Un café en Buenos Aires con la escritora Laura Chalar


Por: Pablo di Marco* / Especial para Libros y Letras

Hay libros dispuestos a llevarse el mundo por delante entre gritos y burdos golpes de efecto. Y por suerte hay otros libros, delicados, sutiles, casi silenciosos, y aún así conmovedores y también potentes. Las imágenes, historias y personajes de Cierzo y otros textos, que se derraman con un infrecuente halo de calma, melancolía y belleza, me impulsaron a compartir un café en Buenos Aires con su autora. Y nos bastó con abrir Cierzo en una página cualquiera para comenzar a conversar.

Cierzo y otros textos es un Diario de viaje de Holanda, un homenaje a Venecia, los recuerdos de un verano, un cuento… Imagino que poco te importó que algún lector se sintiera descolocado.
Tenés razón: es todo eso, es un libro difícil de catalogar. ¿Qué son los “textos”, en definitiva? ¿Son relatos? ¿Son poemas? ¿Son viñetas? Si “Inventario del verano” puede quizá catalogarse como una colección de mini-cuentos interrelacionados (o un único cuento más largo), eso por cierto no corre para la sección final, “Cierzo”. En cierta ocasión se me ocurrió presentarlo a un concurso (vana idea si las hay) y no sabía en qué categoría ubicarlo.

Es digna de análisis la necesidad del hombre por catalogar. Pareciera que lo complejo de rotular provoca mareo. En relación a los concursos no sería mala idea armar uno dedicado a “Libros inclasificables”.
No fue mi plan descolocar al lector: el libro cristalizó de ese modo, a lo largo de varios años y con esa ambigüedad que también existe para mí. Últimamente me he sentido cómoda definiéndolo como un libro de poemas en prosa, y así aparece en mis bibliografías más recientes.

Cierzo y otros textos está atravesado por la melancolía. A fin de cuentas hay pocas cosas más melancólicas que Venecia, o que la niñez que se acaba. ¿Sabías que el libro giraría en torno a ese tópico o la escritura te fue llevando hacia ese sentimiento?
Siempre me interesaron los temas de la niñez y la memoria. Me gusta leer autobiografías, poemas, correspondencia que tenga que ver con esas cuestiones o arroje luz sobre ellas. Y la melancolía, obviamente, está implícita en ambos temas. Mi visita a Venecia –así como la visita a Holanda que forma otra de las secciones del libro– no fue sólo un desplazamiento geográfico sino también un viaje en el tiempo, teñido también, quizá por eso mismo, de una cierta nostalgia, en este caso por ese mundo desaparecido que insiste en asomar en medio de la modernidad, acomodándose a ella y a la vez forjándola con su particular impronta.

—El libro cuenta con una docena de ilustraciones —simples e inocentes solo en la superficie— de Maco. ¿Cómo nace tu colaboración con ella?
Hacía tiempo que conocía y admiraba el trabajo de Maco. Ella era la ilustradora a cargo de las portadas de Irrupciones, la editorial que publicó el libro, y se me ocurrió proponerle, a través del editor, que ilustrara también el interior. Por suerte le gustó mucho Cierzo; de otro modo, creo que la idea no hubiera funcionado. Y creo que los dibujos le suman un montón al libro, que el libro es mejor porque ellos están, y que Maco captó e interpretó a la perfección el espíritu de Cierzo.

—Vivís un tiempo en Montevideo y otro en Buenos Aires. ¿Qué extrañás de un lado cuando estás en el otro?
- De Montevideo extraño todo: mi familia (término que comprende no sólo a sus integrantes actuales, sino también a los que ya no están, y la historia de todos ellos); las charlas con los amigos de siempre, que me sostienen y me hacen feliz; Punta Carretas y la Ciudad Vieja, mis barrios preferidos; los inviernos, más fríos que los de Buenos Aires; y una forma de estar en el mundo, de pertenecer, que sólo me sucede ahí, porque es mi lugar de nacimiento desde todo punto de vista: humano, familiar, creativo, literario, profesional.

—¿Y de Buenos Aires?
De Buenos Aires extraño ciertos lugares y pequeños recorridos de mi barrio; cafés con alguna amiga querida (porque la vida me dio la suerte de construir profundas amistades, desde el primer día, también en la gran ciudad); y jardines soleados llenos de pájaros donde mi hija corre como si el verde no tuviera fin.

