Siempre he creído que Cali es una ciudad que vive de sus nostalgias: Gustavo Bueno Rojas, escritor

Este 20 de Octubre, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Cali, Gustavo Bueno Rojas presenta Ruido blanco (Ediciones El Silencio), su segunda novela. 


Ruido Blanco: una novela que habla desde la nostalgia

Una Cali enmarcada  a finales del siglo XX y principio del XXI, es el escenario en el que transcurre la historia de Martín Isaza, una joven promesa de la escritura que se divorcia de la palabra escrita para perderse en una alocada búsqueda por el legado de Andrés Caicedo: sus manuscritos y su carta de suicidio.

La amistad, el amor, la literatura, la muerte y, por supuesto, Cali, se entremezclan en esta historia atravesada por la nostalgia que, en palabras de Bueno Rojas, caracteriza a los caleños. “Siempre he creído que Cali es una ciudad que vive de sus nostalgias, por ejemplo, nuestra generación nunca pudo ver en vivo cantar a Héctor Lavoe, pero para quienes nacimos y nos criamos en Cali, Lavoe es un ícono que despierta nostalgias. Lo mismo pasa con Andrés Caicedo, que creo que es el escritor que representa nuestra ciudad y a quienes nos gusta la literatura y nacimos en Cali, irremediablemente tenemos que pasar por su influencia y, a veces, lo pensamos con nostalgia”

En esta novela, la segunda de Bueno Rojas después de Cuentas del alma, se siente la influencia de grandes escritores latinoamericanos como Guillermo Arriaga y Roberto Bolaño, pues el autor logra crear una atmósfera plagada de recuerdos, en la que los personajes se cruzan como detectives salvajes que buscan respuestas en los recovecos de la ciudad.

Compartimos un fragmento del libro

ONCE
Cuando terminé el artículo decidí no enviarlo, quise revisarlo. La imagen de Isaza no se me quitó de la cabeza. No había pensado en él así, desde la vez que Laura decidió que se quedaría conmigo. Fue una tarde en Pance, en el lugar en donde Laura decía que despejaba la cabeza. El agua fría del río nos mojaba los pies y ninguno de los tres se atrevía a hablar, sólo se escuchaba el sonido del viento, de los animales y del agua fluyendo entre las piedras. Fumábamos marihuana. No recuerdo si era martes o lunes, pero tengo claro ese silencio, creo que podíamos escuchar los pasos de las hormigas. Fue Laura quien lo interrumpió.
—Martín, tenemos que decirte algo —dijo Laura y sus palabras cayeron como plomo sobre el río.

No puedo saber si Isaza sospechaba lo que pasaba entre nosotros. Yo había llegado de hacer la maestría unos quince días atrás y Laura fue a esperarme al aeropuerto. Llevaba rosas amarillas y cuando nos abrazamos sentí que me amaba. El beso que nos dimos aquel día fue un beso de amor. Y ahora que lo recuerdo sentí lo mismo aquella mañana cuando nos despedimos. Un beso lleno de felicidad, porque nos encontrábamos de nuevo y podríamos llevar a cabo todo lo que habíamos planeado. Una casa en las afueras de Cali, hijos, una biblioteca enorme y muchos viajes por el mundo. Pero ese también era un beso lleno de temores. Ambos pensábamos en la reacción de Isaza, además, Martín había estado una vez más recluido en el hospital siquiátrico. Laura me había contado de una nueva recaída, la depresión lo está matando, me escribió en un e-mail, un par de días antes de que yo volviera a Cali. En ese momento, no me importó Martín y ahora estoy seguro de que a Laura tampoco. Sé que hubiera hecho cualquier cosa por deshacerse de él.

Recuerdo la mirada de Martín cuando Laura terminó de contarle. Se quedó parado como una estatua de sal y miraba el río. No contestó, no lloró, no respiró. Creo que Martín, desde ese momento, empezó a morir lentamente, a cansarse del mundo. Yo sabía lo que él amaba a Laura y las cosas que podía llegar a hacer por ella. Martín mataría si ella se lo pidiera. Pero esa tarde, no hizo nada. Yo tampoco pude modular palabra, pero en el fondo estaba feliz. Adentro de mi cuerpo chocaron miles de sensaciones y sentía que iba a estallar. Pero me contuve. Cuando terminamos el porro, caminamos hasta donde Laura había parqueado el carro. Los tres íbamos a una distancia prudente. Laura iba adelante, caminaba un poco rápido, atrás estaba Martín, caminaba con la cabeza gacha y en ocasiones recogía piedras que lanzaba al río y más atrás estaba yo, queriendo abrazar a Laura, deseando el momento para estar solos. Cuando llegamos al carro, Martín se subió al asiento trasero, era la primera vez que se sentaba en el que había sido por mucho tiempo mi lugar.

Cuando escribo me gusta tomar café, me mantiene despierto, no muy cargado, porque después no puedo dormir. Sé que aquel día en que tenía en mi casa el verdadero desenlace de la vida de Martín tuve que haberme tomado miles de tazas porque cada que recuerdo ese momento me tiemblan las piernas, me pongo nervioso y pienso en la cafeína. Esa noche la pasé en vela y volví al computador muchas veces para darle una mirada al artículo y en una de esas, descubrí algo que Isaza me había repetido en varias ocasiones. Algo que ahora que veo en la distancia me parece una farsa, especialmente si lo dijo alguien que no pudo escribir nada más que un cuento.

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