Las palabras

Un análisis descarnado del discurso supone, sin duda, un conocimiento estricto de la palabra, de su historia.



Por: Luis Fernando García Núñez*

Colombia invita a Colombia


Solo con las Palabras que vienen podré manifestar la disyuntiva que percibo alrededor del discurso que procura justificar la inmensa y sonora validez que tiene la palabra. Las palabras. No solo la validez sino, en tantas ocasiones, la inutilidad. Tal vez existan otras formas sonoras que se conviertan en un nuevo –y más infalible– testimonio. Más creíble. Diseñado de tal forma que haya una plena seguridad entre la palabra y la pretensión del mensaje. Una relación completa y directa entre lo dicho y lo pensado. Entre lo dicho y lo actuado. Una dependencia total en el tiempo y en la actuación. “El conocimiento directo de la realidad, que se creía antaño poseer”. Un discurso trasparente, limpio, íntegro, honrado. Como el lenguaje de la física, tan ajeno y alejado del de la estadística, usada esta última para adulterar. Un lenguaje –un léxico– integral. Sin cortapisas, sin dobleces.

Muchos dilemas atraviesan la sencillez significativa de la palabra. La existencia de múltiples recursos para disolver el propósito y la fuerza “informativa”, o la finalidad más certera –¿certificada?– de la palabra. Un abismo se cierne en el propósito inminente de relatar sin alteraciones semánticas, sin falacias, sin dobles sentidos. Hemos oído, con insistencia comunicar, palabra que tiene tantos sentidos como embelecos ideológicos, sociales, políticos, filosóficos, psicológicos, históricos, económicos, religiosos, culturales. Es un juego entre las palabras y quienes las producen y las trasmiten. Se contrae la disposición específica y se “contraría” su efecto. Se envenena la dimensión explicativa, el carácter, la utilidad pública.

Es el discurso adrede que implica posiciones emotivas, y funge de verdad única y “sagrada”. Casi como un evangelio de la farsa. Un embeleco para abandonar la verdad, o huir con descaro de sus alcances, hacerlo sin aspavientos, sin moralismos, incluso con cierta pesadumbre puritana, predicadora. Un disimulo efectivo frente a la verdad. Una, dijéramos, posverdad, como han dado en llamarla ahora. Una exagerada y fantasmal cualidad del discurso en la era de las redes sociales. Pecar y rezar para empatar.

Los matices apenas asombran. No hay una lectura coherente del discurso. No existe esa lectura, ni se espera que la haya, solo efectos transitorios, coyunturales, que se aprovechan mediáticamente y pueden desbordar las emociones de los receptores, empoderados ahora –eso creen– de la información, dueños de lo que se dice, sin escrúpulos, matizados por la más severa enfermedad del oscurantismo, como el analfabetismo de la Edad Media. Una profunda relación entre un aparato –llamado, para denigrar al usuario, inteligente– y un pregonero precedido de mala o buena fama, que ello no importa, como lo fue entre el predicador y los recién convertidos, los mismos de las cruzadas, de la inquisición, de la cacería de brujas. Una maldición para el mundo, ahora potenciada por unas redes sociales fáciles de abordar, tan sugerentes como pérfidas, pero por esto último sensacionales y sacralizadas.

Redes sensacionalistas y sagradas para la aventura “científica” de los nuevos tiempos. Sin ellas muchos dejarán de ser seres humanos. No existen. Están entrampados en esa proterva fusión entre el progreso y la vida. La vida tal como no la plantean los más pavorosos demonios del mundo moderno, los héroes sostenidos que niegan, como los inquisidores, o el Gran Hermano, la diferencia, en tanto ella perturbe los sueños mesiánicos, los intereses y los voraces apetitos “económicos” y “políticos”, no importa que utilice un discurso político “libertario”, “democrático”, “liberal”.

Poca diferencia entre el democrático o el autoritario, como sucede con el sonado e insignifi cante discurso de Maduro, en esa entelequia del castrochavismo, casi calcado del de sus más retorcidos enemigos, casi como si vinieran de la misma fuente, como si tuvieran el mismo fin. Como el de Donald Trump o el de Putin. O el silencioso discurso de Kim Jong-un. Pocas diferencias, por no decir ninguna. Como existen pocas con el atávico discurso de Hillary Clinton, incluso con el de Obama, ahora renacido con el fin de articular el “otro” discurso desde la confrontación democrática, desde la otra mirada, según se cree. ¿Acaso la misma? “La verdad es hija del tiempo”, decía el abogado y escritor romano Aulo Gelio. ¿Cuál tiempo?

Una especie de cínica frialdad con una finalidad común: atrapar a sus clientelas, capturadas desde antes por otro discurso o por sus acciones demenciales o por insinuaciones descaradas que se trasmutan en fines, en actos encomiados, aunque estén signados por la demencia, por la impudicia, por la perfidia. El discurso de Pablo Escobar defendido por sus prosélitos que sabían y loaban –aún lo hacen– su comportamiento delincuencial, inmoral. Pedirle a María Auxiliadora su intermediación para lograr el pérfido objetivo y ofrecer millones para enmendar el crimen. O durante un largo tiempo detentar un cargo y ejercerlo con saña contra sus eventuales enemigos, a sabiendas de que se ha llegado a él violando los principios esenciales de la honestidad, de la pulcritud, de la decencia. Moratín decía en La derrota de los pedantes que “la verdad, por más que se presente desaliñada y adusta es el lenguaje de un buen ciudadano; y el que no la lleva en la boca como la concibe en el entendimiento es indigno de vivir entre los hombres”. Lejano discurso, como el de la pregunta de Espronceda en El diablo mundo, “¿Qué ciegos ojos la verdad no encanta?”

Un análisis descarnado del discurso supone, sin duda, un conocimiento estricto de la palabra, de su historia, a veces tan increíble como la dimensión de su sentido. Hay que develar, paso tras paso, la función cardinal del discurso, reconocerla en su totalidad porque, como decía en sus afamadas Máximas La Rochefoucauld, “más daño originan al mundo las apariencias de la verdad que la verdad misma”. Ese discurso con apariencia de verdad ha sido notorio en los últimos debates que ha vivido la humanidad, pero es el idioma de los nuevos artífices de la “publicidad”, de la “propaganda”: los nuevos y resucitados Goebbels que han suplantado la finalidad esencial del lenguaje y han desplazado con mezquindad infame, la verdad por una apariencia de verdad o por la truculencia, efectiva en su propósito desestabilizador, de la mentira.


*Luis Fernando García Núñez

Escritor, periodista, asesor literario.


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