Los precipicios del alma. Reseña de Los abismos, de Pilar Quintana

 


Los abismos, la más reciente novela de Pilar Quintana que le mereció el premio Alfaguara de novela 2021, atrapa por su ritmo y narración envolventes que hacen que una como lectora no quiera soltar el libro hasta terminarlo. A la convocatoria del premio se presentaron 2428 manuscritos provenientes de todos los rincones de América Latina y también de España.


Por: Mariana Serrano Zalamea*

Sobre la novela galardonada dijo Irene Vallejo, autora de El infinito en un junco, que «Entre la lucidez, la inocencia, el suspense y los laberintos del deseo, traza un mapa inolvidable del desgarrador camino hacia la libertad». Y el presidente del jurado, Héctor Abad Faciolince, reflexionó: «¿A qué abismos se asoma una niña todavía atónita ante los misterios de la familia y del mundo? Su piso es una selva, su hogar un supermercado, su país unas montañas cubiertas de niebla que oculta precipicios. Así el lector se abisma en los abismos de Pilar Quintana».

En Los abismos la autora juega con la polisemia de esta palabra: remite a los precipicios reales que enmarcan la carretera al mar y a los metafóricos que nos conectan con los umbrales que viven los seres humanos en situaciones límites, en profundidades psicológicas aterradoras que nos hacen conectarnos con la muerte más que con la vida.

Es evidente que esta escritora caleña (1972) ha consolidado una poética que ya se había hecho manifiesta en La perra, su anterior y premiada novela: una narración entreverada con descripciones magistralmente logradas que generan atmósferas potentes, un lenguaje escueto, limpio y ágil que, por eso mismo, tiene una nitidez poética, un cuidadoso trabajo de escenas que configuran una escaleta de acciones y que reflejan su formación y su experiencia como guionista que piensa en imágenes.

La novela parte de ver a la niñez como el lugar de la vida que se ve empañado por maternidades y paternidades mal resueltas y por temores atávicos, incluso fantasmagóricos, que se enlazan con los reales. La historia configurada por Quintana se ubica en un hilo temporal que responde a los recuerdos de Claudia y su infancia, protagonista de la novela, pues a partir de ella conocemos a los otros personajes de la historia. El contraste espacial entre la ciudad de Cali, en donde está el apartamento de Claudia y sus padres, el supermercado, el club social y las propias calles tapizadas de árboles y el río y la finca de la montaña, son una muestra de la maestría de esta escritora para configurar atmósferas y ambientes que sitúan a los lectores en los lugares donde se despliega el relato.


«Como lo dice Quintana, sus personajes femeninos son fuertes y llenos de aristas. Se escapan a lo convencional, exploran los umbrales y límites de la psicología y las situaciones vitales.»

Quien cuenta y vive el relato es la voz de Claudia que proviene de la introspección conectada con la memoria; hace pensar en la recuperación de la piel, las emociones y los pensamientos de una niña, y adivinamos que esa narradora relata desde la distancia de una mirada adulta. Además, los diálogos que crea Quintana recuperan la frescura y la contundencia de la mirada infantil. Nos recuerda a escritores como Emma Reyes el recrear su miserable niñez en Memorias por correspondencia o en J. M. Coetzee en Infancia y sus descripciones detalladísimas de sus primeros años, dos muestras de piezas ejemplares en la escritura sobre los primeros años de la vida. El conflicto fundamental es que la niña se siente “abandonada” aunque las palabras de los adultos digan lo contrario: una mamá linda y ausente, un papá triste y adicto al trabajo, una infidelidad que saca a la luz todos los conflictos soterrados que desatan un temor muy grande por parte de Claudia de perder a su mamá.

Y, adentrándonos más en esa mamá distante, aparece acá el trabajo cuidadoso de configuración de personajes que logra Pilar Quintana: así como sucede con Damaris en La perra que se transforma de un ser que adora al animal a un ser que vuelca en ella sus frustraciones y rabias, así asistimos a las transformaciones de la vida de Claudia, la madre: sus días pasan de efímeros entusiasmos a desánimos recurrentes.

Por otro lado, está Paulina, la muñeca, que cumple el papel de ser una especie de “alter ego” de la niña Claudia: es la principal compañía para la solitaria niña, es quien asume un gesto ventrílocuo con el que osa nombrar lo innombrable, es quien cobra vida acercándola a la muerte. Es un personaje misterioso e incluso perturbador. Este es, tal vez, el elemento que la propia Quintana nombra como el ingrediente de gótico tropical que tiene la novela (lanzamiento del libro en Bogotá el pasado abril). Sumada a la fantasía en torno al Viruñas, personaje de la cultura popular fantasmagórica, Paulina sintetiza los miedos que atormentan a la solitaria niña Claudia.

Todos los hombres de la novela están muy bien logrados. En esa ausencia sufriente, en esas corazas que han tenido que asumir las masculinidades en nuestra cultura castradora. Su padre quien quedó huérfano pues su mamá murió cuando lo trajo al mundo. Tal vez, por eso mismo, lo vemos a través de una mirada benévola de la niña que sabe que él la acompaña en largas caminatas por el río, por San Fernando, por el barrio del supermercado, que suben hasta la estatua de Belalcázar desde donde divisan esa Cali salpicada por la mancha de los gualandayes violetas y rosados, por las ceibas y la naturaleza que solaza a sus habitantes del calor penetrante. Gonzalo y Patrick son los otros dos hombres que despiertan la ilusión y la posibilidad de escaparse de Claudia mamá. El primero, epítome de la caleñidad que ensalza los cuerpos esbeltos y musculosos que despierta sus deseos y fantasías eróticas; el segundo que queda en el recuerdo como el amor que pudo haberla apartado de la vida plana y aburrida que vive en la ciudad, que la pudo haber sacado de una vida predecible y llena de lugares comunes.


«Todos los hombres de la novela están muy bien logrados. En esa ausencia sufriente, en esas corazas que han tenido que asumir las masculinidades en nuestra cultura castradora.»

Como lo dice Quintana, sus personajes femeninos son fuertes y llenos de aristas. Se escapan a lo convencional, exploran los umbrales y límites de la psicología y las situaciones vitales. Están Amelia y Gloria Inés, cuñada y prima de Claudia mamá. Amelia, esa tía cercana y presente para la niña que luego también se desvanece. Amelia es la adulta con la que la niña Claudia conecta, conversa y se siente reconocida. Gloria exacerba los temores de nuestra protagonista pues a través de ella se asoma a la presencia de la muerte.

Esta es una novela de atisbo a los abismos, como lo explicita Quintana en una entrevista para Libros & Letras: “El miedo a la orfandad, a las alturas, a la neblina y a la propia oscuridad”. Los abismos psicológicos traslapados con los del territorio aledaño a Cali. Esos precipicios del alma que le dan un carácter universal a los personajes de Quintana al reflexionar sobre temas cruciales de la existencia como la muerte, el suicidio, el abandono, el deseo, las cárceles sociales y la niñez expuesta en carne viva a todo ello.


*Mariana Serrano Zalamea. Traductora, profesora y editora independiente.


📷Foto libro Los abismos: Libros & Letras

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