Alicia Salinas: “Me interesa el lenguaje como forma, herramienta, vehículo y puente”

Foto: Cortesía

Por: Rolando Revagliatti / Buenos Aires, Argentina.

Alicia Salinas (Argentina. 21 de septiembre, 1976). Es Licenciada en Comunicación Social por la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario. Se desempeña en el área de Comunicación del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de Santa Fe, en el Instituto de Periodismo Rosario (ex TEA Taller Escuela Agencia de Periodismo), donde está a cargo de la cátedra de Taller de Redacción II, y colabora con el suplemento Cultura y Libros del diario La Capital de Rosario. Se ha formado en dramaturgia y actuación. Es autora de obras de teatro, monólogos y piezas breves, algunas de las cuales fueron representadas.  

Ha sido incluida, entre otras, en las antologías Los que siguen, Dodecaedro, Pulpa, Las 40. Poetas santafesinas 1922-1981, Diecinueve de fondo, Poetas del tercer mundo, Veinte años del Festival Internacional de Poesía de Rosario y Somos centelleantes (fanzine de artistas por el aborto legal). Poemas suyos fueron traducidos al inglés por el poeta John Oliver Simon. Participó en el volumen colectivo Crisis social, medios y violencia: A diez años de los saqueos en Rosario. Poemarios publicados: La sumergida (2003; 2ª edición —en formato electrónico—: 2016), Gallina ciega (2009) y “Tierra” (2017).

— Así que nacida el día de la primavera y en un año…

En un parto en avalancha, nací el día de la primavera de 1976 bajo el signo chino del dragón de fuego y el halo de la dictadura argentina más sangrienta. En la víspera del 21 de septiembre, mis padres avanzaron raudos desde el sur rosarino rumbo a una clínica que ya no existe, ubicada al lado de una biblioteca (Argentina) y frente a una plaza (Pringles). Llegué a este mundo de madrugada y antes del plazo “científicamente” estipulado, con cierto apresuramiento. Fui primera hija, nieta y sobrina de una joven pareja —25 años ella y 30 años él—; cuatro abuelos de ascendencia española, italiana y croata; y una tía materna y un tío paterno solteros que se convirtieron en mis padrinos. Me bautizaron en la histórica parroquia San Francisquito, centro neurálgico de una barriada del sudoeste donde estaban afincadas dos generaciones anteriores a mi papá.
          La primera infancia transcurrió en Tablada, barrio de estirpe obrera, a la vuelta de la biblioteca Constancio C. Vigil. Recuerdo nítidamente los grandes árboles de la calle Necochea, el empedrado de adoquines, los vecinos de al lado a los que llamaba “nonos”, el repartidor de vino en damajuana a bordo de un camioncito, una enredadera de tulipas violetas sobre el muro de calle Ayacucho, la calesita de la avenida San Martín.
          Mis padres quisieron llamarme Alinés, un nombre que aseguran haber escuchado por allí, pero que en el Registro Civil rechazaron con el argumento de su irrealidad. Mi historia personal despuntó arraigada a una entelequia, a una fantasía sin sustrato legal, a un deseo familiar que quedó trunco y por el que no se dio pelea en un contexto de terrorismo de Estado. Improvisación mediante, el documento reza “Alicia Inés”. Identidad partida, inventada en el momento, siempre presente: recién a los nueve años, cuando me cambiaron de escuela, adopté el nombre Alicia. El apodo sin embargo aún me acompaña y no he conocido persona que lo porte.

— ¿Escritora o actriz?

