Un café en Buenos Aires con el escritor Marcelo di Marco

Por: Pablo di Marco*

Les cuento un secreto: antes de comenzar mis cafés en Buenos Aires suelo pedirles a mis entrevistados que, si en algún punto quieren explayarse, lo hagan, pero que en general intenten darme respuestas breves. Y también me gusta interrumpirlos, repreguntar, contradecirlos. En fin, molestarlos y pincharlos. ¿Por qué? Porque quiero que mis cafés en Buenos Aires sean más una charla de bar que una entrevista formal.

Con Marcelo di Marco hice una excepción (a fin de cuentas “Marcelo di Marco” y “excepción” conjugan muy bien): a poco de comenzar nuestra conversación comprendí que era tanto lo que él tenía para decir que por primera vez me limité a hacer mi pregunta, callar y escuchar. Ahora, con la entrevista ya publicada, estoy seguro de que ustedes me entenderán perfectamente.

Marcelo di Marco / Foto: Cortesía autor

—¿Cómo llegan los libros a tu vida, Marcelo? ¿Cuál es el primer recuerdo que tenés de ellos?
Este movimiento de apertura tiene un costado tan inusual como sabroso, así que me atendré al sentido literal de tu pregunta: el libro como objeto. Te cuento que de chico yo era de revolver en los cajones de los grandes, y los abuelos de Marcelito no se salvaron de este compulsivo instinto de exploración. En una de mis excursiones al piso de arriba, una vez descubrí en el cuarto de ellos un baúl repleto de libros, y empecé a meter mano. Aunque en aquel tiempo yo no conocía la palabra “escalofriante”, las tapas de esos libros me resultaron muy escalofriantes: sangre bien roja, gente muerta o en agonía, piñas, mujeres maltratadas, armas de todo tipo, palas enterrando vaya a saber qué. Yo ni leer sabía, pero el hecho de que aquellos libros estuvieran no en una biblioteca, como en el caso de los libros de mis viejos, sino adentro de un baúl escondido me llenó de una extraña inquietud. Esos libros ranfañosos, de tapas tan horrorosamente distintas a las de los cultos libros del piso de abajo, hablaban de algo acaso prohibido, algo que me hacía volar la imaginación. A muchas de sus tapas tenía que mirarlas de costado, con medio ojo. Recuerdo una en especial que me marcó para siempre. Una femme fatale me miraba con ojos de gata perversa. Tenía un cigarrillo en la mano, que se le asomaba por un costado del encuadre, cerca de la boca ―parafraseando a Borges, el abuso del cinematógrafo me hace agregarle a ese cigarrillo una boquilla―. Había una mujer más, en un segundo plano, y su actitud era muy parecida a la de la preponderante mujer del cigarrillo, a quien una línea horizontal le trazaba el cuello. Yal advertir ese detalle pensé que a la mujer le habían cortado la cabeza, y me aterrorizaba entender que seguía viva a pesar de la decapitación. Aquello no era lógico. Más bien era jodidamente terrorífico. Incluso llegué a temer que el mero contacto de mis dedos con la cartulina me contaminara de algún misterioso modo. Ya un poco más grande, y ahora sabiendo leer, descubrí que la mayoría de esos libros prohibidos pertenecían a la mítica Colección Rastros, el non plus ultra de las selecciones de literatura policial. Y te cuento que el “corte” de la cabeza de la mujer fatal lo había puesto yo solito: aquel estilizado cuello estaba adornado por un simple ―y decepcionante― collar. A mi pedido, ayer nomás mi hija Florencia me compró por internet una de esas novelas. Y seguiré comprando, están regaladas. Vaya a saber dónde fue a parar el baúl de mi abuelo, pero sueño el momento de reencontrarme con aquella mujer tan espantosamente atractiva: tengo ganas de agradecerle que me haya hecho inventar aquella aberración, a la manera de un ejercicio de taller. Y tal vez mi formación literaria empezó con ella. Dicho de paso, hace unos días escribí un cuento con un decapitado. Se titula “El patio del vecino nuevo”, y formará parte de Macabro, el tercer libro de cuentos de la trilogía de terror que estoy escribiendo para Editorial Bärenhaus.

