Oscar y el almirante



Allá en la Guajira arriba”, la novela de Óscar Perdomo Gamboa, es una excelente obra por variadas razones, pero, principalmente, por dos que, en principio, voy a resaltar aquí:

La primera porque es un amoroso rescate del vallenato como género musical, como expresión de un pueblo, su historia, sus leyendas, su paisaje, su nostalgia y su alegría.

Yo, que poco soy afecto a estos aires, me sentí cautivado y conmovido.

Nos contrataron a nosotros y a otro conjunto vallenato más para que pudiéramos turnarnos, comer y descansar, pero que siempre sonara la música del Valle. Y gozamos aquellos cantos hermosos de antaño, esos que ya no se escuchan por tanto cantantico mediocre que sale con canciones idiotas y lloriconas. No, Lissette, tocábamos sólo los vallenatos de verdad, los de la inspiración de Tobías Enrique Pumarejo, Luis Enrique Martínez, Calixto Ochoa, Gustavo Gutiérrez y Rosendo Romero” (p. 9).

La segunda razón por la que destaco la novela es porque le hace justicia al almirante José Prudencio Padilla, prócer de la independencia de Colombia, hoy olvidado por culpa de la traición de su mejor amigo, Simón Bolívar, quien firmó la orden de su fusilamiento. Y por su condición étnica, vale decir, por ser negro. También porque esta reivindicación demuestra cómo su autor investigó a conciencia el trasegar de su vida, sus éxitos y derrotas, sus amores y sus odios hasta llegar a este feliz rescate que hoy pone en nuestras manos.

Puedo decir que por esta narración la novela permite ser denominada histórica.

Colombia será la tiranía de los bellacos, dice al conocer su sentencia. Aquí florecerán los malvados, la perfidia dará fruto y los canallas se cebarán en los nobles e inocentes. La decencia será inmoral; la honradez, delito; la honestidad, infamia. Esta será la tierra de los tiranuelos y los hampones.” (p. 263)

Tanto la presencia del vallenato como la del héroe dan origen a tres historias paralelas que poco a poco se entrelazan para dar como resultado una totalidad coherente en la que el país se retrata en sus dichas y en sus horrores, en sus grandezas y debilidades. Y ahí está el juego entre la realidad y la ficción.

Las historias están unidas porque es el cantante vallenato, guajiro para más señas, quien las cuenta y porque le sirven como pretexto para atraer a Lissette, dama de mejor familia, y seducirla con el canto de sus vallenatos y la magia de sus historias. Es decir, la magia inefable de las palabras.

Así que le canta y le cuenta. Lissette, la esposa del oficial que, como un pavo real, irrumpe en la fiesta con ella, ahí donde el acordeonero repasa su repertorio de leyendas con música, lo cautiva de tal suerte que él queda prendado para siempre.

El amor lo puede todo, dicen por ahí. Hasta morir por él.

Pero yo no voy a contarles la historia que contiene la novela porque para eso estoy aquí, para convencerlos que la lean. Y no voy a quitarles ese placer, mucho menos a evitarles que lo hagan. Sólo voy a resaltar otros valores que no tienen que ver con la historia sino con la escritura.

Lo que voy a hacer es mirar, para que ustedes también miren conmigo, por qué considero que es una obra inolvidable.

Las obras de arte literario deben tener dos cualidades para que perduren, para que el lector se apropie de ellas. La primera es la forma como se nos presente o, mejor, de qué manera el autor nos empaqueta el cuento para que nos guste. La segunda es lo que se cuenta. Lo que se cuenta poco importa, en realidad, ya sea un tema trascendental o uno insignificante, porque él no es el que define su artisticidad y su importancia estética.

Pues Oscar recurre a una estructura simple, de feliz ocurrencia en la literatura latinoamericana: ha escrito tres historias, las tres historias las ha fragmentado y en el proceso de armar la obra las ha intercalado de tal suerte que cada fragmento deba anhelar la continuación en el otro fragmento y así el lector va configurando la totalidad con ansiedad lectora. Es mi suposición como lector y presentador de la obra.

Esto tal vez sugiera que el lector podría leer cualquiera de las historias de manera continua, saltándose las otras, para lograr conocimiento completo de ella, y obtendría su unidad. Pero la artisticidad está, justamente, en la sabia dosificación de los fragmentos, por su extensión, por la intensidad de lo narrado, y el recurso de dejar abierto el camino desde un corte hasta su reinicio posterior.

Las tres historias están escritas desde tres perspectivas y por ende tres personas gramaticales.

Una, la historia del acordeonero guajiro, está escrita en primera persona. Le corresponde así porque, de alguna manera, él es el enamorado y el testigo y el que canta.

Contratamos chofer de El Paso y nos montamos en el carro Ford, en el Chevrolito, en el 039, en la Niña Minga; y llevamos el vallenato a Bogotá. Viajamos al interior a que nos de ausencia sentimental, a buscar la bogotana, la antioqueñita de ojos verdes, la campesina tolimense, la llanerita, la sanandresana y hasta a gringas, brasileras y mexicanitas. Hacemos benditos versos sobre Panamá, sobre Venezuela, sobre Estocolmo. Y en todos serás tú, Lissette, mi flor de la Guajira, mi amor sensible, mi diosa coronada. Vente conmigo y juntos, de canto en canto, recorreremos el universo.” (p. 106)

Dos, la historia del almirante, se desarrolla en tercera persona porque se narra desde la mirada de un narrador omnisciente, es decir del narrador testigo.