Había asistido a talleres de teatro desde cuarto grado y cursé el primer año de la carrera de actriz en la Escuela Provincial de Teatro y Títeres, recientemente volví a las tablas dos décadas después, desde la dramaturgia, e incluso a los cuarenta subí de nuevo al escenario. Siempre que pude escribí, antes casi de saber hacerlo. En principio, cuentos —a los seis años armé una “colección” propia inspirada en “Los cuentos del Chiribitil”, que mi madre ha conservado—, después fui anidando en la poesía o ella me tomó. Como desde los dieciocho años trabajaba y estudiaba Comunicación Social, la poesía iba quedando a un lado. Si en un momento la relegué, al final abracé y asumí la experiencia poética como identidad y modo de estar en el mundo, más allá de cualquier mandato, designio o (auto) boicot. Es oficio elegido, no pasatiempo.
Mi acercamiento a la materia poética antes que académico y reglado fue autodidacta y vivencial, a partir de la lectura y el intercambio directo con poetas en bares, encuentros, lecturas, viajes, amistades. No he asistido a talleres, sí a dos espacios que podrían llamarse de clínica, con las admiradas poetas rosarinas Concepción Bertone y Sonia Scarabelli. En rigor, la formación hunde sus raíces en un tiempo del que no tengo recuerdo consciente: en aquel entorno tecnológico sin pantallas de finales de los 70 y principios de los 80, me contaron muchas historias, me leyeron en voz alta, me llevaron al teatro. Más tarde o más temprano desarrollé un extraordinario apego por las palabras, sus combinaciones, su musicalidad. Me interesa el lenguaje, como forma, herramienta, vehículo y puente. Seguramente por eso trabajé como periodista, pasando por todos los rubros. Donde me sentí más cómoda fue en el medio gráfico: empecé en un diario en 1998, a los veintiún años, antes de graduarme en 2002 en la UNR. Seguí las dos orientaciones de la carrera, en ese momento denominadas Masiva e Institucional, pero no cursé ninguna materia relacionada con el derecho. Y sin embargo pronto me inicié como “corresponsal” en los Tribunales provinciales, desandando los pasillos del periodismo judicial. Escribí en especial para las secciones Ciudad y Policiales del diario El Ciudadano, casi todos los días durante diez años. Amén de otros empleos, en 2008 comencé en el área de Comunicación Social del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la provincia, donde aún permanezco. ¡En suma, ya cumplí dos décadas rodeada de abogadas y abogados! Parafraseando a Claudia Piñeiro, “he tenido la suerte de hacer una carrera que me llevó a los lugares donde quería estar, incluso a lugares que no había imaginado”.
          De mi madre heredé la claustrofobia, a finales de los veinte llegué al psicoanálisis y a principios de los treinta a la docencia. Participé como profesora de materias y seminarios, aunque lo central son las clases de Redacción que brindo desde 2007 en el instituto de periodismo IPR, ex TEA. Esta actividad me permite irradiar la experiencia cosechada en las redacciones, no sólo desde el punto de vista técnico sino de los dilemas de la profesión; ahondar en los géneros periodísticos (de eso trata el taller, que se dicta en segundo año); y conectarme con jóvenes, muchos de los cuales tienen la ilusión, la frescura y la energía para comunicar, investigar y pelear por la construcción de una verdad que no nos aliene, más allá del sistema mediático. Sobre todo me relaciono con el oficio desde otro lugar, con la materia prima maravillosa que es la lengua y debemos conocer para decir con justeza y precisión. A mis alumnos y alumnas les recomiendo que lean de todo sin desdeñar la poesía, porque si bien ésta no asume una vocación “utilitaria” puede transmitir mucho con poco (función también de los periodistas, en especial cuando titulamos). No es una idea propia, ya lo decía el maestro Ryszard Kapuściński, quien conjugó su labor como trabajador de prensa con la de poeta. El rol de docente me sirve para seguir aprendiendo junto a los estudiantes como habilitar el hacer del otro en lugar de inocular un saber, y para desplegar mi obsesión por la edición y la ortografía. En otras palabras, el ojo atento a la mácula sin esfuerzo, en mi carácter de empedernida perfeccionista nacida bajo el influjo de Virgo.

— Obsesión, entonces, y perfeccionismo.

Fui una niña curiosa que de a poco y por intuición se interesó en la poesía —le dicté el primer poema a mi maestra de tercer grado, a los ocho años—, una adolescente melancólica que estudió por imposición en una escuela comercial pero nunca le dio corte a la contabilidad, y una joven que entró rápido al mercado de trabajo para preguntar y contar historias, muchas acontecidas en los márgenes de la ciudad, de la sociedad, de la ley. Traté de seguir la premisa de otro maestro de la literatura y el periodismo, Rodolfo Walsh, quien dijo: “Escribir es escuchar”. Cuando dejé el diario pude darle forma a una novela corta, se ve que antes me obturaba la práctica cotidiana de la prosa y el coro de voces ajenas. Este texto en particular quiso en principio ser un cuento y se fue ampliando tanto que resultó en una novela de cien páginas. Obtuvo un premio en un concurso literario de una editorial porteña, pero nunca se publicó; ojalá algún día vea la luz. En los años en que estuve escribiéndola, ya se habían editado en Rosario mis primeros libros de poemas —La sumergida  (2003) y Gallina ciega (2009). Por alguna razón necesitaba expresarme artísticamente fuera de la poesía; de hecho, en ese período —a pesar de estar muy exigida en lo laboral— comencé a estudiar dramaturgia. Entre 2012 y 2017 se pusieron en escena piezas de mi autoría y algunas fueron seleccionadas para participar en ciclos de teatro. Finalmente volví a las fuentes y pudo entregarse al mundo el tercer libro de poesía, Tierra, editado en Buenos Aires el año pasado, y con el cual aún resueno.
          Estuve en contacto con la esfera pública, con lo grupal y el afuera, en la secundaria y en la facultad participé de los centros de estudiantes y luego en el Sindicato de Prensa, entre otros espacios. Por el contrario lo doméstico nunca me interesó y en general me pesó, aunque debí arreglármelas porque dejé la casa natal temprano, apenas tuve soberanía económica. Soy muy mental, no tengo habilidades manuales ni me doy maña con los quehaceres patriarcalmente asignados a mi género. Con los años también aprendí a valorar las tareas de cuidado, intramuros e invisibles; a entender al alimento y su preparación como la principal medicina frente a los productos de la industria que en realidad nos enferman. Tengo muchos poemas sobre la relación mujer-hogar, donde ese vínculo aparece asociado a la alienación antes que al disfrute. Por ejemplo “Ama de casa”, de “Gallina ciega”, refleja una atmósfera de dualidad entre lo siniestro que puede implicar el encierro, todo eso que pasa “dentro”, y cómo se muestra esta mujer a la hora del té, cuando ha hecho u organizado ya casi todas las tareas/cargas de la jornada.

