El cansancio de los grandes nombres

Foto: Libros & Letras


Por: Álvaro Mata Guillé*

Nuestra época banalizó lo sagrado, vacío el mito, trivializó el lenguaje, dejándose de lado –porque no vende, no se consume o no obedece a la corrección moral ni a lo políticamente correcto– la condición humana –la nuestra, la que nos ha hecho ser–, que inmersa con su animalidad en el misterio, palpándose a sí misma ante la infinitud del universo, preguntaba (extrañándose ante el algo que movía las cosas) por el sol o la luna, que al atravesar montañas y nubes (cansada-cansado) reposaban en el lago, en el espejo de humo; por el viento que asomaba entre las ramas cantando junto al trueno y la lluvia, apegados al rugido que hacía vibrar los adentros de la selva, escondiéndose entre el parpadeo de los árboles, emergiendo del allá, del nosotros, del eco, del relámpago, contrario al desapego y al conformismo nihilista de nuestros días, que presumen un "saber" que no es saber, porque toda respuesta –clasificación o concepto– lleva en sí misma otra pregunta, una no-respuesta, otro misterio. 

Nuestra época suprimió el alma, la idea de persona, la incertidumbre y los vínculos que piensan –se piensan– un rostro. Al eliminar la aparente identidad de las cosas, eliminó también la presencia de la muerte, olvidando (dejándose de lado) que venimos de la ausencia, del antes sumido en el silencio, de lo incierto consumido por el caos, del que hablaba Ovidio y Hesíodo, del narrado por los mitos del Popol Vuh: el lugar sin pájaros, ni peces, ni cangrejos, donde la sombra del mar se extendía al horizonte, internándose en la inmensidad detenida del empíreo, a la que sin duda volveremos: al lugar de ceniza, de estrellas de granito, pero sobre todo, pasando por alto nuestra contemporaneidad, que al confrontar la muerte –como lo ha hecho la bestia-humana desde sus inicios– principia la cultura: principian los símbolos con sus nombres y significados; las cosmogonías que intentaban ordenar las cosas y construir un mundo; la razón, el instrumento que desentraña la bruma e interpreta, bien o mal, el entorno, el ello o la ella, el aquello, buscando un cómo y por qué permanecer. 


Nuestra época suprimió el alma, la idea de persona, la incertidumbre y los vínculos que piensan –se piensan– un rostro.


Quizá, 
la coyuntura actual nos haga recordar esa condición y al recobrar la memoria ligándola a la existencia, nos reencontremos explicándonos otra vez, de otra forma, de otra manera, sabiendo que morimos, que regresamos al lugar sin pájaros, ni peces ni cangrejos y que, paradójicamente, cuando una cultura elimina la muerte (el límite, la percepción del abismo, su “no saber”, el alma, las preguntas, su titubeo) perece como cultura, pues dejó de pensar e interpretar, de verse a sí misma en la enormidad del entorno, dejó de convivir, de buscarse, de palparse y pululan los fantasmas.   

Quizá 
nace ahí la poesía, en el grito, que al romper el silencio que envuelve al entorno, se busca, busca un lenguaje; en la necesidad (el hambre, el desasosiego, el sueño, la extrañeza) que se concilia consigo misma cuando a veces regresa al origen, al mar internándose en la sombra sin tiempo del empíreo, cuando al desnudarnos de lenguaje buscamos otro lenguaje, un allá-un aquí, en el que podamos ser sin nombres, sabiendo de nuestra intemperie, de la orfandad. Pero sabiendo también, que cuando nos atrevernos a dejar los nombres, al menos por un momento, nos conciliamos, con nosotros, con nuestra voz sin voz, pues hay una relación intrínseca entre poesía y libertad, entre poesía y sociedad plural, entre poesía y nuestro principio, entre poesía y persona, que va más allá de la grandilocuencia de los títulos, de la presunción que yace en el balbuceo filosófico y poético, en el cansancio de las ideas y el pensamiento que decae, que nos permite visualizar otro lugar, la otra orilla, allá, aquí, otras identidades, en tránsito. 


*Álvaro Mata Guillé. Poeta, ensayista, director teatral. Síguelo en Twitter: @alvaromataguill


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