Entre el reguetón y el odio. Una fuga de desprecio musical

En un México  que "tiene dos problemas (...) el nacionalismo y el federalismo, ambos la expresión básica del capitalismo", la colombiana Rosa Pistola "llegó a la cúpula del reguetón mexicano tocando en los tugurios más siniestros a los que ningún DJ se atrevía a entrar". Con este texto, Alejandro González nos va llevando por los antros y el perreo en un país en el que el género cobra cada vez más fuerza, de la mano de Laura Puentes. ¿Por qué debemos prestar atención al reguetón tradicional y rasposo que pertenece al inframundo? Este relato, exquisitamente construido, no es una respuesta, pero sí la clave.

Foto tomada de www.ticketfly.com

Parte I

Por: Alejandro González Ormerod*
La ciudad se odia a sí misma. Todos empujan en direcciones opuestas, aunque van al mismo lugar. Gritan, corren, chiflan, se agarran, buscan un espacio vacío en donde ponerse.
El hombre sube en silencio después de los demás. Sus miradas furtivas lo delatan. Es alguien que sabe estar donde no debe de estar, haciendo algo que no debe de hacer. Las puertas cierran y él se desata. Un desfile ecléctico de pistas surge de su mochila, empezando por una norteña empalagosa. Una mujer marca el paso discretamente con el pie. La emoción aumenta, el volumen incrementa, la canción a punto de llegar al éxtasis y, de repente, acaba. Ahora suena un conocido baluarte del rock en español a medio coro. La tonada es buena y ya va encarrilada en su mejor momento. El hombre repite la operación e interrumpe la canción justo antes de llegar al clímax. Le sigue ahora una de reguetón. Afino mis oídos para escuchar la letra. Paso a pasito, suave, suavecito a pasito, suave, suavecito. Trato de discernir alguna profundidad en sus palabras. Y es que esa belleza es un rompecabezas, pero pa montarlo aquí tengo la pieza montarlo aquí tengo la pieza. Los
músculos de la gente se estremecen. El tren frena en la estación Bellas Artes.


Calle Donceles, colonia Centro. Primera mención en un texto histórico; 1524. Años de existencia; probablemente más. Por lo menos, cuatrocientos noventa y tres años de ver pasar multitudes. Por mi parte, yo había acabado en el número diez de la susodicha por razones frívolas; una memoria aleatoria, un rumor que se asentó tenazmente en mi cerebro.

Camino con propósito, quiero llegar antes de que cierren (si es que abren en sábado). Esquivo peatones lentos y coladeras destapadas. Rebaso, sin pensarlo dos veces, a un changarro anónimo de fritangas. Al llegar al número 28 me doy cuenta que me había pasado hace varias fachadas. Doy vuelta atrás con premura en el Edificio Aura y me planto en frente del comal cóncavo del puesto. Unos niños corren sin supervisión por debajo del aceite hirviendo. Pregunto por la biblioteca. Una señora descalza y de mandil me hace un gesto como de dolor; no está el señor. Le pregunto si el señor es el encargado de la Biblioteca Mazini. Ella dice que sí. Le pregunto si el señor regresará pronto. Ella dice que no cree. Me mira con una indiferencia infinita. Le pregunto si arriba está el Centro Social. Su expresión permanece inamovible; no hay nadie hoy. Insisto preguntando si sí es, entonces. La mujer por fin cede.
—Sí, pero los chavos no están hoy. No hay nadie, vea usted si quiere— dice, tratando de dar por concluida nuestra conversación.
La puerta está abierta. Por dentro se ve poco por la oscuridad. Dudo un instante, pero, molesto por haber venido hasta el Centro solo para toparme con el muro de apatía de una señora, entro al edificio de Donceles.
A mediados del mes de julio pasado la policía detuvo a cerca de 90 jóvenes que participaron en una gresca cerca del metro Cuauhtémoc. Días después dos jóvenes fueron ingresados al Reclusorio Oriente. (1)
Los fanáticos de esta música sexualmente explícita se han vuelto las personas non gratas del momento, acusados de una serie de ofensas que van desde el robo hasta el narcomenudeo. (2)
Se les ha señalado por la comisión de algunos delitos y por su adicción al consumo de inhalantes. (3)
Hay un problema muy serio en la Ciudad de México… No está pensada para funcionar como una urbe sino como un gran conjunto de personas en pugna permanente… Hay anarquistas en las calles… hay violentos cada dos de octubre… hay manifestaciones… hay 'reguetoneros' en el Metro. (4).

