1851: una deliciosa novela histórica, de Octavio Escobar Giraldo

La novela, para acabar de completar el cuadro, corresponde a esa nueva clasificación de lo que ahora se denomina literatura consciente de sí misma.




Por: Gonzalo España* / Colombia.

1851 fue año de guerra civil en Colombia. La revolución liberal de mediados del XIX ajustaba cuentas y demolía una tras otra las instituciones heredadas de la Colonia, y ese año le correspondió a la esclavitud, abolida por la Ley de Manumisión expedida en el gobierno francmasón (según calificativo otorgado por la oposición) de José Hilario López.

La medida trajo una guerra civil que duró escasos seis meses. Los dueños de grandes fundos esclavistas de las provincias de Popayán y el Cauca, los propietarios de minas de Antioquia, Chocó y Barbacoas que utilizaban mano de obra esclava, alineados y respaldados por el partido conservador (que vio en otras ejecutorias del gobierno de López como la expulsión de la Compañía de Jesús, la abolición del fuero eclesiástico y la facultad otorgada a los concejos municipales para elegir los curas de sus parroquias un ataque a la religión), organizaron sus ejércitos y fueron a la guerra.

Las varias decenas de personajes que habitan 1851, la novela de Octavio Escobar Giraldo (Ediciones Desde abajo, 2016), viven bajo las expectativas de lo que pueda depararles esta guerra, pero por ser pobladores de la vieja Antioquia, y estar radicados en el epicentro de localidades como Rionegro, Sonsón, Abejorral, Chinchinpa, Salamina, Medellín y otras asisten a tensiones locales suplementarias, dado que aquellas montañas estaban viviendo el proceso de la llamada colonización antioqueña, y una lucha sorda y quieta, a veces violenta, se libraba entre los colonos y la llamada Concesión Aranzazu, un enclave de varios miles de kilómetros cuadrados amparados en una vetusta cédula real que se oponía a su avance y a la posesión de las tierras arrebatadas a la montaña virgen, hecho que se conoce en la historia como la lucha entre el hacha y el papel sellado.

Puestos en este escenario, ya podemos dar por descontado que los personajes de 1851 son principalmente colonos, mineros, buscadores de guacas, comerciantes, mujeres de pueblo, arrieros y mulas, en particular una entre tantas, la insaciable Eulalia, toda la turba libre y emprendedora que cumplió la gesta colonizadora y sobre la cual solo los curas y los alcaldes elegidos por consentimiento común impusieron alguna jerarquía. Escobar nos sitúa en medio de esta humanidad y nos va narrando cómo viven, qué cocinan y comen, de qué se enferman y cómo se curan, qué prejuicios sociales y morales los contienen, qué reglas rigen la estética femenina, qué clase de música escuchan, la manera como se funda y se construye un pueblo, la forma como se seca y se trabaja la guadua y mil cosas más, curiosas, singulares, amenas a los ojos y a la memoria. Son los lujos de la novela, los descansos en un torrente de sucesos que inexorablemente se ven venir y no dejan de estar llegando.

La historia, que toca muchas cosas, incluso las actas de algunos procesos judiciales o la descripción de las criaturas fantásticas que pueblan el monte, no se detendrá en ningún momento gracias a la permanente peroración de aquellos seres que cada mañana comunican una nueva información o un nuevo chisme

Casi se puede decir que toda la narración está estructurada alrededor de los diálogos. Los personajes aparecen en medio de una conversación, pegados de un cabo de tabaco o de un trago de aguardiente, sin explicaciones que los antecedan. Como algunos apellidos abundan, ya que muchos de ellos son primos entre sí, como los Escobar o los Arango, tienden a confundírsenos, cosa que no altera para nada el hilo del relato. Los diálogos son fluidos, insinuantes, los silencios son quizás más reveladores. La historia, que toca muchas cosas, incluso las actas de algunos procesos judiciales o la descripción de las criaturas fantásticas que pueblan el monte, no se detendrá en ningún momento gracias a la permanente peroración de aquellos seres que cada mañana comunican una nueva información o un nuevo chisme.

En medio de todo aquello, el narrador nos refiere con delicados detalles la seducción primero y luego la infidelidad cometida por Serafina con Juan Escobar, primo de su esposo, un par de familiares que se aman, comparten su mesa, su mula y su mutuo aprecio. Este es el suceso central de la novela, aquí nace la tensión que nos arrastra a lo largo de sus páginas. El esposo, como es natural, no sabe nada, pero personas avisadas y tal vez todo el mundo en la nueva y pequeña población de Salamina empieza a enterarse. El autor del ilícito sufre remordimientos de conciencia por haber desgraciado a la mujer de su primo y haber ofendido a este, pero igual no puede contenerse. La infiel acude al confesonario con el pecado en la boca y parece que todo va a estallar.

La guerra con la Concesión Aranzazu y el conflicto de 1851 que poco a poco arropa Antioquia son simples marcos ambientales. Escobar Giraldo no se propuso nunca referirnos estas contiendas, aunque nos informa de ellas mucho más de lo que nos dicen los textos de historia, y en una forma muy particular, porque lo hace desde la perspectiva en que las gentes sencillas interpretan aquellos sucesos. La vida cotidiana, la búsqueda de las vetas de oro, el amor, los viajes y los negocios terminan por alterarse, los personales acaban arrastrados por los acontecimientos, Juan Escobar, el seductor de la esposa de su primo,  encuentra en la guerra la evasiva al embrollo sentimental en que está metido. Pero sea un enfrentamiento a machete o la mejor batalla de cama de los amantes, todo está contado en un tono confidencial y tranquilo que no nos saca nunca de nuestro puesto de divertidos espectadores.

La novela, para acabar de completar el cuadro, corresponde a esa nueva clasificación de lo que ahora se denomina literatura consciente de sí misma, donde los autores nos explican a todo lo largo del texto los motivos que los llevaron a escribirla, dónde encontraron el tema, cómo lo desarrollaron, quién les dio este o el otro consejo. Esto, en general, implica un altísimo riesgo. Incluso obras premiadas como HHhH, la novela de Laurent Binet que nos relata la ejecución del verdugo nazi Heydrich Himmler a manos de dos miembros de la resistencia checa (Premio Goncourt de primera novela y Premio Terenci Moix), acaban por resultarnos insoportables debido a la cantidad de explicaciones brindadas por el autor. Siempre ha sido un sabio precepto literario que el autor se asome lo menos posible en el relato y evite inmiscuirse con sus juicios y sus comentarios.

Pero Escobar Giraldo no se atiene a esto y a cada par de páginas mete la cucharada para decir cosas como que la suya es una novela honesta y se abstiene de contar tal escena por ser muy atrevida para la época, o que Marcela de los Milagros Jaramillo Jaramillo, una de las beldades de la comarca no se ha hecho ninguna cirugía estética, y un millar de jocosas anotaciones que divierten al lector y lo descargan de todo apasionamiento, o nos pone una definición del diccionario para ilustrarnos sobre alguna planta o animal aparecido en el cuento, todo lo cual no produce otro efecto que hacernos divertida y gozosa la lectura, a la par que instructiva.

Todo esto hace de 1851 un excelente modelo de novela histórica. Los personajes, la vida, el drama, se mueven bajo la sombra de las tempestades que azotaron su tiempo, pero no dejan de vivir, de amar, de sufrir, no escapan a su cotidianidad ni pierden el paso. En esto 1851 se codea con El camino en la sombra de Osorio Lizarazo, aunque la narrativa gozosa de Escobar Giraldo no comparte para nada la gravedad trágica de aquel gran autor.


*Gonzalo España. Escritor colombiano. 



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