Un adelanto de “Aún el agua”, el nuevo libro de Juan Álvarez


El escritor colombiano, Premio Nacional de Cuento “Ciudad de Bogotá” (2005), presentará su tercera novela, Aún el agua (Seix  Barral), el próximo 25 de septiembre en Bogotá.


Compartimos un adelanto de la novela en la que un grupo de mujeres —biodiseñadas para cumplir una única misión— se prepara para cruzar la cortinatóxica que separa el cratón sur del cratón norte de la Tierra. Su objetivo es restaurar el ciclo hidrológico allí donde escasea el agua. El planeta ha sufrido un cataclismo tectónico devastador y ha dejado a la mitad de la población en riesgo de ser desahuciada.



Por: Juan Álvarez / Autor.

Algoritmo narrativo inorgánico
~ Emisión Alba - AÑO 2228


Han cumplido quince años. Ha llegado la hora de recabar, para ustedes, cuhubaxies del cratón sur, catorce mil datos en setenta y un líneas de relato. Es momento de la escucha crítica.

Tres cuartas partes de la masa continental de la Tierra fueron devoradas por la Tierra misma. Una succión desde la mayor de las entrañas. Un pliegue ínfimo y colosal en este conglomerado molecular del cosmos.

Las quince placas tectónicas mayores sacudieron y sesgaron sus lindes y tambalearon en el semivacío de magma y gases y reacciones nucleares en cadena, y varias de ellas cayeron al interior de la Tierra a través de los precipicios abiertos por su propia inclinación.

Brutal y simple: sumergirse y desaparecer.

Al principio, la metáfora del ajuste de cuentas de la Tierra con la especie brindó consuelo. Pero, ya saben, no fue la especie sapiens entera la que acabó cocinada en la astenosfera, a treinta o cuarenta o cuarenta y cinco kilómetros de profundidad. Fue la Eurafrasia y detrás de sí Oceanía y fracciones peninsulares y volcánicas de la Antártida Occidental: sus ciudades milenarias, sus museos impolutos, sus castillos y llanuras y plataformas de hielo y sus bancos criónicos y sus laboratorios corporativos desaparecidos junto a miles y miles y miles de kilómetros de suelo y fango en el estruendo de un precipicio devorador de semanas.

Quedaron a flote la Antártida Oriental, reducida y remota, y dos masas de América, separadas por el hundimiento de la Placa Caribe, desplazadas de la zona intertropical y transformadas cada una según sus orogénesis desatadas: las faldas extensas de los Apalaches, acidificadas y despobladas de bosques caducifolios; las Grandes Llanuras erosionadas en extremo; las Montañas Rocosas, deshieladas y secas en sus caudales irregulares enlodados de vegetación descompuesta. Miles de kilómetros sacudidos de aquellas tierras del norte encabalgaron en convulsiones telúricas que sin embargo se deshicieron al tratar de arrugar y elevar sus montañas.

La placa sur, al contrario, afianzó su replegarse, y los Andes patagónicos giraron y sacudieron sus pliegues montuosos y fueron desplazándose a medida que se estremecían y torcían hacia las sierras del Brasil. Al tiempo, las tres ramificaciones del extremo septentrional de la cordillera tragaron llanuras y escupieron más brazos en una orogénesis que plegaba y compactaba y empujaba sus cimas más y más y más como buscando rasgar el cielo.

El archipiélago de Tierra del Fuego formó picos de hasta cinco mil quinientos metros de altura, se volcó sobre el estuario del Río de la Plata, lo redujo a menos de cien kilómetros de ancho, y ambos accidentes voraces se remontaron sobre las serranías de Mar y Misiones. En el interior de ese abrazo montañoso austral se formaron lagos altos del tamaño de mares, salados al principio, de agua salobre más tarde.

Las sierras nevadas de Santa Marta y Mérida se elevaron para llegar a los ocho mil y seis mil metros de altura, y la nueva cordillera andina, extendida hasta sus faldas selváticas, se abalanzó para morder, casi, las nuevas mesetas, descomunales también, rotas y extendidas y agrestes también, del altiplano de las Guayanas.

Un cratón recogido en sí mismo y renacido. Una corona ovalada de nuevos nevados resplandecientes. La cadena andina desalineada de su pariente Transantártica. La inmensidad vegetal y animal de la Amazonía fracturada y semicercada. La compactación masiva de suelos y subsuelos que barajó para siempre lo que mujeres y hombres tenían por cimiento conocido.

Esto aquí presente que alguien tendrá que volver a nombrar.

~ tzsss ~

Años atrás, a cuatrocientos kilómetros en el interior de la Tierra, en la zona de transición del manto superior, donde alguna vez llegó a haber comprimida en retículas cristalinas quince veces más agua que en la superficie de la Tierra, ocurrió que dejó de haberla en un rango aproximado de una a quinientos: por cada gota de agua dulce en la biósfera que iba perdiéndose para siempre, y que era monitoreada con misticismo, quinientas desaparecían del subsuelo dejando un rastro funesto que nadie supo leer.

Se calcularon entonces miles de erupciones volcánicas submarinas. Se dijo que serían simultáneas. Se previó la inminencia de un cataclismo. La gente tuvo que enterarse de un campo del saber llamado «tectónica de placas». La especie sapiens creyó tener dieciocho años de margen para prepararse: seis mil quinientos setenta días más de los que tuvieron los dinosaurios antes de desaparecer. Las cosas, sin embargo, se desataron quince meses antes de la fecha calculada: fue un 2201 imprevisto.

Aquellas erupciones esperadas coincidieron con un ciclo de expansión de los fondos marinos. La expulsión violenta de magma, gases y plasmas a temperaturas propias del núcleo externo terráqueo sacudió la corteza oceánica en todas las dimensiones del espacio y la materia, a un grado tal que la consecuencia pasó de ser meramente física a ser de otro orden.

Este otro orden.

Una distribución distinta en la intensidad de los ciclos biogeoquímicos. Un quiebre de los sistemas nerviosos centrales de los vertebrados sobrevivientes.

Los registros de actividad sísmica colapsaron con las primeras explosiones. Eso, tan temprano, tendría que haber sido leído como señal en sí misma.

Dos décadas de preparativos y refugios insólitos y un sistema infalible de monitoreo y control de maremotos y huracanes para no haber sido capaces de entender, allí mismo, en esa caída informática brusca, que la posibilidad de almacenar datos geofísicos desaparecía porque lo que la Tierra bramaba era distinto.

Un cataclismo más allá de cualquier noción humana de destrucción.
La geología ocurriendo.

El registro satelital alternativo no fue exitoso. Alcanzó a grabar imágenes hasta que el manto de escombros gaseosos fue extendiéndose como las alas de un murciélago gigante.

Pese a esta escasez de datos o imágenes, los científicos remanentes trazaron miles de especulaciones algorítmicas alrededor de aquel salto de energía que seguimos sin comprender.

Antes, la conmoción del boquete de sequía súbita.

Un vacío fibroso que quizá haya transformado la presión interna terráquea.

Luego la succión y el desplome.

Casi la Tierra mudando de piel.

***


Presentación de Aún el agua
25 de septiembre de 2019, a las 6.30 p.m.
Gimnasio Moderno, Bogotá
El autor conversará con Margarita Valencia



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