“Una editorial universitaria es una isla para los náufragos de la literatura”: Jairo Osorio, editor

Jairo Osorio. Foto cortesía del autor.


Un café en Buenos Aires con Jairo Osorio, director del Fondo Editorial UNAULA, de la Universidad Autónoma Latinoamericana de Medellín 


Por: Pablo Hernán Di Marco / Argentina.


No son tiempos sencillos para el mundo del libro, que pareciera deslizarse en una pendiente conformada por lectores en retirada, periodistas obsecuentes, escritores que no escriben, y editores que no leen. Por fortuna, aún quedan soldados que resisten, y sin dudas que Jairo Osorio es uno de ellos. Pero, ¿de quién hablamos cuando hablamos de Jairo Osorio? ¿Del escritor meticuloso, del lector apasionado, del fotógrafo de ojos afilados, o del editor sensible y firme en partes iguales? Intuyo que hablamos de todos ellos, pues es imposible comprender a uno sin el otro. Aunque en esta ocasión —y con motivo de sus diez años al frente del Fondo editorial UNAULA— me centraré en el editor. ¿Cómo comenzó su aventura literaria? ¿Sus decisiones editoriales le hicieron perder amistades?  ¿Qué sueños le quedan por cumplir tras tanto camino recorrido? Acompáñenos, querido lector, acérquese a nuestra mesa, esta silla es suya. Y démonos el gusto de compartir un café con el artista Jairo Osorio

—Este año el Fondo Editorial UNAULA cumple una década de vida. Cuénteme los primeros tiempos, Jairo. ¿Cómo nació esta aventura?

JO: La Universidad nació con las calenturas de los años sesenta, creada por un grupo de intelectuales liberales e izquierdistas que, de alguna manera, tenían la escritura como su oficio. Desde mil novecientos sesenta y seis, su fundación, muchos de ellos publicaron sus textos, pero no de una manera formal. Cada quien editó su libro como podía. Sólo en dos mil diez, el Rector de la época creó, mediante acuerdo institucional, el Fondo Editorial UNAULA, para suplir las necesidades de los académicos. Tuve, entonces, por esas cosas del destino, la fortuna de iniciar un Catálogo y un Fondo desde cero, tal como lo había hecho antes, durante casi doce años, en otra universidad local. Te digo que ese es un momento de mucho desasosiego: entrar a una oficina donde lo único real es un acuerdo que dice: “[…] Es necesario establecer los parámetros, tanto académicos como administrativos, para el funcionamiento del Fondo Editorial...”. Sabato decía que el mundo se jodió desde que pusieron de moda la voz parámetro. Al desasosiego hubo que sumarle la limpieza del polvo acumulado de los días en esa oficina oscura.

—No es lo mismo trabajar en solitario que hacerlo con el respaldo de una institución. ¿Qué le aporta y qué le quita al Fondo Editorial el apoyo de la Universidad Autónoma Latinoamericana?

JO: Le aporta toda su tradición escrita y la seriedad de su comunidad académica. En nuestro caso, no le resta nada. Libertaria, como es la vocación de la UNAULA, cualquier propuesta de calidad y pertinencia es bienvenida.

—¿Y la particularidad de un fondo universitario?

JO: Que es una isla para los náufragos de la literatura.

—Supongo que una de las tareas más complicadas (y usuales) que tiene un editor es rechazar manuscritos. ¿Cómo se le dice que no a un autor que le dedicó años de su vida a la escritura de un libro? ¿Su trabajo como editor le hizo perder amistades?

JO: A veces con delicadeza, a veces con brusquedad, porque hay algunos que definitivamente no entienden lo que es la escritura. Eso le granjea al editor bastantes enemigos. Tantos como a un árbitro de fútbol en el clásico del domingo, pero a mí no me perturba porque no tengo aspiraciones políticas. Recuerda que un editor es como un referí: sólo lo quiere su madre…, y a veces. El editor defiende y tiene compromiso, primordialmente, con el lector. Un catálogo es el gusto de un editor, como el menú de un buen restaurante es la obra de su chef. Por eso el mercado tiene que ser exquisito.

