Un café en Buenos Aires con la escritora Victoria Vázquez

...pero “el mundo del libro”, ese que parece brillar como una marquesina, está reservado al marketing, las grandes editoriales, los concursos destacados, y a ese mundo no llegué.



Por: Pablo Di Marco*

Esa mañana cuando entré a Libros del pasaje me supe un tipo con suerte. Mi mesa favorita estaba libre, y en cuestión de minutos me encontraría con Victoria Vázquez. Ya hacía una semana que había terminado de leer su libro Frío, y varios de sus cuentos aún me seguían rondando. ¿Qué mejor que poder conversar mano a mano con una autora sobre el detrás de escena de su escritura, sobre su acercamiento al mundo de los libros, sobre…? Apenas llegó Victoria pedimos dos cafés (hacen rico café en Libros del pasaje) y de inmediato nos lanzamos a la charla.

—Hasta hace un par de años eras una autora inédita. Hoy tenés tu primer libro publicado, lidiaste con editores, trataste con autores y periodistas, te presentaste en ciclos de lecturas… en fin, atravesaste el cristal. ¿Resultó el mundo del libro lo que imaginabas? ¿En qué te sorprendiste para bien? ¿Y en qué te decepcionaste?

VV: Dicho así parece que soy best-seller y estoy más que lejos de eso. Quizás justamente lo que aprendí es que publicar un libro, sobre todo desde una editorial independiente, no es tan ideal como parece. Es muy útil como parte del proceso creativo, como cierre personal de un proyecto, para compartir tu trabajo, pero “el mundo del libro”, ese que parece brillar como una marquesina, está reservado al marketing, las grandes editoriales, los concursos destacados, y a ese mundo no llegué. E incluso en una escala menor, no a muchos les interesa lo que hacés, hay que aprender a moverse y yo considero que en ese sentido recién estoy empezando.

—Es interesante eso que decís de que “hay que aprender a moverse”. Hoy pareciera que no basta con que el escritor escriba el mejor libro posible. Se precisa más. Y ese “más” no necesariamente está vinculado a escribir y a corregir, sino a eso que vos bien definiste… “manejarse bien”. Tal vez esa sea una de las mayores decepciones con las que nos sorprende el mundo del libro.
VV: Claro, es ajeno a lo literario. Y, al menos en mi caso, tampoco sabés muy bien cómo hacerlo. Le das tu libro a personas en medios creyendo que lo van a leer y comentar, o decirte algo, y no pasa. Es difícil hacer llegar tu material porque ni siquiera sabés bien a dónde tiene que ir.

—Vamos al contenido de tu libro. Los buenos cuentos dialogan con otros buenos cuentos, y uno de mis cuentos favoritos de Frío es “Colonización”. Me hizo pensar en “La caída de la casa Usher” y en “Casa tomada”. Pero la opinión del lector pocas veces coincide con la del autor. ¿Vos qué pensás?

VV: Seguramente suceda algo así, solo que no se tiene plena conciencia de eso cuando se escribe. Creo que nuestras lecturas nos constituyen, como otras cosas aleatorias que van armando lo que uno es, las herramientas y recursos que tiene, tanto para escribir como para cualquier otra cosa. Por eso sería perfectamente normal que se cuelen en nuestra escritura. Así como a veces alguien encuentra algo que no podría estar por bagaje, interpreto que entonces está por universalidad, por tocar algo común al ser humano y punto. Me pasó con un texto que publiqué en una revista, alguien me relacionó con Joyce Carol Oates y yo no la había leído hasta ese momento.

—“Troglodita”, que gira en torno a los problemas de alimentación de una chica, vira de un segundo al otro de lo realista a lo fantástico. Me obligaste a releer tres veces un pasaje de ese cuento en busca de ese instante en que introdujiste sutilmente ese pase mágico. Imagino que ensayaste  y puliste mucho ese truco.

