Marvel Aguilera: “Desconfío de los escritores que no tienen nada que decir fuera de sus libros”


Un café en Buenos Aires con Marvel Aguilera, periodista y escritor.


Por: Pablo Hernán Di Marco*

¿Cómo se hace para entrevistar a uno de los mejores entrevistadores de Argentina? ¿Cómo evitar caer en la trampa de un tipo que conoce cada truco del juego de las preguntas y las respuestas? Intuyo que no hay más secreto que hacer de la entrevista una charla informal de dos lectores que aman a los libros en la misma medida en la que desconfían de buena parte del engranaje que los rodea. En fin, no hay más secreto que pedir un par de cervezas y empezar por el principio.     

—Arranco por una pregunta tal vez tonta: ¿por qué Marvel?

MA: Bueno, en realidad es más tonto de lo que parece. En cierto momento, ya hace más de cinco años, quise crear un nuevo correo electrónico con mi nombre completo: Martín Velázquez Aguilera, pero la opción estaba ocupada y el servidor me tiró un par de alternativas, entre esas estaba Marvel Aguilera, que era una conjunción de los dos primeros.

—Nada que ver con las historietas

MA: Nunca leí una, solo un par de mangas cuando era más pibe. Después, cuando empecé a hacer periodismo, me di cuenta de que estaba bueno poder separar lo profesional de lo privado, y además tener un nombre llamativo que le pudiera quedar a la gente. Tené en cuenta que no conocía a nadie. Hoy creo, más habiendo leído a Gombrowicz, que esto de construir una identidad de autor es necesario, más allá del nombre, obvio. El tema es cuando esa identidad se come a la propia obra, y te conocen más en Facebook de lo que te leen. Quiero creer que aún no me pasó.

—Facebook es una gran herramienta, pero, ¿no pensás que le hizo mal muchos escritores? Los puso en la obligación de decir algo todos los días, opinar todo el tiempo sobre todo, desde el hambre en África a quién debe ser el 10 de River. Hay un buen número de escritores cuya única obra son sus posteos en Facebook.

MA: Bueno, justamente estoy leyendo el último de Hernán Vanoli y habla mucho de eso, la idea del escritor como influencer. Un poco el circuito te obliga a estar activo respecto a todo. Y cansa. Todos estos días hubo que leer a exégetas de la palabra de Rita Segato. Me parece bien debatir, el conflicto. Rescato eso, pero es asfixiante tanta abundancia de información. Termina corriendo los ejes de cuestiones importantes, como lo es el tema de Bolivia. Una cosa es armarte un perfil del tipo de escritor que sos, y otra es ya venderte más a vos como autor que a tus propios libros. Hoy leemos más lo que postean los escritores que lo que escriben. 

—Durante los últimos años entrevistaste a un buen número de escritores argentinos. ¿Qué aprendiste de ellos? ¿En qué te decepcionaron?

MA: Sí, es verdad. Mirá, lo más importante para mí fue haber aprendido a escuchar y tener la capacidad de preguntar sobre lo construido. Después hubo entrevistas más interesantes que otras. Es subjetivo. Lo que siempre traté fue de pensar en los lectores y no meterme en una conversación idílica sobre los procesos creativos de la escritura. A nadie le interesa eso, salvo a otros escritores. Termina siendo masturbatorio. Sí es verdad que uno idealiza ciertas cosas del mundo de los escritores que después se hacen humo, que es más aburrido de lo que uno cree, lleno de correcciones y laburo de escritorio. No son todos Bukowski. Bueno, habrá alguno. Pero yo me quedo con los comprometidos con lo social. Esa es una. A mí entender tenés que tener algo que decir. Es polémico, pero creo en literatura como ejercicio social y político. No hacés rulemanes o tornillos, vivís en un contexto y en una realidad particular. Desconfío de los que no tiene nada que decir fuera de sus libros. Y después rescato la buena onda de los que andan sin vueltas. Los que disfrutan juntarse. Recuerdo una nota a Juan Sasturain. Un tipo que te habla de todo. Cero cassette. Estuvimos discutiendo el fútbol de Juan Román Riquelme: cómo ponía la cola para que no le sacaran la pelota. Hasta me hizo una demostración. Me quedo con eso, después ya ni sé sobre qué hablamos respecto a sus libros.  

