Fermina Ponce: «Debemos hablar abiertamente sobre las enfermedades mentales, a pesar del estigma y del tabú».

Un café en Buenos Aires con Fermina Ponce, poeta colombiana

Fermina Ponce. Foto: Pablo Salgado


Por: Pablo Hernán Di Marco / Argentina.

Días atrás recorrí Buenos Aires desde el Bar Dorrego al Hotel Castelar junto a la poeta Fermina Ponce. Comenzamos hablando de su vida en los Estados Unidos, seguimos conversando sobre los laberintos de la locura, y al fin nos fuimos a tomar unas cervezas con los fantasmas de García Lorca y Frida Kahlo. Aquí les comparto nuestra charla.


—Hace dos décadas que estás radicada en Estados Unidos. En lo que a lectura y escritura se refiere, ¿cómo te influyeron esos años?

FP: Después de mi llegada, después de años de estar completamente inmersa en mi trabajo corporativo, de estar viajando el setenta por ciento de mi tiempo, de completar certificaciones, de estar expuesta a la literatura del mundo del liderazgo como Stephen Covey, Ken Blanchard, John Maxwell, Malcolm Gladwell, entre muchos; volví a García Márquez, a Lorca, a Cortázar, a Pizarnik. Simplemente volví a mis deseos, a mis necesidades, a mis pasiones. No volví yéndome. Volví reaprendiendo.

—¿Y respecto a la escritura?

FP: Nunca he dejado de escribir, pero por trece años el enfoque de mi escritura fue técnico y en el área de comunicaciones de mercadeo. El aspecto literario y poético se quedó muchas veces en portavasos de bares o de algún café, en servilletas o agendas mientras estaba en alguna tediosa reunión. Y hace siete años tomé la decisión de jugármela, y aquí estoy.

—Un escritor no es más que un puñado de obsesiones. ¿Cuáles son las tuyas?

FP: ¡Caramba! Quieres escudriñar rincones, querido Pablo.

—Esa es justamente mi mayor obsesión.

FP: Somos un puñado de obsesiones y hay algunas que deben quedarse en mi baúl, cerca de la ventana de algún ático, para que de vez en cuando se desnuden y tomen sol. Otras, te las puedo contar. Me obsesiona poder contribuir con la comunidad a la que pertenezco con mi historia como paciente con un trastorno bipolar. Me obsesiona hablar a los cuatro vientos al respecto. Siento que es mi responsabilidad concientizar y trabajar para eliminar el tabú de las enfermedades mentales. Me obsesiona la belleza en las imperfecciones y la fortaleza en la vulnerabilidad; como también, poder convertirme, a través de mi trabajo, en la voz de muchas mujeres que por miedo no saben cómo reencontrarse con su voz. Me obsesiona la palabra posibilidad, esa idea de crear alternativas en las que todos podamos desempeñar lo mejor de nosotros mismos. No tenemos que esperar a que la oportunidad pase por nuestra puerta. Posibilidad significa que somos creadores de esa oportunidad.

—Basta leer algunos de tus poemas para comprender que Buenos Aires (con su literatura, sus tangos y milongas) es una ciudad que te inspira. ¿Cómo llega Buenos Aires a tu vida?   

FP: Llegó hace casi veinte años, en unos de mis primeros viajes como líder de entrenamiento para América Latina. Buenos Aires se me metió en los huesos. Caminé y caminé sus calles, sus barrios. La olí, sentí, escuché y viví. Crecí escuchando tangos con mi padre: Piazzola, Gardel, Troilo, Santos Discépolo, entre otros. Así que era algo que traía conmigo. Y la primera vez que entré al Bar Plaza Dorrego supe que ya no había retorno. Y fíjate tú, aquí estoy contigo tomándome un café en el Bar Dorrego de Buenos Aires.

—¿A qué personaje literario quisieras besar con pasión?

FP: ¿Podría ser un autor?

     —Adelante.

