Regalo de cumpleaños, un cuento de Jerónimo García Riaño

Este texto hace parte de Corazón de araña negra, primer libro de cuentos del escritor colombiano Jerónimo García Riaño, cuya obra se “enfoca en diversos temas alrededor del desamor, un poco la desilusión, la injusticia, hay unos con temas eróticos y de sexo, mucha música”. 

Hoy compartimos una muestra de su trabajo.



Regalo de cumpleaños

Camino apurado. Quiero llegar al apartamento 2303, Torre C, Torres del Parque. Es la dirección que aparece en la carta que entró esta tarde a mi casa por equivocación. No vivo en un edificio tan alto y mis recorridos siempre terminan en el tercer piso. Un cartero novato, tal vez.

La carta llegó abierta. Por un simple impulso de curiosidad, la leí antes de volverla a sellar. La hoja blanca y escrita a mano le dice a la señora Clara Miranda que su hijo acaba de morir en un accidente en un automóvil —por la fecha de la hoja, realmente el hijo no acaba de morir—. La carta viene de un pueblo llamado Cuatro Vientos. Nunca he escuchado ese nombre.

El portero del edificio no está. Su puesto solo es calentado por la luz de un bombillo que cae sobre el mesón de información. No quiero esperar a que aparezca, continúo mi camino y llego al ascensor. Son las diez de la noche. Subo hasta el piso 23 y escucho una música que proviene del apartamento 03. Timbro varias veces hasta que la puerta se abre: la música escapa del encierro y se pasea por mis oídos. Están de fiesta. Aparece una mujer como de 50 años o más, delgada, su pelo nace liso pero se enrosca al final, parece el nido de unas diminutas serpientes negras. Unos ojos casi cerrados me miran confiados, como si me conocieran de antes. Su cuerpo se sostiene de la copa de licor que tiene en la mano.
            —¿Es usted Clara Miranda? —le pregunto.
            Sonríe y luego afirma con la cabeza.
            —Le traigo esta carta… Es para usted. —Mi mano está estirada y el sobre a punto de resbalarse de mis dedos.

Doña Clara me brinda licor. Tal vez una copa calme el cansancio de este día de trabajo. El trago acaba pasando por mi garganta y mi cara se arruga cuando siento el sabor del aguardiente. Ella toma mi mano y me jala hacia la fiesta. La música proviene de todas las paredes del apartamento. Algunos invitados bailan, otros conversan sentados en unas pequeñas sillas blancas de plástico. Un colorido aviso de Feliz Cumpleaños forma un arco que adorna parte de la sala, y debajo, en una mesa, aparecen copas y botellas vacías de aguardiente y una torta despedazada. La señora me sienta en una de las sillas blancas.

            —Bienvenido a mi fiesta. —Esas palabras suenan deformes, casi ilegibles. Luego se va y me deja ahí, solo, o mejor, acompañado por una carta que no me pertenece.

La gente me mira fastidiada. Soy un extraño en la fiesta, un invitado improvisado.

La mujer regresa con una botella de aguardiente y dos copas. Las llena y me pasa una, dice que brindemos por su cumpleaños y por mí, el nuevo amigo que acaba de conocer. De nuevo le muestro la carta. Ella la quita de mi mano y la pone encima de la mesa, al lado de lo que queda de la torta. Bebo el segundo trago, mi garganta lo acepta mejor que el primero. Doña Clara es una mujer bella, tiene unos labios pequeños y perdidos entre esa piel morena. Sus párpados se abren y puedo ver unos ojos cafés que no dejan de mirarme. Pone la mano encima de mi pierna y me dice:

            —Qué bueno que entraste a esta fiesta… Está un poco aburrida, los mismos… las mismas. —Señala a los implicados de la frase—. Pero tú eres una cara nueva… Una cara linda. —Me acaricia y ríe—. Me gustan los hombres de ojos claros… así como los tuyos… Je je je… Te pareces a mi hijo… No, no, no en los ojos, en la mirada de tus ojos… —Llena mi copa vacía, la bebo hasta el fondo—.  Mi hijo debe tener tu edad… ¿Cuántos años tienes?... eso, sí, por ahí… más o menos… Se fue hace dos años a vivir a un pueblo lejano… lejos, lejos de la mamá… Je je je… Es ingeniero y trabaja con una electrificadora. Vino hace seis meses a saludarme... Pasó conmigo Navidad… esas fechas son importantes para mí… ¿Te gusta la Navidad?... Otra copa, toma… —Cuarto trago—. Mi esposo murió hace años y me dejó esta casa… este apartamento… Me gusta mucho, desde aquí se ve parte de la ciudad… Ven y miras.

Doña Clara me lleva por un pequeño corredor hasta un ventanal inmenso, una pantalla de cine donde puedo ver a Bogotá en la noche, toda llena de luces que parecen brotar de la tierra, se trepan por las montañas y se extienden a lo alto, buscando las estrellas.

La mujer trae otras dos copas de aguardiente, bebo el quinto trago y de nuevo caminamos a la sala. Esta vez no me deja sentar y me invita a bailar.
            —Yo no bailo —le digo con una sonrisa—. Lo mío es el rock, no la salsa.

