Había otra vez: Las partes de una canción. A propósito de La parte contada, de Rodrigo Fresán



Por: María José Navia* / Especial para Libros & Letras

Decir que La parte contada, el tríptico recientemente completado de Rodrigo Fresán, es un libro ambicioso, es quedarse muy pero muy corto. Decir que aquí están todos sus libros, sus temas, sus canciones y películas, tampoco alcanza. Pues si bien se trata de un tríptico infinito en el que caben todos los libros (cada uno de los escritos por Fresán, en cameos alterados de personajes y títulos, varios de los leídos y admirados por él también) y en el cual los temas, situaciones y personajes van mutando en un juego de variaciones de nunca acabar, se trata además de novelas que traen a sus propios fantasmas que aparecen y desaparecen en cada una de sus partes. Una casa embrujada que es también una casa de playa, una casa leída, un museo/máquina del tiempo, un convento y un palacio de la memoria.Un tríptico de libros que se contienen unos a otros, que se cantan unos a otros, que se inventan y se sueñan y recuerdan unos a otros.

Y el efecto es impresionante.

Porque Rodrigo Fresán, quien suele hacer de la repetición un elemento clave de su estilo, lleva aquí la pirueta a una profundidad conmovedora. Al ir volviendo a escenas (Esa Noche), a reflexiones sobre canciones, a citas que se repiten y evocan, la sensación que queda en el lector es la de estar siempre recordando. Al leer, al ir avanzando, vamos al mismo tiempo releyendo. No importa si el lector nunca ha tenido en sus manos un libro de Fresán (si este no es el caso, el desfile adquiere proporciones inmensas), al ir jugando con referencias en loop, con párrafos, personajes y anécdotas que están siempre regresando, el autor recrea en su tríptico todo su universo y, con esto, el acto de lectura se convierte en un acto de memoria. Una repetición que, además, se entrelaza con la obsesión por Las Variaciones Goldberg de Bach (interpretadas por Glenn Gould, a estas alturas otra marca registrada de la obra de Fresán) y la fascinación por la infancia, esa época de la infección por el virus de la lectura y aquella en la que los lectores se regocijan más por la repetición feliz que por la novedad de la trama.

El juego de ecos es tan maravilloso (y llega a un nivel de detalles/artesanía increíblemente minuciosa) que incluso el final de La parte recordada –que llega como una sorpresa, una suerte de canción nueva– es a la vez un recuerdo que viene de antes.

Un recuerdo como un sueño.

Una suerte de ventriloquismo.
Tal vez una nueva parte alien.

Y acá vamos otra vez.

La parte contada es una obra monumental (2001 páginas, si se consideran las versiones aumentadas en el sello Debolsillo), compuesta por La parte inventada (publicada en 2014, luego de cinco años desde la última publicación del escritor argentino, El fondo del cielo, en 2009), La parte soñada (2017) y La parte recordada (2019). Un libro que es un contenedor de historias, (¡muchas!, ¡tantas!) más allá de sus personajes principales (o bien todas esas historias que pueden imaginar, soñar y recordar esos personajes) y que explora la creación y la memoria (y la relación estrecha entre ambas) en toda su muy bella complejidad.

En el tríptico tenemos a un escritor que no puede escribir. Alguien que en algún momento fue un lecsritor, luego un nexcritor para finalmente convertirse, y muy a su pesar, en un excritor. Muy a su pesar porque este escritor tiene mucho que contar (y cantar), porque tiene un secreto que lo atormenta, unos padres que desaparecen/desaparecieron/están siempre a punto de desaparecer; una hermana, Penélope, que se convierte en autora de best sellers y él, en parte, y en alguna parte, debe hacerse cargo de su legado; porque tiene algo parecido a un discípulo-némesis de nombre IKEA y, finalmente, porque por mucho que no pueda escribir, su cabeza, siempre inventando, soñando y recordando, no se puede apagar (y se lee en La parte recordada, desde otra tipografía: “Y, lo más triste y torturante de todo: se dejaba de escribir, sí, pero nunca se dejaba de pensar en escribir, en lo que se escribiría de poder ponerlo por escrito.”).

