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Ministerio de Cultura de Colombia

Un café en Buenos Aires con el escritor Evelio Rosero

Nunca quise molestar a nadie con preguntas. El escritor está en sus libros, y basta”


Evelio Rosero. Foto: cortesía

Por: Pablo di Marco */ Argentina/ Especial para Libros & Letras.

En 2015 me invitaron a viajar a Bogotá para hablar de literatura con estudiantes secundarios. Recuerdo que apenas tuve un rato libre huí a la librería Luvina, mi refugio bogotano. Y allí, mientras tomaba una cerveza rodeado de buenos amigos, le pedí al dueño de la librería, el querido Carlos Torres, que me recomendara un libro, que se lo compraría con gusto. Y entonces Carlos, con esa facha tan suya, mitad pirata mitad tipo culto, me dijo: “Tú no comprarás nada. El libro te lo regalaré yo”. Y segundos después tiró encima de mi mesa un ejemplar de Los ejércitos de Evelio Rosero. Esa fue mi lectura durante mi vuelo de regreso. No es necesario que les cuente qué me pareció el libro. Mi deseo de compartir Un café en Buenos Aires con su autor lo dice todo.

Rosero recibió –por votación popular- el IX Premio Nacional de Literatura 2012, que entrega la Fundación Cultural Libros y Letras y su revista literaria

—Intuyo que no es sencillo escribir sobre la violencia colombiana, así como no es sencillo escribir sobre la dictadura argentina, no porque no sean temas ricos sino porque ya se han escrito infinidad de libros sobre ese tema. Sin embargo, su novela Los ejércitos tiene un acercamiento original a esa problemática. ¿Cómo surgió la primera chispa que le permitió desarrollar esa historia?

-La primera “chispa” es puro dolor. El secuestro. Su realidad. Que de un momento a otro salgas a la tienda y no regresas a tu casa. Te secuestraron, sean paras, sea guerrilla, sean los narcos, sea el hampa, te encadenan por el cuello, y eso es pan de cada día. Yo no me había percatado, quiero decir, solo sabía, como todo colombiano. Pero una vez oí el testimonio de una madre porque le secuestraron al hijo. Y me resquebrajé.

—Le haré una confesión: desconfío de los escritores que han publicado más de treinta libros (en realidad desconfío de los que han publicado más de quince, pero no quiero que usted se moleste conmigo y me deje tomando el café solo). ¿Por qué digo esto? Porque una decena de libros debieran sobrar para que un escritor exprima sus obsesiones y brinde su idea del mundo. Sin embargo, usted ronda los treinta libros publicados. Entonces, dígame, Evelio: ¿por qué seguimos escribiendo? ¿Por amor, por costumbre, para escapar de algo?

-Soy autor de doce novelas, en cuarenta años. Y publiqué dos libros de cuento. Si usted incluye como “libros” cada cuento para niños, cada fábula de un párrafo, entonces sí soy autor de treinta libros. Pero le digo, en realidad, soy autor de catorce libros. Los escribí desde que tengo veinte años hasta ahora. Usted desconfíe de los autores que han publicado más de treinta libros. Yo prefiero leerlos primero.

—Buena lección me ha dado con eso de “yo prefiero leerlos primero”. Está en lo cierto. Y a fin de cuentas Victor Hugo escribió más de medio centenar de libros, y ¿cómo negar su grandeza? Cuénteme, Evelio: durante su juventud ha vivido tanto en Paris como en Barcelona. ¿Qué le ha aportado Europa a su vida?

-Mucho. Las calles, los rostros, los olores. Pero si no hubiera ido a Europa estoy seguro que escribía lo mismo, sin variaciones. Ya todo estaba determinado, desde la infancia.

—A más de un escritor (pienso en Vargas Llosa, por ejemplo) esos viajes a Europa les han servido para reconocerse por primera vez como latinoamericanos. ¿Le ha sucedido? ¿O esas ridiculeces nos pasan solo a los que vivimos en Buenos Aires?
Yo no sé si reconocerse como latinoamericano es extrañar el sabor de una sopa, las lentejas de la madre, la voz de los pájaros. Si es así, me reconocí a diario. De resto, ciudadano del mundo. Todos orinamos y nos morimos.

—¿Qué le ha robado la popularidad? ¿Cómo convive con ella?

-No me siento popular. En mi país son populares los ciclistas, los futbolistas, los actores de telenovelas, incluso los políticos, y entre más ladrones más populares, más queridos. El único escritor popular fue García Márquez, ¿quién lo mandó a escribir sus Cien años? Nadie. Y, además, siendo tan débil, tan permeable, tengo fama de huraño, y nadie se me acerca. Mis amigos decidieron no volver a llamarme. A Dios gracias tengo una mujer de mi tierra, y una gata. Con eso me basta para asomarme al papel y seguir con la novela, cada madrugada.


—Conversemos sobre un tema del que no se habla demasiado: la relación entre los escritores y el dinero, de los extraños modos que encuentran los escritores para ganarse la vida. ¿De qué vivía hasta antes de poder ganar algún dinero con los libros? 
-De mis hermanas mayores.

—Tanta sinceridad no es usual. Los escritores adoran inventar historias al estilo Jack Kerouac antes de reconocer que su madre o hermanas les prestó dinero. ¿Qué extraña de aquellos años?

Yo pensaba que yo era el mejor de los mejores.

—La adorable impunidad de la juventud. Después comenzó a trabajar como periodista. ¿Solía entrevistar a escritores?

-Sí.

—¿Quién lo impactó para bien? ¿Quién lo impactó para mal? ¿Qué aprendió de esas entrevistas?

-Entrevisté a Pedro Gómez Valderrama, a Germán Espinosa, buenos escritores. Pero debo admitir que tan pronto los entrevisté me preocupaba solamente “la paga” de las revistas que me encomendaron entrevistarlos. Por “la paga” hice algunos artículos, crónicas, reseñas. Pero no fui periodista a carta cabal. Ganaba concursos, becas, sobrevivía. Mi mujer se esforzaba, mis hermanas protestaban. Cuando era autor de la Agencia Carmen Balcells nunca se me ocurrió pedir a Carmen que me ayudara a buscar una entrevista con Gabo, con Vargas Llosa. Nunca quise molestar a nadie con preguntas. El escritor está en sus libros, y basta.

—No se imagina lo que me gustaría entrevistarlo solo para poder conversar sobre ese personaje fascinante que fue Carmen Balcells. Ya tendremos oportunidad. Ahora vamos con las dos últimas preguntas: alguna vez Vargas Llosa dijo que el día más triste de su vida fue cuando Jean Valjean murió en Los miserables. ¿Cuál fue el día más feliz de su vida, Evelio?

-Cuando Sandra, la niña de la esquina, me dio un beso en la boca, a nuestros seis años.

—Bien podríamos dedicarle esta conversación a Sandra, ¿no cree? Le regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Cuénteme quién sería, a qué bar lo llevaría, y qué pregunta le haría.

-En este momento sería Quevedo, que estoy leyendo sobre su vida. Lo llevaría a la tienda de la esquina, lo llenaría de aguardiente verde. Le pediría que me ayudara a manejar la espada, para posibles duelos. No se me ocurre qué le preguntaría, del puro miedo. Acaso: ¿me sueñas?



*Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

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