Gasolina

Siento el calor de la ciudad a mis espaldas mientras entro a la oscuridad. Un anuncio, perfectamente pintado a mano en letras ornamentadas ruega “No orinarse”. Dado el olor del lugar, parece que la petición ha sido ignorada por completo. Así que aquí se reúnen los anarquistas de la ciudad. Camino hacia donde huele menos al azufre de la orina y más hacia donde mana un fuerte olor a marihuana. El lugar parece una enorme bodega. Está vacía. Vacía salvo un rincón abarrotado de enceres y objetos varios. Se ve un closet, una mesa larga, libros, periódicos, estantes y, entre todo aquello, dos hombres sentados cómodamente en medio de ese alboroto. Uno lee el periódico mientras el otro fuma.
—¡Adelante! ¡Siéntese! ¿Gusta—? dice ofreciendo un diminuto porro. Le doy las gracias, declinando su oferta.
—¿Por qué—? pregunta con un movimiento brusco de la cabeza. Le invento una mentira sobre la necesidad de trabajar después—. ¡Ah, bueno! No sabía si eras el enemigo...
Tomo asiento en la única silla vacía. El otro hombre hojea entre las páginas rojas y la sección de deportes en silencio.
—México tiene dos problemas; —dice el que fuma sin perder tiempo— el nacionalismo y el federalismo, ambos la expresión básica del capitalismo—. El hombre lanza un torrente de nombres, lugares, de luchas y tragedias. Habla del movimiento del 68 y del papel que él, su padre y los demás libreros de La Lagunilla interpretaron. Habla de sus reminiscencias de la época de oro de la Librería Cristal en la Alameda, del campamento ‘2 de octubre’, del fervor activista y cultural de la ciudad en ese entonces. 
—Aquí era el nuevo París— dice inhalando humo—. Pero los cambios son a reserva de ver. Y yo pago por ver. De eso les quiero enseñar a estos chavos del Centro Social— intento indagar más sobre el tema de los chavos libertarios, pero el hombre ya va encarrilado—. Y pues claro, los libros se los repartíamos a muchos de los compañeros presos. Estaba Mújica, que le daba clases a la Conchita cuando fueron a las Islas Marías... Estaba Tlaxcala, ahí en donde están resguardados los libros encuadernados en piel humana... Sí, sí, y pues bueno aquí estamos, aquí guardamos los libros en este edificio en el corazón de la ciudad, donde han pasado tantos por una puerta y salido por otra, unos sin nombre, otros innombrables, pero muchos pasaron por aquí, porque era una prisión. Mira nomás estos muros macizos. Las puertas de hierro. 
Yo intento no perderme y tomo notas furiosamente, pero este último punto me detiene. No miente. De repente, me siento claustrofóbico en ese enorme espacio. El hombre termina su porro y como por arte de magia entra otro señor que, sin decir mucho, saca un manojo de herbolaria similar a la que el hombre fumaba y la esconde debajo de un libro. Es suficiente marihuana como para que el tomo de Pensamiento y acción revolucionarios de Errico Malatesta aparente flotar sobre la mesa.
—Me llamo Apando— dice el hombre, encendiendo un nuevo porro—. Nosotros estamos aquí como siempre, pero los chavos que buscas no lo están. 
Calle Bolívar 26 (aprox.), colonia Centro. Tres cuadras al sur del cruce con Donceles. Me molesta no haber encontrado respuestas más concretas en mi primera excursión investigativa. Un día desperdiciado. Trato de recordar lo que me llevó a salir intempestivamente de mi cama esa mañana a buscar anarquismos imaginarios en el Centro.
***
—¡Naquísimos!— gritó mi amigo. Estábamos en su sala. Calle Tamaulipas, colonia Hipódromo-Condesa, a cuatrocientos metros del Parque México, antes Parque San Martín. Él, mi amigo, era un extraño híbrido con las sensibilidades artísticas y estéticas de un hípster —lóbulos extendidos, perforaciones, tatuajes y una corbatita de moño con puntos—, pero con ese amor por la buena vida del mirrey promedio. Por lo tanto, vive en la Condesa —bautizada así por haber sido propiedad de la condesa de Miravalle, para después ser el hogar de la aristocracia porfiriana, hoy el enorme parque canino de la nobleza chilanga postmoderna.
—No hay nada más naco en este momento de la historia que ser reguetonero— declaró sin ambigüedades ni matices. Estaba ebrio. Nadie respondió. El silencio otorgaba. Eventualmente, otra amiga, una "niña bien", alzó la voz. 
—A mí no me gusta todo el reguetón, pero ¿para qué negarlo? A mí la neta me mama Maluma. Y no sean mentirosos, a la mayoría de ustedes les gusta una que otra canción.
La declaración fue una afrenta.
—¡¿Qué?! A ver. Nada más hazme el favor de escuchar esto— dijo alguien cambiando la canción que tocaba en ese momento.
—¡No, en mi teléfono no! Me vas a arruinar mi selección semanal.
Otra chava reunió el valor para defender a su amiga.
—La neta; si me ponen esto en el Sens, yo contenta.
—Espérame— dijo otro chavo— ¿me estás diciendo que tu problema con el reguetón no es la pésima música sino solo con los que la escuchan? Eso está doblemente nefasto.
—A ti no te digo nada— respondió ella.
