Nosotros, los inmersos. Un asomo a la poética de Álvaro Mata Guillé


Álvaro Mata Guillé

Por: Alexis Romero*

Han existido y existen escritores cuyos textos testimonian sus lealtades y fidelidades a los resplandores y sombras de sus infancias. Álvaro Mata Guillé, poeta costarricense, gracias a sus poemarios Debajo del viento, Más allá de la bruma, Un país sin nombre, Sobre los fragmentos, Una serpiente sin alas… nos permite corroborar su pertenencia a dicha familia. Un poeta nacido en un país dotado de ríos, montañas, lluvias diarias (casi secretas), convulsiones políticas, urbanizaciones balcánicas, hogares gobernados por el silencio y el frío, patios que esconden mitos y leyendas. Un país que fracasa cuando intenta ignorar sus misterios. Un país donde es verdad y realidad la bruma y su oscuridad, el viento y lo subterráneo, el rezo y su sombra, la escasa claridad y la decadencia de la potencia de nombrar.

Sabemos, nos han dicho los humildes del pensamiento, que toda primera lectura es substantivamente superficial. No obstante, apenas la iniciamos en los libros de este autor, notamos que las modas literarias están ausentes en cada uno de sus registros. La paciencia nos invita a leer, pensar, comprender y sentir cada poema, cada libro. Sabes que estás leyendo lo contemporáneo, pero escrito desde un lugar entre dos reinos: el odio y una mínima luz de la sombra. Lo contemporáneo, pero nombrado con el lenguaje de los eternos monasterios, donde los signos y el misterio describen la realidad. La mano, la boca y el oído que escriben y limpian cada línea, son las de una persona insatisfecha y furiosa con lo perenne; buscadora de resquicios, de semillas originales, de conversaciones debajo de los árboles, de la intimidad de las piedras, de los evangelios del vientos, de una bruma limpia de mentiras y tragedias familiares.

Álvaro Mata escribe un solo libro, pero con nombres distintos. Su metafísica fundacional: Un espejismo: Costa Rica: Ese Infierno, Purgatorio y Paraíso, que le dicta cada línea que escribe y escribirá. El poeta lo sabe, lo niega, lo acepta; lo combate, pero siempre brota derrotado. Y con esa voz del derrotado, del vencido por la tierra que oyó su primer llanto, construye una isla donde aglutina sus obsesiones, persecuciones, acosos de la realidad. La complejidad humana asumida desde la ingenuidad e inocencia de un alma que busca afincarse, apoyarse de un árbol habitado por los pájaros de la religación, comunión y quietud de vivir. Pero, y lo disyuntivo es su permanencia, su respiración, lo gobierna la inquietud de vivir.

Pareciera que su poética, su forma de ver la gracia de vivir, se desarrolla en una comarca, en una tribu, donde todo puede ser percibido y agradecido.

En todos sus libros no hay días ni noches específicos, sino cualesquiera. Una forma de gobierno de lo incierto. Las tardes son insignificantes, vulgares, aturdidas. Manda y demanda lo subrepticio, lo que habita y cohabita debajo. Incluso debajo del viento. Nada está a la vista. Todo es materialmente irreal, sombra, bruma, halo, líquido… Esas existencias sustantivas: penumbra, árbol, lluvia, vacíos, vislumbres, posibilidades, pájaros, madre, padre, tía, abuelos, país, montañas, amigos, son excusas para describir las pérdidas, los desmoronamientos, la perennidad, la soledad creciente y definitiva, los temores bíblicos, los legados familiares, el rechazo por la cultura de los connacionales, amantes de lo que niega necesaria normalidad civilizatoria. Su mirada se tiene en las repercusiones de la sombra en las calles, el tiempo, en los susurros, en ese alguien que siempre espera y lo dice: Nosotros, inmersos en la opacidad del corredor, en lo eterno. La realidad mezclada con lo mágico, con eso superior a los significados. Andar resguardado, protegido, custodiado por algunas oraciones, algunos rezos entre la bruma.  Una realidad de fantasmas, de encuentros, saludos y conversaciones con seres inconscientes del cuerpo, ciegas frente al otro; una conversación con la niebla, el humo, el polvo, el vaho. Siempre se habla con los idos, con los que aún no tiene un lugar aquí o allá: seres encarcelados en lo indeciso, en lo ambiguo, en la sombra vestida de lumbres.

