Eunice Odio: una luz en la sombra. A cien años de su nacimiento (Parte 1)



Por: Álvaro Mata Guillé

Banalizar la vitalidad, la rebeldía, el pensamiento

¿Qué sentido tiene conmemorar a una poeta, de por sí irreverente, irónica, confrontadora, más allá de la conveniencia, de querer canonizarla y que muera nuevamente en el estereotipo o en la frivolidad que devora nuestros días, donde nada importa, todo es lo mismo y cada cosa tiene un precio, condicionados por la lógica del espectáculo, la del consumo por el consumo, anclados además en la censura de lo políticamente correcto, el Kitsch o la corrección sentimental: qué sentido tiene, vuelvo a decir, conmemorar a una poeta, aunque intentemos evadir el manoseo o el ocultamiento, como sucede con tantas celebraciones que sucumben a la sacralización que convierte en piedra a las “grandes personalidades”, seca su voz, banaliza su vitalidad, su rebeldía, perpetuándose la impostura, el olvido, la indiferencia? 

El vaciamiento de los referentes que se impone en lo contemporáneo, junto a la oquedad del lenguaje y la inutilidad de los símbolos, arrastra sin duda a la figura del poeta, la que estuvo vinculada en sus inicios a la memoria, a la otra voz, al pensar distinto, a lo plural, relacionándose con el otro que había en nosotros y el misterio que viste al entorno; vaciamiento que consecuentemente se adhiere a la decadencia de las instituciones, de los sistemas políticos y los modelos culturales, que trae consigo el debilitamiento de la idea de persona (del alma) y de los lazos que sustentan a la sociedad plural y el convivir, correspondiendo con ello, como podemos constatar en todos los ámbitos, la proliferación de la barbarie, es decir, de la perspectiva que no logra ver más allá de sí misma, de sus dogmas, su ortodoxia, su apetencia, su desprecio. 

Vínculo existencial entre persona, poesía y sociedad, entre la manifestación expresiva y la construcción de la convivencia, entre el grito que se convierte en significado mutando en lenguaje y lo que somos, pero lo plural, hay que insistir en ello en esta época sin vestigios ni historia, para serlo requiere que se manifieste lo distinto y que lo distinto sea posible; necesita que el individuo asuma su propia voz y que esa voz también sea posible, pues lo plural, como concepto ligado a la coexistencia y al desarrollo cultural, emerge de las distintas expresiones humanas: de las voces diversas, de la otra voz, de lo diferente. Si se debilita o se vacía la idea de persona (los derechos humanos, la condición existencial, la posibilidad de ser) se derruye intrínsecamente a la sociedad y a los valores de lo humano, con ello, emparejado también en esa decadencia social, a las distintas formas de expresión: a la poesía, al teatro, al pensamiento, a la crítica, al disidente, condenándolas irremediablemente no solo al mutismo o al balbuceo, también a la indolencia, a la censura de la ignorancia, postrando toda forma de expresión al esclavismo de la risa idiota. 

Las circunstancia que describimos, también señaladas por otros muchos autores, obligan a redefinir el sentido de las cosas, el porqué de ellas, los fundamentos del convivir o de permanecer, al igual que el sentido de la poesía, el lugar que ocupa el pensador o el poeta, el arte o el desarrollo cultural, preguntándonos asimismo junto a Witold Gombrowicz, cómo hacer para que lo humano vuelva a lo humano, cómo ligar nuevamente el grito al lenguaje, lo vital al convivir, lo sagrado a la creación, más allá del espejismo que implicaría proclamar inútilmente, en este caso, que hemos transitado por el fuego, conocido el sustrato de los elementos terrestres o palpado la metafísica que subyace en los senderos del alba, o que hagamos una apología que nos ilusione sin que nos perturbe, la muerte de una autora, encontrada 10 días después en una tina de baño, con sus gatos lamiendo su sangre y su mal olor, dejados sus cuadros, sus libros, sus vasos. 

Hacia el tránsito de fuego


Las antiguas culturas, a través de la presencia del recuerdo en la conmemoración, en el rito y la fiesta, hacían posible que retornara el pasado: lo ausente volvía convertido en presente, el ayer vestía el ahora, como así ocurre en el teatro o la poesía cuando son poesía o teatro, pues nos vinculan al entorno y a nuestras preguntas, al significado de las cosas inmerso en una cosmogonía, en una cultura, es decir, en la relación entre nuestra interioridad, la memoria y el lenguaje, entre la sensación que descubre lo próximo y la imagen que intenta descifrar nuestro lugar en el mundo, haciendo de las manifestaciones humanas (de la poesía, la música, el pensar) la herramienta y el fundamento que permiten saber, de alguna manera, no solo qué éramos, quién era el otro o la otra, también enfrentar la transitoriedad y el misterio. 

