La novela enquistada. Reseña de “Itinerarios de la sangre” de Amparo Osorio

Amparo Osorio nos ofrece un relato donde el lector hace parte fundamental. Hay textos que bien unos ojos vacíos podrían leer y seguirían igual. Pero este no. Itinerarios de la sangre necesita que el lector se comprometa.




Por: Mateo Ortiz Giraldo*

Hay múltiples maneras de ocultarse. Dentro de un bosque, en una casa vacía y colmada de ausencias; dentro de un laberinto, detrás de un libro, como dice Alejandro Zambra. También hay varias formas de perderse: en las anteriores y en la siguiente: dentro de Itinerarios de la sangre (Los Conjurados, 2014)  de la poeta y novelista Amparo Osorio, novela que, como una alcachofa o quizás, como una cebolla (así la analogía les parezca “manteca” y llorona), contiene con capas un centro dislocado y extraño, al tiempo que profundamente poético y con sus raíces en grandes nombres de las letras como Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y la  infalible niña habitante del reloj, Alejandra Pizarnik.

Digo que Itinerarios de la sangre parece una cebolla, porque es una novela que se cierne sobre la otra: la enrosca, la rodea y, como las cebollas, la protege. Guarnece un punto interior sensible. Alrededor de él, orbitan o pululan, personajes que amplían la magnitud de ese lugar que se oculta entre las capas de la cebolla. La novela exterior, que es la que leemos al inicio, más adentro, la novela de Aralia que descubrimos por fragmentos y diferentes géneros: pasan como en desfile las cartas, el diario, la poesía y la narrativa que amalgama estos trozos de espejos flotantes. La novela interior, la enquistada, la que el lector crea.

Amparo Osorio, nos ofrece un relato donde el lector hace parte fundamental. Hay textos que bien unos ojos vacíos podrían leer y seguirían igual. Pero este no. Itinerarios de la sangre necesita que el lector se comprometa. Necesita de un lector-rata o si acaso un lector-sabueso, que navegue por sus capas como quien descubre la  palma de su propia mano. Unir puntos, hacer conjeturas. Hallar el puente entre la Aralia y la Violeta; entre el lenguaje poético de Osorio  y la prosa más dura. Hallar conexiones  que permitan entender que la novela real es la que el lector crear, que las demás son excusas para dibujar con crayola púrpura el otro lado de la luna.

Mencioné, en el párrafo anterior, el lenguaje “poético”, entendiendo éste como la palabra que revive, que se no se frena en las convenciones sintácticas del lenguaje, sino que aspira a una forma libre del verso. Pero, y ahí está el intríngulis de la novela, sin ser este un extenso poema en prosa o un hibridación parecida. Miremos, por ejemplo, este extracto:

“-Lo digo todo –continuó-: el amanecer con sus pájaros, la noche con sus sombras, el día y sus reposos, los sobresaltos de la imaginación... “(p.53)

De allí, quizás, que sea necesario recorrer con igual soltura la obra poética de Osorio, para entender sus obsesiones, sus intenciones poéticas, sus trochas y sombras. Y poesía sí que hay en la vida de la autora. La prosa poética no es un recurso en esta obra, es la obra misma. Todo se trata de itinerarios, de intermitencias y cambios. Mutaciones. Constantes vuelcos de la tuerca dentro de la literatura, dentro de la vida. Ajustándose y aflojándose.

Por eso, para leer esta novela hay que agarrarse bien fuerte  de los bordos del libro. Morder la realidad. Porque, de repente, estás flotando o levitando o cuando menos, elevándote. Las convenciones de los géneros, lo que los identifica, se hace borroso: el orden cronológico del diario, la concreción de la carta, la estructura del verso o de la prosa.  Hay que estar prendido del libro físico, pero con los ojos sumergidos hasta el último rincón de esa historia que Osorio construye. Así, hacerse responsable de la pérdida dentro de sus párrafos. Pagar el precio de habitar esta novela enquistada; que al final hace metástasis y mina a todos los géneros.



*Mateo Ortiz Giraldo. Leedor. Presunto escribidor. Estudia periodismo y filosofía. 

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