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Un café en Buenos Aires con el escritor Evelio Rosero

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Un café en Buenos Aires con el escritor Evelio Rosero
By Pablo Di Marco 9 de octubre de 2018
  • Views: 83

Nunca quise molestar a nadie con preguntas. El escritor está en sus
libros, y basta”


Evelio Rosero. Foto: cortesía
Por: Pablo di Marco */ Argentina/ Especial para Libros & Letras.

En 2015 me invitaron a viajar a Bogotá para hablar de literatura con
estudiantes secundarios. Recuerdo que apenas tuve un rato libre huí a la
librería Luvina, mi refugio bogotano. Y allí, mientras tomaba una cerveza rodeado
de buenos amigos, le pedí al dueño de la librería, el querido Carlos Torres, que me recomendara un
libro, que se lo compraría con gusto. Y entonces Carlos, con esa facha tan
suya, mitad pirata mitad tipo culto, me dijo: “Tú no comprarás nada. El libro
te lo regalaré yo”. Y segundos después tiró encima de mi mesa un ejemplar de Los ejércitos de Evelio Rosero. Esa fue mi lectura durante mi vuelo de regreso. No
es necesario que les cuente qué me pareció el libro. Mi deseo de compartir Un
café en Buenos Aires con su autor lo dice todo.

Rosero recibió
–por votación popular- el IX
Premio Nacional de Literatura 2012, que entrega la Fundación
Cultural Libros y Letras y su revista literaria
—Intuyo que no
es sencillo escribir sobre la violencia colombiana, así como no es sencillo
escribir sobre la dictadura argentina, no porque no sean temas ricos sino
porque ya se han escrito infinidad de libros sobre ese tema. Sin embargo, su
novela
Los ejércitos tiene un acercamiento original a
esa problemática. ¿Cómo surgió la primera chispa que le permitió desarrollar
esa historia?

-La primera “chispa” es puro dolor.
El secuestro. Su realidad. Que de un momento a otro salgas a la tienda y no
regresas a tu casa. Te secuestraron, sean paras,
sea guerrilla, sean los narcos, sea el hampa, te encadenan por el cuello, y eso
es pan de cada día. Yo no me había percatado, quiero decir, solo sabía, como todo colombiano. Pero una
vez oí el testimonio de una madre porque le secuestraron al hijo. Y me
resquebrajé.
—Le haré una
confesión: desconfío de los escritores que han publicado más de treinta libros
(en realidad desconfío de los que han publicado más de quince, pero no quiero
que usted se moleste conmigo y me deje tomando el café solo). ¿Por qué digo
esto? Porque una decena de libros debieran sobrar para que un escritor exprima
sus obsesiones y brinde su idea del mundo. Sin embargo, usted ronda los treinta
libros publicados. Entonces, dígame, Evelio: ¿por qué seguimos escribiendo?
¿Por amor, por costumbre, para escapar de algo?

-Soy autor de doce novelas, en
cuarenta años. Y publiqué dos libros de cuento. Si usted incluye como “libros”
cada cuento para niños, cada fábula de un párrafo, entonces sí soy autor de
treinta libros. Pero le digo, en realidad, soy autor de catorce libros. Los
escribí desde que tengo veinte años hasta ahora. Usted desconfíe de los autores
que han publicado más de treinta libros. Yo prefiero leerlos primero.
—Buena lección
me ha dado con eso de “yo prefiero leerlos primero”. Está en lo cierto. Y a fin
de cuentas Victor Hugo escribió más de medio centenar de libros, y ¿cómo negar
su grandeza? Cuénteme, Evelio: durante su juventud ha vivido tanto en Paris
como en Barcelona. ¿Qué le ha aportado Europa a su vida?