La tradición, el vínculo con los signos del pasado, daba sentido al ahora, vinculaba el algo –al aquello que movía las cosas– al todo, la identidad apegada a una razón, a un lugar, a un tiempo, de tal forma que cada celebración no solo nos hacía retornar al origen (al caos) permitiendo de esa manera reformular el lenguaje, a la sociedad misma para ser ella y poder continuar, como lo hace Eunice Odio en El tránsito de fuego, donde la celebración busca el recuerdo para intentar decirse y redescubrir la función de la poesía y la del poeta en el desarrollo de lo humano, como un mensajero, como lo hacía Hermes interpretando el soplo de los dioses posándose en las palabras. El poeta, sumido en el antes del antes que nos habita, deletrea el presente, el entorno, lo qué somos: la animalidad transformada en lenguaje volcaba sobre sí misma, regresando al tiempo del no tiempo del arquetipo, de lo sagrado, del mito, transformados en memoria, en rutina, en cotidianidad.

Sobre la tradición recae el prejuicio de reducirla al campo de las artes o al desarrollo de las humanidades, también creer que la tradición conlleva el rescate de valores perpetuando el poder o las jerarquías. La tradición –el ver el pasado, recobrar la memoria y confrontarse a ella– nos reencuentra con el conjunto de símbolos que han hecho de la sociedad una sociedad, que han hecho de la persona una persona, un individuo, una particularidad. La tradición concatena tanto a la física como a la técnica, a la pintura como a la economía, de tal manera, que al volver la mirada al pasado no lo hacemos para recluirnos en él, buscamos deletrearlo, reconocer y reconocernos repasando las funciones vitales que han construido la cultura, intentando dar repuesta a nuestras preguntas: el cómo, el dónde, el porqué, acumulados en la historia, en sus voces, en sus inicios, haciendo repaso de nuestros sueños y traumas, de la noche que nos posee con sus obsesiones transformadas en otras preguntas, como acontece en el Tránsito de fuego, cuyos personajes redefinen un lugar, persiguen un lenguaje, recobran un sentido, desarrollan una poética. 

La tradición no es un periodo de la historia, principia adherida al cuerpo, cuando nos alejarnos de la animalidad percibida en el entorno y asumimos consciencia (pulsión) de no morir, cuando en el silencio descubrimos nuestro grito buscándose, percibiendo nuestro tránsito ante la inmensidad de la penumbra, convertidos en narración y poesía, en trazos que rememoraban el agua mecida en el útero-caverna o el canto del nómada trasladándose a través de los vestigios de la memoria, un reencontrarse entre sueño y vigilia, que dieron forma –y lo sigue haciendo a pesar del vaciamiento y el olvido contemporáneo– a las conclusiones efímeras que recordaban nuestra vivencia ante la necesidad: el hambre, el dolor, la sed, el miedo, el no saber. A través de ellas, de las manifestaciones humanas hechas canto, danza o trazo, no solo volvían las voces de ancestros, mezclando como una sola cosa al pasado y al presente, o el clamor de nuestras voces y los ecos emanando del cuerpo, perfilando un rostro, una representación ante lo incierto como condición de la existencia. Sí, en la poesía nos reencontramos, como lo hace Eunice Odio en sus textos, pues al representar la sensación que embarga nuestras vivencias en el canto, nos reconocemos en él: al revivir volvemos a ser, reencontrando un sentido ante la oquedad de las cosas, el vacío y la ausencia. 

La poesía diluye las barreras, desaparecen los límites vinculándonos al silencio, pues el silencio es antes del lenguaje, acontece en la oscuridad del caos donde no hay ni mar, ni hojas, ni pájaros, sabiendo que ahí, donde el tiempo se detiene y el las cosas pasan sin pasar, emergemos, nace la otra voz, principia el lenguaje. La poesía, si quiere serlo, no asume posturas ni brillos, reniega de la denuncia y el manifiesto; no es una exaltación o un desahogo, tampoco una moral, una solución, el balbuceo o la sensiblería. Sus hilos se escapan e intentamos atraparlos pero se desvanecen, lo volvemos a intentar sin lograrlo sumidos en el “Campo Nublo”, como así llamaba Antidio Cabal a ese lugar de preguntas sin respuesta, donde el allá permanece al acecho como una sombra que transita entre la búsqueda y la transgresión que nos indaga. Allá, se destruye el lenguaje para que ilumine otro lenguaje, el mismo siendo otro, donde destella un sentido, algunos significados, un reencuentro, un acto de comunión que ojalá nos consuele y nos permita permanecer. 

(Continúa parte 2...)


*Álvaro Mata Guillé. Poeta, ensayista, director teatral.


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