Tenemos entonces un desborde de historias que se podrían escribir, que se piensan y apuntan mientras se espera un diagnóstico en un hospital, que se cuentan durante vuelos de avión interminables, que se deliran al tomar una leche de vaca verde en un desierto lleno de diamantes (otra escena doble o espejo de esos hermanos que son descritos, en La parte Inventada, como continuidades/continuaciones en órbita: “Como astronautas fuera de la nave, con esa sonrisa igual (no había dudas de que eran hermanos) que empezaba en una boca y terminaba en la otra.”). Historias que tal vez no hacen sino refractarse en todos esos diamantes locos. Inventos y sueños y recuerdos y un insomnio profundo durante el cual nos zambullimos en la mente de este escritor en vilo, este escritor que parece irse a vivir a sus apuntes, a sus libretas biji, a sus libros de cabecera y, con esto, acaba por desarmarse todo el aparente, y aparentemente confiable, orden del tiempo. Porque el tiempo de los sueños y los recuerdos, el tiempo de los libros, es un tiempo otro, o, como se lee en La parte inventada: “…ese presente constante donde transcurren el pasado y el futuro. Un tiempo que transcurre al mismo tiempo y del que se entra y se sale como quien entra a una casa en la que, por haber estado habitada alguna vez, uno sigue viviendo. Una casa que cada vez se parece más a un museo.”



Porque este tríptico es también un disco sobre la ausencia. Un disco de canciones largas y divididas en muchas partes.


Y entonces la lectura se vuelve compleja y aspira a una simultaneidad imposible (el mismo excritor tiene el plan delirante de meterse en un acelerador de partículas en Suiza y así poder estar en todas partes y convertirse en el gran reescritor de la realidad). De ahí, creo, que Rodrigo Fresán en sus últimas entrevistas, y el narrador de esta obra también en algunos momentos, se refiera a estos tres volúmenes como un tríptico. No una trilogía que progresa hacia adelante sino tres partes que funcionan simultáneamente: todos los tiempos al mismo tiempo, como la canción del insomnio y de sus adorados Beatles, “All together now”, como los libros tralfamadorianos de Kurt Vonnegut. Una suerte de Aleph 3D y Dolby Digital Surround. Un tríptico, pienso en El Jardín de las delicias de Hieronymus Bosch, donde puede mirarse tanto y todo al mismo tiempo, donde conviven todas las historias y los personajes: como un collage o como la última alternativa de una prueba de multiple choice que se tacha con fuerza en una brillante X: Todas las anteriores.
O, como se lee en La parte soñada: “Un libro que era todos los libros que ese libro podía llegar a ser.”
Y, también, ahora en La parte recordada: “Porque, después de todo, de eso se trataban sus libros: de la inexacta ciencia no-ficción del leer y escribir (pero aún así disciplina cada vez más alien); de otra forma de viajes interplanetarios y mutaciones cósmicas y cruces interdimensionales, pero con tecnología mucho más difícil de descubrir.”


Fresán, y en este tríptico aparece más de una vez más en boca del narrador, suele burlarse de las aspiraciones realistas del realismo: con su orden detallado, con el mundo explicado de forma coherente y limpia, cuando la realidad está más cerca del caos y del muchas cosas pasando al mismo tiempo, cuando imaginar otras cosas, otros mundos, puede ser tal vez lo más real que podemos alcanzar. Así, este particular En busca del tiempo perdido (otra gran referencia/obsesión de estos libros) de Fresán, se convierte en una vertiginosa en busca de los tiempos perdidos (así, en plural, todos los tiempos, al mismo tiempo) y, por lo mismo, conjura una experiencia de lectura desafiante. Un libro alienígena escrito también para un lector alienígena (como las películas alienígenas de Kubrick) o bien que pueda respirar bajo el agua (“Si –como dijo el autor de la novela favorita de sus padres– la buena escritura es como nadar bajo el agua aguantando la respiración, entonces a él le gustaba pensar que la buena lectura era como abrir la boca bajo el agua y de pronto descubrir que se podía respirar. Así le gustaba pensarlos a sus lectores –como anfibios de tierra firme y de arena movediza– cuando aún escribía mucho para que lo leyesen algunos.”). Uno que pueda desdoblarse y seguir leyendo La parte contada mientras corre a leer o releer Transparent Things o Ada or Ardor de Nabokov, Drácula de Bram Stoker, Wuthering Heights de Emily Brontë , Tender is the night, de Fitzgerald, cuentos de Donald Barthelme, de John Cheever, de Philip K. Dick y tantos más. Un lector como los lectores que aparecen también en este tríptico, esos relectores que vuelven a ese libro que los tiene poseídos, cada vez que pueden: como el hermano excritor con Drácula, como Penélope con Wuthering Heights (y qué maravilla que es, en La parte soñada, cuando revisitamos esa novela y esa otra casa embrujada, qué radioactivo que es ese amor por los libros, qué en casa, sí, se siente uno leyendo a otros releer).
Ese libro que también (y tan bien) puede ser el mejor juguete.



