Ediciones El Silencio publica antología que reúne a 30 escritores vallecaucanos

En el marco de la próxima Feria Internacional del Libro de Cali, que se realizará del 18 al 28 de Octubre, la editorial presentará Voces: antología de cuentos contemporáneos del Valle del Cauca.



Las historias de dos generaciones de escritores se dan cita en esta Antología, en ella se recogen los cuentos de autores de larga trayectoria y reconocimiento como Julio Cesar Londoño o Fabio Martínez; junto a otros como Santiago Quinta, autor contemporáneo a Andrés Caicedo y William Ospina, quien cuenta con una nutrida obra sin publicar; o como Daniel Collazos, un joven escritor y estudiante universitario.

En palabras de su compilador, el escritor caleño Gustavo Bueno Rojas, “en esta Antología se reúnen las voces de quienes han hecho de este oficio parte de su vida y otras que pretenden hacerlo, las voces de quienes abrieron un camino y las de otros que lo empiezan a recorrer. Son miradas diversas, formas narrativas distintas, que convergen en una exploración íntima en los sentimientos y sensaciones de los personajes.”

Los cuentos seleccionados en Voces proponen una nueva mirada que va más allá de Cali y sus alrededores y se centra en narrar la condición humana, una forma de universalizar la ciudad e ir más allá de las típicas calles, el río o las montañas. El lector se encontrará con dramas humanos, casi reales, personajes diversos con historias descarnadas y descantadas del mundo en el que debieron vivir.

Esta Antología, que se presentará el próximo 19 de octubre en la Feria Internacional del Libro de Cali con los escritores Isabel Salas y Daniel Collazos, es una muestra de la gran cantidad de voces potentes del Valle del Cauca, escritores con historias muy íntimas que ahondan en los dilemas del mundo actual.

Compartimos un fragamneto de dos de los cuentos que hacen parte de la Antología:

La lámpara

Julio César Londoño

Este era un pintor que tenía la Lámpara de Aladino pero no lo sabía. La había comprado en un mercado de artesanías por una bicoca. Era una jarra de cobre amarillo de cuyo cuello colgaba un sello roto. El hombre amaba los cachivaches, los compraba por docenas y los amontonaba en los bordes de los anaqueles de la biblioteca, pero los maldecía cuando le estorbaban para sacar algún libro. Y fue sacando uno que tumbó la Lámpara y al
instante salió de ella el gaseoso Genio.

—Ordena, amo –dijo con lacónica pereza el Genio, calculando que la retórica persa habría ya pasado de moda y que esas palabras bastaban tratándose de un hombre que poseía una biblioteca.
El pintor se sobresaltó, claro, pero más por lo sorpresivo del hecho que por el hecho en sí. A los artistas no los sorprenden los sucesos extraordinarios; es la realidad la que siempre los toma desprevenidos.

—¿Eres el famoso Genio de Aladino? preguntó. ¿Es verdad que te creó Galland, el francés, y no el brahmán leproso, ni los confabulatores nocturni de Mesopotamia, ni la meretriz árabe, ni los compiladores alejandrinos, ni un almoacín del Islam?

—Aladino fue sólo uno de los tantos hombres a quienes les he realizado sus más caros sueños. En cuanto a lo otro, hombrecito el Genio estaba visiblemente fastidiado, debo recordarte que somos las deidades quienes creamos a los franceses, a los brahmanes, a los fabuladores, a las meretrices, a los almoacines ¡y a los pintores!

El pintor comprendió que había metido la pata con tan magnífico gas.



Zumbido

Isabel Cristina Salas

I
De un golpe abrió la puerta. Hacía días había dañado la cerradura. Se tendió sobre la cama intentando abarcarla toda. Un ligero pero perturbador zumbido le perforaba el cerebro.

―¿Ya va comer? ―preguntó su madre desde el piso de abajo.

Silencio.

―Vea, ¿que si va a comer? ―repitió.

―No quiero ―respondió mientras arrojaba sus zapatos bajo la cama.

Se dirigía hacia el baño cuando notó que alguien lo miraba. Se detuvo en seco, por un momento creyó estar en peligro. Devolvió su mirada a aquel que lo amenazaba y se encontró consigo mismo. Un espejo reflejaba su propio rostro. Detalló sus facciones, notó que estaba más viejo, que sus poros estaban más abiertos, su boca más cuarteada, sus ojeras más oscuras…

―Por eso esta tan flaco, no, no, coma, ahí le dejo servido ― gruñó la madre de nuevo.

Diego continuó su camino dejando a su paso la camisa y el jean que traía puesto. Bajo el agua fría el zumbido se hizo más intenso. El chorro, duro y constante, se aliaba con aquel sonido penetrante. Era un zumbido agudo y repetitivo, lo sentía salir por cada uno de sus poros, sentía cómo se instalaba en su cabeza, cómo dilataba sus pupilas, tensionaba su mandíbula… Deshacía sus oídos.







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