Shakespeare inventaba menos argumentos de los que ya existían: Osvaldo Spoltore


Por: Rolando Revagliatti* / Especial para Libros & Letras

Osvaldo Spoltore nació el 10 de agosto de 1956 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, República Argentina. Integró el consejo de redacción de la Revista Tamaño oficio. Fue incluido en la antología Mar azul. Cielo azul. Blanca Vela – Homenaje a Arturo Cuadrado (Ediciones Botella al Mar, 1999). Junto a Jorge Montesano, Emmanuel Muleiro, Haidé Daiban y Julio Aranda integra el volumen colectivo de poesía Memoria del olvido (Ediciones Botella al Mar, 2000). Poemario publicado: Punto de furia (Ediciones Febra, 2004).

— ¿La prosa de qué articulistas, de qué ensayistas te resulta admirable? ¿Ubicás a alguno que habiendo escrito narrativa, poesía o dramaturgia, sin embargo vos lo prefieras como ensayista?

OS — Confieso que me deslizo casi naturalmente a leer ensayos por sobre otro tipo de literatura. Pero es verdad que un mismo escritor de gran imaginación puede abrazar sus temas desde varios géneros. Es el caso de Borges. En el poema Mateo XXV se sitúa en primera persona como alcanzado por el Juicio Final, cerca del porteño barrio de Constitución, y ese juicio se emite desde una voz infinita con una sola palabra que él intenta traducir pobremente, con una enumeración de muchas cosas, ya que él está bajo un régimen temporal, que es el del poema. Si leemos, el “El Aleph” (cuento relatado en primera persona y dentro de una casa en el mismo barrio) o el ensayo “Nueva refutación del tiempo”, podemos verificar que su misma cosmovisión está en los tres, y son tres maravillas estéticas que vitalizan además por toda su ingeniosidad.
Pero no es sencillo encontrar a quien sea parejo y nos asombre continuamente en varios géneros con la misma excelencia poética.  Hay ensayistas muy agudos, profundos como Ricardo Piglia, Juan José Saer, Abelardo Castillo, Santiago Kovadloff…, que también escribieron poesía o narrativa, pero a estos los aprecio más por sus ensayos. Esto quizás sea por ser un lector hedonista, pues si lo que leo no tiene música, un contenido que supere al mero entretenimiento, me aburre. También me parece que es imposible que un gran ensayista escriba mala narrativa o poesía. A la inversa, puede pasar. No todo “escribidor” de los dos géneros citados, cuenta con capacidad para escribir sólida ensayística, pues ésta exige mucha sagacidad en la elección y tratamiento del tema, sin olvidar la capacidad expresiva.
Y algo más: Domingo F. Sarmiento escribió el Facundo de forma excepcional; no era ficción (al menos literaria), pero esa calidad de ensayista que tenía me hace suponer que si se hubiera dedicado exclusivamente a la literatura de ficción, hubiera sido extraordinario.

— ¿Autores de la literatura universal que consideres grandes inventores de argumentos?

OS — No es fácil responderte, no porque no tenga respuesta, sino porque los argumentos casi siempre son los mismos. Hasta en asuntos metafísicos o filosóficos, donde no habría argumentos pero sí un ordenamiento de ideas (en definitiva un texto, un tejido pero de ideas no de relatos o guiones). Por ejemplo, William Shakespeare inventaba menos argumentos de los que ya existían y los reescribía magníficamente para Teatro.
Hoy además tenemos una mayúscula producción e influencia del cine y lo audiovisual. Por eso somos de una generación difícil para ser sorprendidos por nuevos argumentos. En general, no estoy a gusto con largas descripciones y los malabares o juegos reiterados al hartazgo que encontramos en cine y televisión.
Pero lo que sí me maravilla es la capacidad potencial infinita que tienen las formas de aparecer: eso no cansa. Digamos que como en la Naturaleza, no habiendo dos atardeceres iguales, en literatura puede suceder lo mismo. Doy un ejemplo: me sorprendió en Gustave Flaubert su obsesión por escribir bien. En Madame Bovary me parece extraordinaria una página en la que da forma a un contrapunto donde entremezcla un diálogo, entre los amantes sentados dentro de una habitación, con frases de un discurso que un político profiere desde una tribuna. La anécdota es menor, pero me fascinó, la forma. Y llamativamente, cuando vi la película basada en la novela, esa instancia pasó totalmente desapercibida, aunque se respetara el texto original.
Además, los argumentos tienen fecha de vencimiento. Hasta el hecho de relatar puede ser más o menos importante, según las épocas, pues no es lo mismo hacerlo para simplemente entretener o si se trata de denunciar o abrir conciencias.
Hoy es interesante notar que los mercaderes del espectáculo cinematográfico, buscan argumentos universales, pues desean distribuir sus productos a nivel planetario. Así tenemos el éxito de la obra del británico J. R. R. Tolkien: la saga de El señor de los anillos. Pero leer —por citar sólo un caso— todas esas novelas, por más sofisticadas que sean, no me movilizan nada. Y ni hablar de las novelas o cuentos que los empezás a leer y ya sabés lo que va a pasar. ¡Nos invaden los estereotipos!
Quizás haya un avance en las series de televisión que han complejizado la línea argumental en varias, esa multilínea que te obliga a seguir varios argumentos al mismo tiempo; hay un sentido coral en todo eso, y así abren temáticas en varios personajes que en otras épocas eran secundarios y sólo estaban de soporte.