A ella no le importa, dice que me enseña. Nos tomamos de las manos y me muevo sin sentir el ritmo de la canción que suena. Ella menea la cintura de un lado a otro, sus piernas chocan con las mías y me aprieta a su cuerpo. No sé cómo moverme. Miro al piso y veo esas grandes piernas agitarse con mucha agilidad. Yo trato de seguirla, pero fracaso.  Ella sonríe, me mira y besa una de mis mejillas. Acomoda su cabeza en mi pecho. El roce constante entre su pantalón y el mío empieza a excitarme. Abrazo por completo esa pequeña espalda y siento el calor del licor subiendo a mi cara. La canción ha terminado y doña Clara me ofrece un nuevo trago, el sexto. Le digo que quiero un poco más y ella llena la copa hasta que algunas gotas caen en el piso. El trago desaparece en un solo envión: mi mirada y mi cuerpo ya pertenecen al licor.

Doña Clara sonríe, y en un acto que ya parece una rutina, toma de nuevo mi mano y me lleva hacia un cuarto. Algunas personas de la fiesta la llaman, pero ella las ignora. Las escaleras se cruzan en el camino, son como piedras que entorpecen mis pasos. Me siento caer y doña Clara me sostiene. Nos sostenemos.

En el cuarto me encuentro de nuevo a la ciudad. Los grandes edificios aparecen pegados a la ventana con sus luces encendidas, se convierten en testigos de lo que va a ocurrir. Doña Clara me brinda otro trago: dice que soy su mejor regalo de cumpleaños. Me besa y su aliento lleno de licor se une con el mío. Con cada beso arrastra los pies y me empuja suavemente a la cama. Su blusa blanca cae al piso. Me desplomo sobre el colchón y ella empieza a quitarme los pantalones. Me siento desnudo. El licor que me recorre el cuerpo sirve como escudo contra el frío de la noche. El techo blanco del cuarto gira sobre mi cabeza como uno de esos juguetes móviles que tienen los niños para dormirse.  Al final, ese techo se convierte en el rostro de doña Clara que me mira. Pone su pecho encima del mío, su cuerpo se acomoda y busca ser penetrado. Otra vez me besa. Sus hebras de cabello tocan mi cara, las serpientes quieren morderme. ¡Ah!, bella Medusa.

Abro los ojos y los siento perdidos. Estoy solo, acostado en esa gran cama. Mi ropa parece muerta sobre el piso del cuarto y las sábanas están llenas de pliegues y de humedad. Una fotografía de un joven blanco de ojos claros y pelo negro, y una botella de aguardiente casi vacía, me observan desde la mesa de noche. El sol entra sin piedad por la ventana y alumbra mi cara con una luz indagadora. Mis recuerdos llegan hasta el origen: la carta. Me levanto de la cama y me visto tan rápido como puedo. La ropa se pega en mi piel y un ruido dentro de mi cabeza no me deja concentrar. Salgo del cuarto, bajo las escaleras y llego a la sala. No hay nadie. Algunas sillas blancas siguen de pie y otras están caídas, de la torta solo quedan unas migajas encima de la mesa, y el cartel de Feliz Cumpleaños se balancea con el suave viento que entra por las ventanas. Doña Clara está en la cocina.
            —Buenos días, ¿cómo amaneciste? —me dice. Se acerca y me da un beso en la misma mejilla de toda la noche. No quiero hablar, mi aliento sabe a una amarga mezcla entre licor y sexo.
            Llega a la sala, descarga sobre la mesa el jugo de naranja que lleva en la mano y toma la carta. La sopla para quitarle los pedazos de torta que tiene encima.

 En ese instante, huyo de la casa sin despedirme. Cierro la puerta de un golpe y aprieto el botón del ascensor. No llega. No puedo esperar. Tomo las escaleras y bajo hasta la portería que ya tiene portero: un hombre viejo disfrazado con un pequeño gorro azul. Me mira y tal vez por mi rostro y mi respiración agitada decide que vengo de la fiesta del 2303, y me deja salir sin hacer preguntas.

Afuera, lejos del edificio y aún con la luz del sol persiguiendo mis ojos, no dejo de pensar en una sola cosa: mi mirada no se parece a la del muchacho.
  

Jerónimo García Riaño
Docente universitario y escritor. Egresado del Taller de Escritores de la Universidad Central, Bogotá; y del Taller de Novela Corta, Fondo de Cultura Económica, Bogotá. Algunos de sus cuentos han sido publicados en revistas literarias y periódicos de circulación nacional. Colaborador de la Revista Puesto de Combate, Revista digital Cronopio, Revista digital Corónica, entre otras. Ganador del primer Concurso Nacional de Cuento Breve, Revista Avatares 2011, y finalista en los Premios Nacionales de Literatura, modalidad cuento, Universidad Central 2012, y del IV concurso de cuento corto Museo de la Palabra, en España.
Incluido en la antología Asedios verbales, panorama actual del cuento colombiano, elaborada de manera exclusiva por Ángel Castaño para Pijao Editores.
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