La nostalgia de lo ausente. Entrevista a Natural Arpajou

Natural Arpajou. Foto: Violeta Vargas 


Natural Arpajou (Mar del Plata, Argentina) fue una de las cineastas invitadas a la más reciente edición del Festival de Cine Independiente de Villa de Leyva. Su película “Yo, niña” (2018) se llevó el galardón como Mejor Largometraje. Presentamos esta entrevista inédita realizada en exclusiva para Libros y Letras.


Por: Santiago Díaz Benavides* / Bogotá


El año pasado, justo antes de iniciar mis días a bordo de la Librería Central, tuve el privilegio de asistir, como uno de los periodistas invitados, al 13 Festival de Cine Independiente de Villa de Leyva. Yo nunca había ido, en calidad de periodista, a ningún festival de cine. Sí recuerdo, por el contrario, haberme colado en una o dos entregas del FICCI y, obviamente, no dejé de asistir a las últimas ediciones de BogoShorts. Pero ir de invitado para ver y escribir sobre cine era algo impensado.

Diana, que fue de lo más amable, me dio las indicaciones y en menos de dos horas, Violeta y yo ya estábamos en Villa de Leyva. Era también mi primera vez en el municipio, después de casi quince años, con lo cual todo me impresionaba. De alguna manera, yo estaba viviendo mi propia película. ¿Qué cinéfilo no sueña con este tipo de cosas? Digo, yo estaba ahí, con un cartel de filmes dispuesto para mi curiosidad y la posibilidad de estar hasta el alba al interior de una sala. Solo hizo falta que nos dieran palomitas de maíz y nos trajeran la ducha hasta nuestros asientos. Me levantaba viendo cine y me iba a dormir de la misma manera.

Uno de los descubrimientos más gratos durante el festival, además de toda la oferta y la gran cobertura que los organizadores dispusieron para los visitantes, fue dar con cintas y cortos de un registro agresivo e intenso que se salían de lo usual. Más que grandes películas abordadas con maestría desde lo técnico, eran piezas exquisitas que se basaban especialmente en su concepción de los guiones. No dejó de asombrarme lo hecho por Marta Hernaiz en "La caótica vida de Nadia Kadic" (2018) que, con apenas dos personajes, poco diálogo y un manejo de cámara para nada elaborado, logra establecer una cercanía más que directa con el espectador; el caso es similar con "Amanda" (2018), de Mikhaël Hers, sumamente emotiva, y "Litigante" (2019), de Franco Lolli, cinta en la que el personaje de la madre de la protagonista se lleva toda la atención por la tremenda conexión que logra establecer a través de sus padecimientos. Y si de aciertos hablamos, no puedo olvidar mencionar la película "Los días que vendrán" (2019), de Carlos Marques-Marcet. Esta es una pieza, simplemente, magistral. La historia va de una pareja que, después de haber vivido un tiempo juntos y gozar del idilio de su amor, ahora se enfrentan al hecho de que pronto se convertirán en padres. Ninguno de los dos está preparado y el camino se pondrá más que complicado. Aquí no importa la historia en sí, lo que cuentan, sino cómo lo cuentan. Con eso claro, la interacción es más que intensa. 

Sin embargo, más allá de todas estas buenas propuestas, ninguna logró lo que Natural Arpajou, considerada como una de las promesas del nuevo cine argentino, consiguió con su “Yo, niña”. En esta película, basada en experiencias vividas por la directora, se nos cuenta la historia de una niña, Armonía, que vive en compañía de sus padres, Pablo y Julia, alejada de los ruidos de la ciudad y las salvajes dinámicas de lo urbano. Habitan todos juntos en un bosque y pasan sus días en una pequeña cabaña. No tienen energía eléctrica, tampoco hay ducha, cocinan con leña y en las noches se cuentan historias ante una fogata.

La narración se concentra en la descripción del mundo interior de la niña, mientras que el foco de la cinta alterna entre los conflictos emocionales de una madre alcohólica y las dudas de un padre que no sabe si realmente quiere estar ahí para su familia. Con el pasar del tiempo, la convivencia se va haciendo cada vez más difícil y comienza a invadir el mundo de esta niña que, sin nada más que hacer, pide ayuda a los marcianos para que le lleven con su “mamita”. 

“Yo, niña” es un intento por explicar la nostalgia de lo ausente, la ferocidad de saberse abandonado en medio de un entorno desprotegido. Una propuesta visceral que da cuenta del exceso de rencor que podemos llegar a albergar y la manera en que, sin saberlo, terminamos adoptando una actitud pasiva frente a la monotonía de los actos y lo absurdo de nuestras prácticas sociales. Un guion, de lejos, absolutamente ambicioso, muy bien estructurado y, lo que no es menor, honesto.

- ¿Cómo ha estado el festival?

-NA: He participado en otros festivales de cine, pero hasta ahora este les gana en carisma, en atenciones. Es mágico. La gente se queda en las salas hasta el final de las películas, aplauden, interactúan de una forma muy íntima con lo que traemos aquí.