¿A qué escritores debemos leer antes de morir?

OS — Esa pregunta no me cabe. No hay deber de leer nada nunca. Es pura actividad humana y es infinita la cantidad de probabilidades de lectura. Si uno vive con los ojos abiertos, los escritores aparecerán solos. ¿Y por qué morirse y no leer más? ¿Quién dijo que después de morir ya no leeremos más? ¿Y si somos inmortales o morir es un simple sueño que termina en un suave despertar?
Por eso podría decirte coherentemente que yo seguiría leyendo y leyendo: La Biblia, Ficciones de Jorge Luis Borges, Martín Fierro de José Hernández, Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra. Y además está lo literario que se entromete en libros de no ficción. De mis muchos años de Facultad, estudiando Humanidades, he encontrado varios libros de autores que investigan desde lo académico en Ciencias Sociales o Arte con una escritura profunda, y aunque hay más, cito sólo uno: Teoría de la política internacional de Kenneth N. Waltz [1924-2013]. Y concluyendo, debido a que está muy cerca de mí todos los días desde hace quince años, como un mural pegado a la pared de mi oficina, seguramente seguiré leyendo el poema “Mandala” de Horacio Castillo [1934-2010].

— “Los odiosos ocho” (“The hateful eight”) es el título de un film de Quentin Tarantino. ¿Nos armarías una listita de aquellas ocho personas o personajes, de todos los tiempos, a los que pudieras calificar apropiadamente como “odiosos”?

OS — No recordaba haber visto esa película, y la busqué por internet y descubrí que la había olvidado, lo que me demuestra, en mi caso, que los personajes no despertaron en mí sentimientos fuertes para ser recordados como personas odiosas.
Quizás la pregunta va dirigida a mencionar seres perversos. El que odia es el personaje y puede que uno sufra una tensión natural de esa infamia de la cual uno es espectador. Es muy obvio que será despreciado —digamos justamente— quien con perversión sienta el  placer de hacer sufrir a otro. Aunque creo que hay canallas, no soy inocente, y son comparativamente pocos: igual hay mucha maldad en el mundo. Una investigación en los Estados Unidos, donde hay estadísticas para todo, encontró que el 1% de varones y 0,5% de mujeres tienen una ausencia grave de empatía, definida como carencia absoluta de sensibilidad ante el dolor del otro, disvalor que seguramente tiene el perverso. Y ese porcentaje que parece pequeño, si hacemos cuentas, nos lleva a asegurar que miles de canallas habitan en una población de cientos de millones de personas. Además, recordemos que un sólo ser vil puede hacer mucho daño.
Pero me has hecho pensar. Si hiciera la listita, no desearía entrar en lugares (personas en este caso) comunes. Si consignara en la lista, perezosamente, a Hitler (o a cualquier otro político o persona famosa muy denigrada), seguro que reiteraría un estereotipo que otros han inflado hasta el cansancio. Y dije políticos pues son los que resuenan como los primeros más “odiados”, por cierta constante mental de no ver que odiosos hay en todos los rubros.
En mi lista, el primero será el tribuno romano Mesala, el compañero de la infancia de Ben-Hur, que luego, en la película, se hace su enemigo brutal. La vi en un reestreno. Y recuerdo que Mesala para mí fue la aparición del dolor de la maldad infinita e irrecuperable. Recién al escribir esto me doy cuenta. Nuevamente, es la forma, pues ese personaje representa la maldad como tantos otros, pero su manera de interpretarla me inspiró un dolor inmenso y lo admití como un ser odioso.
          Pero me pedís una listita de ocho. (No sé por qué Tarantino eligió ocho. Quizás con uno alcance, el que los acapare a todos, quizás Mesala, el tribuno romano.) Pero me vienen a la mente algunos otros, son pocos. Como sabíamos que al aparecer se nos terminaría el disfrute, y el suspenso agrandó enormemente su maldad, agrego a El profesor James Moriarty. ¿Más odioso que un malvado que asesina a un personaje fascinante como Sherlock Holmes? ¿Más odioso que un tipo que viene a destruir una continuidad literaria que suponíamos infinita?
Y te dejo el último, la creación de José Hernández en La vuelta de Martín Fierro: el Viejo Vizcacha. Lo sentí odioso desde siempre. Cito de allí, los versos que representan las acciones del personaje que creo que merecen ser odiadas.

