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Un café en Buenos Aires con el escritor Pablo Montoya

Los vínculos entre escritura y música, la espontaneidad perdida, su experiencia como profesor universitario, las influencias literarias, las similitudes entre Medellín y Buenos Aires… apenas algunos de los temas que tocamos junto a Pablo Montoya durante una conversación repleta de café y pasión por los libros.


Por: Pablo Di Marco / Especial para Libros Letras / Argentina

Pablo Montoya. Foto: Sofía de la Rosa

—Teniendo en cuenta que la buena escritura late con un determinado compás y un determinado ritmo, es sorprendente que haya tan pocos escritores vinculados a la música. Usted (que ha estudiado música en la Escuela Superior de Tunja) pareciera una excepción. ¿Qué le aportan sus conocimientos musicales a su escritura?
Todos los seres humanos llevamos una música que incide en nuestra manera de caminar, respirar y pensar. En la escritura ese ritmo peculiar, que cada escritor lleva en su sangre, se nota. Pero otra situación se presenta cuando en un proyecto literario la música aparece como contenido o como forma. Desde esta perspectiva, siempre ha sido escasa tal presencia en la narrativa. Como estudié música, y desde muy joven decidí enlazar a mis inquietudes literarias las coordenadas sonoras, ella va y viene con holgura en algunos de mis libros. Sin embargo, no hay que desconocer que dentro del panorama de las letras latinoamericanas la música tiene momentos muy altos: Carpentier y Los pasos perdidos, Julio Cortázar y “El perseguidor”, Felisberto Hernández con algunos de sus cuentos, y Daniel Moyano y El trino del diablo. Como aprendí a escribir, en cierta medida, leyendo a estos autores, considero que lo mío se inserta en esta tradición latinoamericana un poco insular. En el caso colombiano, un país bastante ajeno a las relaciones entre la literatura y la música, la propuesta de convocar en mis cuentos, ensayos, poemas y novelas lo que se denomina la música clásica resulta todavía más raro. Creo que lo que trato de hacer, al introducir los conocimientos musicales en mi escritura, es, por un lado, oxigenar ámbitos que están un poco estropeados por el realismo mágico, el periodismo literario y el realismo urbano que por ahí llaman sucio. Y, por el otro, está la decisión de ubicarme en esa tradición literaria que surge del Romanticismo alemán, que se continúa en Francia, y que en América Latina ha tenido muy buenos aunque pocos exponentes.


—En lo que a escribir se refiere, ¿qué ha ganado y qué ha perdido desde la publicación de su primer libro a hoy?
Cuando vuelvo a algunos de mis primeros cuentos (eso fue lo que primero publiqué en los años noventa del siglo pasado), y los confronto con las novelas que he escrito más recientemente, percibo la continuidad de preocupaciones que se relacionan con la búsqueda de un estilo y la permanencia de ciertos temas. Lo que me lleva a concluir que he ganado en coherencia. Pero lo que he perdido, a todas luces, es la espontaneidad.

—Pareciera inevitable perder espontaneidad, esa hermosa impunidad del escritor inexperto.
Antes escribía sin tantos tapujos, sin tantas prevenciones, sin tantas consideraciones que, de una manera u otra, tienen que ver con eso que se denomina hacer una obra. Ahora me rodean unas series de angustias y pereques que antes, cuando era joven, no tenía. Pero sé que la madurez literaria, como toda madurez, consiste en saber escribir apertrechado en ese tipo de limitaciones.

—Los buenos libros dialogan con otros buenos libros. Coincido con Piedad Bonnett en que su novela Lejos de Roma dialoga con Esperando a los bárbaros de Coetzee, y yo también agregaría El desierto de los tártaros de Buzzati. Sin embargo, en estas cuestiones, la visión de los lectores suele estar disociada de la versión del autor. ¿Con qué autores y con qué libros cree usted que dialogan sus historias?
Depende de cada libro. En el caso de Lejos de Roma es muy posible que algo de Coetzee, a quien leí con mucha asiduidad en esos años, haya quedado. Pero soy más consciente de otros libros con los cuales dialoga esa novela poética sobre el exilio. Para empezar, Lejos de Roma es un diálogo con la poesía latina erótica, y allí las obras de Ovidio, Horacio, Catulo, Propercio resuenan con fuerza. Dialoga, igualmente, con Memorias de Adriano de Yourcenar, con Una Historia imaginaria de David Malouf y con El sexo y el espanto de Pascal Quignard. Y desde el punto de vista estilístico, me parece que está muy emparentada con el Camus de Bodas.

—No leí ni a Malouf ni a Quignard. Ya mismo los anoto entre mis lecturas pendientes.
Adelante, Pablo. Y hay más, si tenemos en cuenta los múltiples inter-textos que ofrece Lejos de Roma, el abanico de autores se amplía todavía más: Séneca, Marco Aurelio, Kafka, Borges, Saint-John Perse. Pero tu pregunta me parece pertinente porque una pretendida respuesta apunta a un punto nuclear de mi escritura: el apoyo en la tradición literaria. Es decir, en creer que al construir estos diálogos estoy apoyándome en lo que han escrito otros.

