Un café en Buenos Aires con el escritor Óscar Godoy

Pablo Di Marco y Óscar Godoy

«Tengo un recuerdo muy grato de las pequeñas editoriales que me acogieron con generosidad en momentos críticos»


Por: Pablo Di Marco*

Son muchas las razones para conversar con Óscar Godoy; algunas son urgentes, otras importantes. Tal vez las urgentes tengan que ver con que su más reciente libro obtuvo uno de los premios de novela más trascendentes de Latinoamérica. Tal vez lo importante se vincule al largo camino que Óscar debió recorrer para merecer tal galardón. 

Aunque intuyo que con Óscar poco nos importó todo esto al momento de sentarnos en un bar cualquiera de Buenos Aires. Nos bastó con pedir un café y dejar que la charla fluya por sí misma, a veces lejos de lo urgente y lo importante, siempre cerca de nuestros intereses y pasiones.  

—Tengo algunos temas para que conversemos antes de zambullirnos en tu novela Te acuerdas del mar. ¿Te parece bien?

Muy bien. Adelante.

—Sé que viviste en París. ¿Qué le otorgaron esos años a tu escritura?

En París tuve la primera oportunidad de explorar en serio el quehacer literario. Mientras viví en Bogotá, cursando la carrera de comunicación social y periodismo, la escritura de ficciones me apasionaba pero era un oficio más bien clandestino y marginal. Leía mucho y desordenadamente, y me había deslumbrado con autores y obras de los que escuchaba hablar en las charlas de amigos, pero el convertirme en escritor no era algo que estuviera en mi plan de vida. En París, de repente, por primera vez pude dedicarle días y meses completos a escribir, a leer y a estudiar la literatura, hice parte de grupos de escritores en ciernes que se reunían a discutir sus textos, y me dejé seducir por el encanto de vivir entre las palabras. Podría decir que los tres años en París me abrieron el mundo de la literatura, al lado de muchos otros mundos, pero a mi regreso aún no estaba seguro de que aquello sería mi vida.

—Me estoy acordando de algo que alguna vez le escuché decir a Vargas Llosa: Que él recién se comprendió a sí mismo como latinoamericano el día que se fue a vivir a París. ¿Te pasó algo así?

Para mí París fue ante todo una experiencia personal. No tenía beca ni ayudas por el estilo, así que me descubrí capaz de sobrevivir en el rebusque diario, en trabajos mal pagos (pegar afiches, hacer acarreos, ser conductor de auto), en urgencias que no te imaginas, y seguir adelante a pesar de todo, sin perder el entusiasmo. También descubrí las posibilidades de la solidaridad, de la hermandad que nace en medio de las carencias materiales, del apoyo entre colombianos, entre latinoamericanos, e incluso con los franceses. Dos de mis empleadores, ahora que recuerdo, fueron argentinos.

—Es que nunca falta un argentino, Óscar. A veces para bien, otras veces… no tanto.

En los grupos que frecuentaba había peruanos, chilenos, argentinos, venezolanos, centroamericanos, gente siempre dispuesta para compartir una comida, una risa, un contacto de trabajo, un vino. Aprendí mucho de mí, de lo que era capaz de hacer, y también del valor de la amistad.

—Sos profesor de Creación literaria en la Universidad de Bogotá. ¿Qué diferencia notás entre los alumnos que se inscribían veinte años atrás con los que se inscriben hoy? ¿Escriben mejor? ¿Leen más? 

La chispa siempre es la misma. El entusiasmo, la sed, los ojos brillantes ante un buen cuento o una novela. El afán de escribir lo mejor posible eso que cada quien trae por dentro. Cambian los recursos tecnológicos, cambian las épocas y las circunstancias, pero una de las maravillas de mi experiencia es comprobar que cada nuevo grupo de estudiantes llega con idéntica emoción y curiosidad. Quienes deciden tomar un taller o una carrera de creación literaria lo hacen por convicción, no por alguna presión social o familiar. Y en esa medida, siempre encuentro estudiantes con la mejor motivación para emprender sus procesos. 

—¿Cómo los afectó la invasión de pantallas y pantallitas que los rodea de modo permanente?

Hoy, por la pandemia, los cursos son virtuales, y eso altera un poco las formas, pero no lo significativo de estos espacios. Extraño el calor humano de las sesiones presenciales, pero eso no impide que desde la pantalla sienta esa misma disposición, y que todos lean y escriban con gran entusiasmo. 

—De esa universidad provienen un buen número de muy buenos escritores colombianos. Nombrame a algunos de ellos, por favor.

