Un café en Buenos Aires con Agustina Bazterrica

Ganar el premio Clarín fue emocionante. Sin embargo, ganar un premio no garantiza que seas buen escritor.

Agustina Bazterrica. Foto: Alejandro Meter. Cortesía FILBo

Por: Pablo Di Marco y Jorgelina Etze

La presencia de Agustina Bazterrica en la actual Feria del Libro de Bogotá es una inmejorable oportunidad para que los lectores colombianos conozcan a una de las autoras más leídas de Argentina. Y este café fue la excusa que encontramos para conversar con Agustina no solo sobre su novela Cadáver exquisito, sino también sobre los efectos colaterales del éxito, sobre el peso que hay que cargar cuando se cuestionan ciertas tradiciones, y sobre el coraje que se precisa para ser amiga de Clarice Lispector.    

—Uno de los epígrafes de la novela dice: “Lo que se ve nunca coincide con lo que se dice”, y esa idea sobrevuela toda la novela. ¿Cómo fue el proceso de escribir Cadáver exquisito, una novela donde Tejo, el protagonista, todo el tiempo actúa de un modo diferente a cómo piensa?

Resultó un proceso muy natural e intuitivo porque el común de los mortales, la mayoría del tiempo, nos vemos obligados a actuar de modo diferente a cómo pensamos. De lo contrario creo que estaríamos viviendo en una total anarquía. Ser un animal social implica reprimir ciertos sentimientos, no decir lo primero que pensás para no herir, utilizar un lenguaje que siempre es insuficiente y que como construcción social pone límites, condiciona. En el caso puntual de Marcos, actuar diferente a cómo piensa le sirve para sobrevivir en un mundo atroz donde uno de los mayores tabúes de la humanidad está legitimado: el canibalismo. Y en ese proceso mi intención es que el lector vea cómo el lenguaje encubre, oculta el horror, coloniza nuestra moral para ir naturalizando lo impensable. Por eso la cita al principio de la novela, porque el lenguaje es una de las vértebras del libro. Es otro de los protagonistas.

—¿Tejo realmente piensa de un modo tan diferente a cómo actúa?

Bueno, eso lo tendrá que juzgar el lector y preferiría no espoilear nada. Pero, es una pregunta interesante para hacernos a nosotros mismos. Cuanto tiempo dedicamos a la reflexión sobre la coherencia entre lo que decimos, hacemos y creemos. ¿Cuán lejos está nuestro hacer de nuestros valores? Inclusive como país.

Es llamativo el detalle que tiene tu novela en cuanto a los procesos de cría y faenado de carne. Tanto que, mientras la leía y por algunos meses, no pude ni acercarme a una carnicería. ¿Cómo fue el proceso de investigación para escribir esos pasajes?

Sí, hubo gente que dejó de comer carne y, según lo que me cuentan, algunos de manera permanente. Otros leyeron la novela y después se comieron un asado. Pero una reacción frecuente en la mayoría de los lectores es sentirse sumamente impactados por esos pasajes. El proceso de investigación duró meses. Leí una cantidad formidable de manuales, instructivos, textos de ficción y ensayos sobre el tema del canibalismo, sobre el funcionamiento de la industria de la carne y sobre los derechos de los animales. También vi películas, documentales y videos. Esa fue la parte más dura del proceso, la que me costó abordar por la violencia de las imágenes. Ver a un cerdo retorcerse y gritar cuando lo están matando es desesperante. Ver cómo le sacan los picos a los pollos para que no se picoteen entre ellos por los efectos del hacinamiento te genera una gran impotencia. Después, cuando llegó el momento de sentarme a escribir no tuve problemas. Ya no estaba involucrada emocionalmente con el tema porque de estarlo no puedo escribir o pierdo el foco. Además tenía bien en claro a dónde quería llegar, quería describir el proceso con precisión. También lo que intenté de manera consciente, y espero haber logrado, es no escribir un manifiesto vegano. No me interesa el fanatismo vegetariano porque creo que es otra forma de violencia. Intenté escribir la mejor novela que podía escribir en ese momento donde, por supuesto, hay una crítica a la industria de la carne y una defensa a los derechos de los animales y un reclamo por construir una cultura del respeto y del cuidado. Pero intenté no caer en el panfletismo moral.

Tengo una sensación, casi una certeza: el vegetariano incomoda a buena parte de la sociedad, se vuelve un fastidio, un estorbo que con su sola presencia juzga y señala. Lo veo en mi propia familia cuando mi esposa dice que prefiere una ensalada en lugar del asado del domingo. ¿Por qué pensás que ocurre esto?

Como vegetariana puedo decirte que es así, uno se convierte en una suerte de paria social. Más viviendo en un país como Argentina donde el asado es sagrado. Tanto mi familia como amigos me hicieron bullying cuando decidí ser vegetariana. Por supuesto fue un bullying light en la forma de chistes o de servirme una empanada de jamón y queso alegando que el jamón no es carne o comiéndose la comida vegetariana que yo llevaba aparte para, justamente, no molestar. Pequeñas violencias cotidianas que parecieran innecesarias, pero creo que de alguna manera tienen la intención de incomodar por una decisión personal que los afecta, los incomoda. No se puede ser diferente sin pagar un costo. Es algo que hoy me produce cierta comprensión. Lo diferente genera temor. Aunque en un principio sentí un shock luego fue uno de los impulsos para escribir la novela.

—Es que el vegetariano, aunque no diga una palabra, cuestiona con su solo accionar.

