Luis Felipe Núñez Mestre: «Tengo una memoria rica en sabores y abandonos»


Luis Felipe Núñez.  Foto: Juan Zarama

Un café en Buenos Aires con Luis Felipe Núñez Mestre


Por: Pablo Di Marco* / Argentina.

¿Alcanza con decir que Luis Felipe Núñez es un buen escritor? No. También habría que agregar que es un tipo entrañable, de esos cuya ausencia se palpa en el aire. Pero para poder describirlo hace falta más. Luis es, también, un personaje que bien pudo haber salido de la pluma de Paul Auster. A fin de cuentas, ¿cuántos escritores ganaron un premio literario de peso con su primer y único cuento? ¿Cuántos escritores conjugan así como él esa rara alquimia de talento y desarraigada melancolía? Les contaré un secreto: me enorgullece ser amigo y lector de Luis Felipe, y con esta entrevista solo busco revivir alguna de las tantas charlas que solíamos tener cuando ambos nos pasábamos las tardes caminando por Buenos Aires, huyendo de bar en bar, entre sonrisas y derrotas.   

—Debido a las particularidades laborales de tu papá, durante tu niñez jamás viviste más de un año en la misma ciudad. ¿Es posible que algo de ese desarraigo se haya trasladado a tu escritura?

LFN: Para mí la condición de nómada es al mismo tiempo una luz y un abismo. A no haber morado definitivamente en ningún sitio le debo una memoria rica en sabores y abandonos. 

—En el minuto uno ya me diste el título de esta charla, Luisito: “Tengo una memoria rica en sabores y abandonos”. Esperá que lo anoto.

LFN: ¡Jajaja! Con que así se siente que apunten las cosas que dices. Mi disposición para el cambio de oficios y casas hace parte de esta misma inercia. El primer recuerdo que tengo de mi vida es del año y algo: justamente de un trasteo con lluvias hacia Barranquilla. Creo que la escritura es el ejercicio de las fantasías que nos obsesionan.


Mi disposición para el cambio de oficios y
casas hace parte de esta misma inercia.



—Acabás de darme otro título. Dale, seguí. Prometo no interrumpir más.

LFN: Interrumpe cuando quieras. En general me cuesta dar respuestas concretas. Te decía que algunas obsesiones no son más que recuerdos que se resisten a ser olvidados. Las mías son el desplazamiento, el despojo, la soledad. Recuerdo bastante esa conferencia de Borges sobre Joyce donde habla del pueblo judío y del libro como patria, y en los escritores de la generación beat que fueron bibliotecas de poemas ambulantes. Quizá de aquí venga mi obsesión por el monólogo. Porque una casa puede ser el borde de un sofá, una colchoneta en la que no cabrían dos personas abrazadas,  una carpa improvisada junto a un río, todo el teatro de Sartre compilado en un volumen de lujo. Sé de quienes son capaces de reconocer a su propio corazón al girar el pomo de una puerta, al besar a sus hijos en la frente o al encender una estufa eléctrica todas las noches durante treinta años. Pero yo carezco de ese don y alguna vez me juzgué por ello. Así entendí que el cuerpo es también, en sí mismo, un albergue de vainas que insisten en el sedentarismo: tristezas, promesas salvavidas etcétera. Ante la ausencia de una morada duradera, intento convencerme de que soy mi propio hogar. Así procuro concebir a mis personajes: unos son habitaciones alquiladas que huelen a limpia pisos de lavanda, otros son camas que no se han tendido nunca o cocinas llenas de moscas.

—El primer cuento que escribiste es “Abrakadáber”. Y ese cuento en 2014 ganó el Premio Nacional de Cuento La Cueva. Siempre me pregunté si aquel premio no tuvo efectos contraproducentes en vos. Digo esto en el sentido de que ganar un concurso prestigioso con el primer cuento escrito tiene algo de quemar etapas, de perderse ese tiempo de experimentación fresca e impune que debe atravesar todo escritor. En fin, siento que lo tuyo fue como casarse y tener hijos antes de cumplir veinte años.

LFN: ¿Sabes lo que es realmente un anillo de compromiso, Pablo?

—Suena como algo espantoso. 

