Un café en Buenos Aires con la escritora Yamila Bêgné


“A veces una hora parece un año: ¿cómo se escribe eso, con qué recursos?”


Por: Pablo Di Marco*

Mi deseo de conversar con Yamila nació a poco de comenzar la lectura de su última novela: La máquina de febrero (Leteo). Aún no sabía si el libro me enamoraría, pero comprendí de inmediato que me encontraba ante una autora de escritura certera, cuidada, trabajada sin apuro hasta el último detalle. En fin, una escritura que camina a contramano entre tanta ansiosa improvisación que nos rodea. Bien dice Sancia Kawamichi en la contratapa del libro: “La prosa de Yamila Bêgné  alcanza la belleza buscando, siempre, la precisión, como si entendiera que la poesía es, entre tantas otras cosas, la forma más extraña de la exactitud”. 

—Ya no sos una chica que anhela que algún editor le responda un mail sino una autora con varios libros publicados. ¿El mundo editorial resultó ser aquello antes intuías? ¿Qué aprendiste? ¿Te desilusionaste mucho?

Aprendí que publicar sigue siendo difícil. No sólo el mero hecho de llegar al papel, por decirlo de alguna forma, sino también todas las etapas que median entre un manuscrito y un libro y su lectura. Son siempre procesos complejos. Aprendí también que el mundo editorial es muchos mundos distintos: a veces un mundo te desilusiona, sí, pero después otro te acompaña y te anima.

—Realizaste una beca en la Universidad de Iowa. ¿Cómo te surgió semejante posibilidad? 

Me postulé al programa de la Universidad de Iowa a través de una convocatoria abierta, y luego de un par de intentos, se dio.

—Intuyo que habrá sido una gran experiencia, pero ¿te sirvió para escribir? Yo creo que, en caso de tener semejante oportunidad, la disfrutaría un montón, pero no escribiría ni dos páginas. La experiencia me indica que comodidad y escritura no son buenos compañeros.

Allá escribí mucho; de hecho, ya estaba trabajando en La máquina de febrero, la novela que acaba de salir por Leteo. Es cierto que había muchas otras cosas para hacer: ciclos, charlas con colegas, clases, bares y happyhours. Pero resulta que la Universidad de Iowa tiene una biblioteca increíble, y la sección de ciencias ocultas es amplísima: ahí pasé muchas mañanas de esos tres meses, investigando para la novela. Eso me aseguró las horas diarias de escritura allá. Además, soy fanática de las rutinas, también hay que confesarlo.

—Sos definitivamente más aplicada que yo. Cambiemos de tema: Dictás talleres literarios, ¿por qué creés que hay tanto apuro por publicar? 

De nuevo, creo que pasan muchas cosas con las ganas de publicar. A veces, sí, son desmedidas. Pero también, creo, hay búsquedas detenidas y pacientes en la escritura.

—Voy a ser antipático: ¿No creés que se está publicando demasiado?

No sé si se está publicando demasiado; mucho sí, seguro. Pero no me parece para nada que sea un problema. Quienes escribimos escribimos libros, más o menos trabajados y pensados, con más o menos circulación, pero libros. 

—En lo que a escribir se refiere, ¿qué ganaste y qué perdiste del primer libro a hoy?

Gané apertura, gané agua, permeabilidad. Arranqué con un lenguaje que tendía al control, a la cuantificación, aunque yo leía ahí un intento (demasiado afanoso) por dar cuenta de elementos más blandos: emociones de los personajes, atmósferas, sensaciones. Creo que, de a poco, ese afán se fue soltando. Hay, entonces, algo así como una libertad paradójica: es porque insistimos tanto en los límites que finalmente se rompen. En contraparte, perdí esa cuadrícula con la que veía el mundo para escribir: unas fórmulas que de tan ridículas resultaban productivas. Casi nunca extraño esas geometrías, pero a veces sí: de alguna manera, constituían una lógica completa en sí misma. 

—Leí algunas entrevistas tuyas. Noté que, a la hora de referirte a tu escritura, usás a menudo la palabra “precisión”. Para mí la buena escritura es inevitablemente precisa, pero creo que corre un riesgo: caer en cierta frialdad. ¿Coincidís conmigo? ¿Es posible conjugar exactitud y pasión?