Costa Rica, una metonimia de América Latina. Costa Rica: el país donde lo sentimental y afectivo lo dicta el eco del aleteo de las mariposas. Del aleteo viene su tragedia, su falsa modernidad, su despertar tardío…, parece decirnos la poesía de uno de sus hijos. Sin embargo, esa descripción minuciosa de los entresijos espirituales y materiales de semejante nación, no sólo es para ella, sino también para todo lo latinoamericano. Es una triangulación singular: es el encuentro trágico y dramático de la quieta belleza, la barbarie de la política y la inquietud del pensamiento pro civilización. Encuentro, leído en los poemas, donde siempre triunfa la segunda manifestación cultural. Y es la constatación de ese triunfo, uno de los hilos invisibles de la poética de este autor. Hay algo antiguo, aborigen, en su reclamo de hilos comunitarios frente a los hilos del egoísmo sectario. Escribe el poeta desde su atenta conciencia de ciudadano jamás indiferente a los problemas de los lugares que habita. Esos lugares temblorosos, inquietos, casi de brumas, nieblas tropicales, indecisos, cuyos pobladores  transitan debajo del viento, constituyen la metafísica de cada línea escrita y/o elegida por este autor.

En todos sus libros, por no decir en todos sus poemas, el sentido muere para poder respirar y decir; el ojo pierde su visión y percepción, pero la recobra después de viajar a la raíz de la quietud y el silencio; lo que circula es posible a la gracia del torbellino externo e interno; el reencuentro es un desecho de los derrumbes humanos, un milagro de lo oscuro; la muerte de lo amado lega rastro de una posible conmoción humana en las orillas de los volcanes. En todos reina el advenimiento y el reino de una nueva gentileza y cordialidad en los intercambios. A pesar de que sentimos que lo humano casi se extingue, de estrofa en estrofa, de salto en salto, de ahogo en ahogo, de vaho en vaho, en el rostro sentimos en choco de una suave llama de la esperanza sagrada e inicial, ésa que nos hizo posible, a pesar de nuestros desdenes y olvidos de los altos propósitos iniciales de la vida y la muerte. Insistimos que calmada y alta celebración de la vida y la muerte en cada poema.

Pareciera que su poética, su forma de ver la gracia de vivir, se desarrolla en una comarca, en una tribu, donde todo puede ser percibido y agradecido. Un lugar donde la ausencia, el viento y sus estados, el tiempo y sus estados, la noche y sus gritos, el día y sus misterios, el grito y sus hijos, la niebla y su ingratitud, los animales y sus resignaciones, el hombre y la mujer dormidos y despiertos, son manifestaciones del lenguaje del misterio que permite el anclaje del poema en la garganta del animal a punto de hablar. En la boca de personas desesperadas por pronunciar armonías, sinfonías, coincidencias espirituales y materiales. Es una especie de luto del Universo encarcelado y angustiado por decir lo que por mandato de la roca desde decirse. Una especie de hombre/mujer, una lengua andrógina cuya voluntad de hablar es dictada y regulada por la impotencia del cumplimento de los propósitos iniciales de la vida y la muerte. Es el gobierno de una tautología fundacional, el río que circula en lo más hondo y profundo de semejante propuesta escritural.

Podríamos pensar en un escultor del pesimismo, después de hundirnos en una segunda lectura de todos sus libros. Dedicarnos absurdamente a buscar los indicios del optimismo y despedirnos usando el rechazo. Pero si este hundimiento te ha permitido, como lo hacen los grandes buceadores, emerger y respirar, y luego volver a sumergirte, habrás visto al corazón que observa y nombra lo que subyace a este panorama que arrasa hasta con los dones de los desiertos. Y te habrás topado con una sombra que lee la Biblia, con brillos tímidos intentando volver, un valle por donde transitan los muertos, sus muertos; el amoroso asomo de alguien, el trino de un pájaro con el pico destrozado, la filigrana solar como la flor del encierro, el silencio larvario en el aleteo de las mariposas… Todo esto oculto, en espera, debajo de las leyendas familiares, el hogar, la casa, el portal, el patio, el odio… Allí, aquí, allá, donde el silencioso gobierno del odio dicta las palabras de la mañana, la tarde y la noche. Eso sí, sólo dicta palabras que llegan muertas al hogar del lenguaje, el espíritu. Un espíritu sentado en un antiguo banco de un antiguo parque, desde el cual contempla que
                                                                                  Todo
                                                                                  Sigue oscuro mientras escribo
                                                                                  Y espero.

En efecto. Porque quien ama el lenguaje, vive esperando sus instrucciones. Instrucciones celestiales, dicen los humildes. 

En todos sus libros, por no decir en todos sus poemas, el sentido muere para poder respirar y decir; el ojo pierde su visión y percepción, pero la recobra después de viajar a la raíz de la quietud y el silencio...

*Alexis Romero. Poeta venezolano


No hay comentarios.

Con tecnología de Blogger.