“Andaba rodiao de perros, / que eran todo su placer; / jamás dejó de tener / menos de media docena; / mataba vacas ajenas / para darles de comer. (…)

Una tarde halló una punta / de yeguas medio bichocas; / después que voltió unas pocas / las cerniaba con empeño; / yo vide venir al dueño, / pero me callé la boca. // El hombre venía jurioso / y nos cayó como un rayo; / se descolgó del caballo / revoliando el arriador, / y lo cruzó de un lazaso / áhi no más a mi tutor. (…)

Ustedes creerán tal vez / que el viejo se curaría: / no, señores, lo que hacía / con más cuidao, dende entonces, / era maniarlas de día / para cerdiar a la noche.”

La terquedad del malvado, esa incapacidad de echarse atrás, la pertinacia de no ceder, la de endurecerse más y más en su vida delincuencial, esas actitudes me parecen odiosas y odiables, pero aclaro, odiar la conducta o la acción es más noble y universal que odiar al actor, pues esto último, cuando no se rechaza profundamente el hecho vil, es simplemente un engaño a sí mismo.
 
— ¿Cuál, dirías, ha sido el material fundamental en tu poética? ¿Los sueños, los recuerdos, la realidad, avatares propios? ¿Qué tan intensa es, fue tu vida onírica?

OSEl mar aparece mucho. Y han dicho que mi poética es una que fustiga la realidad, y con el tiempo entendí que era un juicio válido. Pero gran parte de mi interés está en la forma del poema, el “material” tiene que ver con eso. Y también influyen mis recuerdos y avatares, pero los metaforizo, no para que el poema los relate sino para que subyazcan, pues es lo silenciado lo que debería oírse más fuerte, y que se extinga así lo vanamente literal. 
En cuanto a mi vida onírica no es intensa, y además no le presto atención. No es que no sueñe, pero como dijo un pariente: “A veces uno sueña cada pavadas” (que me perdonen los psicoanalistas). Eso se me dio así, no es que deba ser así. Además, desde siempre, naturalmente, busqué el porqué de las cosas, afuera y adentro de mí, y así desarrollé mucha introspección, al punto de sufrir de hipervigilancia. Entonces mis experiencias están atravesadas por reflexiones muy profusas, lo que no significa nada ventajoso en sí, al contrario.
Y aprecio los principios de poética que detecté en poemas o ensayos que han podido ampliar y reforzar lo que creo valioso. Ya cité a Octavio Paz: ¡Hacer la silla! Ahora cito a Raymond Carver,  muy apreciado como cuentista, pero que hizo un poema titulado “El paseo”, que leí en la revista del diario “La Nación” de los domingos, allá por fines de los noventa, con una excelente traducción local de Mirta Rosenberg y Daniel Samoilovich. Allí se experimenta en segundos, el finito tránsito por la vida al metaforizar esto con una caminata que hace el poeta a través de un cementerio y que continúa por entre las vías contiguas de un tren. Es un poema con forma de relato, prosaico en su forma, pero Carver “hace su silla”, no la representa. Y con ello quien lee experimenta la realidad y amplía su conciencia, si como lector sabe leer eso que sólo la literatura con sus propios medios puede brindar.

— ¿Cómo proseguirías la frase que se inicia con…?: “Cuando yo para algunos todavía seguía existiendo…”

OS“Cuando yo para algunos todavía seguía existiendo hasta que les llegó la muerte y todo cambió: cuando ellos para mí todavía seguían muriendo.”

Osvaldo Spoltore selecciona algunos de sus poemas para acompañar esta entrevista:

Tulgún
¿Y fue por este río de sueñera y de barro 
que las proas vinieron a fundarme la patria?

Jorge Luis Borges

mi tierra es barro y borde
ante un abismo plural de pampas: 
río/ cielo/ pampa

mi tierra siempre al filo
a la orilla de tres inmensidades
pisa blando en la incerteza
y sueña domeñar un corazón que acoge
el tiempo indefinido 

en mi cuarto infinito (un precipicio)
me deleita ser metáfora de la hilacha
que ante el cosmos trino
ríe/ siente/ pasa

                                (de “Punto de furia”)
*
Buenos Aires Blues 

Llueve en buenos aires,
su río también le usurpó cielos
al fin de semana,
¿por qué no anochece?

inexplicables abuelas fríen pasteles en casas vacías
las mujeres se acurrucan dentro de sus hombres tristes
hay sólo la sonrisa de un niño con rodillas alumbradas de barro
y emigró el pájaro (no es abuela ni mujer ni un triste)
siempre será niño.

En buenos aires, llueve.
Es domingo,
la noche nunca vendrá.


                                  (de “Memoria del olvido”)

*Rolando Revagliatti. Escritor argentino 


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