VV: La verdad, no. La historia necesitaba ser un in crescendo desesperado y la realidad tiene límites. Para poder llegar al máximo de expresión, había que salirse de esos límites, y ahí es donde el género fantástico aparece y resulta tan generoso. Nos permite hablar de cosas intangibles como si fueran concretas. El pasaje se dio de manera natural, no calculé “acá hago el salto”. Pero si quedó como un gran truco de magia, mejor.

—El último cuento tiene una tensión latente que se desborda gracias al… mejor no sigo, así son los lectores quienes se enteran por su cuenta. Pero decime, ¿te resultó un desafío extra escribir sobre sexo?

VV: Es curioso porque tampoco me planteé esa historia desde el sexo. Mi preocupación en este cuento era la rítmica. Había que contar la historia en los huecos entre gota y gota, que caen con intervalos exactos, así que la extensión del texto debía cuidar eso. De hecho lo que ocurre (¿esto es spolier?) en realidad es parte del accidente, es un sexo sin erotismo, lánguido. La búsqueda de la protagonista pasa más por cubrir un hueco emocional que por satisfacer el goce corporal. Su deseo es más la ruptura de soledad que el placer.

—Son muchos los buenos escritores que hacen papelones a la hora de escribir un pasaje de sexo. Pareciera que no es fácil encontrar el tono adecuado.

VV: Sí, es difícil narrar el sexo porque uno se mueve en un espacio muy restringido rodeado de peligros: la vulgaridad, la mojigatería, el aburrimiento. Es fácil hablar de un brazo, pero no tanto elegir las palabras que refieran a la genitalidad, y mucho menos a la sexualidad viva. Sumale que hablar de sexo no siempre refiere a una situación placentera, podés narrar una violación, o una situación desagradable, así que sí, es difícil y no todos lo superan. Yo no sé si lo logro tampoco, pero “miembro viril” es algo que no escribiré jamás.

—Ja, no, no lo hagas. En esas situaciones de pronto te das cuenta que el lenguaje que tenemos a disposición es escaso, o pobre, o ridículo. En una novela de Coetzee tradujeron a “miembro viril” como “pitorro”. Me bastó leer eso para desconcentrarme de la novela por media hora.

VV: Ahora me interesa mucho ver la palabra original. Es muy probable que el que haya pecado de limitado en este caso sea el traductor.

—Sí, claro. Pobre Coetzee, ni se habrá enterado. ¿Sabías que una revista de libros de Inglaterra entrega cada año un premio al mejor pasaje de sexo en cuento o novela?


VV: ¿Vos decís que puedo competir en esa revista?

—Vos mandá ese cuento que yo te pongo un voto. Cambiemos de tema. Sos bastante activa en redes sociales. ¿Alguna vez sentiste que lo que escribís ahí complementa tu trabajo literario? ¿O es absolutamente independiente?

VV: Depende de la red.

—A ver, contame.

VV: Creo que Twitter no sirve para complementar lo literario por su propia dinámica instantánea, aunque ahora hayan extendido el espacio a 240 caracteres, la idea es una inmediatez en la lectura que no ayuda. Sí creo que Instagram, si bien son solo imágenes, completa quizás una idea de mí. Confieso que me gusta lo que logré con la cuenta, aclaro que no son selfies ni fotos de mí como la mayoría de las cuentas en esa red. Hay una cierta narración oculta en algunas de las fotos y un proyecto potencial es relacionar la escritura con ellas, pero todavía no desarrollé demasiado la idea.

—Brian Selznick hizo un buen trabajo de complemento entre texto y dibujos en su novela La invención de Hugo Cabret. Volviendo al tema escritores y redes: ¿no creés que algunos escritores a veces se exponen por demás en las redes?

VV: Absolutamente. No todos, muchos saben restringirse. Yo trato de mantener una mirada bastante sarcástica de las cosas, pero a veces las emociones se cuelan.

—No se equivocó Marcelo Rubio cuando en el prólogo de Frío advirtió: “Habrá más libros de Victoria Vázquez”. Estás a pocos meses de publicar Salamadra, tu segundo libro.