Antes escribía sin tantos tapujos, sin tantas prevenciones, sin tantas consideraciones que, de una manera u otra, tienen que ver con eso que se denomina hacer una obra. Ahora me rodean unas series de angustias y pereques que antes, cuando era joven, no tenía

—Ahí intentamos estar, “Subidos a hombros de gigantes”, a decir de Newton. Quisiera conversar un poco con el Montoya profesor universitario. Ha sido profesor y coordinador de talleres literarios en diferentes universidades. ¿Cómo cree que ha evolucionado —o involucionado— la escritura de los jóvenes a través de los años?
Estos talleres han contribuido a “popularizar” el aprendizaje literario y han vuelto menos “misteriosas” sus técnicas de escritura. Antes se entendía que uno aprendía solo, leyendo a los clásicos, o intercambiando inquietudes con un pequeño círculo que se reducía a unos cuantos amigos. La dinámica de los talleres es más o menos similar, pero algo de esa secreta cofradía de antaño ha desaparecido. Los aspectos positivos de esos talleres es que ofrecen atajos si el tutor es alguien avezado en el asunto. Lo otro es que, evidentemente, las personas jóvenes que van allí aprenden las técnicas y uno se encuentra con textos muy bien escritos. La virtud de esos talleres, que corresponde a una virtud propia de la juventud, es el entusiasmo que respiran, la vitalidad irrebatible en sus propósitos (casi todos esos jóvenes anhelan escribir una obra maestra, y muchos de ellos te lo dicen a rajatabla y creen tenerla ya lista en la cabeza).

—¿Y cuál es la mayor falencia que encuentra en esos jóvenes aspirantes a escritores?
La falencia, algo propio de todo aprendizaje, es que esos mismos jóvenes son dueños de lagunas inmensas en sus lecturas y desconocen bastante la tradición literaria.

—Me pregunto si entre los estudiantes de cine también habrá chicos que jamás vieron una película de Fellini, de Ford, de Coppola, de Kurosawa…
¿Cómo es posible, me pregunto, renovar una literatura, o hacer la mentada obra maestra, si se ha leído demasiado, por ejemplo, a Bukowski o a Bolaño, y se desconoce del todo a Sófocles o a Dostoyevski?

 —Usted venía de publicar dos sólidas novelas como Lejos de Roma y Los derrotados en Sílaba editores antes de publicar Tríptico de la infamia para Random. ¿Cree que hubiese ganado el Rómulo Gallegos de haber seguido publicando en Sílaba? De más está decir que mi pregunta no apunta a  su capacidad como escritor sino a las preferencias de los grandes premios por las editoriales poderosas en detrimento de las editoriales de menor peso económico.
El premio Rómulo Gallegos que me otorgaron podría tener una doble interpretación. Por un lado, se lo dieron a una novela publicada por una editorial poderosa, pero se lo dieron también a un autor casi desconocido y ajeno del todo a la literatura comercial. Eso significa, por supuesto, que una editorial como Random House le está apostando, o al menos eso sucede en mi país, a obras que no se enmarcan solamente en el plano de las grandes ventas. Pero recalco que, con tres premios internacionales de literatura encima, y a excepción de Tríptico de la infamia en Colombia, mis libros siguen siendo libros mal vendidos. El Rómulo Gallegos también quiere decir, y eso se afianzó sobre todo con los premios dados a Eduardo Lalo y a mí, que no es lo mismo que el premio Planeta o el premio Alfaguara.

—La entrega del Rómulo Gallegos pareciera haberse tristemente cancelado, ¿no es así?
Así parece. Y por  el carácter no comercial y por el prestigio enorme, he lamentado mucho su temporal cancelación. No solo por el bien de la literatura hispanoamericana, sino por el bienestar del pueblo venezolano, espero que esta crisis económica se supere y que el Rómulo Gallegos regrese con su habitual prestigio. Con todo, los premios literarios son asaz aleatorios. Y para entrar en el campo de los chismes…

—¿Chismes? Espere que pido otro café, Pablo. Lo escucho muy atentamente.
Te cuento que en 2009 Alfaguara presentó al Rómulo Gallegos Lejos de Roma y no pasó nada. De hecho, Lejos de Roma, que es para algunos de mis lectores más fieles mi mejor novela, fue un fiasco comercial. Y como Alfaguara decidió no reeditarla, Sílaba me abrió sus puertas y la publicó de nuevo en 2014. En resumidas cuentas, hoy en día yo publico en dos editoriales, una que es grande y comercial (Random House) y otra que es pequeña y alternativa (Sílaba). Y la verdad es que así, con este doble perfil, me siento cómodo.

—¿Cómo es posible que el mundo del libro se rija por principios tan mercantilistas?
Como decía Octavio Paz, si ahora se publican tantos libros es debido a una dinámica comercial, y no precisamente a que se haya incrementado la calidad de los lectores.

Foto tomada de facebook del autor.