—Uno de los puntos altos de la historia de UNAULA fue sumar a su catálogo a Gustavo Álvarez Gardeazábal. ¿Cómo se hace para editar, tratar y negociar con alguien que, más que un escritor, es un mito vivo de la literatura colombiana?

JO: Amistad y tacto. El periodista y editor Juan Cruz nos recordó siempre que los escritores desayunan “egos revueltos”. Yo se los condimento muy bien a Gardeazábal y a otros buenos autores nuestros, para que se sientan como ellos se sueñan que son.


El editor defiende y tiene compromiso, primordialmente, con el lector.


—Los escritores —tan a menudo sensibles, egocéntricos e inseguros hasta la exasperación— son una especie particular. ¿Le llevó mucho tiempo aprender a lidiar con ellos? 

JO: Todavía lucho por aprender. Es una casta difícil. Son más de lo que vos decís. 

—¿Qué novedades nos traerá UNAULA en 2020? ¿Habrá alguna publicación que celebre esta primera década de vida?

JO: He querido celebrar la década con diez títulos especiales que hablen de América, y con algún texto hecho especialmente para la ocasión. Pero la salud y los años ya pesan; el cansancio, también. Y, sobre todo, la desilusión de no poder encontrar los lectores ideales. Son tan pocos, ya, desdichadamente. Y el mundo anda tan convulso, perdido, que a veces los planes se aplazan. De cualquier manera, habrá sorpresas para la Fiesta del Libro.

—Las esperaremos con ansiedad. Y hablando de ferias… usted conoce como pocos la Fiesta del Libro de Medellín y la Feria del Libro de Bogotá. Y también es un concurrente usual de las ferias de Buenos Aires y Guadalajara. ¿Cuáles son los puntos altos y bajos de cada una? ¿Qué debiera aprender la una de la otra?

JO: Todas, felizmente, son oportunidades maravillosas para el público. Puertas abiertas para el reencuentro anual con los libros. Cada una tiene la especificidad de su equipo directivo, eso hay que respetarlo. Así, con sus características particulares, son exitosas, obtienen rendimientos económicos y sociales. Lo que la una le puede enseñar a las otras ya lo han asumido, con las reservas y experiencias propias del entorno en el que se mueven. Voy a ellas como a una temporada de vacaciones: con el alma desparpajada, a ver amigos.

—Si yo fuese editor creo que todos los días me despertaría soñando con que llegue a mis manos el nuevo Harry Potter, o con que me venga a golpear las puertas de la editorial un joven y desconocido Alessandro Baricco para ofrecerme una novelita inédita titulada Seda. ¿Tiene anhelos así, Jairo? ¿O los años y la rutina del trabajo van aplacando esos sueños?

JO: Los codicio, todavía. Pero en estos tiempos agitados escasean. Todo el que garabatea una computadora quiere publicar de inmediato. Los “autores” modernos no se dan tiempo para la experiencia, la reflexión, la relectura de sus propios textos. Todo lo quieren para ya, los pierde la época de afanes que viven. Sueñan con protagonizar los programas de televisión “Yo me llamo…”, “A otro nivel…” ¡Qué bárbaros!

—Luz Giraldo me dijo que temía que tantos años dedicados a su trabajo como académica hubieran opacado a su trabajo como poeta. Usted, más allá de ser editor, es un reconocido escritor. ¿En algún momento temió que tanto esfuerzo volcado a la edición le haya restado tiempo a la escritura?   

JO: ¿Temí? Me jodió la dedicación a la promoción de los otros, aunque fue tarea grata. Siempre tuve que trabajar para vivir, desde niño me recuerdo trabajando. Y siempre para terceros. En lo cultural, en lo comunitario. Cuando escribí, fue robándole tiempo al hogar, al descanso de fin de semana. A las mujeres. A las vacaciones que todo hombre se merece. No te imaginás el sacrificio, con el tiempo, cuando escribí Familia (la novela que publicó Ediciones B, en 2015).Creo que sacrifiqué una obra por el estatus; también es que nunca me tomé en serio la escritura. Fui otro diletante más. Mi opción, pendiente todavía, sigue siendo la soledad de la lectura.

