El desarraigo y el hogar desde la literatura de Juan Carlos Méndez Guédez y Gilmer Mesa

En el marco de la 12 Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, el venezolano Juan Carlos Méndez Guédez y el colombiano Gilmer Mesa compartirán un diálogo con la periodista Dulce M. Ramos en torno a las “Memorias para el desarraigo. Los recuerdos del hogar vistos desde otro país o desde otra cuadra”.

Juan Carlos Mendez (Foto: Lisbeth Salas) - Gilmer Mesa (Foto: Cámara de Comercio de Medellín)

Dulce M. Ramos nos ofrece un adelanto de lo que será este conversatorio que se realizará el próximo 9 de Septiembre a las 7:00 p.m., en el Teatro Explora.

Juan Carlos Méndez Guédez es uno de los escritores venezolanos más importantes de su generación, aunque lleva más de veinte años viviendo en España su obra literaria se cruza de forma inevitable con la tragedia histórica de su país. A Colombia acaba de llegar su más reciente novela, La ola detenida (HarperCollins Español) 

Gilmer Mesa incursiona en el ámbito literario colombiano con su primera novela La cuadra, una historia que impacta por su autenticidad y crueldad sobre un barrio de Medellín a finales de los años ochenta en plena violencia y fulgor de Pablo Escobar.

¿Qué pueden tener en común estos dos escritores –uno veneco y el otro paisa- que parecen tan distintos? Mucho. Ambos, gracias a la literatura, fueron salvados de la violencia que vivieron en sus barrios de infancia.  Ambos ponen ritmo a su prosa con la música popular, aunque Méndez Guédez confiese que no sabe bailar y Mesa que hace rato abandonó la rumba. Ambos llevan en sus vidas la firma imborrable de dos hombres que marcaron una herida trágica en sus patrias: Hugo Chávez y Pablo Escobar

Méndez y Mesa ven en la escritura un oficio que les ha permitido descargar su insatisfacción –originada por los asuntos sociales y políticos- de sus países. Ambos retratan en sus novelas y relatos a personas comunes, cercanas a sus lectores. Ambos le dan un brillo particular a las mujeres, los personajes más fuertes en sus obras. Ambos, sencillamente, sin importar su origen, están marcados por la misma historia que ha marcado a todo latinoamericano: la violencia, la veneración por un mesías, la desigualdad, la injusticia.

-El tema central del conversatorio es el desarraigo desde un país (en el caso de Juan Carlos Méndez Guédez) y desde una cuadra (en el caso de Gilmer Mesa).  Para ustedes, ¿qué significado tiene el desarraigo y su relación con esa casa de la infancia?
JCMG: Adoro las casas. La idea de casa. Ese lugar de la intimidad y la memoria donde comenzamos a construir el mundo. En mi caso hay tres casas que acompañan mi memoria. Cada una tiene su momento protagónico según sea el momento por el que transcurra mi vida. La de Barquisimeto que era la familia extendida, las vacaciones (una casa múltiple, varias casas que son una), las otras dos en Caracas, la de la Maury en Catia, que es la casa de primera infancia donde aprendí a leer; la de Los Jardines del Valle, que es la casa de la niñez y la juventud. Soy todas ellas; desde ellas escribo.
Por eso no te hablaría de desarraigo. Esas casas viven en mí, me cuidan, me cubren, a dónde yo me mueva me acompañan. Claro que hay un sentimiento melancólico en torno a ellas; ya no las habito, pero están muy conectadas con mi existencia, y en sueños vuelvo a ellas en muchas ocasiones. Imagino que cada una de ellas tiene su lenguaje, sus propias historias.
Por eso te digo que el desarraigo es no tener casa; yo las tengo a ellas tres; aunque el tiempo me las haya arrebatado, yo las tengo. Escribir es esa tensión entre lo que dice el tiempo y lo que intentan la terquedad de las palabras.

GM: Hay un desarraigo más importante en la vida y es el desarraigo de la infancia. En mi caso extraño ese estado primigenio de cierta inocencia.  Nos pasamos analizando la vida siempre desde la infancia. Por eso aunque viva en el mismo barrio –Aranjuez, Medellín- ya no es el mismo. Extraño es el barrio de mi infancia y la adolescencia.  Creo que la verdadera patria está en la memoria, especialmente en la memoria de esa infancia que mientras más años pasen hace que crezca ese desarraigo.

-¿Cómo marcó sus vidas personajes tan funestos como Pablo Escobar y Hugo Chávez?
JCMG: Soy supersticioso. Acabas de nombrar en una misma pregunta a dos monstruos. Dos personajes del mismo talante, dos dioses de la sangre y la muerte que espero el tiempo borre y lleve a la misma cloaca fétida.
El significado que tiene para mí ese “militarucho” –Hugo Chávez- es el de un bandolero tan siniestro como el primero que nombraste, sólo que este además logró colocarse una banda presidencial.

GM: Pablo Escobar fue una de las personas más nefasta que ha tenido esta tierra, no solo creó un imperio del crimen,  hizo algo peor creó el ideal que el camino fácil era la vida.  Es una situación que ha permeable a toda la sociedad, una “pabloescobarización” de la sociedad que existe en ese culto mafioso de cómo enfrentar la realidad. Eso me parece gravísimo. 