—Perdón que lo interrumpa. Quisiera subrayar y repetir esa frase de Paz: “Si ahora se publican tantos libros es debido a una dinámica comercial, y no precisamente a que se haya incrementado la calidad de los lectores.” 
Hay sin duda un crecimiento cuantitativo, pero sospecho que el lector que tanto reclamaron Nietzsche, Valéry, Borges y Gracq, ese tipo sofisticado que devora libros como un rumiante exquisito y aquejado de ese mal burgués llamado escepticismo, es una figura en extinción.

 —Y acá me vuelven a la mente esos aspirantes a escritores que usted antes mencionaba, los que aspiran a escribir una obra maestra pero olvidan el placer de la lectura. Volviendo a los principios mercantilistas que tantas veces rigen al mundo del libro, ¿qué puede hacer un autor como usted para luchar contra eso?
No sé si contra eso se deba luchar. Pero de lo que sí estoy seguro es que mi única manera de reaccionar ante tal coyuntura es afianzar más mi convicción de que la literatura es un arma de resistencia y disidencia. Y por tal razón, pienso que jamás escribiría un libro orientado por principios mercantilistas.

—Obtener un premio de la envergadura del Rómulo Gallegos pone al escritor en la situación de verse presionado a opinar sobre infinidad de temas no necesariamente vinculados a la literatura. ¿Cómo lidia usted con ese “daño colateral”  del reconocimiento?
Son los reveses y hasta lo cómico de un premio de esta categoría. Es como ir en el metro de Medellín o caminar en un centro comercial de esta misma ciudad y verme asediado por personas que quieren una fotografía conmigo. Cuando gané el Rómulo Gallegos, muchos escritores me pidieron un prólogo o una frase para sus libros, me llegaron invitaciones de todas partes, los periodistas me tenían literalmente agobiado, sobre todo porque se trataba de jóvenes que jamás me habían leído. Era como una gran bulla por un libro que casi nadie conocía. Y no faltaban aquellos que me pedían una opinión sobre cualquier cosa. La verdad es que, si bien es cierto he sido generoso con las entrevistas y no le he sacado el cuerpo a este lado del reconocimiento, estoy agotado y creo que más temprano que tarde cerraré este período para volver a la tranquilidad de antes. Solo necesito, me consuelo pensando así, no responder los correos ni las llamadas, y ante las invitaciones cobrar una fortuna para que ese sueño se haga realidad.  

mi única manera de reaccionar ante tal coyuntura es afianzar más mi convicción de que la literatura es un arma de resistencia y disidencia.

—Creo que a un escritor debieran bastarle cuatro o cinco novelas para brindar su idea del mundo, sin embargo se sigue escribiendo. ¿Por qué?
En el caso mío es porque no sé hacer otra cosa mejor que escribir. Ahora bien, no sé si escriba hasta el momento final de mi vida. No puedo asegurarlo. Tengo el plan de escribir unos cuantos libros más, pero trataré de no caer en la ridiculez de gritar a grandes voces que este o tal otro es mi último libro. Supongo que un escritor genuino, y no uno de esos que buscan ansiosamente el dinero o desean llamar la atención de los medios, escribe por desesperación, por no sucumbir ante la evidencia de la muerte, o por un deseo desbordado de celebrar algún elemento esencial de la vida.

 —Aún no tuve la fortuna de conocer Medellín. Dígame, ¿es cierto que —para bien y para mal—Medellín es la ciudad más argentina de Colombia? ¿O debiéramos decir que Buenos Aires es la ciudad más antioqueña de Argentina?
En Medellín decimos que Gardel es de los nuestros porque pensamos que uno no es de donde nace sino de donde muere. En Medellín escuchamos tango y esa música la consideramos tan nuestra como la consideran ustedes. Y la verdad es que también queremos rivalizar con ustedes en el mundillo vocinglero del fútbol. Y hablamos coloquialmente con palabras provenientes del lunfardo.

—No me chamuyés, Pablo…    
¡Y voceamos también como ustedes! Bueno, eso hace que yo cuando voy a Buenos Aires me sienta tan acogido y como en casa. Pero Medellín es provinciana y tristemente chovinista porque sigue siendo una ciudad pequeña. Y en lo que tiene que ver con el cosmopolitismo que se respira en Buenos Aires, aún le falta mucho a esta bella villa por aprender. 

—Vamos con la última pregunta. Le regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Cuénteme quién sería, a qué bar lo llevaría, y qué pregunta le haría.
A Tolstoi, a Voltaire y a Rulfo.

—Ah, qué trío.
E iría a tu Buenos Aires, ciudad de entrañables cafés donde se puede hablar, y no como los de Medellín que son ruidosos e impiden degustar las delicias de la conversación, y me iría detrás de Borges. Esperaría a que se sentara. Pediríamos un pintado y…

 —No, espere. En Buenos Aires no pida un “pintado” que no lo van a entender. Pida un “cortado”.
Ah, bien. Un cortado, entonces. Y acompañado por una media luna. Y le preguntaría a Borges por el sentido de aquella frase suya que sigo sin comprender: “Ser colombiano es un acto de fe”.



Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

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