—¿Es muy simplista decir que Montevideo es una Buenos Aires melancólica? ¿Tan simplista como afirmar que Buenos Aires es una Montevideo en llamas?
- Esa era la visión de Borges, si mal no recuerdo: “Eres el Buenos Aires que tuvimos…”. Y es la visión un poco idílica e idealizada que a menudo encuentro en los argentinos respecto de Montevideo o del Uruguay en general. Como toda fórmula simplista, tiene su fondo de verdad. Es cierto que el deterioro social, educativo y moral del Uruguay –aunque es profundo y se ha agravado muchísimo en los últimos años– no ha alcanzado aún las proporciones trágicas de su equivalente en Argentina. Ya lo alcanzará, lamentablemente. Me gustaría poder ser más optimista al respecto.

—Me pregunto qué nos quedará cuando ya no nos quede ni Uruguay. Cambiemos de tema: el mundo de la traducción me resulta tan interesante que no puedo evitar tu faceta de traductora. Hablame un poco sobre tu experiencia en ese campo.
Mi trabajo en ese ámbito es totalmente amateur, pero lo cierto es que llevo muchos años traduciendo. En especial, me he dedicado a traducir al inglés a poetas uruguayos y argentinos. En el caso particular de la poesía uruguaya –creo que en el de la argentina, afortunadamente, no es tan así– hay un serio déficit de traducciones y difusión del trabajo de nuestros poetas fuera de fronteras y en otros idiomas. Llevo mucho tiempo publicando trabajos de autores de estos países en revistas extranjeras.

Y también tradujiste al inglés tus propios cuentos, ¿no es así?
Sí, también lo hice (The Guardian Angel of Lawyers, publicado por Roundabout Press, de Estados Unidos, este año). Mi actual proyecto, en el que estoy trabajando junto a la académica estadounidense Jesse Lee Kercheval, es una antología bilingüe de poemas sobre el Uruguay, una especie de mapa de rutas del país a través de la poesía. También he traducido literatura de otros idiomas al español. Entre lo publicado están los cuentos del escritor uruguayo de lengua francesa Jules Supervielle, y colecciones de poemas de Brian Daldorph y Arlin Buyert, dos poetas contemporáneos de lengua inglesa.

—¿El buen traductor debe traducir del modo más fidedigno posible o es correcto permitirse ciertas licencias en pos de captar el espíritu, la respiración del texto?
Ambas opciones pueden ser válidas, dependiendo del contexto y del objetivo de la traducción. No es lo mismo traducir el manual de un lavarropas, un artículo periodístico, una sentencia judicial o un poema (aunque sería un error asumir que de todos estos sólo el poema contendrá elementos que podríamos llamar “literarios”). Me parece que en poesía –como posiblemente en otras áreas– una adherencia rigurosa al literalismo puede resultar en una traducción aburrida, inerte. La traducción tiene que aspirar a ser un poema por derecho propio. Si no lo es, podrá comunicar el tema, las imágenes utilizadas, pero nada más, y será en definitiva un fracaso por falta de imaginación, de intuición poética. Puede ser que la necesidad de utilizar licencias e innovar sea mayor en los casos en donde no hay entre los dos idiomas identidad familiar o semejanzas estructurales que permitan conservar los recursos del original en la traducción. No es lo mismo traducir al español desde el portugués o el italiano que desde el ruso.

Vamos con la última pregunta de Un café en Buenos Aires, Laura. Seguro que ya la conocés. Te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.
Me gustaría que ese mano a mano se convirtiera en una tertulia (de esas que se extienden hasta muy tarde), pero los lindos cafés a los que llevaría a esa barra ideal (pienso, de los montevideanos, en Philomène, Adolfo, La Farmacia, Escaramuza o el del Museo del Parque Rodó, o, ya del lado argentino, en Convite en Lomas de San Isidro) no tienen mesa para tanta gente.

—Qué desastre, no conozco ninguno de esos bares. Disculpá que te interrumpí, seguí diciéndome.
Reduciendo, pues, el número al mínimo, del campo literario/histórico llevaría a John Donne, Percy Shelley y Antonia Fraser, y del ámbito de la pintura a Pieter de Hooch, Henri Rousseau y Petrona Viera. La pregunta que le haría a cada uno de ellos sería, en realidad, un pedido: que me permitieran acompañarlos a lo largo de un día entero de sus vidas.

Título: Cierzo y otros textos
Autora: Laura Chalar
Ilustraciones: Maco.
112 paginas.
Irrupciones Grupo Editor.



*Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

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