El olvido: nuestro laberinto


A unos pasos de la historia



Por: Luis Fernando García Núñez*


Extraño. Jugamos a olvidar. O a recordar de pasada, sin develar la esencia ni la razón del recuerdo. De las palabras. Sí, hemos olvidado, o apenas conocido, de pasada, hechos y personas. No hemos tenido el valor de recuperar para la historia algunos nombres que podrían ayudarnos a redimir ciertos misterios que nos acompañan desde hace tiempo. Misterios que descubren algunas claves significativas, pero dolorosas. Quizás muy dolorosas y, además, hondamente presentes en este revelador momento.
 
Hundidos en complejos laberintos ocultamos un Minotauro que de pronto se rebela, y en la búsqueda de una salida construye obstáculos que profundizan esa maraña de la que queremos escapar. La historia se puede borrar, se puede ocultar, se puede tergiversar, pero quedan memorias recónditas que, de repente, descubren o brotan de hondos abismos y desnudan la verdad. ¡Las verdades tantas veces refutadas! 

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«Un escritor olvidado como José Antonio Osorio Lizarazo devela en sus novelas un testimonio árido, inquietante y devastador».

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En una exploración de la literatura colombiana esa revelación deja una huella que conmueve hondamente a los lectores que descubren, de repente, significados plenos de sentido que pueden explicar este presente afrentoso del que pareciera no hay ilustración. Un escritor olvidado como José Antonio Osorio Lizarazo devela en sus novelas un testimonio árido, inquietante y devastador. El lenguaje y los personajes de sus obras están ahí esperando ser conocidos para enseñarnos que el silencio, en estas dos centurias de república, ha sido tradicional y monstruoso. 

De las varias novelas de Osorio Lizarazo, cuatro redescubren el encerramiento en un laberinto vergonzante que, tal vez sin quererlo, desgrana paso a paso la crónica de cuatro historias que conmueven profundamente la esencia misma de la vida y la nación durante los cincuenta primeros años del siglo XX. El camino en la sombra, ganadora del Premio Esso de Novela de 1963, es la historia de una niña, Matilde, abandonada con dos meses de vida, y con viruela, frente a la casa de una familia que ha luchado contra los gobiernos conservadores desde 1895 y en la guerra de los mil días. La niña sufre toda clase de vejámenes por parte de esa familia liberal y su final es un abismo sin fondo, como lo es el de sus patronas enfermas de odio y codicia. Hombres sin presente. Novela de empleados públicos, describe las dolorosas incertidumbres de un mediocre empleado de un ministerio, César, y su esposa Betty, madre de cuatro niños, el mayor de los cuales muere en una dantesca escena que denuncia el ya viejo, y conocido, problema de la salud pública. César pierde el puesto y al final, cuando encuentra uno mejor, debe enfrentarse a la dolorosa separación de Betty que ha descubierto un mejor destino.  

Garabato es otra de las novelas de Osorio Lizarazo. Una cruda mirada, ¿autobiográfica?, a las durezas inexplicables de la educación en un afamado colegio de jesuitas que discriminan y hieren a estudiantes que, como el protagonista, son gentes del “pueblo”, y la perfidia que esa negación social produce entre esos seres humanos, que no logran reconocer y superar su humilde condición, se extiende por los ríos profundos de la sociedad. Al final, una de las obras más importantes de la literatura colombiana del siglo XX, El día del odio, un hondo relato, de un realismo sombrío que, tras la protagonista, Tránsito, va tejiendo una historia desgarradora y perversa que tiene como trasfondo el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.


Estas páginas nos urgen a reconocer que cientos de novelas, cuentos, poemas, dramas –escritos en ciudades y provincias colombianas– han dejado, casi sin quererlo, un testimonio que cobra especial relevancia en los tiempos que vivimos. Redescubrir estas obras, sus autores y los hechos allí relatados ayudan a encender las luces del entendimiento e indican caminos más humanos que en el trayecto van formalizando un relato muy especial que, posiblemente, recuperen al fin la historia a la que le faltan, sin duda, osadías democráticas y sentidos solidarios y humanistas. O, quizás, haya miedo, mucho miedo de recuperar esas páginas porque sabemos que son la radiografía de una época que se superpone en estos días aciagos de los que, eso parece, será preferible no acordarse. Así, por lo menos, lo develan en estas semanas de despertar multitudinario los silencios cómplices y mezquinos de los medios de comunicación que, sin quererlo, intentan tapar el sol con una mano. Sí, la mano de la vergüenza. 

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«Ese monumento de la resistencia hecho en Cali ya no se caerá de la memoria colectiva de los vallunos por más que lo derriben y lo incendien. Al contrario, los monumentos a los conquistadores y a los descubridores hace tiempo desaparecieron del colectivo popular».

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Pero ahí está la literatura y el arte que recobrará para la historia el verdadero drama de los millones de olvidados que, desde las lejanías de sus presencias, van contando, en una crónica eterna y vital, la verdad que ocultan los dueños de una farsa que se deshace en sus manos, y que durante decenas de años se consideraron jefes únicos y presencias necesarias para el discurrir de la vida y el destino de la nación. Ese monumento de la resistencia hecho en Cali ya no se caerá de la memoria colectiva de los vallunos por más que lo derriben y lo incendien. Al contrario, los monumentos a los conquistadores y a los descubridores hace tiempo desaparecieron del colectivo popular. Son apenas unas moles de piedra, mármol y bronce que desaparecen carcomidos por la mierda de las palomas. ¡Casi nada!           
 

*Docente y periodista.

📷José Antonio Osorio Lizarazo: Luis Gaitán (Lunga)

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