Reseña. Léxico de la Violencia en Colombia 1948-1970


 

Violencia y léxico


Por: Luis Fernando García Núñez*
 
Es posible que falten palabras en este Léxico de la Violencia en Colombia 1948-1970. Y que falten muchas. Pero es un trabajo meritorio y extraordinario. Ahí está para que vayamos agregando las que falten que, con seguridad, están en numerosas novelas, cuentos y dramas de esos años, en crónicas y reportajes y ensayos que no aparecen en, por ejemplo, las “Referencias de obras narrativas” que se presentan al final. Es una exploración pendiente que deberá hacerse. El Instituto Caro y Cuervo publicó, para no ir tan lejos, la Bibliografía de la novela colombiana de Ernesto Porras Collantes, una de las más útiles, de las varias bibliografías que ha publicado el Caro y Cuervo, y que servirán de soporte para ampliar las citadas referencias.

Aunque no es el motivo de esta reseña bien vale la pena decirlo, porque el trabajo del Instituto no ha sido suficientemente difundido ni estudiado, y sus publicaciones son de la más alta calidad y rigor investigativo que hoy quisiéramos para tantos de los libros que se publican. Así que a la citada Bibliografía de la novela, podríamos agregar las de la poesía y el teatro que publicó Héctor H. Orjuela. Otro arsenal de términos que enriquecerán esta primera edición del Léxico.

Lo importante es que “reúne voces relacionadas con el contexto histórico colombiano conocido como La Violencia. Las fuentes principales para la conformación de la muestra provienen de la literatura. Se ha completado la documentación para cada uno de los registros con información histórica, la crónica periodística, diccionarios de colombianismos y diccionarios regionales colombianos”. En suma, un trabajo que permite revisar no solo un momento histórico sino algunas relaciones culturales de especial interés para los aplicados lexicógrafos. No es solo un vocabulario que recoge las palabras que surgen en medio de la tragedia que fue, y sigue siendo, para Colombia esta época, sino que revela los alcances sociales, culturales, religiosos que alcanzaron estas décadas aciagas.

Dicen las autoras que “Las lecturas de las novelas de referencia fueron el punto de partida para la conformación de los listados”. Y agregan que “Aunque muchas voces forman parte del acervo cultural del español colombiano cotidiano, otras despertaron nuestra curiosidad por los específicos contextos históricos”. Y es este, precisamente, el valor del Léxico. Una de las miradas más agudas y serias que se pueda hacer sobre un momento histórico determinado tiene que ver, sin duda, con el lenguaje de todos los días, con ese que asumen y crean, y recrean, los ciudadanos en sus acciones diarias y que, querámoslo o no, se convierte en un registro social, político y cultural -también económico- que convoca a la reflexión y el análisis. En estos días complejos, y gracias a la amplia difusión de las redes sociales, la palabra se convierte en un arma de la consciencia pública. Como siempre, a pesar de la represión y la censura.

Así que este Léxico de La Violencia solo emprende uno de los caminos que se requieren para profundizar sobre un momento histórico determinado. La palabra cumple siempre su oficio que no se limita a la simple comunicación, al acto lingüístico que determina una clase de competencias, sino que se inyecta de pasiones, se desborda en complejos y figurados símbolos que van tejiendo los espacios históricos en los que se reconfigura la sociedad. Muchas novelas, o cuentos colombianos, develan instantes que la historia (incluso con la H mayúscula) no alcanza a presentir ni analizar con la misma eficacia que lo hace el escritor que, casi siempre, acude a la profunda esencia del pueblo, a su experiencia, a sus dilemas.

La mala hora, por citar un ejemplo, nos descubre, como lo hace García Márquez en casi toda su prodigiosa obra, la relación de un pueblo en el que el chisme y la perfidia se enlazan para reconocer una dinámica de las relaciones sociales, familiares, políticas, culturales, económicas. “La historia de Colombia proveyó el material que reelaboró el escritor para mostrar esa realidad, no desde la frialdad de los datos estadísticos, sino desde ‘la penetración casi angustiosa y personificada del problema que va a tratar’”, dice en La novela sobre la violencia en Colombia Gerardo Suárez Rendón, uno de los sugerentes promotores de este trabajo.

Para concluir esta reseña, con la ayuda de Nancy Rozo Melo del Instituto Caro y Cuervo, una de las autoras y quien escribe la Presentación, refiero las características, organización e indicaciones del uso del Léxico de La Violencia, que “aunque es propio de una época determinada, resulta de interés para estudiosos de diferentes áreas del conocimiento”. Varios elementos, propios de un léxico de estas dimensiones, indican que se ha hecho una selección de entradas en las que “Se registran voces y expresiones fraseológicas del español de Colombia que aparecen en las obras que provienen de distintas regiones del país en donde se vivió la violencia con mayor intensidad y que fue registrada por novelistas y cuentistas. Entre las regiones del país se encuentran: Antioquia, Santander, Tolima, Valle, Boyacá, Norte de Santander, Viejo Caldas, Llanos Orientales, Cundinamarca, Huila, entre otras”.

Este Léxico es sincrónico, “hace registro de entradas a partir de 1949 hasta 1970, tiempo correspondiente al recorrido expresado en la muestra de novelas seleccionadas”. El orden de las entradas es alfabético y “Se asume la posición de la última propuesta de organización ortográfica de la Real Academia…”, se registran las variaciones de la entrada y “Los ejemplos están dispuestos en orden cronológico. Se han utilizado las primeras ediciones de las novelas…”, y “Se ha optado por actualizar la ortografía, en todos los casos, para facilitar la lectura de los textos seleccionados como ejemplos para cada una de las entradas”.

Con un ejemplo se podrá precisar la dimensión del trabajo y, al tiempo, reconocer la paciencia de las autoras en las lecturas y los análisis de las obras escogidas:

mochoroco. Nombre con el que denominaban a los liberales en la costa Atlántica.

Cuando le conté a Morales lo sucedido, caí en cuenta de la tremenda equivocación que había cometido. “Mochorocos” llaman en la costa a los liberales, así como en Cundinamarca los llaman “collarejos”, y en el norte “cachiporros”. Yo sentí una descarga eléctrica al darme cuenta de la equivocación, y no encontrando palabras para excusarme ante el teniente, y viéndome desde entonces mirado por el oficial como un ser supremo, resolví dejar las cosas en su punto. (1953, Hilarión, Balas 332)
–Por la religión y por la luna me dan estos desaforos. Y el matrimonio ese de don José Morales y misiá Mariejesús. Y los dos muchachitos. Los maté por quinientos. Ese fue encargo de don Julio Sutatenza que se quedó con la finquita del mochoroco Morales, con todo y vacas. Con esa platica compré un hatico que lo tengo en ascenso. Les mandé decir las tres misas del alma a mis muertos y una salve a la Virgen por haberme regalado la finquita. (1955, Manrique, Días 45)

Este, como tantos otros trabajos del Caro y Cuervo, merece la atención de investigadores y estudiosos de la lingüística, la literatura, la filología, la historia, los estudios culturales… Sus autoras, Nancy Rozo Melo, María Bernarda Espejo Olaya, Gloria Esperanza Duarte Huertas, Doris S. Guevara Santamaría y Stella Lamprea Muñoz, entregan una obra novedosa, que exhorta a los lectores a buscar en la literatura muchas de las claves de una historia marcada por el autoritarismo, la violencia y la exclusión. Además, proponen una nueva y extensa revisión de la literatura colombiana. Tendremos que volver sobre muchos de ellos. ¡Veritas liberabit vos!     



*Luis Fernando García Núñez. Escritor, periodista y docente. 


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