—De un tiempo a esta parte comenzaste a dejar de lado las entrevistas a escritores de ficción para volcarte más a historiadores, filósofos, etc. ¿Cuál es la razón de ese cambio?

MA: Un poco tiene que ver con lo anterior. Me pareció que estaba bastante agotado. No es que entrevisté a todos, pero a buena parte sí. Y además yo mismo empezaba a repetirme en mis intenciones. El tema es que hace tiempo estudié filosofía y siempre me había interesado el debate social, pero por cosas de la profesión empecé cubriendo rock. Y mi cuerpo no estaba para bancarse tanta noche, luces y amplificadores. Duré poco. Entonces me pasé a la literatura. Pero en realidad siempre quise hablar de temas más coyunturales. Es más, cuando empecé a estudiar periodismo quería hacer gremiales. No sé, me veía ahí en medio de una marcha hablando con los gordos de la CGT.

—Yo te recomendaría seguir charlando con Sasturain

MA: Sí claro, no me animé a su última novela sobre Chandler porque es un poco un ladrillo. Mirá, lo que pasa es que son conversaciones que te quedan, porque al fin de cuentas es eso, una charla. Está esta cosa de que ya no se lee tanto y hay que ser escuetos. Una gilada.

—Es tristísimo. Varias veces se refirieron a una novela mía de 300 páginas como a un “novelón”. ¿Sabés la cantidad de veces que me recomendaron: “Dejate de joder, hoy nadie lee, escribí algo que no pase las cien páginas”? No pudimos haber caído tan bajo.

MA: Con esa lógica cada vez nos hacemos más estúpidos en vez de nivelar para arriba. Creo que mi lugar ahora es más de equilibrio entre mi necesidad social y mis conocimientos. Aparte, al escribir ficción siento que mi energía creativa está más canalizada, por eso prefiero abocarme a temas más duros. Lo que se dice “rosquear”. Igual ojo, para mí no hay mucha diferencia entre hacer periodismo y literatura, en cuanto a ejercicio. Después, algunos colegas hacen realismo mágico como periodistas. Eso es otra cosa.

—Acabás de publicar tu primer libro, La jaula humana. Hablemos un poco sobre lo que implica la publicación de un primer libro. Los autores inéditos suelen ver a la publicación como a una meta, una llegada, sin embargo publicar un primer libro es comenzar de cero. Lo más factible es que nadie te quiera reseñar o entrevistar, y es el autor quien debe encargarse del trabajo de autopromoción.

MA: Es que estoy de acuerdo con eso. La verdad es que te sentís un poco en bolas. Como el pibe de inferiores que empieza a entrenar con el primer equipo y lo reciben con una patada en la tibia. No estoy diciendo que alguien te haga sentir mal, hay generalmente buena onda. Pero sí termina siendo algo estresante tener que generar toda una autopromoción posterior a la publicación.

—Es que son demasiados los editores que abandonan al libro tras su publicación, cuando buena parte del trabajo del editor debiera comenzar justamente tras la publicación. 

MA: Yo creo que tiene que ver con lo anterior que hablábamos. Hoy terminan siendo más relevantes los escritores que las editoriales. Las editoriales, llamémosle pequeñas, son vidrieras. Obvio que tienen un interés por fomentar la cultura, pero no son empresas como las otras, son como espacios de militancia literaria. Y si bien yo tenía algo de conocimiento y contactos desde mi lugar de periodista, igualmente me sentí un poco solo, como pidiendo permiso en cada puerta. Eso por un lado. Pero hay otro tema que es la precarización en la que viven muchos escritores, que se sostienen desde la autogestión y el esfuerzo de mucha gente. Me parece que eso no tiene que quedar ahí, hay que disputar poder, espacio, difusión en los medios, hay que reclamar al Estado por una regulación más equitativa. Sé que se está tratando de impulsar el Instituto del Libro. Eso es bueno, porque sino se normaliza. Y no es normal tener que andar haciendo el trabajo que requiere a toda una cadena de actores. Lo hacemos porque no queda otra, porque queremos ser escritores, porque queremos ser leídos. Lo importante es no ser funcionales al discurso liberal de “ser tu propio jefe”. Hay quienes creen que no se puede vivir de la literatura, a mí me parece que esa batalla cultural hay que darla. 


