Un café en Buenos Aires con la poeta Alejandra Lerma

Escribo con furia y tristeza y el resultado puede ser muy transparente


Por: Pablo Di Marco*

Alguna vez, no sé bien cómo, llegó a mis manos un poemario de Alejandra Lerma. Lo abrí con ese raro y triste desgano con el que ya hace años suelo abrir los poemarios, y me topé con los siguientes versos:

Llevo una tumba conmigo
Un ataúd diminuto atado al pecho.

El desgano se me extinguió de un golpe. Ahí había algo. En esa autora había algo. Y el resto del libro (Oscuridad en luz alta) no hizo más que confirmármelo.

Un par de años y varias decenas de conversaciones después, Alejandra me confesó que estaba cansada de las entrevistas previsibles, que no lograba escaparle a las trilladas preguntas de siempre. Esta conversación tiene dos objetivos: disculparme por aquella apatía al que su talento espantó con apenas un manojo de sílabas, e intentar ofrecerle la posibilidad de una entrevista diferente.

—¿Empezamos, Alejandra?

AL: Sí, pero recuerda que a mí no me agrada el café.

—¿Entonces qué pedimos?

AL: Te propongo una cerveza. O mejor…

—¿O mejor?

AL: Un helado. La niña que hay en mí reclama un helado. 

—Será un helado, entonces. Para mí de dulce de leche.

AL: Yo alguna fruta.

—Decime, Alejandra. ¿Escribir te acerca o te aleja de la humanidad? 

AL: Ambas. Desde un plano literal me convoca al aislamiento, tomo distancia de todo, de todos, necesito retirarme un poco de la vida para poder pensarla, para traducirla desde el poema. Desde un plano literario me sumerge en lo humano, la  exploración de la otredad a través de mí, escribir es tener muchas vidas, ponerse todas las pieles sobre las que se fabula, es un tipo de acercamiento imaginado que puede tener efectos en lo cotidiano.

—La muerte es una de tus obsesiones literarias. ¿Cómo convivís con ella? 

AL: Es una amante difícil, caprichosa, todos los días pienso en ella, pero no todos los días la deseo. La observo en lo diminuto, que es su lugar predilecto, y sospecho que ella me ve mirarla y se ríe.

¿Puede existir un poeta que celebre exclusivamente la vida y deje de lado la muerte? 

AL: Hay poetas mucho más vitales que otros.

—¿Whitman?

AL: Es un buen ejemplo. Pero no creo que Whitman excluyera la muerte en detrimento de la existencia. Una celebración  real implica reconocer el final y seguir señalando la belleza. Se necesita de las dos para conjurar lo sagrado. Whitman le canta a las diminutas y profundas revelaciones naturales pero venía de ser enfermero en la guerra, tal vez tuvo tantas flores como cadáveres en su imaginario, y logra retratar ambos mundos  con toda la belleza y conmoción que sólo sus palabras han logrado.

—¿Encontrás inspiración en la locura?

AL: Dime, Pablo: ¿qué es la locura?

—Aprovecho este momento para hacerte una pregunta que tenía pendiente: ¿Qué es la locura, Alejandra?

AL: Si se trata del margen por el que se despeñan todos los inconformes, la encuentro. Es ahí donde crece la vegetación más real y encantadora. Pero hay otras demencias, tal vez todo lo que creemos que es coherente sea lo terrible. Ese libro de la locura de  Raúl Gómez Jattin me pervirtió el espíritu, es de una belleza infinita pero también manifiesta la derrota, habla de alguien que pierde la batalla consigo mismo, que fue cazado por sus demonios. Hay que aprender a pastorear a los demonios, como dice Juan Manuel Roca, si uno quiere seguir transitando este mundo. 

¿El humor riñe con lo poético? 

AL: En lo absoluto. No solo lo solemne es lo poético, ahí está Wislawa o Ruvalcaba y algunos versos de Ángel González  para recordárnoslo magistralmente. El buen humor es un síntoma de alta inteligencia. Para el humor y la poesía se requiere sagacidad, una mirada completa y  sospechosa de todo lo que ocurre.

—¿Está rico el helado?

AL: Muy rico. ¿Y el tuyo?

—Sublime. Sigamos, ¿un epitafio?

AL: Como escribió Blas de Otero: “Nos queda la palabra”.

—También nos queda el helado.

AL: ¡La palabra y el helado!

—Hablando de palabras, ¿qué palabra no pondrías en un poema? 

AL: Facebook, aunque ponga mis poemas ahí.

¿En qué tenés fe? 

AL: En la incerteza.

¿Pesadilla recurrente? 

AL: Que se me caen los dientes.

¿La parte preferida de tu casa? 

AL: Cualquier lugar donde se vea el cielo y pase el viento.

¿Misterio o claridad? 

AL: Misterio con  faroles.

—¿Alguna vez lloraste escribiendo algún verso?

AL: Sí.

—¿Me dirías con cuál?

