Entrevista a Julián Isaza sobre Cámara oscura


Julián Isaza. Foto: Cortesía


Con frecuencia eludimos aquellas historias que, por entre las grietas, hacen posibles ciertos hechos que consideramos irracionales o ilógicos, permitiéndoles colarse en la realidad. Los relatos que nos entrega el periodista y escritor Julián Isaza en su nuevo libro, Cámara oscura (Rey Naranjo Editores, 2020) nos asustan, nos hacen sentir incómodos, nos producen escalofríos. Con presencias sobrenaturales y enfermedades mentales, ruidos y timbres, pantallas y dispositivos, fechas y cosas, siluetas deformes y caras sin ojos, Isaza crea un rotundo conjunto de cuentos, perfectos para tiempos de pandemia, ansiedades y paranoias. Hoy, una entrevista con el autor para Libros & Letras.


Por: Juan Camilo Rincón*

- ¿Dónde nace la decisión de escribir historias fuera de lo común o alejadas de las realidades cotidianas?

De mis gustos como lector. Siempre me han gustado “los géneros de la imaginación”, como los llama Mariana Enríquez. Siempre me ha gustado ese poder que tiene la literatura de hacer posible lo absurdo, de invitar al lector a una realidad distinta, de plantear y examinar las fracturas de la realidad, de ser extravagante y al tiempo abordar la condición humana. 

La ciencia ficción es todo lo contrario a las realidades que usted relata, por ejemplo, en sus crónicas. ¿Cuál es la clave para moverse en aguas tan distintas?

Lo pongo de esta manera: escribir crónica es como navegar en un río y escribir ficción es como navegar en el mar. En la crónica se tienen los márgenes, las orillas, de la realidad y de allí no se puede uno salir, y se escribe con historias prestadas, con datos, con responsabilidad; en la ficción no, en ella se está en un lugar muchísimo más abierto, sin restricciones y con todas las posibilidades de perderse, con toda la libertad y sin ninguna responsabilidad distinta a la de producir una historia. Entonces la clave es tener claro las condiciones de cada una, entender que la crónica se debe a la verdad, a lo que realmente sucedió; mientras que la ficción se debe a un impulso más privado, más egoísta si se quiere, a la invención. Yo, por ejemplo, no permito que mi lado cronista se inmiscuya en la escritura de un cuento, y menos permito que mi gusto por la escritura de ficción termine transfiriéndose a una crónica.

Uno de los personajes de sus cuentos usa el libro El secreto como guía de su vida; otro, lee las revistas Cosmopolitan y Aló… ¿Por qué lo hacen?

Porque los personajes deben tener vida y eso quiere decir que perciben el mundo a su manera, tienen sus propios problemas, sus ambiciones y, por supuesto, sus gustos. Eso también tiene que ver con lo verosímil. Los personajes no tienen que ser una versión idealizada del autor mismo, porque si lo son se convierten en personajes de cartón, en hombres y mujeres edulcorados y correctos. Y esos detalles –lo que leen, lo que hacen, lo que dicen– son los que les permiten respirar con autonomía, volverse más reales. 

¿Hay elementos del periodismo narrativo que le han servido o ayudado a la hora de crear estos cuentos?

No lo creo. Lo único que tienen en común mis cuentos con mis textos de periodismo narrativo es que ambos usan la escritura como medio para llegar a los lectores, pero el resto es completamente distinto.

Sus cuentos nacen de una premisa irreal que desubica al lector, pero terminan en explicaciones factibles. ¿Cuál es la fórmula para recorrer ese camino sin que los cuentos pierdan fuerza?  

La verosimilitud, que no depende de lo absurda que sea la situación narrada, sino de las reglas internas del relato. Es decir, depende de que se planteen las condiciones necesarias, cierta normalidad que se fractura, para que aquello que estoy contando, como un hombre que es devorado por su propia ropa, o una anciana que tiene un presunto encuentro con un ser de otro mundo, o alguien que es acosado por un niño muerto, sea creíble y posible en el cuento por más extravagante que sea la historia. Si eso no existe, si no se logra fracturar esa realidad de una manera ‘lógica’, el cuento se convierte en un disparate y el lector perderá interés y, seguramente, se sentirá decepcionado. 


Los personajes no tienen que ser una versión idealizada del autor mismo,
porque si lo son se convierten en personajes de cartón, en hombres
y mujeres edulcorados y correctos.




*Juan Camilo Rincón. Periodista cultural y escritor. Autor de Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia y Viaje al corazón de Cortázar.


No hay comentarios.

Con tecnología de Blogger.