-¿Hasta qué punto sus novelas sirven de vehículo para hacer una denuncia política?
JCMG: No es algo que yo me plantee al escribir. Eso de la denuncia política y la escritura comprometida es un asunto trasnochado de malos escritores que quieren repetir consignas. Ahora bien, en mis novelas, como en la vida, aparece la política, aparece el poder, aparecen determinados escenarios sociales. Pero lo hago desde mi perspectiva, un sujeto normal de una familia humilde, trabajadora. Nosotros no teníamos tiempo de ser comunistas ni progres ni derechistas; debíamos trabajar mucho para vivir. Eso era un asunto de niños con el futuro asegurado que querían salvarnos sin que se los hubiésemos pedido, o de gente que descubría que esa preocupación social era muy rentable y les permitiría comprarse un chalé con piscina mientras defendían a los pobres y dejaban de ser uno de ellos.
Mis novelas son novelas. Sólo eso. Gente común que tropieza con una gran transformación en su existencia y tira para adelante a ver cómo la resuelve. Pero piensa algo, una de las novelas que más me gusta en la vida es Fragmentos de amor furtivo, de Abad Faciolince, y allí hay un convulso cuadro social de una época muy violenta; eso quizá pueda mirarse como una denuncia de esa época del narco, pero es mucho más; es una novela de la sensualidad, del amor, de la pasión por el relato, de las mil y una noches, de los celos, del encuentro y la ruptura. Es muchas cosas.

GM: No es que me lo planteo, es que la literatura es un vehículo para eso y otras cosas. Yo escribo porque hay muchas cosas que me molestan de la sociedad en general  y más que una intención de denunciar, es una intención de hacer un reclamo.  Los lectores tendrá la última palabra de juzgar lo que escribo  como una denuncia o un grito un man solitario que está en encerrado quejándose del mundo.

-Entre muchas cosas que unen su obra literaria es la música, ¿qué significa para ustedes la música popular?
JCMG: No sé respirar sin música. Respiro música. Me encanta ir por la calle cantando las canciones de Leonardo Favio.
Pero hablando de música caribeña: la salsa es la banda sonora de mi niñez y adolescencia, aunque claro, yo era el muchacho de zona popular que no sabía pelear ni bailar bien. Pero esa música quedó allí; era la de los viernes, la de las fiestas, la de los autobuses. Así que la salsa está allí, mi querido Willie Colón, Ruben Blades, Héctor Lavoe, Andy Montañez, y hasta las salsas menos prestigiosas como las de Roberto Blades o Eddie Santiago. Pero también está el merengue, que sí cayó de lleno en mi generación y permitió que los torpes pudiésemos bailar en las fiestas. Rubby Pérez es la voz de mis alegrías y dolores, es la voz que todo lo sacude y lo conmueve. Y no puedo olvidar el vallenato, no sólo el tropipop de Vives que me encanta, sino los vallenatos de Rafael Orozco en el Binomio de oro. Todavía recuerdo el momento en que me quedé helado frente a una radio al escuchar que acababan de asesinarlo. Lo sigo escuchando mucho y hasta tengo inédita una novelita corta en la que su música es central.  Porque a ver, me encantan Bach, y Telemann, y Brahms y Paganini, y Locatelli y Mózart, y el rock, pero yo busco que la prosa de mis libros suene con esa frescura, con esa euforia bailable que viene de esa música de Orozco, Vives, Willie Colón o Rubby Pérez. Yo quiero que la gente baile con mis libros.

GM: Yo vengo de un barrio muy salsero, creo que hasta los dieciocho años escuchaba solo salsa, lo que me enloquecía eran las letras, esas historias.  Soy admirador de Rubén Blades, me parece un tipo coherente con lo que piensa, dice y siente.  El día que escuché “Maestra vida” me explotó la cabeza.  Yo llegué tarde a los libros, en esos libros encontré esas historias que había conocido primero en la salsa.  A mí Cien años de soledad me enloqueció, pero antes me había enloquecido “Maestra vida”.

-Y finalmente, ¿hasta qué punto la escritura es para ustedes. una forma de venganza?
JCMG: La escritura es vida en estado puro. Vivir es escribir. La escritura no representa nada para mí, porque todo yo soy escritura. Hasta el último segundo de la vida ella centrará mi vida. Me ha hecho feliz, me hace feliz.  En una ocasión contaba Rosa Montero que hizo la encuesta entre escritores sobre qué preferirían si tuviesen que elegir entre leer y escribir, y todos, salvo José Ovejero, respondieron que preferían leer. Yo estoy con Ovejero, si tuviese que escoger una sola cosa de la existencia sería escribir. Escribir, escribir, escribir.

GM: En mi caso, tenía una profunda tristeza por la muerte de mi hermano, más que una venganza o una catarsis fue una forma de mantenerlo siempre conmigo. La literatura ha servido para tener contacto con el dolor y entender un poco mejor al ser humano.  Escribir la novela –La cuadra -  no me quitó el dolor.  En cada muerte también hay un pedazo de nuestra la muerte. 

Conversatorio en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín

Fecha: Domingo 9 de septiembre
Hora: 7:00 p.m. 
Lugar: Teatro Explora
Tema: Memorias para el desarraigo. Los recuerdos del hogar vistos desde otro país o desde otra cuadra. Juan Carlos Méndez Guédez (Ve) y Gilmer Mesa conversan con Dulce María Ramos.

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