AL: Con casi todos los poemas que hago sobre mi papá. Tendría que citar muchas de esas líneas, prefiero contarte que es el único tema, por ahora, en el que el dolor es una motivación y un bálsamo. Escribo con furia y tristeza y el resultado puede ser muy transparente. Antes de que muriera papá hice un poema con preguntas sobre ese momento, lo más atroz ha sido contestar cada una de esas líneas, la realidad por fuera del poema que supera lo literario y se incrusta en el vacío cotidiano.

¿Instrumento musical predilecto? 

AL: Espera, Pablo. ¿Y tú?

—¿Yo qué?

AL: ¿Tú alguna vez lloraste escribiendo un verso?

—No tengo tu talento, soy incapaz de escribir un verso. ¿Instrumento musical favorito?

AL: El piano,  bajo las manos de Chopin y Richie Ray. Y los palos de agua, tocarlos  es tener  el don de la lluvia.

¿Algún desamor literario? 

AL: No deberíamos mal hablar de quienes amamos alguna vez. Pero hay algunos a quienes quise con ardor adolescente y ahora paso de largo por sus libros. Me reservo esas traiciones, uno no sabe cuando pueda recaer.

—El autoplagio es uno de los más frecuentes —y a veces también más sutilesrecursos de la escritura, ¿caíste en él alguna vez? 

AL: Eso de que uno escribe el mismo poema siempre tiene mucho de verdad. Hay temas que se repiten constantemente en mi escritura, a veces pienso que estoy en un círculo que cambia de material pero conserva la forma.

¿Sos la poeta que soñabas ser a tus quince años? 

AL: No creo que a mis quince tuviera muy claro qué quería ser y qué  significaba ser  una poeta.

—¿Lo sabés ahora?

AL: ¿Tú lo sabes?

—No.
    
AL: Yo tampoco. Y dime, ¿cómo se hace?

—¿Cómo se hace para qué?

AL: Para vivir sin saber quién eres.

—Te manchaste la punta de la nariz de helado. Tomá una servilleta.

AL: Gracias.

—No sé, Alejandra. Supongo que estamos en un pasillo largo y oscuro. Y que debemos avanzar a ciegas, palpando las paredes, tratando de tropezarnos lo menos posible. Pero volvamos a si sos quien soñaste ser.

AL: Solo siento que soy alguien que escribe, que requiere hacerlo. Más que una elección racional es una forma de habitar la vida.

—Participaste de muchos encuentros de poetas. ¿Hay arte ahí? ¿O todo es una saludable excusa para encontrarse, emborracharse y amarse por un rato?

AL: Hay de todo, pero los milagros son escasos.  El afuera de la poesía, es decir, las publicaciones, los premios, los aplausos, los festivales, son independientes del trabajo poético. Se puede escribir sin hacer nada de eso, sin frecuentarlo, y se puede ir de premio en premio y festival en festival sin tener un trabajo poético responsable, es decir honesto, riguroso.

—No me respondiste.

AL: Es cierto. No lo he hecho.

—Estoy escribiendo una novela cuya protagonista es una poeta con algunas características similares a la tuyas, pero tengo un problema: como te dije antes, mi escueto cerebrito no me permite escribir siquiera un verso. ¿Me prestás algunos de tus poemas para incluirlos en mi novela? Sería una buena excusa para que juntos recorramos los pueblos presentando el libro. La gente nos invitaría a tomar alguna cerveza, nos hospedarían en sus casas… No sería una mala vida.

AL: Claro que te presto mis versos, Pablo. Y agradezco tu impulso y espero con ansiedad por los viajes y las cervezas.

—Y ahora, si te parece bien, vamos con la pregunta con la que suelo terminar mis entrevistas.
AL: La conozco bien. La respondí muchas veces mientras leía tus entrevistas. Con qué artista quisiera compartir un café. Es una pregunta encantada.

—Encantada, me gusta eso.

AL: Llevaría a Wislawa Szymborska a tomar aguapanela con queso en una montaña de mi pueblo, porque como ya sabes no me gusta el café y ella ya ha tomado mucho. Y como esta pregunta es mágica pues resucita muertos y los trae a nuestra historia, mágicamente yo hablaría en polaco sobre los animales y su sentido de la muerte.

—¿Y qué le preguntarías?

AL: Le preguntaría si le gustó la aguapanela, a Wislawa no le gustaban las preguntas formales. 

—A vos tampoco.

AL: A mí tampoco. Y ahora que hemos terminado quiero hacerte una invitación, Pablo.

—Decime.

AL: Vamos al mar.

***
Algunas obras de Alejandra Lerma
Trébol de cuatro hojas (El bando creativo, 2014), Oscuridad en luz alta (El bando creativo, 2015), Precisiones sobre la incerteza (Sic Semper tirannis, 2017)

Alguna vez ha dicho Jotamario Arbelaéz en relación a Alejandra: “No sé quién se le habrá muerto después de su hermano, o se le esté por morir, pero la Muerte está tan de lleno entre sus asuntos que luego de leerla queda uno viendo las estrellas del más allá. La sombra de Szymborska se cierne majestuosa sobre Alejandra, aportándole su humor crítico y cítrico.”

Agradezco a John Fuentes su colaboración en la presente entrevista.

*Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

Síguelo en: 

Facebook: pablohernan.dimarco

No hay comentarios.

Con tecnología de Blogger.