El Frankenstein de Andrea Mejía


Por: Pablo Concha*

Siguiendo con las nuevas versiones de los clásicos de la literatura de terror que editorial Planeta está modernizando bajo su sello Destino (previamente reseñamos El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde de Catalina Navas), en esta ocasión hablaremos sobre Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, publicado por primera vez en 1818.

La obra original de Shelley es narrada por Robert Walton en una serie de cartas a su hermana Margaret en el curso de una expedición por barco camino al Polo Norte. Allí se encuentra a un débil y acabado Víctor Frankenstein, consumido por la búsqueda de la criatura que creó y que le trajo la ruina. En ese lugar inhóspito, Víctor le relata su historia luego de muchas dudas; Robert Walton la transcribe y se la envía a su hermana. Esta vendría siendo la estructura del libro original, obra que ha tenido una gran influencia en la cultura popular y que ha contado con varias adaptaciones fílmicas (entre las más conocidas, la protagonizada por Robert De Niro y dirigida por Kenneth Branagh en 1994). La versión de la escritora bogotana Andrea Mejía, autora de La naturaleza seguía propagándose en la oscuridad (Tusquets, 2018) y del cuento “Retorno”, incluido en la antología Cuerpos: veinte formas de habitar el mundo (Seix Barral, 2019), cambia un poco esa estructura, removiendo a Robert Walton y las cartas a Margaret del panorama pero conservando la atmosfera gótica y el núcleo argumental del original de Mary Shelley. En la versión de Andrea Mejía (ilustrada por Julián de Narváez), es el propio Víctor Frankenstein quien relata la historia, describiendo los acontecimientos más como una advertencia para que a nadie se le ocurra replicar lo que él hizo, un ejemplo admonitorio para disuadir a cualquiera que piense transitar ese camino. Víctor comienza su relato así: “Esta es una historia tan extraña que hay días en que ni yo mismo puedo creerla”, y luego: “No escribo esta historia porque quiera contarla. Mi propio querer y mi voluntad me han destruido”.

La obra de Shelley, visionaria por la manera como entremezcla elementos de ciencia ficción y terror en una época en la que ni siquiera existían esas denominaciones para géneros literarios, posee sin embargo algunas imperfecciones como algunos diálogos ruidosos y la forma en que la narración da vueltas alrededor de la trama alargándose a veces innecesariamente. El trabajo de Andrea Mejía –corriendo el riesgo de ser acusada de sacrílega– ha sido condensar toda esa información para hacerla más fluida, pulir los diálogos, quitar el ruido y brindar una idea más clara del terror de Víctor Frankenstein y la inmensa soledad y el dolor del monstruo. Esta tarea, nada sencilla, es llevada a cabo con bastante atención al detalle y respetando la trama original y la atmósfera lograda por Mary Shelley con tanta maestría.

Hemos invitado a la escritora de esta versión a este espacio dedicado a los libros y las letras para responder unas preguntas sobre este proyecto:

─¿Cree usted que Frankenstein de Mary Shelley ha envejecido bien?

AM: Yo creo que los libros buenos no envejecen. Envejecemos nosotros, nos alejamos de ellos, nos volvemos perezosos, se nos cierran los oídos. Claro que hay libros que ya no pueden alcanzarnos, y es por culpa de ellos, porque casi antes de ser escritos ya no tenían mucho qué decir. Es el caso de muchísimos libros publicados, en el pasado y en el presente. Pero Frankenstein es un libro que nació vivo. Se mantiene joven y vital.

─¿Cómo fue su participación en el proyecto de reescritura de esta obra?

AM: Fue feliz, emocionante. Juan David Correa, editor y director de literatura en editorial Planeta, tenía esta idea que me pareció muy buena. Me propuso que reescribiera Frankenstein y me dejó en libertad. Eso hice. Mi trabajo solo es parte de un proyecto editorial muy bueno.