El almirante Padilla respira tranquilo en su prisión, protegido por su inocencia. No sabe que Bolívar, poseído de nuevo por el delirio de persecución, ha nombrado a Urdaneta como juez único del proceso. La sed de sangre no conoce saciedad. Urdaneta manipula los testimonios, ignora las pruebas a favor del marino y, en un acto repudiable, lo declara culpable de todos los cargos y lo condena a degradación y muerte.” (p. 263)

También la historia del contrabando, o sea la de Rafael Escalona y Silvestre Socarrás, familiarmente llamado el Tite, está escrita en tercera persona.

Tres, en segunda persona aparecen dos textos, uno al principio y otro al final, a manera de prólogo y epílogo, en la voz de la mujer.

Te has ido. Te han arrebatado de mí. Han silenciado para siempre la voz que cantaba las historias que dieron vida al universo. Ya no sonarán tus cantos en mis noches sin luna.” (p. 277)

Esta caracterización no evita que en cada una de estas historias se mezclen las personas gramaticales de acuerdo a la intensidad del relato o la necesidad del autor de destacar apartes en cada una de ellas.

Negro insolente, le gritan cuando los encara altivo. Deberías estar encadenado a los remos y no saltando entre el velamen como un mono sin cola. Te faltan unos buenos latigazos que te enseñen tu lugar en el mundo. José Prudencio rabia en silencio, pero órdenes y desprecios gestan su dignidad, la templan al rojo vivo, acero puro que conservará hasta el último respiro malhadado. Algún día, piensa, los pardos seremos tan importantes como los blancos.” (p. 39)

La narración está escrita en largos párrafos continuos que copan cada fragmento en que se ha dividido la novela, sin puntos aparte, salvo la narración de las aventuras de Escalona y Socarrás donde aparecen los diálogos en la forma tradicional. Por ejemplo:

Un grueso disco de 78 revoluciones por minuto giraba bajo la pesada aguja de una victrola en un almacén. Sonaba una canción brasilera, una marcha de carnaval. Rafael no entendía nada de lo que decía, pero estaba fascinado con la melodía. Cuando arribó su amigo, lo llamó con gestos y le señaló la música con el dedo, como si esta pudiera ser apuntada.

—Escucha, Tite. Muy bonita, ¿no?

—Sí, ¿cómo se llama?

—Pierrot Apaxionado. Debe ser un francés grandote y apasionado llamado Pierre o algo así.

—No seas pendejo.
” (p. 107)

El lenguaje es también diferente en cada historia: en la del acordeonero es un lenguaje sensual y poético, duro cuando ha de serlo, evocativo y sugerente.

El de la historia del almirante es directo, explicativo, sin adornos, como corresponde a la intensidad de las acciones de una vida heroica, aunque haya en él metáforas entreveradas en la narración y párrafos sublimes cuando se evoca el mar y la libertad o la intensidad de una vida que ya no volverá a ser presente ni en ese tiempo de batallas navales ni en el nuestro de parranda vallenata.

Y el lenguaje con que se vierte la historia del contrabando y de los dos amigos, con la presencia de la fragata almirante Padilla que frustra el sueño de la gran riqueza, está lleno de humor, de cotidianidad, de sabor Caribe. Además, este hecho es el que inspira el vallenato “Allá en la Guajira arriba”, que da título a la novela. Y que origina, además, la reconstrucción de la historia del almirante. Y demuestra, con esa sutileza propia de la intriga, por qué la novela es un homenaje al vallenato.

Como corresponde al carácter de la novela la narración de la historia del Almirante Padilla es la más larga y densa. Las otras dos son más breves, contundentes, porque no tienen ramajes que densifiquen su desarrollo. No los necesitan.

Y las tres son lineales, cronológicas, avanzan fijando en cada corte de fragmento la expectativa y la intriga para que el lector también crezca en su afán de conocer lo sucedido.

Como ven, Óscar Perdomo Gamboa ha logrado una excelente novela porque maneja con maestría los recursos estilísticos, el lenguaje y las historias, combina hechos históricos con la realidad actual y coloca todo este contenido en un andamiaje literario capaz de cautivar al más reacio de los lectores.

Oscar Perdomo Gamboa es ibaguereño, radicado en Cali desde hace varios años. Es Magister en Literatura y Doctor en Humanidades. Ganó el premio Jorge Isaacs con su novela Hacia la aurora. Ha publicado también De cómo perdió sus vidas el gato y Ella, mi sueño y el mar, entre otros libros.

Así que los invito a leer Allá en la Guajira arriba. Sé que no se arrepentirán de hacerlo.



Benhur Sánchez Suárez


Ibagué, Altos de Piedrapintada, octubre de 2016.

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