...al final abracé y asumí la experiencia poética como identidad y modo de estar en el mundo

— Por rosarina y participante de Crisis social, medios y violencia. A diez años de los saqueos en Rosario, te invito a que rememores aquella crisis y nos cuentes cómo se estructuró el volumen, quiénes han sido los otros autores incluidos y a qué apuntaba tu crónica.

 Cuando ocurrieron los saqueos de mayo de 1989 yo tenía doce años, estaba en séptimo grado. Recuerdo que se nos interrumpió la cotidianeidad porque fueron días en los que había revueltas e irrupción en locales en casi todos los barrios, se suspendieron las clases, no circulaban los colectivos ni atendían los bancos, se declaró estado de sitio. Mi familia vivía a pocas cuadras de un supermercado grande, en zona sur casi sobre bulevar Oroño, arteria de doble mano que al salir de la ciudad se transforma en la autopista a Buenos Aires. Por allí veo llegar camiones verdes de Gendarmería y agentes apostados con armas largas; las calles desiertas y el aire tenso; el vecino de al lado —atendía una granja en su garaje— subido a una banqueta para destornillar el cartel metálico que revelaba la existencia de provisiones adentro de la casa. Conozco personas que participaron de aquellos saqueos y otras cuyos comercios fueron saqueados. Creo que la inquietud de los adultos a mi alrededor en aquellos días pasaba por cómo conseguir los alimentos, cuyos precios eran permanentemente remarcados y luego se cerraron los canales de abastecimiento, por la inflación desmedida, por la crisis social y económica a la que sobrevino la salida del presidente Raúl Alfonsín del gobierno. Hubo casi una decena de muertos y la evidencia inocultable en la escena pública —a mi salida de la infancia— de la desigualdad y de la pobreza.
Ya trabajando en el diario faltaba un mes para el décimo aniversario de los hechos, propuse un ejercicio de memoria para reconstruirlos. Mis jefes aceptaron, aunque implicaba salir de la rutina asignada y sostuvieron que acudiera a la hemeroteca municipal a rastrear las noticias aparecidas en el 89 (hacíamos periodismo sin Google ni redes sociales; El Ciudadano no tenía archivo de la época porque era recién nacido) y a tomar testimonios de vecinos, supermercadistas, historiadores y periodistas vinculados directamente a los saqueos, hasta entonces los únicos de la historia reciente. La nota ocupó dos o tres páginas y se tituló “Crónica de una ciudad tomada”. En paralelo desde la UNR se preparaba uno de los primeros trabajos que abordó estos sucesos desde la mirada antropológica, histórica, periodística. Mi artículo —ampliado con nuevos datos y otros que no habían entrado en el original— fue incluido en un volumen colectivo que se editó luego de un foro de análisis sobre el tema, celebrado en agosto de 1999 en el Complejo Cultural de la Cooperación.
El libro figura en varias bibliotecas institucionales y ha sido citado en numerosas investigaciones. Lo publicaron: CECYT (Centro de Estudios en Cultura y Tecnología), CEHO (Centro de Estudios de Historia Obrera) y CEA-CU (Centro de Estudios Antropológicos en Contextos Urbanos) de la UNR. Recoge artículos de periodistas, antropólogos, historiadores y comunicadores sociales: Osvaldo Aguirre, Gabriela Águila, Cristina Viano, Gloria Rodríguez, Nora Arias, Edith Cámpora, Silvina De Zorzi, Pablo Francescutti, Santiago Arias, Gabriela Czarny, Claudio Rizzo, Horacio Sívori, Luis Baggiolini, Sandra Valdettaro y el militante social y de derechos humanos Rubén Naranjo. 

