Eunice Odio: una luz en la sombra. A cien años de su nacimiento (Parte 2)


Por: Álvaro Mata Guillé

Inquisición, contrarreforma, ausencia 

Nombro a Eunice sin nombrarla. La menciono sin decirla. En cada línea que escribo, en cada idea o imagen está ella mirando. No solo mira, pregunta, afirma, se enoja, me dice “no”, guarda silencio, ríe y vuelve a mirar, mezclándose su obra y sus convicciones: la tribulación, su crítica y el compromiso literario; la ironía, la inteligencia y su deseo, sabiendo eso sí, que la poesía era el lugar de encuentro, donde al reunirnos con la opacidad del lenguaje principia lo humano, donde se confunde el vivir, el hacer, el pensamiento, la realidad con la irrealidad, haciendo de su vocación literaria (del compromiso con la otra voz y consigo misma) una condición de la existencia, una ética, una razón para vivir, a pesar de los contratiempos, de la oscuridad y el desprecio de tantos, los que quisieron (lo quieren todavía) convertirla en ausencia de sí misma, en silencio, en sombra. 

Existencia y poesía, poesía y ética, derroteros marcados por el entorno, por un lugar, una época, un contexto: “El País de los ausentes,” le llamaba Jorge Arturo; “El Pueblón”,  le decía Eunice Odio al caserío josefino, a la aldea extendía entre barro y selva. Costa Rica fue el límite (el lindero) del Reino de Nueva España, el lugar sin lugar más allá del allá, al que no llegaban del todo las cosas y tampoco importaba. La provincia dejada de lado, consumida por la envidia, el sonrojo, el resentimiento: sin una “gran historia”, tampoco grandes mitos o tragedias, más que reseñas de nuestro abandono: subsistimos, entre miseria y necesidad, mirando al otro –al de allá, al de aquí– con vergüenza, con rencor y desconfianza, siendo éste quizá el cimiento que da lugar al “choteo”, el “cortar la cabeza o boicotear” a aquel que sobresale (al distinto), al que con su hacer deja en evidencia nuestra precariedad. El choteo iguala a cada uno (a todos nosotros) y nos coloca a ras de piso, a la misma altura. 

Costa Rica, el lugar poblado por “estrellas de granito”, el sitio donde habita “una serpiente sin alas”, marginado entre los marginados, nació de la contrarreforma y la inquisición, del centralismo feudal de Felipe II y su necrofilia, de la negación del cuerpo y la censura a lo íntimo, es decir, la mutilación de lo particular, de la otra voz, del disidente, del distinto, elementos, que entre olvido y aislamiento, constituyen nuestra ontológica. Sí, los países latinoamericanos padecemos todavía los efectos de la llegada española, el trauma de encontrarnos entre ser, no ser y los postulados de la modernidad, la edad de la crítica y la censura, entre el aquello que deseamos y queremos (lo francés, lo italiano, lo español, lo otro) y lo autóctono, condiciones que se disimulan entre los delirios contemporáneos, pero que subyacen asomándose en cada rincón, en cada voz. En nuestros territorios se conjugan los muchos tiempos del mito, la linealidad y el consumo del instante por el instante, pasamos de la exaltación a la antropofagia cultural, la que nos hace vernos siempre como lo peor entre lo peor. Búsqueda y negación, necesidad de un rostro y el desprecio de nosotros mismos.  

El aislamiento costarricense conjuga todos estos elementos, haciendo de su no-presencia, una condición: al no figurar en la historia, preferimos destruir todo vestigio de ella y opacar nuestra propia voz y rostro, dando la espalda a lo que acontece, siendo quizá, esa relación con lo ausente, con la marginalidad histórica y la censura, sin grandes mitos ni epopeyas, lo que lleva a Eunice Odio, no solo a evadirse y buscar otros contextos, también a intentar reencontrarse en otro lugar: en la escritura, en la fundación del lenguaje y los fundamentos de lo humano, adentrándose en los arquetipos, como ella llamó a los ecos de sí misma, a la añoranza y los fantasmas que nos envuelven, buscando y buscándose. Regreso al origen, al antes del lenguaje para construir un lenguaje, un espacio-tiempo donde el poeta (ella) pueda permanecer; donde la poesía, lugar de comunión entre el ser y el estar, alimente lo cotidiano. 

¿Se adelantó, Eunice Odio, a su tiempo, presagiaba, como lo hizo Albert Camus, en el Hombre rebelde y el Mito de Sísifo, la condición existencial del acontecer contemporáneo? No lo sé y tampoco importa. En sus textos, sobre todo en el Tránsito de fuego, donde al volcar la mirada en los sustratos del lenguaje, en el origen que funda lo humano, nos reencontrarnos, sabiendo, eso sí, que hay una luz, un destello en la sombra.

(Una primera versión de este ensayo, se publicó, en enero del 2020, en el Periódico de Poesía de la Universidad Autónoma de México)    

Declinaciones del monólogo. 

I

Estoy sola,
muy sola,
entre mi cintura y mi vestido,
sola entre mi voz entera,
con una carga de ángeles menudos
como esas caricias
que se desploman solas en los dedos.
Entre mi pelo, a la deriva,
un remero azul,
confundido,
busca un niño de arena.
Sosteniendo sus tribus de olores
con un hilo pálido,
contra un perfil de rosa,
en el rincón más quieto de mis párpados
trece peregrinos se agolpan.

