Palabras voraces. Sobre “Sanzetti” de William Ospina

“Están presentes la historia, la política, los lugares, los viajes, las personas y los rostros. Se lee la violencia y el más arduo pasado”



Por: Mateo Ortíz Giraldo*

William Ospina (Padua, Tolima, 1954) logró sorprenderme. Como lector, agradezco sus ensayos, es claro y directo. Sus  ideas, aunque esquivas a las mías conservan su unión y coherencia. No me agrada su prosa, es un poco pastosa (por poner en alguna palabra esa sensación de la comida no muy bien cocida y que se adhiere a la parte trasera de los dientes) me generaba angustia. No obstante su poesía Sanzetti (Navona, 2018) me dejó intranquilo, como si fuera un mosquito rodeándome mientras duermo. El símil es sobre la incomodidad, porque esta sensación aborda al final de la lectura.

Suelo pensar que dentro del gran mundo de la literatura, donde más se obliga a la memoria a existir es en la poesía. De allí, considero, que los poemas suelan tender a la remembranza; no al pasado, sino al recuerdo: propio o colectivo. La intimidad de la memoria le otorga a la poesía una proporción de universalidad interesante y que se deja leer en los más de 150 poemas que componen el tejido de Sanzetti

El verso de Ospina es libre, en forma y temas. La libertad poética también requiere una privación sistemática de la palabra. Hecho que hace que Sanzetti sea un instrumento poético afilado e inquietante. En tramos, el filo corta con las convenciones; en otros, se extiende por la llanura. Los poemas de Ospina van hacia esa poesía ecléctica y sencilla de los primeros años de Borges; también, la voluntad enciclopédica de autores anteriores a él.

Fuego domesticado

Estos poemas inmortalizan y detienen. No se trata de la contemplación kantiana, sino de un proceso de desconfiguración. Frase enreversada con un punto, lo prometo. Inmortaliza, porque detiene un momento hasta un lapso incalculable para que el lector se pueda alimentar de este instante, de esa imagen “eterna”. Detiene, porque obliga a la reflexión. Un poema de Sanzetti requiere de detenimiento porque, a simple vista, Ospina podría quedar como un vendedor de humos.

Otro rasgo particular es el estilo y voz de Ospina. Se puede leer actual y desenfada, pero le sustenta la tradición. Versos contundentes que tienden a lo antiguo, al fulgor sismo del primer bisonte en alguna cueva iluminado por el fuego recién descubierto y domesticado.

Así, tal vez, sea la manera más acertada de categorizar este libro: como fuego domesticado. Fuego, porque es salvaje y muerde; domesticado, porque se rinde al servicio de la lectura de Ospina y a los autores anteriores con los que dialoga en Sanzetti.
No por domesticado el fuego deja de ser hambriento y por ello, estos poemas son voraces. Palabras que abarcan con un mordisco el afán del lector por conocer, como en un aleph, todos los puntos de universo al tiempo. 

Con esta domesticación de la palabra voraz, también llegan homenajes. Los poemas logran una charla con Hölderlin, Borges, Emily Dickinson, Chesterton, Rulfo, Nietzsche, Platón, entre otros. En esta conversación reclama, pregunta y se cuestiona sobre esas figuras. Como en este poema dedica a Gaitán:

“No hay campana, no hay cuerda, que no rompa su cólera,
Todo se más nítido a la luz del recuerdo,
Te vas dejando el túmulo a merced de los pájaros,
Lejos pasa una exhausta multitud de ceniza.” (p.15)

De esta forma dialoga Ospina con el pasado, con la memoria que como la palabra es voraz y ambas se tragan el universo. Están presentes la historia, la política, los lugares, los viajes, las personas y los rostros. Se lee la violencia y el más arduo pasado.

Sanzetti nos ofrece una porción poética de las ideas que Ospina suele expresar en forma de ensayo. Vemos una manera de llegar al mismo punto de incomodar por medio de la palabra que acciona como el verso de Tatuaje  que habla sobre los mundos caídos:

“Cuando caían los mundos y temblaba el futuro” (p. 124)



*Mateo Ortiz Giraldo

Columnista literario. Leedor. Presunto escribidor.
Estudia periodismo y filosofía. 

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Twitter: @plumasinave

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