Los lamentos de un río muerto

Ricardo Silva. Foto tomada de sus redes sociales.

Sobre la nueva novela de Ricardo Silva Romero

Por: Juan Camilo Rincón* / Bogotá

En el libro más reciente del escritor colombiano Ricardo Silva Romero, Río Muerto (Alfaguara, 2020), la mudez de su protagonista se convierte en una metáfora de otra forma de voz, una poderosa que, a su manera, parte del susurro y se convierte en grito. Es la voz que se deposita en un río, en todos los ríos que llevan corriente abajo los cadáveres, ríos muertos que no terminan en el mar. 

En esta novela, el personaje central, Salomón, se convierte en fantasma que funge como narrador. Y su voz no es solamente la del muerto sino, además, de toda una historia desesperada. El fantasma, elemento ficcional, le da credibilidad y fuerza al relato, acercándolo a los lectores con una emocionalidad impensada. Esta obra se vale de elementos narrativos como las historias bíblicas y las tragedias griegas pero, contraria a ellas, en esta no hay dios alguno que escuche las plegarias ni reciba las ofrendas.

El mudo vive en el silencio y, ante su imposibilidad de enunciar, se ve obligado a actuar, a convertir en acción sus palabras silentes. Así, Río Muerto nos lleva, impetuoso como el agua, por la desolación, el dolor y la necesidad de continuar, aunque no se desemboque en ningún lugar. 

El narrador no puede descansar porque se ve obligado a ver a su familia sufrir la vida sin él, en un imaginario pueblo abandonado llamado Belén del Chamí, casi infernal, como si "sus setecientas veintisiete casas entejadas fueran un río lleno de basura que se va ensanchando pero no llega nunca al mar, un río que no se va a morir porque es un río muerto". Es un averno que no vemos porque no lo vivimos, pero al que traemos nuestra progenie. Río Muerto nos recuerda que en los demás, en sus luchas y temores ha surgido esta tierra cuyos difuntos tienen una historia que contar. 

Entrevistamos al autor para que nos hable sobre esta novela que ya está en librerías.

- ¿Por qué se le hizo urgente escribir esta historia?

Cada vez me parece más claro que, como nos hacía ver la médica forense Helka Quevedo el otro día, a mí y a Carolina, quería desenterrar y reivindicar y narrar por dentro uno de los cientos de miles de casos “no emblemáticos” que tenemos sepultados, pero también era tremendamente necesario para mí revisar lo que pasa cuando a uno le pasa lo impensable y recrear esta sensación de ya no poder ni querer morirme. 

- ¿Cómo logró evadir el lugar común respecto al relato del sobreviviente?

Por una parte, cada vez les temo menos a los lugares comunes porque tengo la sensación de que, bien usados, bien mezclados con los hallazgos que se dan durante la escritura, pueden ser incluso una señal de buena fe de una obra de arte. Por otro lado, Río Muerto es, a mi modo de ver, una narración que prueba que cada víctima y cada sobreviviente y cada fantasma ignorado protagoniza un drama irrepetible. Pensándolo bien, no tengo tan claros los clichés de los relatos de sobrevivientes. Y, en cualquier caso, entre más concreto sea uno en su texto, entre más particular sea en el lenguaje, en los personajes, en los lugares, en las voces de sus tramas, más cerca se encuentra –creo yo – de conseguir una novela que sume. 

- ¿Usted cree que uno sigue vivo después del último latido?

Es que, luego de escribir la novela de ciclismo, me puse a trabajar en un par de borradores sobre ese tema. Que hace poco me hicieron ver que era el tema de otros libros que he hecho en estos veintidós años: de Tic, de Fin, de En orden de estatura. Y ahora, como me suele pasar de tanto andar metido en esoterismos, más bien me parece rarísimo descartar que haya vida más allá del cuerpo. El mundo está lleno de testimonios de ello, de jeroglíficos a cantos de La República, de best sellers a familiares que lo han confirmado, desde la antigüedad hasta hoy. Hay libros de neurocirujanos, de filósofos, de físicos que lo dan por hecho: curiosamente, fue el cura que ofició la misa de despedida de mi papá quien me recomendó un par de esos trabajos que le sirvieron para armar su homilía. Y quién no se queda pensando que es mejor creer así sea por si acaso.  

- ¿En su vida hay algún río muerto?

Yo creo que no, pero vaya usted a saber. Yo, como todo el mundo, ando por ahí con mis duelos a cuestas y con mis pulsos por dentro, pero suelo notar que quiero vivir muchos muchos años porque estoy lleno de cosas por ver, por oír y por hacer.


Por una parte, cada vez les temo menos a los lugares comunes
porque tengo la sensación de que, bien usados,
bien mezclados con los hallazgos que se dan durante la escritura,
pueden ser incluso una señal de buena fe de una obra de arte


- ¿Cree usted que en este país se cumple la premisa de “la muerte es igual para todos”?

El problema es que, apenas escucha uno la expresión “este país…”, se le viene a la cabeza una sombra. Quiero decir: apenas escucha uno “este país…”, con puntos suspensivos, recuerda uno que en demasiados lugares de Colombia siguen siendo probables y fáciles y rutinarias las muertes violentas. Y, sin embargo, en Río Muerto es claro –yo pienso eso, además– que compartimos la experiencia de morirse, que toda vanidad es puesta en su sitio en la vejez y en la muerte, y que se vive muchísimo mejor si se tiene presente, sin aspavientos ni regodeos ni falsos corajes, el final de la vida: me cuesta pensar que en lo que se ha llamado “el más allá” lo feliciten a uno por el éxito en su trabajo, por ejemplo, me cuesta sacar otra conclusión a la enfermedad y a la decadencia del cuerpo y a la muerte que “no hay protagonistas ni hay extras”.  

- Río muerto es, de alguna manera, una reflexión sobre la ausencia o la pérdida del padre. ¿Quién es ese padre que los colombianos perdimos?

Probablemente, como buenos evangelizados, hayamos soportado estos gobiernos flojos e inescrupulosos porque el cielo ha sido la verdadera promesa de campaña que se nos ha hecho siempre. Probablemente, hayamos caído en la trampa de esperar un mesías o un imperio o una madre patria que nos ponga en nuestro sitio, y hayamos dejado para después la necesidad de asumir la responsabilidad. Nos hemos portado como los niños salvajes de El señor de las moscas, mientras Dios vuelve a este archipiélago, porque sentimos que los adultos no están mirando y que todo vale. Quiero decir que tarde o temprano una persona tiene que dejar de ser solamente un hijo o una hija. No es que no hayamos tenido padre, mejor dicho, sino que no hemos querido serlo, asumirlo, hacer las paces con su figura para darnos la propia vida. 


*Juan Camilo Rincón. Periodista y Escritor. Autor de libros como Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia (2014, Libros & Letras).

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