120 años del natalicio de Jorge Luis Borges, maestro de maestros


Por: Juan Camilo Rincón

Desde la mítica de su obra, de la que parece ser uno de tantos personajes, Borges infestó toda la literatura latinoamericana lacaya, calcada de las letras europeas o teñida de un regionalismo que le impedía una mirada crítica. La contaminó de tal manera que la hizo única, otorgándole la capacidad de enunciarse a sí misma desde otra perspectiva, como una literatura que podía mirarse el ombligo y cuestionarse sus orígenes, sus vínculos, su devenir en el banquete de la civilización.

Como lo plantea Augusto Monterroso, leer a Borges es tan importante para un escritor como lo es el hecho de respirar y, a la vez, tan peligroso como acercarse imprudentemente al abismo. El argentino le dio nueva vida al español (“Perturbó la prosa literaria española de manera profunda”, dijo alguna vez Vargas Llosa) y lo salvó de una inminente agonía. Con sus juegos literarios, presentes en sus poemas, cuentos y ensayos, nos mostró con perfecta sencillez qué es ser un maestro de maestros.

Desde tres esquinas literarias de Latinoamérica, hoy celebramos los 120 años de su nacimiento. Empezando por uno de sus mayores hasta llegar a dos de sus discípulos, esta línea va mostrando lo que para otros grandes de la literatura representó la obra (la “miscelánea”, como la llamó él mismo) del escritor porteño.

El sabio mexicano Alfonso Reyes, con quien Borges compartía “el amor de la literatura y de las literaturas”, y del que afirma había leído mucho más que él y le enseñó “muchísimas cosas” fue, de alguna manera y sin saberlo, su mentor. Se conocieron en la quinta de Victoria Ocampo, fundadora de la revista Sur, en una noche empapada de Shelley, Othón y Browning. Reyes consideraba al argentino un genio literario único en nuestra América y autor de narraciones trascendentales cuyas “fantasías van mucho más allá del humorismo y tienen un valor de verdaderas investigaciones sobre las posibilidades epistemológicas”. Para él, Borges, mago de las ideas, “transforma todos los motivos que toca y los lleva a otro registro mental. Los solos títulos de sus libros hacen reflexionar sobre una nueva dimensión de las cosas y parece que nos lanzan a un paseo por la estratósfera”.

Para el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, Borges fue no solamente un escritor genial sino, además, un orador “incesante, erudito, fascinante” pues “la forma y esas trampas sabias y espléndidas que nos tendía en sus cuentos nos las pone ahora hablando. Y seguimos cayendo en ellas con idéntica felicidad”. Rendido ante el hechizo borgeano que, afirma, le resulta irresistible, para el peruano, el autor de El Aleph despierta en sus lectores una pasión secreta, por lo que releerlo “ha sido siempre una aventura feliz”. Como vocero de los escritores latinoamericanos, el novelista arequipeño señala que Borges significó “la ruptura de un cierto complejo de inferioridad que, de manera inconsciente (…) los encarcelaba dentro de un horizonte provinciano. Antes de él, parecía temerario o iluso, para uno de nosotros, pasearse por la cultura universal como podía hacerlo un europeo o un norteamericano” y ahora comprendemos que “sentirse partícipe de esta cultura no resta al escritor latinoamericano soberanía ni originalidad”. En la nunca acabada discusión de lo local versus lo universal, el autor de La casa verde explica la manera en que “su cosmopolitismo, esa avidez por adueñarse de un ámbito cultural tan vasto, de inventarse un pasado propio con lo ajeno, es una manera profunda de ser argentino, es decir, latinoamericano”.

La capacidad borgeana de inventar un lenguaje propio a través de sus juegos literarios, y en medio del laberinto de sus ideas “descontaminadas y claras –también insólitas–”, es entendida por Vargas Llosa como un modo de expresión tan suyo, “una música verbal (para decirlo con sus palabras) tan propia, como los más ilustres clásicos”, y lo equipara a Quevedo, Góngora y Cervantes. Gracias a lo excelso de su trabajo escrito, “la vida, ese hirviente y caótico tumulto, llega al lector sublimada y conceptualizada, mudada en mito literario por el filtro borgeano, un filtro de una pulcritud lógica acabada y perfecta”.

El mexicano Carlos Fuentes, ganador de los premios Rómulo Gallegos en 1977, Miguel de Cervantes en 1987 y Príncipe de Asturias de las Letras en 1994, no escatima halagos para referirse a Borges. Para el autor de La región más transparente, el porteño “abolió las barreras de la comunicación entre las literaturas, enriqueció nuestro hogar lingϋístico castellano con todas las tesorerías imaginables de la literatura de Oriente y Occidente, y nos permitió ir hacia adelante con un sentimiento de poseer más de lo que habíamos escrito.” Destaca la manera en que, a través de “una síntesis narrativa superior”, su imaginación literaria “se apropió de todas las tradiciones culturales a fin de darnos el retrato más completo de todo lo que somos, gracias a la memoria presente de cuanto hemos dicho”, recordándonos que nuestra cultura “es más ancha que cualquier teoría reductivista de la misma”.


*Foto Jorge Luis Borges: El escritor en 1967. Fotografía de Annemarie Heinrich (Wikipedia)



JUAN CAMILO RINCÓN*

Periodista y escritor. Autor de libro como Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia (Libros & Letras), Viaje al corazón de Cortázar. El cronopio, sus amigos y otras pachangas espasmódicas (Libros & Letras).

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