—Lo entiendo. Creo que, en este juego, la máxima aspiración siempre será llegar a ser, algún día, buenos lectores. No hay premio mayor que ese. Cambiemos de tema y vamos con la sección Respuestas Breves: ¿Cuántos títulos ha publicado en estos diez años?

JO: En Ediciones UNAULA cuatrocientas cuarenta publicaciones, incluyendo las revistas institucionales. En el Catálogo de textos generales (investigaciones, literatura, textos de estudio, periodismo, historia, rescates, otros), doscientos treinta y nueve libros. 

—¿Cuál fue el libro más vendido de estos diez años?

JO: La misa ha terminado, de Gustavo Álvarez Gardeazábal, catorce mil ejemplares en un año. Hubo razones. Lástima que, en Buenos Aires, nadie se haya preocupado por ese libro. Es tan cercana la historia a ustedes, por el Papa Francisco

—Esperemos que pronto llegue un “Jairo Osorio porteño” con el coraje suficiente para publicar esa novela en Argentina. ¿Qué libro del Catálogo de UNAULA le despierta un orgullo particular?

JO: Es imposible. Cada uno es una fantasía especial. Una lucha diaria. Una satisfacción que nadie ajeno a las letras puede imaginar. No imaginas el sueño reparador cuando se hace un buen trabajo en imprenta. Pero, siempre, el próximo. 

—¿A qué autor quisiera sumar al Catálogo del Fondo Editorial UNAULA?

JO: Tantos. Pero quisiera hacerle un homenaje especial a Fernando Vallejo. Su bondad e inteligencia enriquecería cualquier catálogo editorial. Yo digo que Fernando es como una buena tía. Y para sonar un poco extravagante, cualquier ensayo del franco-libanés Amin Maalouf, qué extraordinario. Y una serie, que llamaría “La mala memoria”, de escritores que silenció el régimen castrista con el extrañamiento o la cárcel, ayudado por la troupe de intelectuales solapados de América y Europa.

—De cada cien manuscritos que llegan a sus manos, ¿cuántos merecen ser publicados?

JO: Realmente, muy pocos. La tierra no es fértil para estos menesteres. En el mundo se publica por las exigencias de la economía, no por la calidad de la escritura. Las estanterías tienen que cambiar a diario para seducir a compradores compulsivos. 

—Vamos con la última, Jairo. Le regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Cuénteme quién sería.

JO: Dice usted “a cualquier artista”. Menos mal. Los escritores son, por lo general, gente arrogante. Los artistas son tropa sensible. Y si son cantantes, mejor. A un café invitaría, a mi casa, a un tropel de salsa. Pero, cuál, por dios. Todos tan buenos. Tal vez a Rubén Blades. Se muestra tan sencillo, tan polifacético, tan mundano en su Nueva York de amparo. 

—¿Y qué pregunta le haría a Rubén?

JO: No le preguntaría nada; lo pondría a cantar “Pedro Navaja”, y le serviría un whisky. Y con el escritor, que era tu curiosidad malévola de porteño, ya me tomé el tinto —como decimos en Colombia— hace tiempos: con Borges en Cartagena, mil novecientos setenta y ocho, al frente del mar, en la terraza del hotel Capilla del Mar, pero era tan joven que siempre lamenté aquella oportunidad perdida. El retrato icónico del Poeta que aman todos los borgeanos, y el libro, varias veces editado [Borges: Memoria de un gesto, 1979] con la entrevista y las imágenes del encuentro, salvaron ese café a la orilla del Caribe. Las preguntas ya están recogidas en ese diálogo juvenil con el anciano Homero. 


Los “autores” modernos no se dan tiempo para la experiencia, la reflexión, la relectura de sus propios textos.



*Pablo Hernán Di Marco.  Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor, entre otras novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo. Colaborador literario de la revista Libros & Letras 

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