“Recomiendo libros y autores desde que recuerdo”: Lucía de la Fuente, librera

Foto de Federico Gori / Cortesía

Un café en Buenos Aires con Lucía de la Fuente


Por: Pablo Hernán Di Marco* / Argentina.

La antigua casona que cobija a El Más Acá Club Cultural hoy bien podría ser un gris estacionamiento, un baldío, o un depósito de ruinas. Pero a último momento ocurrió un milagro que ayudó a cambiar un destino que parecía escrito. Ese milagro se llama Silvana Schirripa, que con tesón y entusiasmo compró, rescató, y recicló aquella casona moribunda hasta volverla un espacio vivo sobre el que vibra buena parte de la actividad cultural del barrio de San Telmo. No hay recoveco de la casona que no sorprenda: bar, restaurant, un amplio patio donde conversar, cinemateca, un salón para exponer pinturas y esculturas, club de lectura, presentaciones de libros… Sin embargo el alma de El Más Acá es su librería: luminosa, abierta, acogedora, y repleta de tesoros a disposición de la curiosidad del buen lector. La creadora de esa librería es Lucía de la Fuente, y… ustedes que me conocen lo saben, no pude resistir invitarla a compartir Un café en Buenos Aires.     

—¿Pido un café, Lucía?

L: Sí, para mí solo, gracias. También voy a pedir un agua con gas.

—En Buenos Aires hay mil bares hermosos, pero son pocos los lugares donde tomar rico café. ¿Por qué será?

L: Hay Pablo, hay. Vos porque vas seguido a Colombia y eso es todo un tema.

—Será que estoy mal acostumbrado. Contame, ¿cómo te iniciaste como librera?

L: Más que librera me considero asesora literaria. Los lectores también tienen su propia historia. Creo en los campos magnéticos de las personas y sus bibliotecas, así que tomo a cada persona como a un caso único.

—Pero todo deriva en el arte de recomendar libros, ¿no?

L: Claro, y yo recomiendo libros y autores desde que recuerdo. En medio de cualquier conversación, automáticamente estoy imaginando qué o quién nutriría ese momento. Hace años que ejerzo este oficio desde tributos literarios o en esos no-lugares llamados “librerías”.

—Lo de no-lugares vale para las grandes cadenas, pero vos sabés que muchas pequeñas librerías son un encanto. Lo que vos armaste en El más acá es entrañable.

L: Con no-lugares me refería a esos instantes de fugacidad, liminales, más parte de un proceso que proceso en sí mismo. Desde luego esos espacios me gustan cuando lo que se comparte está elegido y saboreado. No desdeñemos tampoco la cuota de consumo que exige su funcionamiento, más allá de cuál sea su formato. Toda paradoja de la doxa me saca una sonrisa: las librerías no creo que puedan contenerse a sí mismas entre paredes. Tampoco son oráculos manipulados por libreros donde las personas encuentran su "yo". Eso es otra cosa y está en cada uno. Me gusta ser solo parte de todo esto.
Hay algo más: respecto al oficio, si hablamos de espacios, prefiero aquellos en los que quienes se encuentran siguen encontrándose cada vez que abren un libro.

—¿Y cuándo y cómo te llega la posibilidad de trabajar en El más acá? Contame tu experiencia en esa librería.

L: El espacio estaba aún cerrado al público. Era octubre del año 2017. Me comentaron que se trataría de un club cultural emplazado en un edificio declarado patrimonio histórico de la ciudad, y contaría con un restaurante, una galería, un cine... y una librería. Mi desafío fue armarla y gestionarla de forma holística. Lo tomé como un trabajo casi curatorial. Fue una misión fantástica ya que para ello contacté con editoriales, autores y proyectos que me gustan para que sus libros estuviesen allí.

Hay secciones de poesía, arte, diseño y arquitectura, fotografía, gastronomía, ensayo, narrativa, cuento, cine, música, biografías, crónicas, viajes, infantil… 

—Y muchas perlas semiocultas a la espera de un lector ávido de investigar.

L: Claro. También hay joyitas de impresión artesanal e impresión tipográfica, numerados, únicos, revistas increíbles, importados, hay una fuerte carga de castellano rioplatense, propuestas innovadoras y fuera del mainstream. También puede apreciarse una sección de obra de artistas, curada por Ileana Hochman.

—Me llama la atención la cantidad de gente que entra a las librerías como quien pisa un planeta desconocido, y dice: “Tengo que regalar un libro, ¿me recomienda uno?”. En lo que a narrativa se refiere, ¿cuáles son los libros que solés recomendar?