Exacto. Los vegetarianos y veganos, con nuestra decisión, estamos cuestionando una tradición muy enraizada, estamos desafiando lo que algunas personas consideran normal. Los consumidores de carne se espejan en la decisión de los vegetarianos y eso genera o justificaciones (“como carne solo una vez a la semana”) o rechazo (“la zanahoria también siente y la estás matando”) o cuestionamientos por el supuesto riesgo para la salud (“yo que vos voy a un médico, a ver si te falta hierro”). El pensamiento crítico, de cualquier nivel, siempre genera una resistencia descomunal. Y a la persona que cuestiona costumbres naturalizadas pero polémicas, a esa persona hay que acallarla. Simplemente porque es minoría y porque “no me deja comer el asado en paz”.

El pensamiento crítico, de cualquier nivel, siempre genera una resistencia descomunal. Y a la persona que cuestiona costumbres naturalizadas pero polémicas, a esa persona hay que acallarla.

Cadáver exquisito obtuvo un premio literario de peso como es el Clarín. Tras reconocimientos de este tipo se suele hablar mucho sobre los cambios que suceden en el premiado, pero muy poco se habla sobre los cambios que suceden en el entorno del premiado. Una vez superada la alegría inicial, ¿cómo lidiaste con la avalancha de elogios y con las inevitables envidias?

Me gustaría aclarar algunas cosas antes.

—Dale.

Ganar el premio Clarín fue emocionante. Sin embargo, ganar un premio no garantiza que seas buen escritor. Por lo tanto, si bien agradezco siempre los elogios, a mí me importa el impacto que eventualmente pueda generar mi obra. Me resulta un privilegio cuando voy a hablar a las escuelas y veo el entusiasmo que generó la lectura del libro. Sin dudas el premio Clarín me abrió las puertas a la masividad, a llegar a muchos lectores de mi país, pero también de España, Uruguay y de los países en cuyas lenguas se va a traducir que ya son nueve. Por eso estoy infinitamente agradecida. El Clarín no es el primer premio que gano. Antes de 2017 ya tenía más de treinta premios ganados, algunos de ellos prestigiosos, como el Premio Municipal. Sin embargo, nunca me quedé con eso, ni creo que me haya modificado como escritora. Los premios abren puertas, te dan oportunidades, pero lo que vale de verdad es la obra. Dicho lo cual, lidiar con las envidias y elogios no me generó conflictos. Soy solidaria con mis pares. Cuando yo estaba luchando por publicar me alegraba de verdad por el éxito de mis colegas por eso cuando gané el Clarín lo que primó fue una energía potente de parte de mucha personas (varias gritaron y… ¡no eran de mi familia!). Se alegraron de manera genuina. Por otra parte, tomo las críticas constructivas e ignoro las mezquindades. De hecho ayer estaba chateando con un lector que me hizo una crítica muy detallada de la novela, de muchas cosas que no le gustaron, y fue un chat muy rico donde nos terminamos recomendando un montón de libros. Y cuando aparecen personas tóxicas, frustradas, envidiosas (los famosos haters) las bloqueo instantáneamente. No pierdo ni un segundo en gente que no suma.

—Y lo bien que hacés. ¿Te sucedió la ridiculez de encontrarte con gente que trasladó a vos o a tu novela sus diferencias con el diario Clarín

Sí, claro. Hay muchos fanáticos que no pueden separar lo político partidario que Clarín representa de la apuesta por la literatura que hace el diario con este premio. Ganadores como Claudia Piñeiro o Pedro Mairal tuvieron acceso a publicar en grandes editoriales y más posibilidades a la hora de construir “la carrera del escritor”. Hoy son escritores premiados, traducidos, que resultan fundamentales. Mirando hacia atrás yo me movía hace varios años en lo que podríamos definir como el campo literario. Conocía gran cantidad de colegas por el ciclo de lectura que co-organizo “Siga al conejo blanco”. Muchísimos escritores leyeron el libro y, lo más importante, lo recomendaron y eso contribuyó al boca a boca que, sin duda, fue un motor que permitió  que el libro ya tenga varias ediciones.

—¿El reconocimiento posterior al premio resultó un aliciente o un obstáculo a la hora de escribir un nuevo libro?

En realidad resultó que mi vida explotó de actividades y ferias y entrevistas y ¡no pude escribir más! El 2018 fue un año dedicado exclusivamente a promocionar el libro y, por suerte, no paré de hacerlo. Creo que el libro y los que apostaron por Cadáver exquisito merecían que le dedicara todo ese tiempo. Hoy ya estoy investigando para la próxima novela aunque los compromisos lejos de apaciguarse, siguen creciendo. Independientemente de esta etapa puntual escribo desde antes de saber qué es ganar un premio por lo tanto confío en mi vocación y en el placer que me genera mi trabajo para seguir adelante.

—Vamos con la última pregunta de Un café en Buenos Aires, Agustina. Te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería y qué pregunta le harías.

A Clarice Lispector. Es una autora con una lucidez que pocas veces leí que me conmueve hasta las lágrimas, que me hace reflexionar con cada frase, que creo que es una de las escritoras más importantes de la literatura universal. Le preguntaría todo, como si estuviera viva. ¿Cómo escribe, cuándo, dónde, si corrige mucho, qué lee, qué come, qué amigos tiene, a qué escritores admira, a quiénes desprecia, cómo puede ser tan brillante, si tuvo un gato, qué sueña? Y lo más importante ¿puedo ser tu amiga, Clarice?

—¿Y a qué bar lo llevarías?

La traería a Negro, esta cueva de café, atendida por Julieta y Ezequiel, los dueños, y por Isabel, una joven venezolana que, como ya habrás visto, hace un café delicioso.

*Entrevista publicada en la edición 97 de la Revista Libros & Letras



PABLO HERNÁN DI MARCO
Argentina. Corrector de estilo de cuentos y novelas. Autor de los libros libros Las horas derramadas, Tríptico del desamparo, Espiral y Un café en buenos aires. conversaciones con escritores, lectores y libreros.



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