Desiertos que hablan. Reseña de Desierto sonoro, de Valeria Luiselli



Por :Javier Correa Correa*

Debo confesar que, en las primeras páginas, el libro Desierto sonoro, de Valeria Luiselli, no me atrapó. Y no lo hizo porque sentí que era una suerte de saga de Los niños perdidos, que a su turno es una combinación de crónica periodística y ensayo social. Y suponía yo que Desierto sonoro es una novela, recomendada por un grupo de contertulios y traducida a más de veinte idiomas, en tan solo dos años desde cuando fue publicada en idioma inglés, en la ciudad de Nueva York. Es más, el título original de este libro es Lost Children Archive, que en traducción libre –no muy difícil, en verdad– es El archivo de los niños perdidos, demasiado parecido al primero. 

Una búsqueda de la novela en san Google arroja 842 mil resultados, lo cual plantea que ha habido muy buena difusión mediática, que la industria editorial ha hecho bien su trabajo o que, en efecto, la novela merece ser leída –y comentada–. Entonces continúo.

Un hombre separado con un hijo y una mujer separada con una hija forman una familia que emprende un viaje en carro por intrincadas vías trazadas en mapas impresos, desde la nororiental ciudad de Nueva York hacia el sur-sur de lo que alguna vez fue territorio mexicano y que Estados Unidos se robó. Territorio al que ahora prohíbe el acceso a los descendientes de los centroamericanos todos –aztecas, mayas–, quienes cruzan la frontera sobre la que se ha construido un muro vergonzoso que excluye, que separa, que condena cada año a la muerte a miles de personas que son llamadas aliens –extraterrestres–. Entre ellas, también a miles de niños y niñas quienes a pie o encima de las góndolas –eufemismo para referirse a los techos de los trenes que sí tienen permiso para cruzar la border, la esquizofrénica frontera inventada por los ojos blancos, quienes ahora defienden a plomo su supremacía blanca.

El hombre que conduce el carro pretende investigar sobre los rastros que esa supremacía blanca quiere borrar de los últimos caciques –Gerónimo, Cochise–, quienes en el siglo XIX dieron la pelea para defender su territorio y su dignidad. Y la mujer pretende investigar acerca de los niños que desaparecen en el desierto o que, si logran sobrevivir, son devueltos a sus países de origen, sin importar que puedan seguir siendo víctimas de violencia social, sexual, armada. Simplemente son considerados estorbo y mientras más rápido se deshagan de ellos, mejor. 

No son considerados seres humanos ni tan siquiera refugiados, sino inmigrantes ilegales, como los que huyen de Siria a Europa, donde también son excluidos, rechazados, devueltos a la guerra. Miles de estorbos menos.

La novela Desierto sonoro–retomo– combina la crónica periodística, el ensayo y la ficción. Y lo hace con acierto, de la mano de la mexicana Valeria Luiselli, nacionalizada gringa, quien a sus 38 años de edad se proyecta no como una promesa de la literatura, sino como una realidad de la misma. Y eso no es fácil.


En un crescendo que lleva al clímax al final del libro –de 409 o 451 páginas, eso no se sabe aunque estén numeradas–, la autora muestra el horror del desierto que engulle a quienes huyen de las violencias y se encuentran con otra violencia peor, porque es silenciada, matizada con más eufemismos estúpidos que quieren silenciar el horror. Y, al concluir las líneas impresas en el papel, no me quedó claro si era crónica periodística, ensayo social o novela. Me dejé atrapar –como los niños que buscan entregarse a la migra para salvar sus vidas–, permití que la autora condujera el relato, y eso me gustó. Por eso estas líneas, al final, pretenden ser una introducción a Desierto sonoro, en una nueva forma de recuperar, al menos, la dignidad.




Desierto sonoro
Valeria Luiselli
Traducción inglés-español: Daniel Saldaña París y Valeria Luiselli
Editorial Sexto Piso, España.
2019  


*Javier Correa Correa. Escritor y periodista.

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