí, la escritura para mí es una forma de expresión política, y lo político suele estar muy presente en mis historias, es lo que me interesa. Sin embargo, no lo pienso de una manera tan rígida. Es decir, sé que como ciudadano tengo unas posturas y unas inquietudes respecto a la sociedad en la que vivo y, así mismo, sé que esas posturas y esas inquietudes se terminan reflejando en lo que escribo, no necesito forzarlo. Dejo que todo vaya saliendo y encontrando su forma de expresarse.

-¿Por qué representar en el personaje de la niña, hija de Samuel, el futuro truncado y la religiosidad?
-Creo que el futuro de un hijo puede ser lo más angustiante para un padre o una madre, sobre todo si no se tiene ningún tipo de holgura económica. Tanto Samuel como Liliana quieren luchar por su hija, por su estirpe, aunque de maneras distintas. Él, más terco y egoísta, quiere seguir en su tierra ya muerta y ella, en una suerte de liberación, quiere irse a buscar oportunidades lejos de esa aridez.

Por otro lado, no me parece que Liliana odie esos cantos, creo que es más bien pura tristeza lo que le generan. Que sean religiosos, precisamente, es lo que más la cuestiona: para ella la religión fue algo determinante en su vida, pero ahora la esperanza y la fe en un futuro se desdibujan cada vez con más fuerza.

-¿Qué tanto pesa para un escritor joven ser considerado una promesa literaria?
-Con los premios y las listas se dicen muchas cosas y yo prefiero no prestarles mucha atención. De hecho, nunca he guiado mis lecturas por premios o concursos. Al principio me impactó aparecer ahí, obviamente, pero ahora estoy más bien tranquilo. Acabo de cumplir 30 años y lo único que quiero es seguir escribiendo, exactamente lo que haría si no hubiese quedado en ese listado. Para mí la escritura es un descubrimiento, una exploración, no tengo por qué forzarme a sonar como un genio o a escribir una obra maestra. Estoy descubriendo cosas, construyendo un discurso, si se quiere. No soy un escritor lleno de certezas, incluso desconfío un poco de los que creen tenerlas, aunque a la gente le gusta mucho escuchar escritores de ese tipo. Tengo claro que probablemente en diez años reniegue de lo que pienso ahora, de lo que he publicado, también puede que cambie de opinión en muchas cosas y que a nadie le importe lo que escribo. Si eso pasa, pues está bien. No tengo que escribir para demostrarle algo a alguien. Yo no estoy compitiendo con nadie, ni siquiera conmigo mismo. No me interesa estar en la lógica en la que viven muchos en este mundillo.

-Usted fue seleccionado en el grupo de escritores de Bogotá 39, ¿qué lo diferencia de sus colegas escritores colombianos y latinoamericanos?
-Entre los de la lista de Bogotá 39 encontré muchas afinidades y diferencias. Supongo que lo que más se puede ver es la violencia y sus distintas formas de narrarla: desde la intimidad y lo doméstico hasta lo más público y social. Muchos parados en un realismo visceral, otros en la distorsión de esa misma realidad.

-Y finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira Cristian Romero?
-Hace ya unos años vivo frente a una iglesia de mormones. La ventana de mi habitación me permite ver el jardín de esa iglesia. Me gusta observar a las personas que se reúnen ahí, fijarme en su lenguaje corporal: cómo se mueven, cómo se visten, cómo se acercan el uno al otro. Así voy por la vida, mirando con curiosidad, asomándome al abismo cuando es necesario y tratando de ponerme en los zapatos del que me parece extraño, del que me da miedo y, a ratos, me resulta un poco incomprensible.


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