FP: A Federico García Lorca. Los besos no son únicamente con los labios; son con los ojos, con las manos y con una infinita conexión. Lo besaría profundamente para entrar en su alma, en su dolor, para saborear sus musas, sus pasiones, su música tan a tres golpes, su Granada, su amor prohibido, su luna y su muerte.

—Si te parece bien después nos vamos a tomar algo al Hotel Castelar, que está a unas diez cuadras de acá. Ahí se hospedó García Lorca durante sus años de exilio en Buenos Aires, y si tenemos suerte hasta por ahí nos dejan entrar a la que fue su habitación.

FP: ¡Vayamos ya mismo, Pablo!

—Terminamos el café y te prometo que vamos. Pero antes déjame que te pregunte sobre un tema del que tengo muchas ganas de conversar con vos. Antes me comentaste que sos bipolar. ¿Te parece que charlemos sobre eso?

FP: Por supuesto.

—¿Qué significa ser bipolar?

FP: Para empezar, déjame decirte que más que «ser bipolar», tengo una condición mental llamada bipolaridad; en mi caso bipolaridad II o lo que antes se conocía como depresión maníaca. La bipolaridad produce cambios de estado de ánimo de una persona, de energía, de niveles de actividad, al extremo de no poder realizar las actividades del día, incluso las más básicas, incluso la higiene personal. Según algunos textos que leí sobre salud mental y mis interminables visitas al psiquiatra, me queda claro que Trastorno Bipolar II es considerada la más difícil de diagnosticar pues puede pasar por ser una depresión clínica, pero no, es mucho más compleja. Solo te puedo decir, Pablo… que después de cada crisis, termino exhausta.

—¿Por qué creés que a buena parte de la sociedad aún se le hace difícil hablar abiertamente sobre la locura? Y al decir “sociedad” también me refiero al mundo del libro, que se supone debiera contar con las herramientas suficientes para ser algo más abierto a estas cuestiones.

FP: Sonrío cuando te escucho decir «locura». Pablo, todos estamos un poco locos. Acabo de pensar en la frase de Lewis Caroll en Alicia en el país de las maravillas: «No estoy loco. Simplemente mi realidad es muy diferente a la tuya». Pero regresando a tu pregunta, desafortunadamente son muy pocas las personas que hablan abiertamente de las enfermedades mentales que padecen, especialmente en Latinoamérica. En nuestros países esto es un tabú y con solo decir el nombre de la condición (depresión, bipolaridad, esquizofrenia, trastorno límite de personalidad, etc.), se crea una gran cantidad de mitos, etiquetas, ideas preconcebidas y prejuicios sociales. Tú me preguntas por qué sucede esto. La respuesta es por falta de educación. Falta de educación, de concientización en relación a estas enfermedades.

—La bipolaridad es un trastorno que padece un porcentaje significativo de la sociedad, ¿no es así?

FP: Actualmente las encuestas más serias dicen que 44.7 millones de adultos en Estados Unidos tienen algún tipo de enfermedad o condición mental. Esto representa el 18.4% de la población adulta. En Latinoamérica, debido a la falta de un sistema de salud mental apropiado, el dato más reciente es que el 5% de la población sufre de alguna condición o enfermedad.

—Y ese porcentaje es aún mayor entre los artistas. Basta nombrar a Sylvia Plath, Ernest Hemingway, Virginia Woolf, Van Gogh, Edgar Allan Poe…

FP: Y tantos más… Y ya que antes me preguntaste por mis obsesiones, te cuento que justamente esta es una de ellas: tratar de buscar ¿quién más? ¿Qué otra escritora, artista padece esta enfermedad? ¿Por qué Woolf hizo esto o aquello? Y así me sumerjo en sus biografías, diarios, y cartas, para no sentirme sola.

—Vamos yendo para el Hotel Castelar. A ver si tenemos suerte y nos muestran la habitación donde se hospedó García Lorca. Y de paso nos seguimos haciendo mutua compañía y nos sentimos menos solos.

