Nuestro padecimiento es cultural, no económico

Foto: Libros & Letras


Por: Álvaro Mata Guillé*


Desde su nacimiento, hará unos 400.000 mil años según las pruebas paleontológicas, nuestra especie ha convivido con el desasosiego provocado por la incertidumbre y el conflicto. Lo que somos, el qué hacer ante la adversidad del entorno, el percibir y el mirar, se transformaron en conocimiento y memoria, confrontados constantemente a la penuria y a la muerte, al abismo y al no-saber. Nuestras necesidades (el hambre, la sed, el sueño) conjugan en sí mismas el deseo por sobrevivir, mezclándose en nosotros el miedo y la desconfianza, como también lo hace el afecto que nos acerca: la aprensión y la fraternidad, el egoísmo y el abrazo, nos constituyen, conviven dentro de nosotros, moldean las relaciones sociales, la cultura –los signos, el lenguaje- que nos envuelve. La pluralidad nos marca, es una condición de la existencia, en y con nosotros convive lo múltiple: el deseo y el rechazo, la atracción y el odio, los sueños que nos llevan a presentir el más allá se unen a la realidad del aquí, en la que vivimos todos los días, reconociendo asimismo, que en la soledad -el anhelo, el dolor- el otro aparece: somos él, somos ella, somos el uno y el todo, la otra que habita el nosotros, el aquello y el aquella, disueltos (disueltas) en lo mismo, “…cada uno es un todo. Pero no hay todo: siempre falta el uno. Ni entre todos somos Uno, ni cada uno es todo. No hay Uno ni todo: hay unos y todos. Siempre el plural, siempre la plétora incompleta, el nosotros en busca de su cada uno: su rima, su metáfora, su complemento diferente” *

Pero, 
si desde el nacimiento de la especie humana, lo plural nos constituye: el titubeo, las muchas voces que nos habitan buscándose, expresando o anhelando al otro, por qué nos empeñamos en creer que hay una única respuesta, por qué nos aferramos a la ortodoxia como fundamento del quehacer, en el dogma de los “cesarismos” o de la idolatría, como ordenamiento para regular la convivencia, siendo un buen ejemplo el “cesarismo ideológico del mercado” que se impuso en la contemporaneidad, el estalinismo económico de los mercaderes, la perspectiva que ha subyugado la estructura cultural de los últimos años, modelando el concepto de persona y vaciándolo, como también vaciando la idea de lo social, del Estado de bienestar, sin poder ver más allá de sí mismo, ni contemplar otra posibilidad más que la lucro. 

Sí, 
la avaricia, la usura, el desprecio, han estructurado las relaciones sociales contemporáneas, haciendo de la indiferencia y la frivolidad que imperan como resultado del modelo económico, los referentes cotidianos que invaden todos los ámbitos: a poetas o humanistas, a universidades o artesanos, lo empresarial como al proletario, ni qué decir de las clases políticas. El olvido de nosotros, ese dejarnos de lado que hemos padecido desde antes de la II Guerra Mundial, como presagiaba el filósofo germano Edmund Husserl, se transfiguró en banalización y vaciamiento al servicio del consumo por el consumo y el mercado, determinando los estamentos de una sociedad sin escrúpulos, donde priva el interés, la gula de mezquindad y sobre todo el afán de lucro, fundamentos del estalinismo económico del mercader que, como toda ortodoxia, se idolatra a sí misma y se venera, pero de la que podemos observar sus efectos, lo hecho principalmente en estos últimos 40 años, con la actual pandemia, donde las personas, para algunos, son ideología, números, estadísticas o efecto colateral, empeñados, a pesar de las evidencias, en continuar con la destrucción del Estado social de derecho**, esclavizando instituciones, favoreciendo intereses, pasando por alto el bien común o los derechos humanos, pasando por alto la posibilidad de convivir. 

No es la crisis económica nuestro principal problema, es una crisis moral -de conceptos, de significados- la crisis que padece un modelo de distribución que ha obligado a algunos a vivir en el límite del hambre; modelo que pretende, con la generalidad de sus acciones, que regresemos a la esclavitud y al reino del señor feudal. 

Nuestra crisis no es de dinero, nuestra crisis es cultural y nos obliga, sobre todo en las actuales circunstancias, a redefinir el sentido de las cosas: quiénes somos, qué es la sociedad, por qué permanecer, cómo sobrevivir.  


*Octavio Paz
**Un ejemplo de este proceder, es el actual gobierno costarricense, no citar uno de ellos, pero ejemplos hay muchos.


*Álvaro Mata Guillé. Poeta, ensayista, director teatral. Síguelo en Twitter: @alvaromataguill

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