LFN: Es un objeto que, por lo general, un hombre le entrega a una mujer, mediante el cual él propone adueñarse de ella. Se ha escrito mucho sobre las pocas posibilidades que tiene una mujer ante un hombre que la mira con ojos de idiota abriendo una cajita de terciopelo que guarda un anillo brillante.

—Y esa mujer incauta fuiste vos.

LFN: No es mi metáfora preferida, pero sí. El premio de La Cueva fue algo parecido. Yo era más joven que ahora y no había pensado nunca en que cualquier compromiso es la obligación de asumir una identidad permanente. Si mi relación con la literatura fuera un matrimonio, sin duda sería el de la boda obligada: en la foto un chico con el nudo de la corbata hecho por otro junto a una pareja mejor que él. Desde la boda he reescrito “Abrakadáber” unas diez veces y he fracasado en cuentos y concursos por querer superarlo en calidad o prestigio. He aprendido a cabezazos que los premios, al igual que los amores verdaderos —si los hay—, dependen en mucho de la suerte, de ese mismo devenir universal que hace coincidir dos átomos distintos en una hojita de grama: de si tu jurado prelector tenía o no amigdalitis el día en que tomó tu texto, o de si antes de leerlo recibió una mala noticia o un beso. He comprendido que los premios no son la literatura. Que casarse con alguien esperando procurar dinero a su sombra puede ser el argumento para una tragedia exquisita.

—Y comprender todo esto te hizo cambiar tu acercamiento a la escritura y a la literatura.

LFN: Cuando incorporé todo esto pude volver a escribir: dejé de amar a la literatura románticamente y ahora, digamos, vivimos en libertad. Ya no me asusta que pase la noche con otros u otras. Por fortuna nací en un siglo donde los divorcios no escandalizan a nadie. Ahora nos vemos a veces en los parques y tomamos café y nos acostamos en moteles mugres cuando ambos queremos. Una de las oraciones que más me obsesiona de la historia la escribió Shakespeare en Otelo: «¡Oh, maldito matrimonio! ¡Que podemos llamarnos dueños de esas frágiles criaturas y no de sus deseos!”».

—¿Es cierto que estuviste a punto de dejar la escritura después de escribir “Abrakadáber”?

LFN: Ocho días antes del fallo había leído el cuento por lo menos unas cien veces. Llamé a Karen —a quien le debo varias templanzas por haber sido mi compañera por más de ocho años— y le dije que iba a dejar definitivamente la escritura. Yo no había concursado para ganar. Por la cantidad de plata que daba el premio y por quienes habían sido los ganadores pasados, sabía que un pelao de mi edad no tenía la menor chance. Pero el premio prometía publicar a los mejores 25 cuentos y yo no había publicado nunca. Antes de ese cuento, solo había escrito poemas horrorosos. Me los habían rechazado en un curso al que apliqué en el Instituto Caro y Cuervo y en el periódico de mi universidad. No sabía si quería resistir otro rechazo, y nadie me había dicho entonces que la literatura no es una prueba de velocidad sino de resistencia. (Ahora creo que ni siquiera es una prueba, pero esa es otra historia.) Era jueves y daban el fallo el miércoles entrante. Le dije a Karen que iba a estar deprimido ese día. Que fuéramos a comer helado, que me invitara a ver una película que me sacara la tristeza futura de haber fracasado para siempre en escribir. Lo siguiente que hizo ella fue pedir un pote de helado de pistacho por teléfono. Al día siguiente recibí la llamada de La Cueva.

—Dejame que pida dos cervezas para brindar por Karen, que se lo merece. Cambiemos de tema: En 2016 te fuiste a vivir por dos años a Buenos Aires. ¿Qué le aportó Buenos Aires a tu vida? 

LFN: En Buenos Aires aprendí el precio de la sal. Dejé a medias dos maestrías. Lloré solo en la estación de plaza Italia escuchando Mr. Bojangles de Nina Simone. Apreté la mano de Leonardo Padura y abracé a Alex de la Iglesia. Aprendí a echar el I Ching por Carlos Colla. Fingí ser editor de Karolina Urbano para que me admitieran a la UBA.

—Por fortuna y por desgracia puedo dar fe de todo esto que estás diciendo.