— Educación sexual para decidir. Anticonceptivos para no abortar. Aborto legal para no morir, leo en la contratapa de Somos centelleantes, fanzine (impreso con carácter de urgencia) de artistas por el aborto legal, seguro y gratuito (disponible en Internet). Casi treinta escritoras incluidas, con prosas y poemas.

Este libro surgió de una convocatoria por redes sociales que hizo en junio un grupo de poetas y en el que se incluyó un texto publicado en Gallina ciega (“Niño de invierno”). Somos centelleantes nació como fanzine urgente poco antes del tratamiento del proyecto de ley sobre el derecho al aborto en la Cámara de Diputados y se distribuyó durante la extensa vigilia frente al Congreso de la Nación. Recoge textos de veintiocho escritoras argentinas, incluida la poeta y militante ya fallecida Hilda Rais [1951-2016]. Además dio lugar a la formación de un colectivo literario, mujeres artistas que estamos a favor de la legalización del aborto y tenemos la convicción de que el arte tiene el poder de transformar la realidad. Por eso no nos callamos, no nos resignamos a que decidan por nuestros cuerpos, tomamos las calles y las palabras. Así nos definimos.
          La antología se presentó en agosto en Buenos Aires, a sólo tres días del debate en la Cámara de Senadores. De distribución gratuita, ha sido leída en voz alta aquí y allá, al calor de las movilizaciones y actividades que impulsa el movimiento de mujeres en torno al derecho al aborto seguro y gratuito. Hemos promovido su impresión y circulación, por eso puede descargarse en forma sencilla desde la web. Compilada por Romina Ávila Tosi, Fernanda López, Gaby Mena y María Raquel Resta, Somos centelleantes lleva una ilustración de tapa de Sukermercado (Paula Suke), con diseño de León Pereyra. Las autoras somos, además de Rais y quien suscribe, Gabriela Pignataro, Claudia Almada, Flor Codagnone, Aldana Antoni, Clara Suárez, Gaby Mena, Gladis López Riquert, Liliana Garulli, Natalia López, Natalia Bericat, Romina Ávila Tosi, Fernanda López, Vera Grimmer, Silvina Gruppo, Lila Magrotti Messa, Carolina Bruck, María Raquel Resta, Macarena Moraña, Patricia Maidana, Analía Medina, Alicia Benítez, Malena Saito, Patricia González López, Andi Nachon, Julieta Troielli y Fernanda García Lao.

— Dirijámonos a esa novela corta, por vos escrita y aun inédita. ¿Tenés otros textos narrativos?

Tengo algunos cuentos, me gusta leer y escribir prosa. En el lugar en el que más me reconozco en el terreno de la literatura es la poesía. Sobre la novela, que transcurre en escenarios rosarinos, no abundo públicamente por si alguna vez encuentro la disposición, el tiempo, la voluntad y la energía para retomarla y sobre todo presentarla en un concurso o a una editorial. Terminé de escribirla en 2012. Luego incursioné en el teatro mientras que llagaba la posibilidad de cerrar “Tierra”; ahora estoy con los últimos trazos del próximo libro de poesía. Entonces, pareciera no ser el momento de activar este material, algo paradójico si consideramos que la realidad social semeja la de aquella época en la que transcurre. Es una historia de corte realista, de descubrimiento no sólo de la ciudad, sino de los desafíos y las decisiones necesarias para sostener las amistades, los amores, los destinos, en el medio de un país al borde del estallido. Se la podría catalogar como una novela de iniciación, aunque eso deberían precisarlo los especialistas.
          No recuerdo con exactitud cuándo se me ocurrió el proto-argumento: paseaba por el Parque Independencia y de regreso lo registré en la computadora. Al tiempo, acaso animada por la lectura del gran Cesare Pavese, lo retomé y me volqué a escribir. Los personajes adquirieron entidad y relevancia —no sólo en el escrito sino también en mi vida—, se incorporaron a mis sueños, pensamientos y conversaciones. Trabajé esta ficción hundiendo las patas en las fuentes de la realidad, por intuición, con entusiasmo. Viví el proceso como un espacio de libertad, como si tejiera una trama de evocaciones, iluminando y haciendo foco en algunos detalles, restituyéndolos, volviendo a buscarlos.
          Una curiosidad relacionada con el texto es que en un momento la protagonista festeja su cumpleaños, y sin mencionarlo en forma explícita yo le asigno una fecha de nacimiento. Ese mismo día, años después, comenzaría mi trabajo de parto, el cual fue tan extenso que la niña de carne y hueso llegó al mundo recién al día siguiente. De esta manera la hija literaria y la de sangre tienen cada una su exclusividad, a pesar de que a ambas les he insuflado mucho de mí. ¡Pero sus vidas y caminos son propios!

* Rolando Revagliatti. Escritor argentino.


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