Un café en Buenos Aires con la escritora Silvana Vogt

Los silencios son más elocuentes que las palabras

Silvana Vogt. Foto tomada de Facebook.

Por: Pablo Di Marco*

Así como acumular colores poco tiene que ver con pintar un cuadro, publicar libros poco tiene que ver con crear un catálogo. Entre Ambos, editorial española de narrativa y ensayo fundada en 2015, pareciera tenerlo muy en claro. La selección de sus títulos, el estilo de sus portadas, y sus cuidadas ediciones, traslucen el deseo de sus editores por poner al contenido y la forma por sobre la simple acumulación de títulos.

Silvana Vogt, además de escribir La mecánica del agua, reciente publicación de Entre Ambos, fue una de las autoras invitadas a la Feria del Libro de Buenos Aires. Dos inmejorables excusas para conversar con ella sobre la experiencia de haber nacido en Argentina y partir (¿huir?) a Barcelona, y sobre las particularidades que implica abandonar la lengua natal para escribir una novela de desarraigo en un idioma extranjero.        

—Hay un pasaje de tu novela en el que un personaje dice: “Tienes que escribir en tu lengua, Vera, porque es con la que aprendiste a jugar y a mentir”. Sin embargo, pese a que sos argentina, escribiste La mecánica de agua en catalán. ¿Qué conflictos y dificultades te generó la decisión de jugar y mentir en otro idioma?

SV: La dificultad más grande no vino por el cambio de lengua en sí, aunque el trabajo fue artesanal y maravillosamente obsesivo, sino por el tipo de lector, por la tradición literaria, por la forma que tiene la literatura catalana de explicar las historias. Mucho menos expansiva, mucho más formal (presentación, nudo, desenlace, acción, reacción, causa, efecto), mucho más literal, mucho más cerrada que la latinoamericana. Eso me supuso una dificultad inmensa. De contención, de trabajo de la trama, de ritmo, de estructura. Estuve cinco años escribiendo ciento setenta páginas. Poniendo filtros y construyendo una historia argentina, a la catalana. Y todavía me encuentro en clubs de lectura con gente que no entiende las partes más “argentinas” del relato. Leen muy literal. Esa fue una dificultad, y una mutación en mi voz como escritora, mucho más complicada que la del cambio de lengua.

—¿Te involucraste en el proceso de traducción del libro al español?

SV: Sí. Empecé a corregir la versión de otra persona. Pero no conseguía meterme dentro. La leía en español con los ojos, pero la repetía en catalán en mi mente. Me la sé de memoria. Era como estar en estéreo pero que en cada parlante sonara una canción diferente.

—Me gusta ese ejemplo. Describe a la perfección lo inherente a la sonoridad de un texto.

SV: Yo soy muy obsesiva con la sonoridad de la lengua, para mí escribir es como hacer una partitura, una música determinada, las oraciones tienen que sonar de determinada manera y puedo llegar a estar un día entero buscando y permutando palabras hasta conseguir el ritmo correcto. Así que abrí un documento en blanco y me puse a copiar la traducción para conseguir centrarme. Pero no consigo reconciliarme con el paso de una lengua a la otra. Nada sería igual si la hubiera escrito en argentino. Creo que acabé haciendo una traducción de la traducción.

—En la primera parte de la novela, que transcurre en Buenos Aires con personajes porteños, mantuviste palabras como autobús, gasolina y patata. ¿Por qué decidiste que la voz del narrador se imponga al contexto?

SV: Por tres razones: la primera es que la novela está traducida en España, no en Argentina. La segunda es que un narrador no va cambiando el tono según viaja. Y, tercero: porque después de diecisiete años de no vivir en Argentina, patata, gasolinera, metro, braga, sostenedor, falda… son las palabras con las que denomino las cosas.  Mi lengua cotidiana es el catalán y, cuando cambio al español, como vivo allá, cambio al castellano, no al argentino. Así que la traducción es la del idioma de la península ibérica. Ahora escribo una novela en “argentino” y, supongo, me preguntarán por qué digo nafta y no digo gasolina, si la publico en una editorial española y no argentina.

—Partiste de Argentina rumbo a España tras la crisis del 2001. Y ahora regresás a Argentina cuando Barcelona es la ciudad invitada de la Feria Libro de Buenos Aires. En fin, se puede decir que te fuiste siendo argentina y volvés siendo española. ¿Qué te despierta este regreso?

SV: Me fui siendo una lectora argentina y vuelvo siendo una escritora catalana, no española, y la diferencia es importante, política y literariamente hablando.

—Vargas Llosa alguna vez dijo que comenzó a reconocerse como latinoamericano el día que se fue a vivir a Europa. ¿Te sucedió algo similar?

