Cuando ya no quede nada más que nuestros nombres. Sobre Caballo sea la noche, de Alejandro Morellón

Alejandro Morellón. Foto: cortesía Juan Felipe Vásquez



Por: Santiago Díaz Benavides* / Bogotá

Caballo sea la noche, publicado en 2019 por la editorial Candaya, es el título más reciente del español Alejandro Morellón, ganador del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez en 2017. Presentamos aquí este texto a propósito de la que es su tercera publicación como escritor.


“Está escribiendo algo distinto”, me había dicho Mónica, un año después de la última vez que nos vimos con Alex, cuando le pregunté sobre él. “Seguramente saldrá para el otro año y puede que hasta venga a Colombia”. Aquella era una noticia que consideraba de gran relevancia, no tanto por el hecho de que pudiera verlo otra vez, sino por la certeza de que al fin podría leer algo nuevo. El primer libro suyo que llegó a mis manos me sorprendió en demasía por el ritmo con el que había sido escrito. Los cuentos exponían una voz que buscaba algo en particular, aunque cambiara los tonos y las perspectivas. Había algo, yo lo había percibido, que se repetía con entusiasmo, y era como esa palabra que uno siempre está tratando de decir, pero no sabe cómo. Mi ejemplar correspondía a la edición colombiana que se había hecho del libro, pero me había gustado tanto, y lo había leído tan frenéticamente, que en cuanto supo que regresaría, me dijo que me traería una de las ediciones originales del libro. Yo pensé que se olvidaría, pero no fue así.

Unos meses después de nuestro primer encuentro, cuando recién los de este lado empezaban a conocerlo, Alex me avisó que vendría para la semana del día 28. “Ya pronto coincidiremos de nuevo. Te llevo el libro”, me dijo. Yo estaba entusiasmado porque, como lo habíamos comentado, sus cuentos me habían permitido encontrar algo que yo había querido entender como lector para luego atreverme a escribir. “Es la edición española”, le dije, intentando camuflar la sonrisa demasiado grande que se formaba en mi rostro. “Es la española”, replicó. Hablamos un rato, sentados sobre ese sillón amplio en la planta 2 del hotel, y recuerdo que Juan Felipe andaba tomándonos fotos y así, como si estuviéramos en una entrevista, pero nosotros solo queríamos hablar de la vida. Alex me preguntó cómo iba con mi escritura y yo le pregunté por lo que estaba planeando para su próximo libro. Ninguno de los dos dio muchos detalles, pero lo que dijimos bastó para entendernos en el gesto. Corría el año 2018 y ambos teníamos una idea intensa que nos daba vueltas en la cabeza. Estábamos seguros de que no pasaría mucho antes de que nos diéramos a la tarea de llevarla a cabo. Él fue más perspicaz, naturalmente, y se adelantó. A mí todavía me da miedo soltarme.

El tiempo corre de maneras siempre insospechadas. A veces, llega a ser muy lento y hasta irritante. En ocasiones se asemeja mucho más a un suspiro y desaparece en un instante. “Ya está terminada la novela”, me escribió un día. “Estás presente”. Se refería a unas palabras que yo había escrito en mi artículo sobre El estado natural de las cosas, publicado por El Espectador, y que por petición suya ahora resguardarían una de las solapas de su nuevo libro. El día en que nos conocimos, Alex me habló de esta inquietud que tenía desde hacía unos años, la razón por la que, yo creo, había comenzado a escribir. Era esa razón, justamente, lo que a mí me interesaba. De algún modo, al igual que yo, no lograba entender cómo es que le hacemos para siempre querer encajar en un mundo que, a diario, nos pone uno y otro obstáculo para evitar que nos sintamos bienvenidos. “Asumo que llegará a Colombia”, le dije. “Un poco caro, pero al menos estará allí”, contestó. “Quien te quiera leer, lo hará, aunque tus libros cuesten mil euros”. Fue lo último que atiné a decirle, y después los días, lentos.

Foto: Santiago Díaz B. 