-Mucho. Las calles, los rostros, los
olores. Pero si no hubiera ido a Europa estoy seguro que escribía lo mismo, sin
variaciones. Ya todo estaba determinado, desde la infancia.
—A más de un
escritor (pienso en Vargas Llosa, por ejemplo) esos viajes a Europa les han
servido para reconocerse por primera vez como latinoamericanos. ¿Le ha
sucedido? ¿O esas ridiculeces nos pasan solo a los que vivimos en Buenos Aires?
Yo no sé si reconocerse como
latinoamericano es extrañar el sabor de una sopa, las lentejas de la madre, la
voz de los pájaros. Si es así, me reconocí a diario. De resto, ciudadano del
mundo. Todos orinamos y nos morimos.
—¿Qué le ha
robado la popularidad? ¿Cómo convive con ella?

-No me siento popular. En mi país
son populares los ciclistas, los futbolistas, los actores de telenovelas,
incluso los políticos, y entre más ladrones más populares, más queridos. El
único escritor popular fue García
Márquez
, ¿quién lo mandó a escribir sus Cien
años
? Nadie. Y, además, siendo tan débil, tan permeable, tengo fama de
huraño, y nadie se me acerca. Mis amigos decidieron no volver a llamarme. A
Dios gracias tengo una mujer de mi tierra, y una gata. Con eso me basta para
asomarme al papel y seguir con la novela, cada madrugada.
—Conversemos
sobre un tema del que no se habla demasiado: la relación entre los escritores y
el dinero, de los extraños modos que encuentran los escritores para ganarse la
vida. ¿De qué vivía hasta antes de poder ganar algún dinero con los
libros? 
-De mis hermanas mayores.
—Tanta
sinceridad no es usual. Los escritores adoran inventar historias al estilo Jack
Kerouac antes de reconocer que su madre o hermanas les prestó dinero. ¿Qué extraña
de aquellos años?

Yo pensaba que yo era el mejor de
los mejores.
—La adorable
impunidad de la juventud. Después comenzó a trabajar como periodista. ¿Solía
entrevistar a escritores?

-Sí.
—¿Quién lo
impactó para bien? ¿Quién lo impactó para mal? ¿Qué aprendió de esas
entrevistas?

-Entrevisté
a Pedro Gómez Valderrama, a Germán Espinosa, buenos escritores.
Pero debo admitir que tan pronto los entrevisté me preocupaba
solamente “la paga” de las revistas que me encomendaron entrevistarlos. Por “la
paga” hice algunos artículos, crónicas, reseñas. Pero no fui periodista a carta
cabal. Ganaba concursos, becas, sobrevivía. Mi mujer se esforzaba, mis hermanas
protestaban. Cuando era autor de la Agencia Carmen
Balcells
nunca se me ocurrió pedir a Carmen
que me ayudara a buscar una entrevista con Gabo,
con Vargas Llosa. Nunca quise
molestar a nadie con preguntas. El escritor está en sus libros, y basta.
—No se imagina
lo que me gustaría entrevistarlo solo para poder conversar sobre ese personaje
fascinante que fue Carmen Balcells. Ya tendremos oportunidad. Ahora vamos con
las dos últimas preguntas: a
lguna vez Vargas Llosa dijo que el día más triste de su vida fue cuando
Jean Valjean murió en 
Los miserables. ¿Cuál fue el día más feliz de su vida, Evelio?
-Cuando
Sandra, la niña de la esquina, me dio un beso en la boca, a nuestros seis años.
—Bien
podríamos dedicarle esta conversación a Sandra, ¿no cree? L
e regalo la posibilidad de invitar a
tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Cuénteme quién sería, a
qué bar lo llevaría, y qué pregunta le haría.

-En este
momento sería Quevedo, que estoy
leyendo sobre su vida. Lo llevaría a la tienda de la esquina, lo llenaría de
aguardiente verde. Le pediría que me ayudara a manejar la espada, para posibles
duelos. No se me ocurre qué le preguntaría, del puro miedo. Acaso: ¿me sueñas?

*Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

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