FP: Gran idea, vamos...

—Mientras tanto seguí contándome sobre el vínculo entre escritores y bipolaridad.

FP: La bipolaridad y la depresión son consideradas enfermedades muy frecuentes en escritores y artistas. Te daré otro ejemplo: Virginia Woolf sufrió una terrible depresión maníaca, y los efectos, con el tiempo, le causaron falta de concentración, enfoque, pérdida de la memoria…, le costó verbalizar o escribir esa palabra que tenía colgada en su frente. Su última carta a Leonard fue su grito de libertad. Cuando leí Mi bipolaridad y sus maremotos de Catalina Gallo, tuve la maravillosa oportunidad de contactarla y tiempo después, desarrollar una bella y única amistad, tan única que solo nosotras la entendemos con la fluctuación de nuestras emociones. Catalina, aparte de ser una gran periodista colombiana, comparte conmigo la necesidad de desestigmatizar las enfermedades mentales en nuestro país y en Latinoamérica. No podemos continuar siendo espectadores de los jóvenes que no encuentran otra salida más que saltar de la cima de un edificio. En fin, Pablo, este es un tema que podríamos hablar mientras caminamos no solo hasta el Hotel Castelar sino hasta la misma Granada.

—¿Qué le quita y qué le aporta la bipolaridad a tu escritura?

FP: Es una dualidad perfecta. En los últimos dos años me he vuelto más certera en anticipar una hipomanía o una depresión. Esto no quiere decir que las pueda evitar, quiere decir que, si las veo venir, puedo prepararme. Así como cuando ves venir las nubes y tomas el paraguas. Lo que estoy aprendiendo es a manejar la intensidad. Cuando estoy bajo estrés, mi cerebro reacciona diciéndome «tranquila, esto está bajo control» y desde ese momento empieza un día, dos, una semana tal vez, de una montaña rusa a toda velocidad… La sensación es deliciosa: no duermo, puedo leer sin parar, escribir más horas, terminar el manuscrito, ver el amanecer, tomarme mil cafés, seguir con otro proyecto, editar, revisar cosas que tenía pendientes y continuar y continuar sin parar. Mi libro de poemas Mar de (L)una es la sumatoria de unas pocas hipomanías.

—Pero imagino que estas cuestiones tienen una contracara. Que tras esa subida vertiginosa después llega la caída.

FP: Exacto. Y las bajadas de la hipomanía son dañinas. Y sí, esa es la palabra, porque en el momento en que se me acaba esa energía mi mundo se encoge, quedo exhausta, me anido en la cama, no me preocupo ni me ocupo por mí, no puedo escribir, no puedo pensar en nada y hasta respirar me duele. Me aíslo, no respondo llamadas de nadie.


Me obsesiona poder contribuir con la comunidad a la que pertenezco con mi historia como paciente con un trastorno bipolar. Me obsesiona hablar a los cuatro vientos al respecto. Siento que es mi responsabilidad concientizar y trabajar para eliminar el tabú de las enfermedades mentales. 



—Tan parecido a la muerte.

FP: Silencio y mis gatos.

—¿Y con qué te encontraste las veces que miraste a la muerte a los ojos?

FP: En esos momentos… en esos días de largo silencio dentro de mí se produce algo que no puedo tocar y mucho menos ponerle nombre. Pero es como si algo en lo más hondo de mí comenzara a crear, mientras mi mundo se desmorona.

—Crear como un modo de sostenerse de algo, de seguir respirando.

FP: Y resistiendo. Es como si en ese estado de inercia el dolor doliera tanto que empieza a tener una belleza que percibo y acaricio.

—Hay pasajes de tus libros que son un buen testimonio de tu estadía es ese último sótano. ¿Te acordás alguno de memoria?

