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Ministerio de Cultura de Colombia

Un café en Buenos Aires con Fabio Martínez

Sus años de experiencia como profesor universitario, la sacralización de la lectura, los autores injustamente olvidados, el costo que debe pagar un escritor a cambio de brindar su opinión en voz alta… Apenas un breve abanico de los temas que atravesaron nuestro Café en Buenos Aires de hoy junto a Fabio Martínez.


Mis columnas me han traído grandes satisfacciones con el lector, pero también, debo reconocerlo, he sido víctima de los comentarios bajos de los lectores intolerantes que no admiten el derecho a pensar y a ser diferentes.

Por: Pablo di Marco* / Especial para Libros & Letras

-Lleva décadas de experiencia como profesor universitario. ¿En qué aspectos sus actuales alumnos han evolucionado en relación a sus alumnos de los años 80’? ¿Y en qué aspectos han involucionado?
-Los estudiantes representan la reserva intelectual de un país. En los años ochenta el estudiante era reflexivo y crítico pero no tenía las herramientas que hoy en día se tienen para obtener información. Gracias a las nuevas tecnologías virtuales, los jóvenes de hoy manejan una información mayor, tienen más posibilidades de establecer redes y vínculos entre las diferentes disciplinas y cuentan con inmensas bibliotecas virtuales que les permite investigar desde sus casas y los campus universitarios. El reto de los jóvenes de este siglo es no quedarse en la información y dar el salto hacia la reflexión y el conocimiento.

-Ya que estamos hablando de sus alumnos… Usted es un estudioso de la vida y obra de Jorge Isaacs. Creo que lo peor que le puede suceder a un joven lector es considerar a Isaacs un mito y a María un libro sagrado, ya que sacralización y lectura no dan buenos resultados. ¿Cómo hace usted como profesor para que sus alumnos comprendan que el Isaacs que escribió María era un muchacho talentoso pero también cargado de dudas?
-Hasta la década de los ochenta, en el país existía una lectura religiosa y lacrimógena sobre María. Esto se debió a que el establecimiento insertó la novela María dentro del canon del imaginario conservador que perduró en Colombia hasta bien entrado el siglo XX. Inquieto por esta mirada sobre María y la consecuente invisibilización de la vida de Jorge Isaccs, me propuse seguir sus huellas y descubrí que fue un icono de la cultura latinoamericana del siglo XIX, que participó activamente en el proceso de construcción de la nación colombiana, y fue derrotado. Así nació mi biografía novelada: La búsqueda del paraíso publicada por Editorial Planeta en 2003.

A partir de los ochenta, un puñado de profesores universitarios nos dedicamos a despojar a María del musgo religioso e incitamos al lector hacia una mirada laica. Fue así como el espectro de interpretaciones sobre esta novela se amplió y hoy en día, en la academia colombiana y latinoamericana existen interesantes interpretaciones sobre esta novela icónica, que van desde la lectura sobre el amor cortesano, pasando por el paisaje de la hacienda esclavista hasta los orígenes étnicos de la presencia africana en la novela. 

— Lleva publicados una veintena de libros, ¿qué lo motiva a seguir escribiendo? ¿Aún quedan cosas por decir?
- Desde mi juventud la escritura ha sido para mí el oxígeno que me permite sobrevivir. Sobre todo en un país donde vivir es un verdadero milagro. Si no escribo es como si fuera un hombre muerto. Por supuesto, la vena literaria se va agotando. Como el amor, yo escribo lo que puedo. Antes escribía cinco horas diarias. Ahora solo escribo dos horas al día.  Cuando no puedo escribir me dedico a leer.

— No está nada mal. Si hay algo que yo le reclamo a la escritura es el tiempo que le roba a la lectura. En fin, hay una pregunta que me atormenta: ¿cuántos libros no leeré a cambio de escribir una novela? Pero mejor sigamos adelante: ¿Se considera hoy mejor escritor de lo que era en sus comienzos? ¿O la escritura es un permanente volver a empezar de cero?
- Por la fuerza del tiempo, puedo decir que ahora puedo diferenciar un texto bueno de uno malo. Tengo más conocimientos, más enciclopedia, más experiencia. Para mí cada nuevo libro es como comenzar un nuevo amor. La escritura como el amor está lleno de pasión pero también de dolor y sufrimiento. Cada nuevo libro es comenzar de cero. Esta es la tragedia interior del escritor. Superar el grado cero de la escritura es el reto del verdadero escritor.