II

Arqueándome ligeramente
sobre mi corazón de piedra en flor
para verlo,
para calzarme sus arterias y mi voz
en un momento dado
en que alguien venga,
y me llame...
pero ahora que no me llame nadie,
que no quepo en la voz de nadie,
que no me llamen,
porque estoy bajando al fondo de mi pequeñez,
a la raíz complacida de mi sombra,
porque ahora estoy bajando al agónico
tacto de un minero, con su media flor al hombro,
y una gran letra de te quiero al cinto.
Y bajo más,
a las inmediaciones del aire
que aligerado espera las letras de su nombre
para nacer perfecto y habitable.
Bajo,
desciendo mucho más,
¿quién me encontrará?
Me calzo mis arterias
(qué gran prisa tengo),
me calzo mis arterias y mi voz,
me pongo mi corazón de piedra en flor,
para que en un momento dado
alguien venga,
y me llame,
y no esté yo
ligeramente arqueada sobre mi corazón, para verlo.
y no tenga yo que irme y dejar mi gran voz,
y mi alto corazón
de piedra en flor.


Si pudiera abrir una gruesa flor

Yo no me dejar humillar por las cosas irracionales:
penetrar lo que haya en ellas de sarcasmo hacia mí
haré que las ciudades y civilizaciones se me rindan.
W. Whitman
En un lugar de la Mancha de cuyo nombre
no quiero acordarme...
Cervantes
Eunice andaba en el sueño
con zapatos de vigilia,
¡ay, Eunice, por tus pies
te van a negar el día!
Eunice Odio

Si pudiera abrir mi gruesa flor
para ver su geografía íntima,

su dulce orografía de gruesa flor:
si pudiera saltar desde los ojos

para verme, abierta al sol,
si no me golpeara de pronto, en la mejilla,

esta reunida sombra,
esta orilla de silencio

que es lo que ciertos pañuelos a la lágrima,
un aposento blanco, descubierto.

Si pudiera quedarme abierta al sol
como el sencillo mar

y alta, recién nacida hija del agua,
creciera mi color al pie del agua.

Por qué no he de poder desnudarme los pies
en una casa en que los alfabetos ascienden

por el labio a la palabra, y en que duendes de menta,
sirven té verde y florecida sombra.

Por qué no he de poder
desnudarme los pies en una casa

en que todos los días
un año desviste su estatura melancólica,

y en que la costa azul de un relicario
guarda el retrato de un vecino de mayo que se ha ido.

Sin embargo

no puedo desnudarme los pies en esta casa
ni poner sobre la mesa el corazón.

Pero puedo abrirme como una flor
y saltar desde los ojos para verme,

abierta al sol.

Granada, Nicaragua,  Junio 12 de 1946
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Natalia, la niña del pintor Granell


Ahora estoy en esta ciudad
peligrosamente armada de riesgo
y llenos de accidentes la voz,
el traje claro,
el pulso de amor.

Uno de estos días en que andaba callada
y recorriendo para siempre mi espalda,
de pronto resbalé sin fin,
mi caída atravesada por un astro.

Por todo eso:

peligro,

gracia,

riesgo,

me es grato recordar su casa instalada en el mundo
para que su mujer se aclare las trenzas
que le suben como árbolas;

para que su mujer agrupe la miel
y la apretada harina
en altos signos cotidianos.

Su casa instalada en el mundo
donde violentamente armándose de lámparas,
corazón al cinto,
pinceles al alma,
secreta la memoria,
se reorganiza su salida al sueño.

Aparte de todo eso
recuerdo a la muchacha de los peces impalpables
a quien con otra voz, con otra cifra,
espera el mar sentado en su banco de arena
o disfrazado de pez en el olivo;

y su desnudo de un caballo atormentado
cuyo balido de varón prematuro
reanuda el cielo más allá del aire

También,

y poco a poco,

como cuando en la infancia
yo soñaba que un sueño me dolía
recuerdo al muchacho que yo amaba:

una tarde íbamos por mi cuerpo
con alegría de arpas cosechadas,

cortadas en la mañana,
y húmedas.

Entre tanto, a treinta mil kilómetros de mi alma
y mientras yo recuerdo,

Amparo, su mujer, vestida a la moda de las amapolas,
canta una canción.

Luego dice: (el silencio le pica las venas
como un pájaro):

—¡Qué hermosa está la niña.
Es ya la piel azul de las jardinerías!

Yo me miro por dentro,

preparo lentamente
un acto de terciopelo...

...De súbito,
en la ventana,
sin que nadie lo sienta,
un ángel se desviste de río pequeño,
pone a secar la brisa
y se derrama.

Después quieren que yo no escuche,
que no salte la niña,

(la niña da un salto de lámpara que se abre,
de norte a sur recorre una azucena)

¡que nadie la vea!
La niña se me acerca allá en mi pecho,
la oigo perder su paladar sin venas.

(Cerca de la ventana,
con poco pie de barco distraído
ha caído un deseo de irse volando a nácar

el mar,

todo verde).

Pero dice la niña allá en mi oído:

—El mar ha salido de paseo por las playas,
¡qué dirían los viejos cocodrilos si lo vieran!

(¡qué nadie lo sepa!)

La niña tiene un retrato del mar

(¡Qué nadie lo vea!)



Parte 1: Eunice Odio: una luz en la sombra. 


*Álvaro Mata Guillé. Poeta, ensayista, director teatral.
Twitter: @alvaromataguill


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