Coincido con vos, especialmente pensando en lo que conversábamos antes sobre el control y la cuantificación. Pero cuando escribimos, la pasión también tiene que ser precisa. Como una canción de Charly: precisa en el amor y en la desesperación, precisa en su particularidad y en sus detalles. Sin la precisión, el lugar común está siempre demasiado cerca.

—Hablemos un poco de La máquina de febrero. Me llama la atención como, entre tanta bienvenida precisión, fuiste capaz de permitirte cierta experimentación. Me imaginé divirtiéndote durante el pasaje donde jugás con los tiempos, con la circularidad del lenguaje.

Sí, me divertí. De algún modo, esas zonas más experimentales vienen, para mí, de esos esfuerzos extra formales que te comentaba antes, y que había trabajado en mis primeros relatos publicados. Pero en un arco más amplio, como el de una novela, se convierten en eso: en una arista más, en un pliegue que suma pero que no tapa. Además, el recurso no puede ser gratuito: tiene que dialogar con la estructura general de la novela, con sus obsesiones, con los personajes. El trabajo con esa sección de La máquina de febrero fue por ese lado: los ciclos de repetición temporal me parecieron el mejor recurso para narrar lo que tenía que narrar, pero sin enunciarlo.

—Y ya que estamos hablando del tiempo… ¿qué es lo que tanto te obsesiona del tiempo? 

Siempre me obsesionó el tiempo. Es una de esas ideas/conceptualizaciones/sensaciones/inexistencias que se pueden pensar y escribir desde tantos ángulos distintos que sí o sí nos terminamos obsesionando. Me interesa especialmente ver de qué modo el lenguaje puede, justamente, emular las formas del tiempo, no sus contenidos. Es decir, a veces una hora parece un año: ¿cómo se escribe eso, con qué recursos?

—Me trajiste a la mente esa frase que dice que los años corren rápido mientras los días pasan lento. ¿Escribir te ayuda a aliviar obsesiones?

No sé. Más bien ayuda a tenerles más cariño, a recorrerlas, y a irlas transformando con el tiempo.

—La edición de Leteo es bellísima. Contame qué te pasó cuando tuviste el libro por primera vez en tus manos.

En tiempos de pandemia, camino a todos lados. Así que fueron casi dos horas de caminata para buscar los primeros ejemplares. En las manos me pesó primero el color, antes que las páginas: el peso específico del lila de la portada, del violeta del interior: el color como forma de la narración, y también como un amor. Y luego fui dando vuelta las páginas: hay un ritmo distinto que se arma en el libro como objeto, diferente al que había sentido trabajando cuatro años en el formato de Word. Con los grabados de Andreas Cellarius como apertura de cada parte, la estructura se vuelve palpable, y ocurre una pausa. La edición es bellísima, sí, y también fue así el proceso de edición con Christian Kupchik: él arma uno de esos mundos editoriales únicos, que te animan y te acompañan.

  —Vamos con la última, Yamila: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.

A David Bowie. A algún bar con mesitas a la luz del día, para poder mirarlo bien. El problema es que ni siquiera después de la tercera cerveza me animaría a preguntarle algo. Pero, en mi cabeza, la pregunta sería: ¡¿Cómo?! ¡¿Cómo?!

—Antes nombraste a Charly. ¿Qué canción de Charly te gustaría que suene de fondo mientras tenemos esta charla?

“Love is love” de La hija de la lágrima.

—Esa que dice: “Donde estoy ya no existe reloj, ya no existe la arena”. Ideal para que sigamos pensando el tiempo. ¿Te parece bien que después sigamos con “Reloj de plastilina”? En una parte dice: “Nadie pudo ver que el tiempo era una herida, lástima nacer y no salir con vida”. 

Y acá les dejo el enlace de la canción que nos acompañó durante parte de la charla:




La máquina de febrero
Yamila Bêgné 
Editorial Leteo
Disponible en todas las librerías de Argentina.


Foto Yamila Bêgné por Umar Timol


*Pablo Di MarcoDesde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor, entre otras novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo. Colaborador literario de la revista Libros & Letras 

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