SV: No. Porque yo me fui a Europa intentando olvidar todo. Yo no me fui para seguir siendo argentina en una tierra extraña. Puse la vida a cero. Y haber llegado a un lugar en donde hablaban otra lengua, me dio la chance, incluso, de mudarme de idioma. Como los catalanes tienen una vocación irrenunciable a seguir existiendo como cultura, país, nación, no están muy interesados en preguntarte por tus cosas como lo están en contarte las suyas. Así que me convertí en esponja. Me dediqué a absorber todo lo que fuera nuevo y a poner un muro en todo lo que fuera pasado. Recién ahora estoy preparada para girar la cabeza y mirar para atrás.


—En días en que los escritores adoran explicar hasta lo obvio, tu novela tiene una virtud: le brinda espacio a los silencios, a ciertos murmullos a los que el lector no accede. ¿Sos consciente de esa característica de tu libro?

SV: Sí. Mucho. Fue la primera obsesión, a pesar de que el lector catalán es justo alguien que no está acostumbrado a llenar agujeros.
    
—¿Por qué pensás que les sucede eso? El buen escritor aspira a un lector activo (e incluso creativo).
     
SV: Porque la tradición literaria es otra. Y porque leemos como vivimos y, en Cataluña, la vida se rige por unos parámetros diferentes a los latinoamericanos, así que eso produce lectores que no necesitan llenar agujeros. Es una cultura y una literatura de la repetición, del apego a las tradiciones, de «siempre lo hemos hecho así», y el así suele ser lineal, telúrico y sin elipsis. Yo sabía que quería escribir la novela eludiendo las partes que el lector podía llenar por sí mismo. Había leído The road de Corman McCarthy y había dicho: esto quiero. Esta es mi voz. Esta es la distancia para la novela. Pero no fue hasta que un día entré a ver una película argentina, Días de pesca en la Patagonia, que confirmé que podía hacerlo.

—El director es Carlos Sorín, ¿no?

SV: Sí. En esa película Sorín hace justo lo que yo que buscaba: explicar las consecuencias de las acciones, no las acciones. Tenemos demasiados años de cine, lecturas, historias personales, pinturas, canciones en nuestras mochilas como para no ser capaces de llenar una elipsis. Porque, además, yo quiero que el lector confíe en mí. Los silencios son mucho más elocuentes que las palabras. Los silencios lo son todo. Escribimos para que el silencio sea evidente. Es en esa grieta donde reside la historia.

—A mi entender uno de los motores de la novela es tu enojo con Argentina. Sin embargo al final se adivina un intento de reconciliación con Buenos Aires (su resistencia cultural, las librerías y editoriales que surgen a pesar de la crisis). Uno de los personajes incluso llega a decir: “Aquí me siento vivo”. ¿Te sirvió esta novela para crear algo positivo a partir de tus decepciones con Argentina? ¿La calma del primer mundo puede asemejarse, por momentos, a la paz de los cementerios?

SV: La vida vive en Latinoamérica. En el primer mundo todo está organizado y pautado. La parte buena es que nada se sale de su cauce y todo funciona. La parte mala es que cuando todo funciona nadie se hace preguntas. Y la banalidad suele campar a sus anchas. La vida no vive en Europa. La vida, con todas sus consecuencias, vive en otro lado.

—Intuyo que Vera aún es muy joven (y está demasiado decepcionada con Argentina) como para comprender esto que decís. Decime, Silvana: ¿cómo imaginás a Vera a sus cincuenta años? ¿Instalada en Cataluña? ¿De regreso en Buenos Aires? ¿Escritora, empleada en un banco, suicida?

SV: No me imagino a Vera con cincuenta años porque no me la imagino viva más allá de la siguiente página de la novela. Vera está muerta. Seguro. Después del agua que rompe la piedra que contiene la memoria, Vera no debe haber sobrevivido.

     —Vamos con la última, Silvana: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería y a qué bar lo llevarías.

SV: A Kant. Y lo llevaría al bar Seddon, a mi bar de Buenos Aires, que ya no existe.

—¿Y qué pregunta le harías?

SV: Delante del cadáver de la metafísica, le preguntaría: y ahora, ¿qué?

—¿Y a Vera? ¿Qué le preguntarías a Vera?

SV: Le preguntaría si en el infierno hay perros salchichas. Y si ladran en catalán.


La mecánica del agua (204 pag.)
Editorial Entre Ambos. 




*Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Acaba de publicar su libro de entrevistas Un café en Buenos Aires. Conversaciones con escritores, editores y libreros. Es Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

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