Rodrigo Fresán. Foto tomada de fanpage Facebook

Porque en este tríptico los juguetes abundan, en múltiples encarnaciones: Mr. Trip, el muñeco de hojalata que camina hacia atrás (y que, en las distintas historias, es comprado, cambia de tamaño, pertenece a personajes diferentes, se vende por catálogo de aerolínea y se lo ve muy campante arrastrando su maleta, llena de stickers y siempre con algunas variaciones, en las portadas de cada uno de estos libros), los soldaditos de las hermanas Brontë, el trineo de Citizen Kane, el lémur de 2001: A Space Odissey, el caballito de la nueva Blade Runner. Lo que me recuerda una cita de Bento’s Sketchbook de John Berger que me gusta mucho y que dice “People hold books in a special way —like they hold nothing else. They hold them not like inanimate things but like ones that have gone to sleep. Children often carry toys in the same manner.”(Las personas sostienen a los libros de una manera especial, como no lo hacen con ninguna otra cosa. Los sostienen no como cosas inanimadas sino como cosas que estuviesen dormidas. Los niños suelen sostener a sus juguetes de la misma manera). Y, en La parte recordada, volvemos a ver al excritor cuando niño, junto a su hermanita Penélope y su tío Hey Walrus, quien les ha regalado esos libros que llevan bien apretados bajo el brazo mientras deambulan por una ciudad oscura y que se va a poner más oscura en Esa noche que está siempre regresando. Esa noche de la que hay que defendeerse contando cosas, cada vez más cosas, como Scherezade en las Mil y una noches, para espantar a la muerte. O como diría Fresán, como otra variación de lo que dijera Nabokov en Transparent Things: “Detalles más adelante”, “More in a moment”, siempre más detalles, siempre más adelante.


Porque este tríptico en el que hay tanto, en saturación y referencia constante, también esconde una canción triste (que es también el nombre de la patria mutante y flotante de la obra de Fresán). Porque este tríptico es también un disco sobre la ausencia. Un disco de canciones largas y divididas en muchas partes. Como el Wish you were here de Pink Floyd. Una ausencia que se ve desde un ojo raro que mira desde todos lados, como en “Big Sky” de The Kinks. En La parte contada abundan también las ausencias y desapariciones: en La parte inventada falta el escritor, en La parte soñada son los padres, en La parte recordada es Penélope y su hijo. Hay gente que falta y hace falta, por mucho o poco tiempo, y que persigue a estas historias y apuntes y referencias como fantasmas incansables. Fantasmas vampiros y que también se escriben, hablando desde otra tipografía. Porque en los tres volúmenes de este tríptico tenemos intervenciones de oraciones y párrafos con la letras American Typewriter, una letra que a ratos suena como las intervenciones del escritor o su hermana desde el Más-Allá/Acá/Algún lado, a veces como el fantasma de la literatura norteamericana que se reconoce en tanto de lo que escribe (y cómo escribe) Fresán, a ratos como una voz de la memoria, de la culpa, del delirio, como un escritor que se convierte en lector para releerse y revisarse, a medida que escribe o piensa (inventa/sueña/recuerda), o, la imagen que a mí más se me viene a la cabeza mientras lo leo, como esos murmullos de Glenn Gould que acompañan su interpretación de Las variaciones Goldberg de Bach. Unas variaciones Nabokov/Fitzgerald/Brontë de Fresán interpretadas por un narrador omnisciente que no solo no se contenta con ser tan parecido a una primera persona (y que se describe como “un narrador en la más primera de las terceras personas”), sino que es, cómo no, varias posibles primeras personas a la vez. Un DVD/Blueray Director’s cut con el voiceover del director y actores acompañando/comentando las escenas en pantalla. Un escritor y todas las voces que escribe y que lo habitan. Un escritor como una casa embrujada que a ratos, nos hace preguntarnos, ¿quién más fantasma que el lector de un libro? ¿Quién más fantasma que su autor?

