Natalia Orrego: “Cuando escribimos es imposible huir de nosotros”



Un café en Buenos Aires con Natalia Orrego


Por: Pablo Di Marco / Argentina

La vida de un escritor es menos apasionante y romántica de lo que se cree. Por momentos, pesan como lápidas las horas dedicadas a buscar esa palabra que no llega, a desenredar oraciones imposibles, a sostener ideas que se diluyen en la nada. Escribir —y aquí lamento decepcionar a buena parte de los lectores—, no es tanto una actividad vinculada a la inspiración y a la aventura, sino al trabajo y al orden. En la gran mayoría de los casos, escribir implica plantarse cara a cara ante nuestros anhelos, temores y limitaciones, y luchar por superarlos, en ocasiones a golpe de puño. Sin embargo, tras mucho intentarlo y en contadas ocasiones, la magia ocurre y el cielo se abre y nos volvemos capaces de escuchar a esa voz que nos permite trasladar al papel todo ese mundo que arde en el interior de nuestra alma. 

Esa luz también se hace presente en los días que anteceden a la publicación de un libro. Es en ese tiempo encantado cuando el escritor vislumbra que todo es posible, e intuye que los años de esfuerzo valieron la pena. Y esta sensación se potencia si nos referimos a la publicación del ansiado primer libro, porque a aquel esperanzado encantamiento debemos sumarle un bienvenido condimento extra: la inocencia. 

Hace años que entrevisto a autores, y hay una pregunta que repito con frecuencia: ¿Qué ganaste y qué perdiste tras la publicación de tu primer libro? Y es llamativo que, en un mundo de opiniones tan divergentes como el de los escritores, las respuestas a esta pregunta sean tan similares. Lo que se pierde es espontaneidad y frescura; o sea: inocencia. Y si para algo me sirvió hacer tantas veces esta pregunta, fue para descubrir que el anhelo de la mayor parte de los autores de trayectoria, es recuperar aquella adorable irresponsabilidad de antaño, esa brisa de aire fresco del primer libro. Esa misma brisa que brota de cada oración, cada párrafo, y cada página de El anuncio, el primer libro de Natalia Orrego.

El anuncio cuenta con un condimento que potencia y enriquece a cada una de sus virtudes: una cuota de madurez estilística y temática infrecuente en un primer libro. ¿De dónde proviene esta rara alquimia de frescura y madurez? ¿Cómo logra una autora, en su primer libro, una conjunción así de compleja e infrecuente? Intuyo que la respuesta gira en torno a innumerables horas de lecturas, escrituras y corrección. 

Y, para mi fortuna, es en este tiempo luminoso cuando me toca sentarme a tomar un café con Natalia Orrego. Inmejorable oportunidad para preguntarle sobre estos temas y tantos más; para conversar sobre cómo transita estos días de encanto, pero que de seguro también esconden en algún recoveco una inevitable dosis de incertidumbre y desconcierto.

—Hace poco te escuché decir que decidiste escribir este libro para cumplir con una promesa. Contame un poco más sobre eso, Natalia.

NO: No suelo hacer promesas porque después me atormenta el no poder cumplirlas. Incluso las que me hago a mí misma.

—Sin embargo…

NO: Sin embargo, a mis trece años, tras la lectura de varias novelas y el desencanto que me provocaron ciertos finales, me prometí que sería escritora. Me dije que si yo escribía, podría elegir el final que yo quisiera. Me ofuscaba mucho con los autores por dar un final distinto al que yo esperaba. Me sentía defraudada. Por suerte con el tiempo lo superé, dejé de enojarme tanto, y empecé a aceptar esos finales. Cumplir la promesa me sirvió un poco para entender a esos autores. Pero también tengo otro tema, pienso que si no somos capaces de cumplir una promesa hecha a nosotros mismos y que sólo depende de nosotros, entonces, no seremos capaces de nada. Y un día decidí empezar a cumplirla, y desde entonces no paré de escribir.

—De seguro la escritura de este libro te permitirá sentir que no le debés nada a esa chica de trece años. Decime, Natalia: escribir no es una carrera de velocidad sino una maratón. ¿Cómo te manejaste con los inevitables momentos de dudas, cansancio y desconfianza? 