Como bien sabes, el Taller de Escritores de la Universidad Central (TEUC), que en junio próximo cumple cuarenta años de fundado por el maestro Isaías Peña Gutiérrez, es tal vez el taller de mayor trayectoria en Colombia. Yo tengo la fortuna de estar acompañando a Isaías como profesor desde hace veinte años, es decir, la mitad de esa historia, y te puedo decir que la lista de escritores que han pasado por ese espacio es muy larga. Tenemos un registro de más de trescientos autores egresados del TEUC con premios ganados dentro y fuera del país, y con innumerables publicaciones en cuento y novela. Andrés Mauricio Muñoz, Carolina Cárdenas, Jerónimo García Riaño, Juan Álvarez, Andrea Salgado, Manuel José Rincón, Itzel Guevara del Ángel, Nahum Montt, Sonia Ramón, Jorge Franco, Gloria Inés Peláez, José Manuel Rodríguez, son apenas algunos nombres que me vienen a la mente, pero la enumeración podría continuar por mucho rato. Y si a esto le sumamos el Pregrado y la Maestría de Creación Literaria, que iniciaron en 2010 y 2013, respectivamente, la lista de nombres sigue creciendo. Megan Melo, por ejemplo, es una joven egresada del pregrado que ganó un importante premio literario en Colombia (el Premio Nacional de Novela Nuevas Voces Emecé-Idartes 2016) con la obra que escribió como tesis de grado. 

Óscar Godoy e Isaías Peña

—Nombraste a mucha gente querida y talentosa. Y ni que hablar del Maestro Isaías Peña. Decime, Óscar, ¿cuáles es la mayor enseñanza que recibiste de tus alumnos?

Cada grupo me enseña algo, me plantea nuevas preguntas y nuevos retos. El arte literario es inagotable, y en esa medida siempre habrá algo nuevo que explorar en las sesiones de clase. Tal vez un gran privilegio de los escritores que hacemos docencia en este campo es que lo que hacemos retroalimenta constantemente nuestra labor creativa. Por eso yo creo que, aparte aprender cada día, lo mejor que me deja esta labor es una conciencia siempre renovada de las maravillas del oficio.

—Sos un escritor con un buen recorrido tras la espalda. ¿El mundo editorial resultó ser aquello que años atrás intuías? ¿Te desilusionaste mucho?

Hasta el Premio de la Revista Ñ Ciudad de Buenos Aires, mi experiencia había sido principalmente con editoriales pequeñas. Tengo un recuerdo muy grato de esas editoriales, que me acogieron con generosidad y le dieron impulso a mi obra en momentos críticos. Pero esas publicaciones lamentablemente no llegaron a un público amplio, por las limitaciones logísticas y de distribución que suelen presentarse en nuestro medio editorial. Como bien sabes, el gran sueño de un escritor es lograr que lo lea mucha gente, así que hice varios intentos para llegar a editoriales de mayor peso, algunos de los cuales alcanzaron a ilusionarme pero luego se frustraron.

—Hasta que llegó el Premio Ñ.

 Claro. La experiencia del Premio de la Revista Ñ ha sido como un cambio de época. Con Patricia Somoza, la editora de la novela, hicimos un trabajo muy juicioso, muy profesional, que permitió afinar el texto y ofrecerlo de la mejor manera a los lectores. La novela ya circula en Buenos Aires, y en agosto próximo estará en las librerías colombianas.

—Ahora sí, metámonos de lleno en Te acuerdas del mar. ¿Por qué te decidiste a participar en un concurso literario de Buenos Aires? ¿Qué espacio ocupa la literatura argentina en tu vida?

La primera vez que escuché hablar de este premio fue cuando lo ganó Betina González, escritora argentina egresada de la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad de Texas en El Paso, la misma que yo cursé unos años después de ella.

—Sí, recuerdo. En 2006 premiaron su novela Arte menor.

Y luego, cuando lo ganó Daniel Ferreira, me volví a fijar en este premio. Me llamaba la atención la seriedad del concurso, el cuidadoso proceso de selección y el renombre que tiene a nivel hispanoamericano, así que, cuando tuve la versión final de Te acuerdas del mar, no dudé en enviarla. No te imaginas la emoción cuando supe que mi novela estaba entre los finalistas.

—Te cuento una anécdota en relación a Daniel Ferreira. Al día siguiente de la premiación de su libro, fuimos a almorzar a una pizzería. A la hora de pagar la cuenta el mozo me dijo que éramos invitados de la casa. Cuando le pregunté a qué se debía la gentileza, el mozo me dijo: “Nos honra contar con la presencia del señor Ferreira, ganador del Premio Clarín de Novela”. Jamás olvidaré la cara de feliz sorpresa de Daniel. 

¡Buena anécdota, Pablo!

—Pero no te me escapes. Antes te pregunté qué lugar tiene la literatura argentina en tu vida.

Siempre he tenido un contacto muy grato con la literatura argentina. No olvido la maravilla de mi primera lectura de Rayuela, o de los cuentos de Borges y del mismo Cortázar, en mis años universitarios, que me abrió caminos impensados en aquellos días. Luego ha venido un largo número de autores que me han deslumbrado, como Manuel Puig, César Aira, Samanta Schweblin, Betina González y tantos otros, que me hablan una y otra vez de un país de escritores, de escritura seria y potente. 