—Usted suele escribir columnas de opinión en El Tiempo y no rehúye al debate político. Tal vez coincida con aquello que decía Sartre de que “Hay cierta complicidad con lo que anda mal si uno se abstiene de criticarlo”. ¿Qué costos pagó —y paga— por dar sus opiniones en voz alta?
- Desde joven me he considerado un escritor integral. Por esto, siempre he escrito en periódicos y revistas. No me reconozco en el escritor que vive encerrado en su torre de marfil y cuando se asoma a la ventana da las declaraciones más fascistas del mundo. ¿Cómo seguir en silencio ante tanta barbaridad? ¿Cómo ser intocable ante un mundo inhumanizado que nos arrasa a diario? Después del debate Dreyfus, el intelectual tiene la palabra. Para bien o para mal. Mis columnas me han traído grandes satisfacciones con el lector, pero también, debo reconocerlo, he sido víctima de los comentarios bajos de los lectores intolerantes que no admiten el derecho a pensar y a ser diferentes. Como en la época de la Inquisición, algunos libros de mi autoría han sido perseguidos por los zombis que circulan en las redes y que no aceptan mi actitud vital frente a la literatura.

—Nómbreme a buenos escritores colombianos que no reciben la atención que merecen.
-Entre los vivos nos hemos olvidado de Fanny Buitrago. Entre los muertos, continúan en el limbo Germán Espinosa y Helcías Martán Góngora.

—Meses atrás terminó una nueva edición de la Feria del Libro de Bogotá. Imaginemos la siguiente situación: se le acerca uno de sus organizadores y le dice: “Señor Martínez, ¿qué aspectos de la feria considera usted que podrían mejorarse?”. ¿Qué le diría?
-Yo vengo asistiendo a las Ferias del Libro de Bogotá desde 1988 y me parece que se han venido perdiendo los espacios para el escritor colombiano. Cuando dirigía la Feria don Jorge Valencia Jaramillo, había un espacio de encuentro para los autores colombianos, se homenajeaban a los autores destacados y cada Departamento tenía su día, su stand y su fiesta cultural. La Feria del libro es internacional, pero así mismo, es el espacio para mostrar la cultura literaria del país. En esta Feria me sorprendió que no se le hiciera un homenaje póstumo a nuestros escritores recientemente fallecidos como Rogelio Echavarría, Óscar Collazos, Alonso Aristizábal y Gonzalo Márquez. Son nuestros muertos ilustres que entran al reino del olvido. También me sorprende que ya no destaquen las salas con los nombres de autores sino que se haga de una manera impersonal: Sala A, B, C, etc.

—¿Qué le pareció el pabellón de Argentina, que le dedicó tanto espacio al fútbol como a los libros?
-Me decepcionó. Argentina no solo es fútbol. En aquella desolada cancha faltaron jugadores como Macedonio Fernández, Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo, Alejandra Pizarnik, Julio Cortázar y el Negro Fontanarrosa.

—Vamos con la última pregunta de Un café en Buenos Aires, Fabio: le regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Cuénteme quién sería, a qué bar lo llevaría, y qué pregunta le haría.
Invocaría a Macedonio Fernández, el escritor vanguardista, autor de la Novela de la Eterna. Lo invitaría un domingo en la tarde al Cabaret de El Mulato, para ver cómo se mueven las negras de Cali. Maestro Macedonio: ¿Cómo ve la literatura latinoamericana después del matrimonio de Mario Vargas Llosa con Isabel Preysler y su campaña electoral a favor de Iván Duque, el entenado de Álvaro Uribe Vélez?

*Foto de Fabio Marínez. Cortesía.


Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

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