—¿Recordás la primera vez que se te cruzó por la cabeza la idea de escribir?
Al descubrir a Edgar Allan Poe a mis nueve o diez años, me dije que si yo pudiera transmitir con mi literatura un mínimo porcentaje de la intensidad de este genio, ya podría darme por satisfecho. Desde que se me cruzaron cuentos tan inolvidables como “El tonel de amontillado”, “El corazón delator” o “El gato negro”, soñé con hipnotizar a mis futuros lectores escribiendo historias propias, originales, contundentes. Y en esa época ni siquiera sospechaba lo maravilloso que es inventar una narración distinta a todas las que uno ha leído antes, y con ella hacer que la gente se pase de la parada del colectivo; o que se quede en vela durante horas, sumida en el placer de leerlo a uno. Pero antes de Poe debo mencionar a otro autor, que sin darme cuenta me metió la semilla en la cabeza. Una vez un amigo me dijo que a la novia los cuentos de mi libro El fantasma del Reich (Sudamericana, 1995) le recordaban al estilo narrativo de Roald Dahl. La chica era una muy buena lectora, y lo había dicho en son de elogio. Yo le declaré a mi amigo que todavía no había leído a ese autor. Y lo primero que hice fue empezar a leerlo. Y ahí descubrí que estaba equivocado: leer ―releer― cada cuento de Dahl fue como reencontrarme con amigos a los que no veía desde hacía varias décadas; cuentos como “Jalea real”, “Placer de clérigo” o “Cordero asado” ya habían sido leídos por mí en aquella época virginal y desinteresada de cuando devoraba libros sin siquiera preocuparme por saber quiénes los habían escrito. Y esta anécdota demuestra fácticamente aquello de que uno siempre trata de reescribir el primer libro que leyó.

—En 1995, tras ganar el Concurso Antorchas, publicaste el libro de cuentos El fantasma del Reich. ¿En qué evolucionó tu escritura de ese libro a hoy?
Creo que se volvió mucho más económica y suelta. Más feliz, y menos engolada. En los cuentos del libro que mencionás hay una tendencia bastante marcada al boludeo descriptivo y adjetivante. Y de ese lastre me ayudó a liberarme Vicente Battista, con los consejos que me daba al supervisar varios de mis relatos. Y también Nomi contribuyó y contribuye enormemente con esa instrucción. Hoy, después de décadas de laburo, y siendo consciente de que los únicos que creen que llegaron son los que jamás van a llegar, a cada nuevo libro me estoy encontrando más y más en mi escritura. Ahora, con la mano más ágil, lo que sí ando buscando son argumentos que se adecuen a mi esquema mental, a mis preocupaciones personales y al estilo que tardé tanto tiempo en adquirir a fuerza de ensayo y error. Me siento “cómodo”, en suma. Como dijo alguien, no sé qué voy a escribir, pero sé cómo lo escribiré. Y mientras esta entrecomillada comodidad no se convierta en comodismo, lo cual haría que mi literatura se volviera un embole, está todo fantástico. La perfección queda lejos, más allá del infinito; por eso lo más conveniente es tratar de escribir del mejor modo que se pueda, y amando lo que uno inventa para ese puñado de lectores que supo conseguirse: la literatura de uno no es para uno, aunque sean legión los pajeros que jamás podrán entender esa perogrullada. Hablo tanto de escritores pajeros como de lectores pajeros y también de talleristas, editores y críticos pajeros. Amo la literatura, y lo que estoy escribiendo últimamente me gusta tanto como si hubiera sido escrito por otro. Pero sé que queda mejor mentir que uno sigue en la duda y en la indagación y en la búsqueda de un estilo y blablablá. Incluso queda mejor declarar que a uno directamente la literatura no le interesa, o bien que no sabe si es escritor o no. Qué pelotudez, propia de millennials que no saben ni prender un fuego o prepararse una ensalada, y que no ponen los huevos ni para ir al urólogo. ¿Sabés qué, Pablo? De puro curioso, hace unos días googleé esa forrada de “no sé si soy escritor”, y aparece casi tres mil veces. Y no precisamente dicha por principiantes: uno de esos escritores que no saben si son escritores es nada menos que un escritor ganador del Cervantes, hacé la prueba. ¿Te imaginás si se te rompe un caño en la cocina, y cuando pedís auxilio el plomero te dice “Yo no sé si soy plomero”? Basta de fraude.