—Volvamos a Te acuerdas del mar. Con la literatura colombiana que gira en torno a la violencia me sucede lo mismo que con la literatura argentina que gira en torno a la dictadura: creo que, ya bien entrado el siglo XXI, es un tema que precisa ser encarado desde una nueva perspectiva. Y ese es justamente uno de los tantos méritos de tu novela: analizar el drama no a través de la sangre sino a través de la amistad. 

Lamentablemente la violencia es algo que sigue vigente en la realidad colombiana de hoy. La vemos todos los días, y por eso es difícil que el escritor tome distancia. Sin embargo, ese es el esfuerzo consciente que hice en esta novela. En primer lugar, Te acuerdas del mar no hace referencia a un momento histórico en particular, sino que más bien intenta ser una metáfora de una situación que ha sido constante en la historia de este país: la manera como cada proceso de paz resulta traicionado y se convierte en el germen de un nuevo ciclo de violencia. En segundo lugar, y lo más importante, si bien ese es el telón de fondo de la trama, lo que intento explorar es la intimidad de un grupo de personajes marcados de distintas maneras por esa violencia. Al tiempo con una mirada sobre el absurdo de la violencia, la novela intenta mostrar cómo los lazos del afecto, la ternura y la solidaridad nacen al mismo tiempo con el dolor, el desgarramiento y la pérdida.



—Toda novela es fruto del trabajo, sin embargo hay una primera chispa que suele surgir de modo casual o incluso mágico. ¿Qué originó la primera chispa que te llevó a escribir Te acuerdas del mar

Esta novela nació de una imagen que me vino a la mente durante una conversación casual. En alguna reunión, alguien contó cómo las personas desmovilizadas de grupos armados mantenían a su pesar los hábitos de la clandestinidad: variaban sus rutas, miraban por encima del hombro, se mudaban de casa con frecuencia, desconfiaban hasta de su propia sombra, les costaba adaptarse a la vida al descubierto, cosas así. Pensar en un personaje con esos hábitos fue la chispa que lo encendió todo, pero la novela fue mucho más allá de esa imagen inicial, a medida que fui profundizando en lo que podría haber detrás de un personaje como ese. 

—El camino de un escritor suele estar hecho de anonimato y silencio, sin embargo esta novela te obligó a dar un paso al frente y te puso en la tapa de los diarios de Argentina. ¿Cómo lidiaste con esos días de hermosa locura que viviste en Buenos Aires?

La de Buenos Aires fue una experiencia inolvidable. Cuando los organizadores del Premio Clarín de Novela me invitaron a la premiación, se cuidaron bien de decirme que había ganado, así que llegué con la idea de que nos habían invitado a todos los finalistas, sin mayores ilusiones sobre el premio. Luego, en ese evento tan luminoso y feliz, supe que había ganado el Premio Ñ y esa emoción no puedo describirla. En los días siguientes vinieron las entrevistas y demás, junto con toda la atención mediática tanto en Argentina como en Colombia, algo de lo que no fui totalmente consciente en ese momento y solo vine a procesarlo con el paso del tiempo. Por supuesto que fue grata toda esa conmoción, y disfruté como nunca esos días de alta intensidad en Buenos Aires, pero al final lo que más me interesa es completar el ciclo, es decir, que la novela llegue a muchos lectores para que podamos compartir impresiones sobre la historia y sus personajes.

—Ojalá vuelvas pronto a Buenos Aires, de seguro la próxima Feria del Libro será una gran oportunidad. Vamos con la última, Óscar: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. 

Invitaría a Mijail Bulgakov, ese escritor ruso que escribió la que para mí es un portento de novela, El maestro y Margarita.

—¿Y qué te gustaría preguntarle?

 Óscar: Le preguntaría cómo hizo para concebir esa posibilidad de que el diablo descienda sobre Moscú y empiece a realizar diabluras, hasta acabar rescatando a un pobre escritor en desgracia. Esa conexión entre lo fantástico y lo real, no exenta de humor y de cinismo, me interesa mucho para una novela que estoy escribiendo, y creo que Bulgakov podría ser un contertulio muy ameno y oportuno para tomarnos un café. 


Te acuerdas del mar 
Óscar Godoy Barbosa. 
Editorial Alfaguara. 
283 páginas

Ganadora del Premio Ñ de Novela por un jurado integrado por los escritores Jorge Volpi, Liliana Heker y Jorge Fernández Díaz.


*Pabo Dí Marco. Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor, entre otras novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo. Colaborador literario de la revista Libros & Letras 

📷 Pablo Di Marco y Óscar Godoy en Buenos Aires: Pablo Di Marco
📷 Óscar Godoy e Isaías Peña: Facebook Óscar Godoy
📷 Óscar Godoy: Facebook Óscar Godoy

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