Fresán ha construido, en su tríptico, una máquina del tiempo donde todo puede suceder: alternativas, tramas y metatramas, versiones y variaciones. Sus personajes son lectores infectados que quieren a sus libros más que a cualquier otra cosa, con padres siempre perdiéndose en Lejosland y armándose otras familias con personajes peculiares como su tío Hey Walrus (que es el que les regala los libros importantes, los lleva a ver las películas que los marcan, el que los llama “mis huerfanitos de padres vivos”) y las novelas que los hacen sentir en casa una vez que deciden abrirles las puertas de sus vidas (y se lee (se vuelve a leer) en La parte recordada: La literatura como ese vampiro al que – encandilados por las posibilidades de su poder – se le abre la puerta y se lo invita a pasar sospechando que a partir de entonces será imposible contenerlo.”). Porque el excritor se decide a no formar familia y abrazar su soledad (aunque hay una Ella, también fantasma de tantas novelas pasadas, tal vez esa “She” a la que le canta Bob Dylan o The Beatles en tantas de sus canciones; aunque también, como se lee en La parte soñada: “Para bien o para mal, los escritores a solas nunca están solos. Los acompañan otros escritores también a solas”) y Penélope, que casi es abducida por los Karma (esa otra gran familia-dimensión desconocida de la obra de Fresán, ese eco de los Mantra, en la novela del mismo nombre), finalmente escapa para contar y contarse de otra manera, filtrada por sus queridas Bronte y sus apuntes, Karma Konfidential, que también aparecen en su tipografía fantasma.

Cuesta escribir sobre la obra de Fresán sin caer también en la manía referencial, sin llenarse de paréntesis. Cuesta no querer subrayarlo todo y traerlo aquí en mil y una citas. Cuesta, también, no sentirse un poco ventrílocuo y hablar, con las propias palabras de estos libros, sobre su estilo, trama, estructura. Porque parece ya estar todo aquí. Porque Rodrigo Fresán siempre ya se escribió mejor, y antes. Y solo queda rastrear pistas, seguir el camino amarillo y off off off to see the Wizard. Porque leer un libro de Fresán es como despertarse adentro de una biblioteca (que, como el dinosaurio, todavía estaba allí, que siempre va a estar allí). En un parque de diversiones para los lectores adictos, aquellos que no solo dejan entrar al monstruo sino que están esperando, impacientes, del otro lado de la puerta para que llegue pronto. Esos lectores anfibios dispuestos a zambullirse una y otra vez para así intentar respirar bajo el agua. Porque en este tríptico la literatura es una galaxia u organismo en constante, y a ratos, monstruosa, expansión y mutación, una fiesta a la Gatsby en la que se habla del Gaboom, de Obramaestraland, del Proustophone, de la Literatura del Ya, de las novelas alka seltzer o las novelas con rueditas versus las novelas sin manos. Un tríptico en el que abrir un libro (o escuchar una canción o ver una película) es una forma de transformar el mundo. Algún mundo. Irremediablemente.



Fresán ha construido, en su tríptico, una máquina del tiempo donde todo puede suceder: alternativas, tramas y metatramas, versiones y variaciones. Sus personajes son lectores infectados que quieren a sus libros más que a cualquier otra cosa...


Y en La parte recordada hay un recorrido alucinado por todo eso y muchas incógnitas que se resuelven mientras otras quedan, felizmente, en el misterio. Peregrinaciones fan a la casa de Proust, o la tumba de Billy Pilgrim, o la oficina de Nabokov, o revisitar 2001: A Space Odissey, o Martin Eden o Blade Runner, en un tiempo que es todos los tiempos y que se mide en aviones y en listas y en pruebas de multiple choice y en canciones largas de muchas partes. Un tríptico que nos recuerda que, luego de la expansión arrasadora, viene el contraerse; que a veces la odisea máxima, después de peripecias y monstruos, es volver a casa.

Y uno termina todo esto y solo queda dar las gracias. Las gracias por esos “endless days, those sacred days” que nos pasamos leyéndolo. Unas gracias muy agradecidas, sí, pero a las que la mente lectora ya le va poniendo esa musiquita de los Oscar para que se apuren, para así volver a sumergirnos.
Y, así, recordar.
Y, así, con Fresán, siempre, releer.
No para hallar respuestas o encontrarnos.
Para perdernos.
Felizmente.
Cada vez más y mejor.





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*María José Navia es escritora y académica chilena. Autora de las novelas SANT (2010) y Kintsugi (2018) y las colecciones de cuentos Instrucciones para ser feliz (2015) y Lugar (2018; Finalista del Premio Municipal de Literatura). El 2019 recibió el premio Mejores Obras Literarias del Ministerio de las Culturas de Chile, categoría cuento inédito, por su libro Una música futura. Kintsugi será publicado en Colombia en mayo 2020, por la editorial Himpar.


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