Taller de corte & corrección, Atreverse a escribir, Atreverse a corregir, Hacer el verso… Tus libros con trucos y secretos para aprender a escribir se volvieron una herramienta casi imprescindible para más de una generación de autores. ¿Cómo nace la idea de escribir esos libros?
Había sobre la avenida Corrientes, casi llegando a Callao, una enorme librería que se llamaba Mercurio. A los veinte años me lo pasaba recorriendo librerías de viejo en esa zona, y la Mercurio era en la que más tiempo me quedaba revolviendo y leyendo de parado en las distintas mesas de todo por dos pesos. En una de esas mesas descubrí un libro de Atlántida, con el tamaño justo para que uno pudiera llevarlo a todas partes. Se titulaba El arte de escribir y La formación del estilo, de Antoine Albalat, y enseguida supe que ese libro era para mí. Desoyendo los consejos de cierto escritor castellano, en lugar de robarlo me lo compré. Se trataba ―se trata― de un manual apasionante, lleno de trucos para mejorar la escritura. Descubrí que ese libro era dos libros. Y supongo que su autor escribió el segundo a raíz del éxito del primero. Y lo más importante: a El arte de escribir Albalat lo publicó a fines del siglo XIX, y a pesar de que este hombre no conoció, obviamente, a ninguno de los grandes autores del siglo pasado, todavía sirve. Un día se me ocurrió qué lindo sería contar con un libro tan amigo como ese, pero escrito en nuestro medio y con ejemplos literarios de todas las latitudes y plagado de ejercitación, anécdotas y entrevistas. Y bueno, ese libro me tocó escribirlo a mí. Con los años, y gracias a las ventas que tuvo Taller de corte & corrección, Sudamericana me encargó tres libros más sobre el mismo tema, que son los que vos mencionás en la pregunta. Entre los cuatro suman once ediciones y unas mil páginas sobre el arte de escribir narrativa, poesía y ensayo. En estas últimas dos décadas vengo cosechando cientos de “cartas de amor” de la gente que se benefició gracias a esos libros, que asimismo me trajeron una legión de seguidores y talleristas. Contento, el tipo.