LFN: Y hay más. También dejé plantado varias veces a Fredy Yezzed. Jorge Bocanegra piropeó una de mis guayaberas. Memoricé el decálogo del quiosquero perfecto de Néstor Pulido. Supe el significado de la palabra bondage. Me tatué cuatro veces. Andé sin rumbo con los bolsillos vacíos y vi la felicidad. Lloré mucho. Entendí eso de «Palermo del cuchillo y de la guitarra». Probé la marihuana con Carlos Morón la misma noche que me perdí solo en Belgrano y llegué a las puertas del hospital Pirovano —que fue donde trataron a Pizarnik antes de que se matara—. Leí Ulises y las novelas rudas de Faulkner detrás de un mostrador. Compre Los Sorias. Visité la tumba de Ringo Bonavena con Bibiana Bernal. Conocí mujeres que se largaron de mi mesa al escuchar que me ganaba la vida en el quiosco de la esquina del pasaje Russel y la calle Jorge Luis Borges. Escuché de tu boca que un escritor no es más que un conductor de bus, con la diferencia que el autobusero lleva todos los días a sus casas a cientos de personas. Tomé muchos buses desde Thames hacia Caballito repitiéndome «Dulce Támesis, corre calladamente, hasta que acabe mi canto». Entendí que el oficio de escritor es rebelde, en la medida en que se aparta de entender al tiempo como una variable para despejar la producción. 

—Me alegra saber que alguna vez fui capaz de darte buen consejo. Y eso que no nombraste mis lecciones vinculadas al mundo de la quiniela. Mejor sigamos adelante. En 2018 regresaste a Bogotá, y volviste a ganar un concurso de peso, El Premio Ciudad de Bogotá con tu cuento “Frutas de duelo”. ¿En lo que a escribir se refiere, en qué había cambiado ese chico que escribió “Abrakadáber”? 

LFN: De Buenos Aires me traje la convicción de que un escritor es una persona cualquiera. Cuando escribí “Abrakadáber” pensaba en la escritura como una suerte de don. La mesera de la que hablo en “Frutas de Duelo” se llama Rosa Lorente. A ella le debo saber ubicar a Orihuela en el mapamundi. La conocí en la facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Me enseñó a reconocer en mi experiencia de quiosquero un universo digno de narrarse. Porque ambos éramos escritores ejerciendo oficios de batalla: dando la vida por lo que creíamos que podíamos contar. Yo acababa de leer El corazón es un cazador solitario y empezaba por tercera vez ¡Absalón, Absalón! Le debo toda mi escritura a las cosas que he leído y a los amigos que me ha permitido la literatura. De McCullers aprendí que la soledad es un tema de todos los tiempos; solo que el tiempo registrado en la historia se ocupa a veces de la soledad de unos y no de otros. Faulkner es para mí la historia natural de los vencidos. Óscar Pantoja me dijo que la autobiografía de todos los autores mora cifrada en su propia obra. Yo quise que “Frutas de Duelo” fuera una metáfora de mi arrodillamiento ante la imposibilidad de escribir y vivir de eso. Escribiéndolo dejé de ver a la literatura como un oficio privilegiado. Ahora sé que es más como una trinchera de una sola persona.


...algunas obsesiones no son más que recuerdos
que se resisten a ser olvidados.
Las mías son el desplazamiento, el despojo, la soledad. 


—La escritura como trinchera; coincido con eso. Llegaron las cervezas, Luis. ¿Brindamos?

LFN: ¡Salud, hermano!

 —Trabajaste en la Feria de Libro de Bogotá. Si yo fuese uno de los organizadores de la Feria, y te pidiese un consejo para hacer una Feria mejor, ¿qué me dirías?  