 Pero hay otro tema que es la precarización en la que viven muchos escritores, que se sostienen desde la autogestión y el esfuerzo de mucha gente. Me parece que eso no tiene que quedar ahí, hay que disputar poder, espacio, difusión en los medios, hay que reclamar al Estado por una regulación más equitativa.


—¿Y vos cómo convivís con esta nueva responsabilidad de salir a vender tu obra?   

MA: Y... un poco te sentís como los chicos que venden medias en la calle, que de tanto insistir le terminás comprando, aunque no las necesites.

—Tremendo ejemplo.

MA: Asumo la responsabilidad porque la considero parte de la defensa del libro. Creo en lo que escribí y en las ideas que están desarrolladas, y me parece que vale la pena discutirlas. Eso es lo que más disfruto respecto a las devoluciones de los que me leyeron. Me gusta poder hablar de los pueblos originarios y la necesidad de un Estado plurinacional a partir del cuento “En defensa de la sangre”. Me interesa poder rescatar a la militancia y la politización de la vida cotidiana partiendo de “Reminiscencias”. Y ni hablar de poder intercambiar impresiones y recuerdos de la memoria teniendo en cuenta la crisis del 2001, que está como escenario de fondo en la mayoría de los relatos. Eso es lo que me estimula a la hora de mencionarle a alguien mi libro. Después, no me voy a llenar de plata por algunos ejemplares más. Ojalá que sí, pero no. Lo mejor de la literatura es la cosa social, el acercamiento entre pares, lectores, editores. El debatir, discurrir ideas, generar nuevos proyectos, y mejor si son populares, amplios, fuera de sectarismos y onanismos. Por ejemplo, a mí me gustaría que mi libro circulara en el conurbano, ahí crecí y viví la mayor parte de mi vida, pero no hay una cadena de distribución que lo permita. Terminás hablándole al mismo público de siempre, el de los eventos porteños.

—Acabás de sacar todo un tema: la dificultad para salir del gueto.

MA: Y seguramente sea el que más compra libros, no te voy a mentir. Pero las transformaciones se dan justamente cuando uno invierte en terrenos ajenos, cuando te plantás fuera de los lugares de confort y le ponés el pecho. Bueno, esa es mi intención.
 
—Algunos cuentos de tu libro tienen una carga ideológica fuerte. No siempre es sencillo mantener el equilibrio entre literatura e ideología. ¿Cómo transitaste esa cuerda floja? ¿O es un tema que no te preocupó?

MA: A ver, no creo haberlos escrito para resaltar una carga ideológica. En todo caso eso se manifiesta a partir de las temáticas que planteo y de las ideas sobre las que construyo las historias que, claro, tienen una puesta subjetiva. Todo lo tiene. Pero, más allá de eso, cualquier texto puede tener una interpretación ideológica, aún los que parecen más abstraídos de cuestiones sociales. La ideología está más cuando no está a la vista. Zizek dice que es nuestra forma de estructurar la realidad. La ficción no escapa a eso. Después, hay una confusión entre lo ideológico y lo partidario. No creo que alguien pueda leer fácilmente mi posicionamiento partidario, o tal vez sí. Lo importante para mí son los temas detrás de las historias, ponerlos sobre la mesa, en el debate, en la construcción de opinión.

—Y acá obviamente entran en juego tus lecturas

MA: Mucho de lo que consumí como lector tiene que ver con eso. Desde Roberto Arlt, David Viñas, Ezequiel Martínez Estrada, Leopoldo Marechal, Nicolás Casullo, Horacio González. Ponele que en eso voy por el lado sartreano, la idea del escritor atento a su tiempo. No creo que eso haya que perderlo. Al contrario. Más en épocas tan superficiales, donde muchos autores solo se comprometen por redes sociales a cambiar su foto de perfil con alguna banderita del conflicto del momento.

—Tu libro es crítico de un sector del progresismo. En un pasaje hablás “del activista moderado, útil a los gobiernos de turno”. Hay una porción significativa de escritores contemporáneos a los que les cabe esa frase, ¿no?

MA: Sabía que me ibas a dejar la pelota picando con eso.

—Estoy cada vez más previsible, Marvel. Deben ser los años… Voy a pedir que nos traigan maní. Antes pedías dos cervezas y siempre te las traían con maní, ahora hay que pedirlo aparte.