—Con Victoria entre las sombras te volcaste a la literatura juvenil. Me acuerdo que mientras escribías ese libro estabas fascinado con la libertad que te brindaba la novela tras años de escribir cuentos. Sin embargo volviste al cuento de la mano de La mayor astucia del demonio. ¿Qué pasó?
En realidad, la mayoría de los relatos del libro que acabás de mencionar habían sido escritos hace unos veinte años. Y se lo pasaron bajo estado cataléptico, sepultos en los escritorios de los editores de Random hasta que Pablo Avelutto, actual Ministro de Cultura de Macri, me los rechazó explicándome que ya prácticamente no sacaban ficción. Previo a eso, yo tenía un acuerdo con el editor Luis Chitarroni ―el antecesor de Avelutto en Random― para publicar ese mismo libro. Pero lo convenido con Luis había sido solamente de palabra, en tiempos en que la palabra empeñada vale menos que un moco. En suma, cuando Luis debió irse de Random, quedé huérfano. Y bromeaba Pablo Avelutto, refiriéndose a mí y a otros autores en situación similar como “las viudas de Chitarroni”. Todo muy gracioso, sí; todo muy propio de La Llanura de los Chistes, como llamaba a nuestro ocurrente país aquel azorado señor Tokuro de Osvaldo Lamborghini. Con el tiempo, ya instalado Avelutto en sus flamantes funciones públicas, Random también me rechazó la novela gótica Macabra Artana ―¡“por no tener un sello en que poder publicarla”, ja, ja, ja!―. Y no sólo ese libro me rechazaron, sino además la continuación de Victoria entre las sombras y un quinto libro sobre escritura. Previo acuerdo con mi coautora, Diana Biscayart, en 2015 le llevé Macabra Artana a Laura Massolo y a su socio de Zona Borde, quienes llegaron a la conclusión de que el libro, además de muy bueno, era muy caro y muy imposible de publicar por un sello independiente. Entonces recordé que en mis archivos tenía muerto de risa ―siguen los chistes, sí― un libro muchísimo más reducido en páginas. Un libro de relatos de terror. Y se lo entregué a Laura, quien se manifestó muy feliz de poder publicarme ―y, después de leerlo, más todavía―. En conclusión, La mayor astucia del demonio salió en las mejores condiciones posibles en Zona Borde (2016), en donde alcanzó una segunda edición. Repaso lo dicho, y llego a la misma conclusión a la que habrán llegado muchos de quienes estén leyendo esta zona de la entrevista: si ciertos mercachifles se dan el lujo de rechazar a un autor que en este momento ―por mencionar sólo fríos datos estadísticos― tiene nada menos que cinco libros en el catálogo de la editorial más importante del mundo, con entradas en más de un diccionario virtual y de papel, y que desde los comienzos de una reconocida carrera es publicado en decenas de antologías de Argentina y del exterior, y que además su canal en YouTube cuenta con más de quince mil suscriptores, entonces quiere decir que publicar cuesta un huevo. Y mi respuesta es sí, definitivamente. Cuesta sangre, sudor y lágrimas, sobre todo cuando uno se niega a agacharse. Y costará mucho más en el futuro, cuando La Llanura de los Chistes termine de volverse absolutamente desopilante y acabemos todos ahogándonos con el eco de nuestras propias carcajadas de suicidas. En un mundo en que una madre puede legalmente destrozar en pedazos a su propio hijo ―en Canadá ya hay un “filósofo” que viene hablando de abortos retroactivos, posnatales―, ¿qué importa un librito más o un librito menos? Por eso no somos pocos los autores de las editoriales “grandes” que estamos migrando a las editoriales independientes. Pero les digo a los más jóvenes que no aflojen. Son precisamente estas condiciones adversas las que lo fortalecen a uno: hasta ahora, en treinta y cinco años de carrera publiqué quince libros, a un promedio de un libro cada dos años y moneditas. Siempre hablando en términos de frías estadísticas, creo que no es poco. Y hoy tuve la gracia del cielo de aterrizar en un sello como Editorial Bärenhaus, cuyos responsables me vienen tratando como se debe tratar a un escritor.

Marcelo di Marco / Foto: Cortesía autor

...llego a la misma conclusión a la que habrán llegado muchos de quienes estén leyendo esta zona de la entrevista: si ciertos mercachifles se dan el lujo de rechazar a un autor que en este momento ―por mencionar sólo fríos datos estadísticos― tiene nada menos que cinco libros en el catálogo de la editorial más importante del mundo, con entradas en más de un diccionario virtual y de papel, y que desde los comienzos de una reconocida carrera es publicado en decenas de antologías de Argentina y del exterior, y que además su canal en YouTube cuenta con más de quince mil suscriptores, entonces quiere decir que publicar cuesta un huevo.

—Estás obviamente crítico del manejo de las grandes editoriales.
¿Cómo no se puede ser crítico de las “grandes” editoriales, si hoy más que nunca están al servicio del Poder Internacional del Dinero? Si este mes les garpa publicar un ensayo que hable a favor del Che Guevara, lo publicarán; y si el mes que viene les garpa publicar un ensayo que hable en contra de ese mismo asesino serial, tampoco dudarán un instante en publicarlo. La última vez que hablé en persona con mi ex editora me dio la impresión de estar hablando con una empleada de contaduría.