FP: Sí. Son versos que escribí en momentos de transición. Cuando no estoy ni arriba ni abajo, cuando puedo respirar profundo, cuando soy capaz de hacer un inventario con papel y lápiz sobre lo perdido y lo ganado. Este poema es parte de mi último trabajo Poemas SIN NOMBRE que nace de la necesidad de darle voz a esos demonios con los que convivo y habitan dentro de mí. A veces son más grandes, otros más pequeños, pero están ahí. Aquí te comparto algo del poemario:

XV.

Estas paredes mustias,
indomables,
robadoras de mi paz mientras me acurruco en lo que queda de mi cordura,
mi todo los llama y no me escuchan.

Este sofá insípido con miradas perdidas,
tan necesitadas de mi abrazo prohibido por tantas reglas,
leo las palabras bajo el rayito de luz a través de la ventana.

Muero,
resucito,
en fracciones de parpadeos,
en recuerdos tan borrosos,
en este dolor inconsolable,
en tanta confusión,
en estas paredes mustias.

—No quisiera ser obvio, pero acabo de recordar esa línea de Cortázar que dice «No cualquiera se vuelve loco, esas cosas hay que merecerlas» ¿Qué te despierta esa frase?

FP: Me hace sonreír. ¿Y dime Pablo, te mereces la locura?

—No sé. Pero sí puedo decirte que admiro tu entereza para atravesar el infierno, y regresar. Decime, Fermina: la palabra consejo suele ser complicada, ya que cada uno habla desde su condición, que muchas veces es intransferible. Pero hagamos el intento. ¿Quisieras darle un consejo a quien en este mismo momento se siente caer a ese último sótano que antes nombramos?

FP: Mi primer consejo es que no tengan miedo en pedir ayuda. Y que, si tiene pensamientos suicidas, vaya a un hospital y entre por emergencia. Que no lo piense dos veces. Y, por último, que no le dé vergüenza hablar de su condición.

—O sea, dentro de lo posible dejar de lado miedos y vergüenzas, y pedir ayuda a gritos.

FP: Eso mismo. Otra cuestión, ya librados de toda urgencia, es animarnos a hablar abiertamente sobre las enfermedades mentales, a pesar del estigma, de la estupidez social, de la mirada inapropiada. Debemos tener el valor de llamar a las cosas por su nombre. Cada condición y enfermedad lo tienen y no es un delito decirlo.

—Perdoná que te interrumpa. Mirá, Fermina: ese edificio que está ahí a mitad de cuadra es el Hotel Castelar.

FP: ¡Qué emoción! ¿Nos dejarán entrar a la habitación de Federico?

—Yo creo que sí. Y si no volveremos una y mil veces hasta que nos dejen pasar. No hay mejor llave que la insistencia. Antes de entrar respondeme la última pregunta: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías. Y no vale decir García Lorca, que con él nos iremos a tomar una cerveza en apenas un rato.

FP: Déjame pensar… Invitaría a Frida Kahlo. Y la llevaría al bar de dónde venimos, el Dorrego. Y le preguntaría: ¿Cómo carajos se hace para ser tan fuerte y vulnerable al mismo tiempo? ¿Tan dual y tan bella? ¿Tan imperfecta y aun así poder comerte el mundo de un mordisco sin importarte nada? Creo, muy probablemente que intuiría sus respuestas pero sería un placer oírlas de su boca… ¡Ojalá Lorca se uniera al café!

¿Querés saber más de la obra de Fermina Ponce? Te recomiendo algunos de sus libros:

Al desnudo (2015, Oveja Negra).
Mar de (L)una (2017, Oveja Negra).
Poemas SIN NOMBRE (2019, Oveja Negra).

*Fotos de Fermina Ponce en esta entrevista: cortesía Pablo Salgado.



*PABLO HERNÁN DI MARCO


Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Acaba de publicar su libro de entrevistas Un café en Buenos Aires. Conversaciones con escritores, editores y libreros. Es Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.
Síguelo en: Facebook:  pablohernan.dimarco
  

No hay comentarios.

Con tecnología de Blogger.