Relato: Abismos en el espejo



Por: Angélica Villalba Cárdenas*


4:00 a.m. Suena el despertador y he dormido poco. Abro los ojos y veo el horario de hoy, las citas del día. Salto de la cama al clóset, busco los tenis y prendo el computador. Tengo 45 minutos para terminar la rutina, 44 para ser exacta, porque me demoré 59 segundos en escoger los zapatos apropiados para hacer cardio. Entreno como bestia, mientras miro el espejo y otra vez, las piernas heridas con rasguños subiendo desde los tobillos hasta las rodillas. Son unas líneas finas, rojas y desordenadas. Desconozco quién me lastima, pero no tengo tiempo de averiguarlo.

Las pulsaciones aparecen en el reloj digital: 120 por minuto ¡Maldita sea! El corazón traiciona hasta a los que se jactan de tener el control de su vida, estoy segura, por eso pongo las manos sobre el pecho para detener ese huracán cardíaco. Me aplico la crema hidratante sobre los arañazos de mis piernas, ahora convertidos en delgadas costras y siento como arde la piel desde adentro. Cierro los ojos para manejar el dolor, disminuirlo, transformarlo en una sensación placentera.

Intento peinarme, pero la impaciencia cae en forma de pelo negro sobre el piso del baño. Luego descubro espacios vacíos en mi cabeza. Estos círculos son abismos hacia el interior de mi cordura. A veces pienso que las frustraciones y envidia de algunos compañeros de trabajo quieren lastimarme. De ahí los rasguños… 

 

"Al terminar la mañana, mi cara es gobernada por una sonrisa de dientes afilados, iguales a los de un tiburón hambriento de prestigio."



Sé que debo llegar a la oficina temprano para organizar la presentación. Me hago una moña para disimular miradas y rumores. Ya en el carro repaso el discurso, memorizo algunas frases, las más importantes para darle dramatismo a la presentación. Conduzco muy rápido por la autopista, no lo hago porque esté retrasada, es otra persona quien hunde el acelerador.

Tengo tres reuniones con clientes y proveedores, una tras otra, sin descanso. Al terminar la mañana, mi cara es gobernada por una sonrisa de dientes afilados, iguales a los de un tiburón hambriento de prestigio. Mis jefes aplauden los cinco negocios cerrados y, de nuevo, soy la estrella de la firma; sin embargo, siento el vacío, la nada. Entonces, un impulso me lleva hasta el espejo, de cuerpo completo, ubicado en el baño del último piso de la empresa. El lugar oculto, íntimo, mío.

Bajo el pantalón para verme los arañazos y ahora suben, en líneas rectas, por mis muslos. Luego suelto la moña y el reflejo muestra nuevos abismos, por eso, saco del bolso la afeitadora que compré hace unos días en el supermercado y, al moverla, disfruto el paso de la cuchilla sobre el cuero cabelludo.  El pelo débil cae al piso, despacio, como un perdedor. Al mismo tiempo, ella, la locura, me susurra al oído: “Este es el precio del éxito, qué más da”.



Ilustración Sofía Solórzano (@sofiaenletras)
 
*Angélica Villalba Cárdenas. Periodista. Ganadora del Primer concurso de relato y poesía creativa Libros & Letras. (
angelicavillalbac)

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