—Voy a generalizar un poco. ¿Me equivoco si digo que hoy las editoriales independientes son a Random y a Planeta lo que las series al cine? ¿O pecan de los mismos defectos y miserias pero a menor escala?
Lo único que puedo decirte al respecto es que la mayoría de las editoriales independientes existen para que sus dueños alimenten la ilusión de obtener notoriedad en el antemencionado “mundillo”. Vos me entendés: el Sello de Mengano, el Sello de Zutano…, esas cosas. Es una especie de hobby inocente, digamos, porque la Torta del Prestigio es, en la realidad, más una masita seca que una torta. Los titulares de dichas editoriales no ganan un centavo, por supuesto ―salvo cuando tienen suerte con algún que otro libro que les arrima unos pesos por ventas―; pero, como ya dije, hay modos de lucrar distintos del lucro tradicional. Por supuesto, hay varias editoriales independientes que no son para nada truchas. En cuanto a Bärenhaus, ahí sí veo una proyección editorial que tiene más que ver con el profesionalismo que con el amiguismo. Ojalá que llegue a viejo ―más viejo, digamos― publicando con ellos todos los libros que me falta escribir y publicar.

—Volvamos a tus libros. Si alguien me preguntase cuál es el mejor libro de Marcelo di Marco yo nombraría el último que publicaste: 25 noches de insomnio. A diferencia de Victoria entre las sombras, donde se notaba tu deseo de querer jugar y enamorar a los pibes, acá no diste vueltas. Te tajeaste el pecho, te arrancaste el corazón y se lo tiraste al lector en la cara.
Gracias por señalarlo, Pablo, porque es tal cual, y más de un lector me dijo cosas parecidas. Uno no escribe un libro para hacer terapia, por supuesto, pero indudablemente deja en cada página propia ―cuando es realmente propia― un montón de pulsiones, fobias y monstruosidades que vaya a saber en qué tragedias reales se hubieran exteriorizado de no haber salido disfrazadas de ficciones. En las dos oportunidades en que presentó #25 ―Feria del Libro 2018 y Museo del Libro―, Nicolás Amelio-Ortiz señaló que hay que llegar a la edad mía para poder escribir un libro como este. Se refería no tanto a la cuestión de la madurez estilística―que, si nos son favorables los astros, deberíamos adquirir todos, según pasan los años―, sino a la madurez temática y argumental. Y hace muy poco me encontré con un compañero de la secundaria que me dijo algo parecido. Me habló desde el conocimiento que de mí tiene, desde hace décadas, definiendo al conjunto de mis cuentos como un decantado, un precipitado de toda una vida. Extracto de Di Marco, podríamos decir. Y no se equivoca ninguno de ustedes tres, porque en los relatos de ese libro, como en los de los inéditos Turbio y Macabro, programados para salir este año (2018) y el que viene, decidí acogerme a aquella propuesta de Edgar Allan Poe de escribir un libro titulado Mi corazón al desnudo, con la condición de ser absolutamente sincero al escribirlo. Escribe con la sangre, proponía Nieztche, y nunca me sentí más desangrado que ahora. Estoy harto del ateísmo ignorante y de los dogmas de la posverdad, de la cultura de la muerte, del lenguaje inclusivo, de la teoría del género, del progresismo, del falseamiento de la historia, de la estupidez de los intelectualoides que no pueden reconocer la verdad aunque la tengan delante de las narices, y de la cobardía de los intelectuales que la ven pero que no la pregonan por miedo a quedarse sin contactos, cosa que a mí me chupa un reverendo huevo. Y bueno, toda esa hartura la exorcizo en los cuentos de terror y humor negro que estoy escribiendo desde 2016 para acá, y seguramente será por eso que los libros que los contienen me representan más que ningún otro que haya escrito en el pasado. Vos mismo declaraste en la contratapa de 25 noches que era el libro más políticamente incorrecto que pueda encontrarse. Si ser políticamente incorrecto es cagarse en todas las lacras que acabo de mencionar, tenés razón. Cuando ese espécimen de zurditus funcionalis ―al igual que su primo hermano, el liberalitus demoprogris― llegue al final de su vida, ojalá que no se dé cuenta de que en realidad fue una marioneta del sistema que tanto dice combatir: deberá mandarse al buche un trago muy amargo, que yo estaré exento de beber. Que Dios lo pille convertido. Y a mí, confesado.