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“A Manuela, a Oliver, a Ricardo”, así empezaba el libro. Lo abrí con el entusiasmo de quien se sabe lector de sus amigos, después de haber olisqueado un poco entre los pliegues. Leí: “Quise ingresar de nuevo en la noche para evitar el rostro de mi madre, el de mi hermano, el de mi padre, e intercambiar los afectos y los defectos de mi familia por una presencia redentora, reemplazarlos a todos por el cuerpo soñado de la bestia: un caballo blanco, descomunal, como un rey pálido bajo la tormenta, los ojos dirigidos a un cielo iluminado por la electricidad, la cabeza erguida para enfrentarse a la luz con un relincho, el músculo entre el grito y la carne, caballo sea la noche, le dije, y el animal continuó su curso entre los espacios intermitentes, desenfrenado por una potencia externa, desconocida, arrastrándose hasta llegar a un abismo en el que acabó por disolverse, y yo a ese caballo lo amaba porque ese caballo era yo, atravesado por la caída de los relámpagos como por la mirada de un dios infatuado, y cuando la imagen se desvanecía su inquietud perduraba a través de mi temblor, retorcido entre las sábanas, pensando en la razón por la que había entrado en mi cuarto despojándome de la camiseta y de los zapatos, retirando todo lo que había sobre la cama para tumbarme en ella mientras los maldecía a los tres, caballo sea la noche, repetí, porque quise dormirme hasta el final de las cosas e invocar una oscuridad en la que no se leyera mi nombre…” No supe en qué momento el transporte había llegado a la estación, solo sé que alcancé a levantar la vista para guardar, torpemente, el libro en la maleta y salir corriendo. Eran las 9:30 de la mañana. Ya iba tarde para la librería y no podía pensar claramente debido al intenso calor que hacía. Cuando llegué, saludé a todos y me senté a seguir leyendo. No podía parar, no podía permitírmelo. Continué hasta que llegó el primer cliente y ya yo había llegado al final del segundo capítulo. Para ese momento, la lectura se me había hecho necesaria y durante el resto del día no pensé en otra cosa. Cuando llegó la noche, seguí hasta el cuarto capítulo y al darme cuenta de que solo eran cinco, decidí detenerme. No quería que el libro acabara tan rápido. Al día siguiente, lo tomé entre las manos y me regresé al capítulo tres, tan solo para dilatar el desenlace. Lloré. “No solo nuestros nombres se dan la mano (…) también nuestras adicciones”, decía una de las líneas. De repente, me sentí invadido por una angustia sin precedentes. Era el ritmo de las palabras, la forma en que estaba escrito el libro. Era la historia de Alan y de su madre, su vida antes y después de su padre y su hermano muerto. Me detuve. Pensé: “Aunque fatiga, no suelta, no pierde segundo”. Me levanté de la cama y le dije a mamá que el libro me estaba haciendo llorar. “A veces es así”, me respondió.

Salí a caminar un rato, mientras el sol me pegaba en el rostro, y en mi cabeza solo podía repasar la historia que estaba leyendo. Alan había cambiado desde aquel episodio y todo en casa también se había visto modificado a partir de ello. Su madre se volvió más paranoica y Óscar había decidido enfermarse, llenarse de rabia y rencor. Su padre había desaparecido un día y entonces él pensaba que todo tenía que ver con eso, pero iba más allá. Alan se encerró en su habitación y no salió ya más. Siempre estaba durmiendo y pensando en Marcelo, y en Óscar cuando lo vio frente al espejo, desnudo, y en su madre, sentada sobre el sillón, viendo el álbum de fotografías, aislándose de todo lo demás. Entonces, Alan comenzó a sentirse distinto, a saberse extraviado en los sueños, a verse como un caballo blanco, enorme y descomunal. No era del todo consciente, sin embargo, de la gravedad de lo ocurrido. Pero su madre, encerrada en sí misma, poco a poco y con dolor, ante lo que era el evidente desmoronamiento de su familia, ya sabía lo que tenía que hacer para que ella y su pequeño estuvieran bien. “Es intenso, como puñaladas que no cesan. Es tal cual el galope del caballo”, pensé, y seguí leyendo.