MA: Te contesto mientras viene el mozo, no la voy a patear afuera. Partamos de una cosa, me parece que hablar de progresismo es no hablar de nada, es como un envase vacío. Es hablar de buenas formas, de eticidad. Y sí, obvio, hay un montón de autores que militan derechos de minorías y que flamean banderas, cosa que me parece fantástico y adhiero, pero después van corriendo a cualquier evento que organice el Jefe de Gobierno porteño, un tipo que junto a sus pares de Nación desfinanció la cultura, cerró decenas de espacios artísticos, de librerías, que destruyó un montón de programas súper inclusivos para los pibas y pibas de los sectores más vulnerables, como los coros y orquestas del Bicentenario, incluso para las clases medias con la sinfónica. Pero claro, después en la foto de los artistas del palo aparecen ahí, criticando el neoliberalismo y haciendo la “v”. Mirá, hay un montón de gente resistiendo de forma increíble desde lo cultural, en clubes de barrio, en bibliotecas populares, en teatros del conurbano. Hace poco estuve viviendo en Bariloche y ahí está el colectivo Al Margen que es una cooperativa que tiene un montón de actividades sociales y culturales, una revista, festivales. Hay que reivindicar todo eso. La cultura en un sentido amplio. Antes que progresismo me parece más clara la distinción entre los que defienden lo nuestro y los que defienden lo ajeno. Pasa que algunos creen que cuando se habla de “pueblo” se habla de los pobres, y no es así. Eso…

—Espera, lo voy a anotar: “Algunos creen que cuando se habla de pueblo se habla de los pobres, y no es así”. Dale, seguí.

MA: De eso lo hablé con el poeta y periodista Martín Rodríguez hace poco. Tiene que ver con todos los sectores y actores sociales. Y al menos yo como escritor trato de defender la cultura popular, eso incluye las bibliotecas barriales y el Colón, porque tiene que ser para todos, sino no hay tal progreso. 

—Vamos con la última, Marvel. Ya la conocés. Te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería.

MA: Me da un poco de tentación tirarte un Nietzsche o algo así, para saber qué opina de esta época, pero sería un poco impostura. Y la verdad es que haciendo una retrospectiva mi deriva como autor empezó tomando algo con Camilo Sánchez. Me parece que era mate, no importa. La cuestión es que es un tipo sumamente rico para intercambiar impresiones literarias, sociales, periodísticas. Entonces, prefiero juntarme con él y seguir encontrando ideas de a dos. Es autor de libros increíbles, como la biografía de Haroldo Conti, otro de mis referentes que podría invitar, o los últimos de ficción: La viuda de los Van Gogh y La feliz.

—¿La feliz es el libro que gira en torno a Olmedo, Monzón y el Facha Martel? Leí la mitad de ese libro en diferentes librerías, de parado. Después desapareció y nunca lo repusieron. Me había atrapado y me quedé sin saber cómo sigue. 

MA: Sí, ese mismo. Bueno, te imaginarás cómo termina al menos. El tema igualmente es el lenguaje poético que tiene. Te transforma la historia de una forma muy profunda. Y eso que transmite Camilo a mí me fue vital para terminar de identificarme como escritor: ver mis atributos, mis limitaciones, mis puentes para construir un estilo. Camilo es un tipo muy cálido y perceptivo para interpretar, escuchar y construir proyectos, como la editorial El bien del sauce. Él dice que a veces es un poco entusiasta, yo creo que es necesario en medio de tanto pesimismo.

—¿Y a qué bar lo llevarías? 
MA: La invitación seria en el bar de los sirios, en Gorriti y Gascón, Palermo. Un lugar chiquito pero con una vista amplia, nada de cuadros de Cortázar y esas pavadas de café intelectual.

—Buen lugar. Ahí las cervezas siempre vienen con maní. ¿Y qué le preguntarías a Camilo?

MA: Le preguntaría cómo seguir en medio de la tempestad, cuál es su timón. Todos necesitamos uno cuando vemos tambalear mucho este barco.

La jaula humana, Marvel Aguilera
Editorial El bien del sauce




*PABLO HERNÁN DI MARCO

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Acaba de publicar su libro de entrevistas Un café en Buenos Aires. Conversaciones con escritores, editores y libreros. Es Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

Síguelo en: Facebook:  pablohernan.dimarco

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