—Hace poco Damián Blas Vives se refirió a vos como “Un tótem de la literatura contemporánea argentina”. Sin embargo, son muchos los que no se animarían a respaldar en público las palabras de Damián. Y no porque te falte talento sino por tu postura religiosa y política. ¿Hay espacio hoy en el (supuestamente) tolerante mundillo literario argentino para un escritor conservador y católico?
Sinceramente no lo sé, porque es un mundillo que no frecuento en absoluto. No me siento para nada cómodo hablando con intelectuales en general: la gran mayoría parece venir de fábrica con el mismo cassette, grabado en los estudios de la Gramsci & Frankfurt Records. Y tengo una anécdota que puede ilustrar perfectamente eso del cassette, y que jamás conté en ninguna entrevista. Hace unos treinta años, para la época de mi conversión, un fotógrafo francés nos contactó a los principales poetas argentinos de aquel tiempo para preparar un álbum con nuestros retratos. La tarde de la sesión grupal, en Plaza San Martín, nos conocimos en persona con uno de esos Grandes Popes, quien enseguida me dijo: “¿Sabés que me gusta mucho tu poesía?”. Se lo agradecí, por supuesto. Pero un instante después, cuando ese mismo Pope descubrió que dentro de mi morral yo llevaba los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, me disparó, entre burlas y veras: “¿Sabés que ya no me gusta tu poesía?”. Toda una radiografía de la triste época que estamos padeciendo, ¿no? Hace unos pocos años, fui eliminado de sus contactos de Facebook por uno de mis amigos de toda la vida, militante del Partido Obrero, por el solo hecho de que señalé en dicha red social que el ex legislador marxista Jorge Altamira en realidad se llama José Saúl Wermus ―el hermano economista arrimó un poco más el bochín al hacerse conocer como “Ismael Bermúdez”, dada la similitud fónica con Wermus―. Sé que en otros países la política no es la misma mierda que acá: parece que allá los partidos no nos parten tanto como acá. Volviendo a lo del “mundillo literario”, las pocas veces que me cruzo con algún ejemplar de esa fauna, en presentaciones o ferias, no tengo muchos temas de que hablar: quien más, quien menos, todos le tienen miedo a lo que yo amo, o directamente lo aborrecen. Nunca te lo van a decir de manera explícita, porque, si no, entran en cortocircuito con su prédica tan tolerante y pluralista; vos viste: te apartás del cassette, y ya quedaste marcado como “facho”, o bien te dicen en chiste ―acordate de que vivimos en La Llanura de los Chistes― que lo tuyo ya no les gusta más. Y además no van a reconocer abiertamente su intolerancia, porque en sus mentecitas cabe la fantasía de que yo puedo conectarlos con Random, justo. Por eso, más que contactar con mis colegas, yo prefiero contactar con mis lectores: son ellos el verdadero mundo literario, sin diminutivos. Ojo: con vos está todo bien. Y también con el genio de Fernando Sorrentino, con quien sintonizamos bastante. Lo de “conservador y católico” merece una precisión. Viéndome luchar con la espada, con la pluma y la palabra, yo más bien me considero un católico contrarrevolucionario, y valga la redundancia. Sí soy conservador, no en el sentido “tranquilo” de la palabra, sino en lo que respecta a la defensa de los valores eternos ―los valores cristianos, en definitiva―, propia del conservadurismo.