─El libro de Shelley se desarrolla en el siglo XVIII. Sin embargo, en su versión aparece una carta con fecha de 1999, lo que representa un cambio drástico de época, aunque curiosamente es algo que no se nota en la atmósfera de la narración. ¿Cómo logra esto y por qué decide cambiar ese aspecto?

AM: Sí, quería situar el relato en una época que conozco, con una tecnología también más cercana. Hay computadores, y un saber rudimentario en ingeniería genética. Pero me alegra que no se note el cambio en la atmósfera, como usted dice, porque debía ser una atmósfera gótica, propicia para el terror. Y eso no está atado a ninguna época histórica en particular.  

─El original de Mary Shelley es más largo, repleto de explicaciones y diálogos en ocasiones ruidosos que dan muchas vueltas alrededor de la trama. ¿Qué tan difícil fue condensar toda esta información para hacerla quizás más atrayente y fluida?

AM: Eso fue lo que más me liberó y decidí hacerlo desde un principio. Era fácil reconocer en la obra de Shelley lo que era imprescindible para la narración y para lograr la imagen estética y moral tan potente que su obra proyecta. Eso, por supuesto, tenía que conservarse. También añadí algunas cosas, como Tashi, un monje budista que es testigo de la última escena, tan conmovedora, entre el monstruo y su creador.

─El narrador original de Frankenstein –Robert Walton– ha desaparecido de su adaptación, haciendo su versión más que una novela epistolar –como la de Shelley–, algo confesional, casi como un diario encontrado. ¿Es acertada esta interpretación?

AM: No sé si sea acertada. Son los lectores los que pueden decidir eso.

─Los lectores la conocen por el libro La naturaleza seguía propagándose en la oscuridad y por el cuento de la antología Cuerpos: veinte formas de habitar el mundo, textos que podríamos decir se alejan mucho de la literatura de terror o ciencia ficción, donde entraría Frankenstein. ¿Qué tanto consume usted este tipo de narrativa o qué tan importante fue en su formación lectora?

AM: No consumo ningún tipo de narrativa. Leo. Como género puro, creo que el terror no me interesa mucho, y tampoco la ciencia ficción. Porque muchas veces hacer parte de un género puro significa más bien seguir una fórmula. Pero he leído con mucho placer libros muy bellos, como Crónicas marcianas de Ray Bradbury; he leído con devoción Dr. Jekyll y Mr. Hyde (otro de los títulos de esta colección que reescribió Catalina Navas), o “El Horla” de Maupassant. Me fascina –en sentido fuerte– el componente de terror en algunos cuentos de Akutagawa, o en Solenoide de Cartarescu, o en el mismo Kafka, o en obras maestras como Casa desolada de Charles Dickens o Cumbres borrascosas de Emily Brontë.

─¿Existe algún otro clásico de la literatura de terror, o de la literatura en general, que le gustaría revisitar?

AM: ¿De la literatura en general? ¡Tantos! Siempre tengo ganas de permanecer cerca de algún clásico mucho tiempo. Pero es más ancho el anhelo que el tiempo. Ahora, en particular, siento que debo visitar a Dostoievski hasta que pueda comprender algo de su grandeza. Tengo la impresión de que no he entendido mucho de lo que pasa en sus páginas. Tengo esa deuda pendiente, o esa alegría. 

─Para los lectores que apenas están descubriendo a Mary Shelley, ¿qué otra obra suya les recomendaría leer?

AM: No he leído ninguna otra obra de ella. Les pediría a sus lectores que me recomendaran una.

─En la solapa de la nueva versión de Frankenstein se dice que actualmente prepara una novela. ¿Qué puede contarnos al respecto?

AM: La novela ya está terminada y espero que salga este año. ¡Y tiene también sus momentos de terror puro!




*Pablo Concha 
Escritor colombiano, autor del libro de cuentos de terror Otra Luz y colaborador literario en Libros & Letras.

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