NO: La disciplina, la intuición y el respeto son las que me impulsan a seguir. Trato de escribir todas las semanas, cuando no es posible escribir es porque estoy leyendo o tramando algo en mi cabeza. Muchas veces me asaltan dudas respecto a si estará bien o mal lo que escribí, y cuando algo no me convence trato de exprimirlo al máximo llevándolo al límite. Pero si no encuentro la vuelta y algo en mí me dice que no va, no tengo problema en desecharlo y empezar de nuevo. Muchas veces me criticaron por eso, y me han dicho que no tire nada, pero yo me deshago de muchos textos, no soy muy apegada. Otras veces, es esa misma intuición la que me dice que no está tan mal, pero que hay algo que no está funcionando, entonces lo que hago es cajonearlo y dejarlo un tiempo. Va a llegar el día en que lo volveré a sacar y a intentar hasta que salga bien. Es en esos momentos cuando aparece el respeto (o la fidelidad). Puedo equivocarme mil veces, pero respeto lo que siento, trato de ser fiel a ello, y de esa manera al menos no sentiré que defraudo a esa niña lectora de trece años.

El anuncio, como todo buen primer libro, está teñido de esa hermosa inocente irresponsabilidad que anhelan recuperar los autores de trayectoria. ¿Sos consciente de ello? ¿Temés perder esa inocencia?

NO: Sí. Creo que es una de las cuestiones que más me aterra. Hace tiempo siento que perdí la inocencia como lectora, y eso me provoca cierta angustia.

—Te interrumpo un segundo. Acabás de tocar un tema interesante. Porque una de las primeras cosas que pierde un escritor es su inocencia como lector. Así como un director de cine, que cuando mira una película no se puede entregar de lleno al disfrute, ya que está permanentemente pendiente de dónde está colocada la cámara.

NO: Claro. Ya no opino abiertamente sobre un libro como lo hacía antes porque no quiero herir susceptibilidades, y no me refiero sólo al autor, lo digo respecto de los lectores o los fanáticos de determinados autores o libros. Y además, porque sé del tiempo que demanda crear, sea cuál sea el resultado, me guste o no, lo más probable es que ese escritor le haya dedicado horas a la creación de ese libro, como el lector al leerlo. Y, en cuanto a la escritura puntualmente, temo perder la impunidad más que la inocencia. No me creo inocente, pero uno se siente a salvo cuando tiene cierta impunidad y no hay limitaciones. Supongo que tiene que ver también con la responsabilidad que uno asume al sentarse a escribir, primero con uno y una vez que se está camino a la publicación es una responsabilidad que se extiende a un otro. 

—Sin embargo, pese a no privarse de esa cuota de inocencia de la que estamos hablando, El anuncio también cuenta con un grado de madurez infrecuente en un primer libro. Apuesto a que esta madurez proviene de años de lecturas, escritura y corrección. ¿Me equivoco?

NO: Estás en lo cierto. Me tomé mi tiempo con cada uno de los cuentos que incluí en este libro. Hay textos que trabajé años en mi cabeza hasta que me decidí a sentarme a escribirlos, y después seguí trabajándolos en el papel por otro buen tiempo, a algunos hasta los guardé por meses, hasta que los volví a corregir. Dediqué tiempo a pensarlos y a trabajarlos, pero aun así, espero no defraudar a ningún lector y no haberlos sacado antes de tiempo. De todas maneras, sé que aun después de publicarlos, podría pasar que los siguiera corrigiendo infinitamente. O quizá ya sucedió mientras el libro estaba en imprenta, quién sabe.

—Este libro incluye un cuento que quedó entre los diez finalistas (entre casi dos mil participantes) de uno de los concursos de cuento más respetados de Latinoamérica. Contame cómo fue que decidiste participar de ese concurso, y tu reacción al recibir la noticia del galardón. 

NO: Sí, el cuento se llama “La caída”, y quedó finalista en el XIV Concurso Internacional de Cuentos “Ciudad de Pupiales”, 2019, que organiza en Colombia la Fundación Gabriel García Márquez junto con la Gobernación de Nariño. Conocía ese concurso hace ya algunos años, pero nunca se me había ocurrido participar, es más, jamás había participado en ningún concurso antes de ese.