- Suele ser la guionista de las películas que dirige y eso me parece maravilloso, además de complejo. ¿Qué tanta distancia hay entre una faceta y la otra? ¿Existe esa distancia?

-NAEntre el guion y la dirección no encuentro ninguna distancia. Soy una obsesiva total… Yo la verdad no sé cómo inicia todo. Por ejemplo, con uno de mis cortos, Ana y Mateo, había hecho el guion primero y luego de filmar y haber participado en festivales, vuelvo a ver el corto y me doy cuenta de lo mala persona que fui. Les hice repetir a los niños, que son los protagonistas, ¡todas las líneas al pie de la letra! El más pequeño recién habían cumplido 4 años. 

- Creo que la fuerza en la mirada de los niños, tanto en ese corto como en la película “Yo, niña”, es vital para entender la lógica de esos mundos que está intentando retratar…

-NAEs muy difícil de pensar. Bueno, depende… Con el corto de Ana y Mateo, en realidad, al revés de lo que me suele pasar, yo quería filmar sin más. Estaba terminando de estudiar y esto me apareció como la idea para la tesis de guion en la carrera. Me puse a pensar de más y se fue reformulando con el rodaje y la edición. Mi intención inicial era hacer un corto barato, pero que contara algo en sí y la mirada de los nenes a mí me parece que es muy bonita. No está cargada de juicios. Cuando ellos juegan, realmente están ahí, no les importa nada más. Yo me recuerdo siendo así y quería rescatar un poco de eso.

- ¿Todo lo que escribe surge de experiencias que ha tenido?

-NACreo que sí. Tim Burton dice que uno está escribiendo siempre la misma película y yo no puedo opinar lo contrario. Si vos vas a ver todos mis cortos y las películas que he hecho, todo habla de mí, de cuando era niña, de cuando me pasó esto o lo otro… Entonces, suelen ser personajes de chicas que son muy sensibles y parecen fuertes, pero en realidad están rotas por dentro, o niñas que no se sienten parte de nada, que sus padres nunca están en casa. Yo soy un poco como la clara muestra de esa contradicción entre fortaleza y fragilidad. En "Espacio Personal", que es la historia de una familia que se va desmoronando, lo a mí me interesaba era lograr que los personajes sintieran la ausencia y también estuvieran en constante búsqueda de su identidad. Un exnovio me dijo una vez que el tema de mis guiones es siempre la ausencia. Y sí. 

Natural Arpajou. Foto: Violeta Vargas


- ¿Cuál es el reto de llevar estas historias, que la afectan directamente, al guion y luego a la pantalla?

-NAYo también trabajo como docente. Me interesa transmitirle esto a mis estudiantes. Siempre les digo que lo que hay que hacer es algo que salga de adentro, que se sienta en la piel, después la técnica se aprende y se vuelve a olvidar al momento de rodar. No estás pensando si el foco, si el eje… Ya lo sabés. Cuanto más cercana la historia, mayor el impacto. Es lo que hace que una película sea diferente. Historias sobre padres e hijos, sobre amor y familias que se destrozan, de esas hay un montón. Cuando vos la acercás a ti mismo, nunca falla, porque será algo honesto y la honestidad se nota. Después, si a la gente le gusta o no, es lo de menos. Eso viene con el oficio. Lo que yo procuro es transmitir algo real, tratar de entender realmente lo que se está tratando de contar. Escribo cosas que me están conmoviendo en el momento, porque son intensas, son reales. Me parece que de eso se trata este oficio, hacer cine es enfrentarse a uno mismo.

- Cuanto más intimista, ¿es más intenso el retrato?

-NASin duda. En “Yo, niña” lloré tres horas por teléfono antes de iniciar el rodaje. Sabía que lo que iba a contar me afectaría de forma más directa que a otros. Se me estaba saliendo todo de las manos. Estaba por arrepentirme y un amigo que recién había hecho su Ópera prima, me dice: “Tranquila, nena. Vos sabés lo que querés decir. Tenés que hacer esta película. Fílmala, y el resto que se caiga”.

- Menciona la ausencia como su tema, pero me da la sensación de que hay una atracción más profunda por las cosas rotas. ¿Qué tanto intenta entender de sí misma en su trabajo?

-NAAbsolutamente todo. El cine a mí me rescató de la vida. Siempre que me encontraba en algún momento de mucha angustia, de mucho dolor o sufrimiento, aparecía el cine. Eso me hacía sentir feliz de repente. Y en calma.

- ¿Qué le ha permitido, entonces?

-NASer quien soy. No tengo cómo explicarlo. A mí no me interesa el dinero que esto pueda dar. Ni siquiera da mucho. Para mí el cine está para entenderse a uno mismo. Si el arte no va para allá, ¿qué sentido tiene?


Escribo cosas que me están conmoviendo en el momento, porque son intensas, son reales. Me parece que de eso se trata este oficio, hacer cine es enfrentarse a uno mismo.



*Santiago Díaz-Benvides. Periodista cultural y librero. 
Síguelo en @santiescritor


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