—Estás diciendo que los reguetoneros son básicamente unos criminales, pero que su música sí te parece aceptable— remató él.
—O sea, ¿no tienen razón los dos—? preguntó una tercera voz a modo de chiste. La mitad de los presentes rieron. Los demás replicaron con fuertes acusaciones de racismo y clasismo, a lo que se les recriminó con ser sexistas e ignorantes. 
—Aunque fuera buena, yo nunca escucharía música que hablara así de las mujeres.
—¡Ah!, ¿porqué el rock o el pop no es sexista? Además, muchas gracias, papacito, pero la mujer tiene el derecho a sexualizarse a su gusto.
La riña dio varios giros más hasta que los presentes perecieron estar inciertos de cómo llegaron a donde habían llegado. A todos les parecía incomodarles su postura en el debate. El anfitrión, aburrido, intervino.
—Conclusión: música de súper mal gusto, mal producida por chavos que claramente no pasaron de la primaria y eso se escucha en lo pésimo de su letra. Y aunque te guste— dijo dirigiéndose a la que escuchaba Maluma—es innegable que es música de ninis por excelencia, revoltosos-lanza-cocteles-molotov de día como los anarquistas y nefastos en las noches con sus perreos. Fin del tema.
Los presentes aceptaron de alguna manera u otra el dictado y resumieron su intoxicación. Esa noche soñé con reguetoneros y anarquistas, y sobre un inframundo urbano desapercibido sobre el cual pasaba todos los días de mi vida.
***
Doy vuelta sobre la calle 16 de septiembre. Mi mente recorre una y otra vez la serie de decisiones que me llevaron hasta ahí. ¿Por qué corrí hacia la primera cosa que parecía una pista de un misterio que nadie me había pedido resolver? ¿Para encontrar algún rastro de una tribu urbana ya desaparecida? Lo que me había quedado claro en mis breves exploraciones en internet era que el mundo del desmán reguetonero tuvo su auge en las primeras páginas de la prensa capitalina entre 2012-4. Desde entonces se habían prácticamente esfumado.
Y si sí los encontraba, ¿qué ganaba con descubrir algún indicio de una subcultura musical tan odiada? "Odiada", ¿seguramente odiada era una palabra demasiado extrema? Pienso en mis amigos, en mis conocidos, en los recortes de prensa que flotan en mi celular desde anoche; nacos, obscenos, sucios, vulgares, pornográficos, criminales... No, “odiar” no es la palabra incorrecta. Entonces, la pregunta se vuelve, ¿por qué de repente nos importa el género más no la gente que lo encarna en nuestra ciudad? ¿Por qué soltamos con tanta facilidad a un villano tan perfectamente funesto mientras su influencia perniciosa seguía infectando nuestra música? Mis delirios nocturnos me hicieron concluir que seguramente se habían integrado a ese otro gran villano capitalino; los anarquistas.
—Con permiso, joven— me dice una pila de costales repletos de quien sabe qué rodando sobre un diablito. Lo dejo pasar y me detengo. La gente forma un cauce a mí alrededor para evitarme. Levanto la mirada y me doy cuenta que sí sé por qué estoy en el Centro. Sí, claro, para hablar con Apando, pero también para completar un peregrinaje necesario. Para comenzar a comprender tenía que estar aquí, en el origen.
Calle de la Palma 36, esquina con 16 de septiembre, colonia Centro. Ahora hay una tienda de ropa Julio. Antes se encontraba, en esa misma dirección, el hotel más viejo de la ciudad. El Hotel de la Bella Unión. La gente me sigue esquivando. Algunos entran al Julio. Ellos no saben, ¿cómo lo podrían saber? Ahí, justo ahí, en el número 36, se dio el comienzo y por el comienzo se debe de empezar. Saco mi celular y empiezo a leer el Pronunciamiento. De vez en cuando levanto la cabeza, como si los pudiera ver. Me imagino a las figuras oscuras, de cómo entrarían al edificio, de cómo algunos portarían armas a escondidas, de cómo adentro de la Bella Unión estarían juntos haciendo lo que siempre habrían hecho; bebiendo, platicando en su cerrado círculo social pero, sobre todo, escuchando su música.
Les ha de haber herido el orgullo la manera en que la gente se mofaba de ellos. (5) Un satirista de nombre de Guillermo Prieto había mezclado su ironía de siempre con el desdén de quién desprecia al patetismo de estas nuevas modas musicales:
En verdad que a los tales daría yo una paliza... La semana pasada me hizo notar un conocido mío, que a una joven que padece ataques nerviosos, se le movían piernas y brazos como si tratase de bailar en medio de su patatús. [Y al sentirla el médico] dijo asombrado: «¡Cáspita! Hasta el corazón le late al compás de la maldita». (6)
Los odiaban por quienes eran, pero los conocían por la música que los aliaba. Frente a lo que había sido la Bella Unión trato de sentir lo que ellos sentían; la humillación, el miedo, la impotencia, la soberbia. Un año después de las declaraciones de Prieto de daría ese Pronunciamiento y un levantamiento militar.
Me pregunto si los polkos habrán tocado música la noche en que se pronunciaron. ¿Habrán polkas para momentos tan coyunturales de la historia? ¿Habrá alguna canción de reguetón apta para una revolución anarquista?