Cuando terminé lo entendí todo, o eso creo. El libro de Alex me había salpicado la cara. Había logrado sujetarme con fuerza y estremecerme. No eran tanto las palabras escogidas sino la forma en que las decía. Ese ritmo, esas voces, esos personajes y sus miedos, los instantes sin tiempo. Al fin lo había dicho todo, o al menos una parte de lo que verdaderamente quería decir. Se trataba de eso, de entender si “(…) ¿acaso serviría?, domar el significado para acunar al monstruo, cerrar la herida, contener la sangre, querer sustituir la imagen por el entendimiento, buscar en la palabra una potencia redentora, una generación, un acto constitutivo en sí mismo, la catálisis, la sustancia reactiva, revulsiva, corrosiva, disolutiva, desentrañar el mito de la interpretación de las sombras, ponerse a merced de los exégetas, escapar de la aberración crítica y salir, salir, salir a la intemperie del mundo, abandonarlo todo por una caricia, buscar el gesto sin artificios, el gesto animal, la mirada sin escarnecimiento, ¿acaso serviría?, comprender un mundo por momentos incomprensible, acoplar[s]e al conocimiento, establecer unidades de comprensión, lo mismo recordar que proyectarse en un futuro inmediato, lo mismo aburrirse que divertirse en exceso, lo mismo para alimentarse que para pasar hambre, mirar hacia arriba lo mismo que hacia abajo, confundirse en un estado alterado de las ideas, inclinarse por lo extraordinario o por lo hiperordinario, ofrecer imágenes de lo que no existe, de lo que no se manifiesta, una contingencia, una convulsión involuntaria, un vómito incontrolable, una queja que se adentra en la tiniebla, una mano que repta hacia el asombro, una lengua que se hunde en el abismo, ¿acaso serviría?, atentar contra las desavenencias, reprimir el llanto, rememorar escenas, caer de pleno en el tibio espacio de la nostalgia, traspasar el umbral de la narrativa al de la intimidad, reconocer y memorizar, reconstruir un dolor con las lágrimas…”

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Ahora que han pasado unas horas y estoy escribiendo esto, no puedo evitar pensar que cuando uno se entrega por completo a la experiencia lectora, esta puede llegar a ser corrosiva, como una droga que al tiempo que brinda placer, también te quita momentos de vida. “Es por esto por lo que lo haces”, le dije a Alex. “Aquí estás tú, y estoy yo, y estamos todos a los que, por alguna razón, no nos basta con pasar los días”. Y después, hablándole al espejo, secándome las lágrimas que siguen saliendo, pienso en Alan y en su padre, en el amor que se tenían y nadie logró comprender, pienso en la madre de Alan y la ira de Óscar al sentirse vulnerable, y pienso en mi madre y en la forma en que me mira cuando le digo que aún no sé lo que debo hacer con mi vida. Entonces, me doy cuenta de que no necesito saberlo.

Foto: cortesía Juan Felipe Vásquez

Cuando terminé lo entendí todo, o eso creo. El libro de Alex me había salpicado la cara. Había logrado sujetarme con fuerza y estremecerme

Es domingo en la noche. Mis padres duermen en su habitación y yo sigo frente al computador, conjugando estas palabras, abriendo y cerrando mi ejemplar de Caballo sea la noche, repitiendo el título en mi cabeza, “caballo sea la noche, caballo sea la noche”, preguntándome por el sonido del reloj al fondo del salón, inclinando la mirada hacia la ventana que da a la calle, pensando en por qué el libro me ha hecho llorar tanto y por qué siento que Alan, de alguna manera, soy yo y podemos ser todos los que en ciertos momentos de la vida nos hemos sentido rotos. Entonces, pienso, yo pienso, en lo que vendrá después de todo esto, cuando empaquemos las maletas y crucemos la puerta, cuando miremos una vez más el rostro de nuestra madre y nos atrevamos a decirle que es un ángel, cuando salgamos, con las lágrimas cubriéndonos el rostro, preguntándonos por lo que será de nosotros cuando ya no quede más que nuestros nombres.


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Santiago Díaz Benavides*. Lector, cinéfilo y librero. Director de la Revista Canefora. Síguelo en Twitter: @santiescritor  

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