LFN: Mira, yo amo esa entrevista de Cortázar en A fondo. Lo recuerdo decir algo sobre la literatura como un territorio embargado por toda suerte de decepciones. Yo he vendido algunas cosas: tintes para el cabello, perros calientes, yogurt, café, licores —y todos estos materiales coinciden en ser menos pesados que los libros—. Cuando trabajé en la feria comprendí que el libro es también un producto y un patrón. Alguno podrá decirme que el libro no es un producto cualquiera porque alimenta, pero en la industria de las manzanas y los mangos quienes cultivan y cosechan no son necesariamente quienes mejor provecho perciben. No sé cuántas personas están dispuestas a pagar más por una ciruela en la que se puso un interés personal. Algunos escritores son afortunados por haber trabajado lo suficiente y se supone que son recompensados con algo que parece el fruto de sus esfuerzos: conferencias, fiestas, invitaciones a programas de radio. No te niego que los envidio. Pero admiro a esas muchachas y muchachos que trafican con colecciones de poemas autopublicados muy humildemente. Unos y otros no son lo mismo, pero a ambos desvive la sola idea de escribir para que otro lea. Una vez le escuché a Gelman decir que ningún escritor trabaja para la literatura sino por la literatura. Y creo que eso es todo lo que hay por decirle a cualquier organizador de ferias de libros del planeta: Safo ha sobrevivido a todos sus editores, distribuidores, comerciantes. Considero que el libro como mero producto no tiene nada que ver con la literatura. Conozco personas que no hubiesen publicado ni de verga Vida y opiniones de Tristam Shandy, por ejemplo. Muchas ferias son eminentemente lugares para la venta. Y si el objetivo principal de la literatura fuera venderse al público se llamaría ganadería. No por nada distinto admiro también a esos santos que resisten y se agremian y publican a autores anónimos a costa de arriendos millonarios y con la pérdida como posibilidad. Los escritores que escriben para no vender se enfrentan a situaciones imposibles. Yo creo que cuando el arte es verdadero, se comercie o no con él, nace de las imposibilidades que impiden su propia aparición.  

—Vos solito me llevaste a una de mis preguntas favoritas:¿Se publica a los mejores? 

LFN: No hay cómo saberlo. No sé si mejor y peor sean categorías que apliquen para el arte. La escritura es una cosa y la publicación es otra cosa…

—No me gusta elogiar demasiado a mis entrevistados, pero… gran respuesta, Luis.

LFN: Gracias. Y solo el alma o la historia saben dónde las dos se encuentran.  A veces pienso en Melville y en Kafka como en dos monstruos inocentes. O en los insomnios de Elizabeth Barrett Browning fingiendo traducciones para poder publicar.  Una de las reflexiones más bellas sobre la publicación que recuerdo la hace Joyce Carol Oates en Del boxeo. La cosa va de que el escritor se prepara como un boxeador para una pelea que se supone que el público va a mirar con las manos en la cara. Puede que al combate asistan solo los familiares de ambos contrincantes. Pero el escritor se prepara sin saber que puede perder o ganar un espacio en la memoria de los hombres y mujeres del futuro. Si gana conseguirá el aplauso, pero tal vez la pelea se olvide en cuestión de semanas. Claro que ilusiona pensar en que uno pudiese escribir una victoria tipo Clay vs. Liston, o una derrota Firpo vs. Dempsey. Pero esas peleas son la juntura de muchas cosas que escapan a las manos magulladas de un solo hombre. Estoy seguro de que ni Firpo ni Ali pegaron en sus rings respectivos para que yo los nombrara en este mismo instante. Y no hablemos de esas peleas clandestinas en sótanos o callejones  que nada deberían envidiarles a las otras, excepto la suerte de haber sido televisadas. Por eso es que, de un tiempo para acá, he convertido en mantra de mi escritura la última frase del prólogo de Los lanzallamas: «Y que el futuro diga».

—¿Vamos con la última? Ya la conocés. Te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. ¿Quién sería y dónde lo llevarías?

LFN: Si este café hubiese sido antes de la pandemia, te hubiese respondido que me encantaría haberme sentado con Flannery O’Connor en su granja de pavorreales, o con Roberto Arlt en su pensión de la calle Olazábal. Pero hoy  aprovecharía la mitad de esa brujería para pasear a Humilda junto a Alonso Sánchez, o para beberme un traguito de cualquier veneno en el Rincón Cubano con J.J. Junieles y los muchachos, o para volver a saludar de beso a Romi, a Manu y a vos antes de una cena generosa en Buenos Aires. 

 —Y que el futuro diga, querido Luis

LFN: Que el futuro diga.



Yo creo que cuando el arte es verdadero,
se comercie o no con él, nace de las imposibilidades
que impiden su propia aparición.  



*Pablo Hernán Di Marco.  Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor, entre otras novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo. Colaborador literario de la revista Libros & Letras 





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