Llego a casa con el calor y el polvo del Centro todavía impregnados en la piel. Llevo todo el día enfocado en anarquismos en vez de los verdaderos protagonistas de mi obsesión. ¿Por qué? Bueno; los anarquistas son una fraternidad antigua con gran presencia e historia en la ciudad. En comparación, los reguetoneros acaban de llegar. ¿Cómo es, entonces, que en tan poco tiempo han logrado montar a la cima de nuestra reprobación social? La pregunta dice más que la respuesta: resulta que no sé nada del reguetón ni de los reguetoneros.

___________
(1) Chávez, Germán. Reggaetoneros, la tribu de la discordia. México, (Publimetro). https://www.publimetro.com.mx/mx/noticias/2012/08/10/reggaetoneros-tribu-discordia.html
(2) Stargardter, Gabriel. Mexico shudders at the rise of rebellious
(3) [Énfasis original] El Universal. Reggaetoneros. México, (El Universal Metrópoli, 27 de agosto de 2012). http://archivo.eluniversal.com.mx/notas/866441.html
(4) Cardona, Rafael. Impunidad, zonas de tolerancia, equilibrio. México,  (Crónica, 28 de febrero de 2016). http://www.cronica.com.mx/notas/2016/947455.html

(5) Payno, Manuel. El fistol del diablo. Novela de costumbres mexicanas. México (Editorial Porrúa, 1967), p. 703. 
(6) Martínez de Castro, Luis. La visita inesperada: crónicas y traducciones. México (UNAM, 2003), p. 76.


*Alejandro González Ormerod (Ciudad de México, 1991) es historiador, editor y escritor. Lo primero lo practica como la voz del podcast Carro Completo en Dixo; lo segundo en la editorial El Equilibrista; y lo último en revistas y otros medios. Prepara una colección de crónica para el 2019. 


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