—Fue rondando los treinta años que abrazaste la religión católica, ¿no es así? ¿Tu fe influye sobre tus lecturas y escritos?
Mi conversión se dio en 1989, para mayor exactitud, y por suerte hasta ese momento había escrito apenas tres libros; todos “rupturistas”, todos “vanguardistas”, y cada uno más incomprensible y engrupido que el otro. Y le agradeceré a Dios por toda la eternidad haber operado en mí aquel misterioso trasplante de corazón que supuso reinsertarme en la Iglesia y proclamarlo a los cuatro vientos. Porque reemplazar públicamente mi corazón de piedra por un corazón de carne me significó dejar de ser aquel intelectual progre que soñaban Gramsci y la llamada Escuela de Frankfurt: un tipo mansito sumido en la ideologización a que te somete de manera constante el universo mediático. ¡Y encima creyéndose un piola bárbaro mientras rebuzna obedientemente “política, no metafísica” y “aborto seguro, legal y gratuito”, enmerdado en un pantano de sofismas y lugares comunes! No sabés la espeluznante alegría que significó para mí el descubrimiento de Las partículas elementales, la gran novela de fin de siglo, en la que Houellebecq pulveriza el Mayo del 68 y los liberales dogmas de la “fe” que terminó por parir el desastre actual. Hoy, cuando el ser humano se ha convertido en una robótica piltrafa modelada por un sistema que el padre Benson, Orwell y Huxley no podrían haber profetizado mejor, más que nunca es necesario fortalecerse espiritualmente; salvo que uno quiera seguir siendo un títere de este sistema, de esta tiranía universal disfrazada de democracia y pluralismo. En los primeros tiempos de mi metanoia, comulgando con la intimidad del cuerpo y la sangre del Señor, muy pronto empecé a indisciplinarme de verdad, y así entendí todo lo que uno le debe a Dios ―todo le debemos, en definitiva―, cuáles son mis auténticas raíces, de dónde provengo, en qué se basa la cultura occidental y por qué la vida es sagrada. Así aprovechada en un cien por cien, dejándome guiar por ella lo más posible, es absolutamente natural que la fe determine mi manera de asimilar la literatura ajena y de producir la literatura propia. Vivida como Dios manda, alimentada por la palabra de Dios y la comunión habitual, la fe impregna, sustenta y posibilita ―y enmienda, si es necesario― cada acto de la vida del creyente. Y la escritura es el acto más personal que puedo ejercer en esta vida: sé que cada palabra de mis poemas, ensayos y narraciones me las sopla el Espíritu Santo; incluso cuando en su gran mayoría, al decir de San Juan Pablo II, escudriñan “las profundidades más oscuras del alma o los aspectos más desconcertantes del mal”.

—Una vez una escritora me preguntó si yo de verdad era amigo tuyo. Cuando le dije que sí me dijo que, sin ánimo de ofenderme, quería hacerme una pregunta. Yo le dije “Adelante”, y ella me preguntó: “¿Es cierto que Marcelo está loco?”. Creo que esta es una buena oportunidad para trasladarte la pregunta: ¿Estás loco, Marcelo?
Yo creo que sí. Cuenta la leyenda que, cuando recibí en casa a la tal escritora, ese día andaba vestido de soldado. Si su pregunta no tuviera visos de realidad, vos directamente la hubieras desestimado en lugar de trasladármela. Pero ojo, ojito, ojete: hay locos lindos, y hay locos de mierda. Una vez, cierto estadista dijo que hay épocas de la historia en que es un honor ir preso. Parafraseándolo, podemos decir que hay épocas de la historia en que es un honor ser considerado “loco”. Acordate de que una vez Marge Simpson se puso a rezar en la vía pública, y por semejante acto de cordura pretendieron encerrarla. Chesterton decía: “Sólo quien nada a contracorriente tiene la certeza de que está vivo”.

Vamos con la última pregunta de Un café en Buenos Aires. Seguro que ya la conocés. Te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.
Me encantaría llevarme al genial John Ford a “La cantina de Palermo”. Lo sentaría en una mesa del patio, para que no apeste con sus cigarros a los comensales de adentro, y haría que el mozo Claudio le sirviese el mejor whisky que hubiera. Y ahí sí, le preguntaría cómo filmó El hombre quieto, mi película favorita. Y si llega a responderme aquel famoso y terrorífico “Con una cámara” que le respondió a Peter Bogdanovich en circunstancias similares, prometo abrazarlo y darle un beso en el parche por ser tanto o más hijo de puta que yo. ¿Qué querés que te diga, Pablo? Al igual que le sucedía a Ford, a mí me importa un pito ser odiado o que se diga de mí que soy un reaccionario o un loco. Mis objetivos como escritor, coordinador de talleres y Maestro Tirador no tienen que ver con fingirme progre para ganarme las simpatías del “mundillo”, sino con tratar de escribir los mejores libros, formar los mejores escritores y obtener los mejores puntajes con mi fiel carabina CZ.

Uno no escribe un libro para hacer terapia, por supuesto, pero indudablemente deja en cada página propia ―cuando es realmente propia― un montón de pulsiones, fobias y monstruosidades que vaya a saber en qué tragedias reales se hubieran exteriorizado de no haber salido disfrazadas de ficciones. 

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

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