—¿Quedaste finalista en el primer concurso que participaste? Te aseguro que no es algo muy frecuente.

NO: Es que cuando leí las bases sentí que habían sido escritas a medida de mi cuento, y simplemente lo envié. En un principio no se lo conté a nadie y me anoté en la agenda la fecha en que darían el veredicto. Lo mandé en el mes de junio y se sabría el resultado recién en noviembre. Cuando llegó noviembre vi que lo tenía anotado, y esa semana me sentí realmente inquieta, sabía que algo iba a ocurrir. El día que vi mi nombre escrito en el veredicto sentí alegría y tristeza, sentí que al fin había terminado ese cuento y que ya no lo corregiría más. Lo había empezado a escribir cinco años atrás, quizá antes en la cabeza, y lo había corregido ese año con obsesión, quería que quedara bien. Pero también sentí que ese día empezaba algo nuevo. Y eso me puso feliz.


Entregar este libro al editor y luego a las manos de cada lector es, para mí, cerrar una historia y darle comienzo a otra. Perder algo siempre provoca cierta tristeza...


—Conversemos un poco sobre esa tristeza que recién mencionaste. Entregarle un libro al editor es tanto una victoria como una derrota. Y con derrota de seguro entendés a qué me refiero: al vacío que proviene tras el trabajo terminado, al temor a quedar desnudo ante tus lectores, a la incertidumbre que genera el pensar en la escritura de un segundo libro.

NO: Dos cosas: por un lado soy bastante introvertida y por otro le huyo a lo irrevocable, a lo que es para siempre. Creo que cualquier persona que se dedique a escribir va estar de acuerdo conmigo si digo que cuando escribimos es imposible huir de nosotros, a eso que tenemos guardado en el fondo del alma. Entregar mi libro al editor es abrir esa cajita de cristal en donde lo tenía a salvo, y darle vida. Pero para darle vida debí antes darle muerte a esa cajita, destruirla. Y eso es irrevocable. Entregar este libro al editor y luego a las manos de cada lector es, para mí, cerrar una historia y darle comienzo a otra. Perder algo siempre provoca cierta tristeza, pero esa incertidumbre que mencionás es lo que me devuelve a su vez a la vida y me despierta la curiosidad de querer saber cómo seguirá esto. Si seré capaz de comunicar eso que tenía muy dentro mío, si servirá para algo, si finalmente cumpliré con ese propósito que tanto me atormenta que es que mi vida valga más que mi muerte. Y si no suelto nunca lo sabré, aunque sea doloroso, no me queda otra opción si quiero seguir adelante. 

—¿Y qué podés decirme con respecto a la incertidumbre que te puede llegar a provocar el pensar en un segundo libro?
 
NO: No la tengo. Ahí en donde otros quizá ven un problema, yo veo una solución, siento que el reloj se puso otra vez en cero y que tengo todo el tiempo del mundo para escribir el siguiente libro. Soy muy paciente con eso. De todos modos, ya tengo varias ideas en camino, sólo me queda seguir mi intuición, ser fiel a mis deseos, y seguir por ese camino para no defraudarme.

—Vamos con la última pregunta de "Un café en Buenos Aires", Natalia: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. ¿Quién sería?  

NO: Invitaría a Silvina Ocampo a mi casa a charlar y a tomar café. Dicen que las comidas de Silvina eran bastante malas, y que su café no era mucho mejor. Creo que ese gesto podría ser el principio de una gran amistad. Se me ocurre que, tras el último sorbo, diría que finalmente el suyo sabe mejor, que se lo contará a Bioy y a Borges la próxima vez que critiquen el suyo con malicia.

—¿Y qué pregunta le harías a Silvina?

NO: Le preguntaría si alguna noche lloró por Bioy, y si cada una de esos horribles cenas que dicen que le prepara, no es acaso una pequeña venganza diaria.




El anuncio
Natalia Orrego 
(Editorial Azul Francia).



*Pablo Hernán Di Marco.  Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor, entre otras novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo. Colaborador literario de la revista Libros & Letras 

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