Los afectos de Rodrigo Hasbún: Memoria desfigurada


Por: Mateo Ortiz Giraldo*

Almacenar sin categoría. Poner ahí y dejar que el tiempo limpie. La familia en medio de todo. Como un núcleo desde el que se desprende la ira, el odio, la educación sentimental arraigada en el dolor. Los afectos (Random House, 2015) de Rodrigo Hasbún (Cochabamba, 1981) pasa por esos ámbitos, descubre los telones que arrullan con tranquilidad los más profundos terrores. Por eso, considero, es un libro fundamental para hacerse mella y entender un poco el brillo salvaje que desprenden los espejos rotos.

Este texto, a grandes rasgos,  puede ser una novela sobre las violencias: estatales, culturales, históricas, familiares...pero también es un recuento de momentos claves: la segunda guerra mundial, el conflicto bélico boliviano, la guerra de guerrillas en el cono sur. Pero, fundamentalmente, Los afectos es una novela sobre las distancias que creamos dentro de nuestras familias. Por eso hablo que el libro actúa como un espejo que refleja con exactitud  las sombras y humos que unen a los miembros de las familias.

Para lograr esto, Hasbún emplea el relato de la familia Ertl: alemanes exiliados en La Paz (Bolivia) a causa de la segunda guerra mundial. Con ese rumor de persecución, latente pero lejano, esta familia empieza a adaptarse a su nuevo entorno y con ello, a desconfigurarse.

En esa desconfiguración, surgen los padecimientos de la desmembración: los miembros fantasmas como el padre, quien encuentra en la exploración una forma de huida o la madre, quien es una figura evanescente. Las hijas crecen y toman rumbos particulares y distantes. Todos están solos, en puntos cardinales distantes. Se extrañan, pero también se alejan cada vez más hasta el punto de no ser más que un lejano recuerdo.

Trixi, una de las hijas, afirman "No es cierto que la memoria sea un lugar seguro, ahí también las cosas se desfiguran y se pierden. Ahí también terminamos alejándonos de la gente que más amamos" (p.134). Con esa frase, se clausura un parte sustancial del relato. Esa donde se trata de hallar las razones del distanciamiento. Al final, la única reflexión posible es esa: todo se aleja y se difumina, se mezcla con esa nada densa que es la memoria. Así es el afecto. Así son los afectos: condenados a una memoria desconfigurada.

La irrupción:

En esta novela, de estructura fragmentada, algo ya usual en nuestra narrativa actual, todo tiende a lo efímero. Pero, en medio de la desaparición, también hay un afán de permanencia. Primero, el relato mismo (la literatura se afana por agarrar lo que se evapora) y la actividad del padre de la familia Ertl: la fotografía. Él se encarga de hacer duraderos momentos efímeros. Hasbún no ahonda mucho sobre esa profesión, pero es innegable la potencia poética de un fotógrafo en un relato sobre familias que se diluyen y memorias desleídas.

Es una irrupción sencilla y hermosa en un novela que, como dice la magnífica María José Navia en una de las solapas del libro es "un ajuste de sentidos". Un ajuste necesario que se va hacia la detención y contemplación. Sin muchas artimañas y juegos.



*Mateo Ortiz Giraldo

Leedor. Presunto escribidor.
Estudia periodismo y filosofía. 

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