L: Me gustan las propuestas con su propio vuelo. Libros-objeto, como les llamo. Sin embargo al momento de recomendar, trabajo minuciosamente con el contexto del regalado.

—Los libros parecieran infinitos y el espacio disponible es limitado. ¿Cómo mantenés el equilibrio entre los libros que te gustan y los que el mercado te exige, entre los clásicos y las novedades?

L: Gracias a mi mantra “más allá de lo exhibido, se consigue su libro a pedido”. Un trabajo que disfruto como sabuesa.

—Me encanta esa figura de librera-sabuesa. Hablemos de esas situaciones entre graciosas y ridículas que solo pueden suceder en una librería. Por ejemplo: imagino que te habrá pasado que entre gente a comprar compases y escuadras, ¿no?

L: Anécdotas graciosas hay varias, te recomiendo libros editados por libreros como Ante cualquier duda consulte a su librera de Julieta Messer.
Personalmente me quedo con una: que lleguen en un mismo día cinco correos de una misma distribuidora de importados, cambiando los precios de venta al público de su catálogo.
Soy relativista en cuanto a contextos culturales, pero del hecho de que en algunos países tenga que imprimirse el precio en la contratapa del libro, al hecho de que en Argentina estos fluctúen varias veces en cuestión de horas, genera una sensación de vibración extrema al momento de recomendar. Llegué a gritarle a un lector "¡Si te gusta llevalo, es una joya y en un rato puede costarte el doble!".


—¡Compre YAAA!

L: ¡Eso mismo!

—No es fácil explicarle a un extranjero que nosotros tenemos cada veinte días la inflación que ellos tienen al año.

L: Claro. Así que supongo que esto es lo primero que se me viene a la cabeza cuando me hacés esta pregunta, ya que libreros de otras latitudes se quedarían pasmados: imaginar sus caras me resulta gracioso.

—Un librero no solo debe lidiar con sus clientes, también debe lidiar con una especie muy particular: los escritores. Hablemos un poco de eso. ¿Te sucedió que un escritor te reclame que su libro no esté lo suficientemente bien exhibido?

L: Más que reclamo, es para mí encantador que un autor quiera visitar la librería. Lo exhibido muta, está en constante movimiento. Es casi como la mirada misma: quien ponga énfasis en su propio objeto vertido al vacío, merece ser subrayado.

—Te cuento un secreto: más de una vez yo quise acomodar mis libros en algún lugar más visible, pero nunca lo hice por miedo a que el librero me agarre con las manos en la masa. ¿Descubriste a escritores acomodando con disimulo a su libro en un lugar más destacado?

L: No creo que fuesen tímidos para eso. Con solo pasar a saludar, inexorablemente luego no dejo de recomendarlos.

—¡Debo pasar a saludarte más seguido!

L: ¡Jaja! Bueno, digamos que no acomodaban sus libros con disimulo: me lo pedían y era tan romántico que no podía negarme.

—Hablemos de ladrones de libros. ¿Cuál es el libro que más veces te robaron?

L: No tengo un ranking. No suele ocurrirme porque los tengo a todos bien videados, pero siempre habrá un personaje sacado de una peli de Bresson.     

—Los ladrones de libros conservan cierta aura romántica que no deberían tener, ¿no? ¿O sí?

L: —silencio—

—Estás sonriendo con ironía.

L: ¡Pablo! ¡No quiero hablar de política, jaja!

—Entonces vamos con la última, Lucía, ya la conocés. Te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contáme quién sería y qué pregunta le harías.

 L: Me tomaría un café con una de las voces más lúcidas de la poesía contemporánea, Álvaro Guijarro. Y le preguntaría muchas cosas sobre su último trabajo, que estoy segura que tendrá un impacto profundo en el tema de la autenticidad en el arte y la vida misma.

¿Y a qué bar lo llevarías a Álvaro?

L: Lo llevaría a  cualquier terracita de Madrid. Y ahora, Pablo, decime vos: ¿pedimos otro café a pasamos a una cervecita?

—Cerveza. Y en una terracita de Madrid.

L: ¡Vamos!


*Quienes quieran conocer la librería de El Más Acá Club Cultural solo deben acercarse a Avenida Caseros 514, San Telmo. 




*Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Acaba de publicar su libro de entrevistas Un café en Buenos Aires. Conversaciones con escritores, editores y libreros. Es Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

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