VV: Este segundo libro también es un conjunto de cuentos. La temática de cada uno es distinta, pero el hilo conductor es que todos, por metáfora, presencia, relación variopinta, hacen referencia a algún insecto. Iba a dejarlo ahí hasta que se me ocurrió darle un giro al final y por eso aparece el animal del título, una lagartija que los devora a todos. No sé si quedará claro el concepto, los lectores lo dirán.

—¿La calidad de los cuentos Frío resultaron un aliciente o un obstáculo a la hora de escribir Salamandra?
VV: ¿Son buenos los cuentos de Frío?

—La respuesta a esa pregunta está en mi deseo de entrevistarte. Decime, ¿tenés planeada alguna presentación?

VV: Sí, a mediados de año, todavía no tengo la fecha exacta.

—Yo suelo aburrirme bastante en las presentaciones de libros. No sé, a veces pareciera el Show de Ego del Autor más que la presentación de un libro. ¿Te pasa lo mismo? ¿Cómo lo evitamos?

VV: Lo evito saliendo del esquema del simposio. No hay cosa más aburrida que tres personas tras una mesa hablando a una audiencia de algo que nadie más que ellos leyó. La idea en mi presentación es que haya lectura de uno o dos cuentos como máximo, música, un breve comentario de quien sí leyó el libro, pero similar al prólogo, que hable de lo lindo que es y no mucho más. No de mí, eso seguro. En la presentación de Frío en lugar de lectura conté con la presencia de una narradora. El trabajo de ella fue apropiarse de mis textos y contarlos. Fue increíble, incluso yo, que me los sabía de memoria, caí bajo el encanto de la narración oral, algo tan primigenio en los humanos.

—Lo de la narradora es una gran idea. Sobre todo porque hay algo que los escritores no suelen notar: en general son muy malos leyendo en voz alta. Una cosa es escribir bien, y otra muy diferente es leerle un texto a un auditorio. Te cuento un secreto: tanto una de mis editoras como Mauro Yakimiuk me pidieron que les lea para Instagram un parrafito de una de mis novelas. Tardé dos meses en hacerlo.

VV: Bueno, pero lo pudiste hacer. De todos modos en la narración oral se juega una puesta en juego del cuerpo, una transformación de las palabras para no perder la atención del que escucha, que hacen que resulte tan atractiva. Robo palabras de Belén Torras, la narradora de mi presentación: cuando uno lee tiene otros tiempos, puede volver atrás en el texto, cuando escucha, no. Por eso la narración requiere otro tipo de eficiencia. Y, esto es mío, es maravillosa. A todos nos gusta que nos cuenten historias.

—Tal vez el paraíso tenga la forma de un abuelo que nos cuenta un cuento. Vamos con la última, Victoria: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.

VV: Me gustaría más hacer a la inversa: viajar al París de fines del siglo XIX e ir a tomar el café (bueno, si es que había café para tomar ahí) al Moulin Rouge. El de verdad, el de Toulouse-Lautrec, no la pantomima estilo Las Vegas que es hoy. Es probable que me resultara bastante sórdido y no tan ideal, pero me gustaría escuchar a La Goulue, y quizás cruzarme con algunos que pasaron por ahí: Wilde, Van Gogh, Renoir.

—Es un gran plan. Si llegás a ir, por favor llevame.

VV: Hecho. Si consigo la máquina del tiempo, date por invitado.

—Una más: ¿es una responsabilidad extra llamarse Victoria?

VV: Siempre consideré que sí.

—¿Por qué sonreís?

VV: Porque es una responsabilidad, pero conmigo misma. Llevo encima una batalla hace muchos años que aún no logro ganar. A veces pienso que mi nombre predice un destino al respecto, pero la verdad, no estoy segura. Cumplirle a mi nombre es un pendiente.


Victoria Vázquez
Frío (Editorial Textos intrusos)
120 pag.


*Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

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